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sábado, 20 de septiembre de 2014

Mallorca fue un bosque de laurisilva subtropical

Los paraísos todavía existen . . . 

 Una imagen de postal como ésta ya la habéis visto en otras de mis entradas de este blog. La verdad es que cada vez que voy a este lugar de ensueño no puedo resistir la tentación de fotografiarlo. Es lo más parecido a un paraíso, un pequeño Shangri-la utópico en pleno Mediterráneo. Contemplar tanta belleza todavía sin destruir en la isla que me vio nacer es como un regalo de los dioses, un subidón de esperanza, una emoción indescriptible que me acelera el corazón y me humedece los ojos. El islote del centro de la imagen, S'Illeta, se salvó por los pelos de la codicia humana. Poco faltó para que lo cubriesen de cemento construyendo sobre él un hotel de lujo para multimillonarios. Por suerte prevaleció la cordura. Fijaos en el diminuto bosquete de pinos carrascos que crece sobre la roca litoral que se ve en primer plano. Es lo más parecido a un bonsai natural. ¡Cuánta belleza! ¿Verdad?

El pasado domingo fue un día para ser guardado en lo más sagrado y entrañable de mi memoria. Con mi amigo Llorenç visitamos una tras otra media docena de maravillas de la Serra de Tramuntana, como la venerable encina de bellotas dulces varias veces centenaria que os mostré hace unos días.

Tras recargar las baterías con una deliciosa y contundente paella en el Restaurante Monumento de Sóller nos dirigimos hacia la parte central de la Serra de Tramuntana montados en mi pequeño Hyundai, muy práctico para circular por las estrechas callejuelas medievales de los pueblos de las montañas mallorquinas. Hacía un calor insoportable y decidimos parar a tomar algo en el Mirador de Ses Barques. En su terraza soplaba una frisa muy fresca y las vistas sobre el Puerto de Sóller eran espectaculares.

Proseguimos la excursión hacia Sa Calobra y en un rellano junto a la carretera aparcamos el coche. Ante nosotros se alzaba el impresionante y bien conservado Acueducto de Turixant. Nos llamó la atención un pequeño cabrahigo silvestre, Ficus carica subsp. rupestris, que crece en lo alto del acueducto enraizado entre las piedras de la construcción.

Parece increíble que la semilla pudiera llegar ahí arriba con la defecación de un ave frugívora y que lograse germinar entre dos piedras casi sin tierra ni agua. Nuestros cabrahigos son verdaderos campeones de la supervivencia, están perfectamente adaptados al clima tórrido y reseco de los países ribereños de la Cuenca Mediterránea.

Una vez atravesado el acueducto viene un tramo de carretera cuesta abajo que se curva a la izquierda sobre el puente del Torrent des Gorg Blau. Hace ya más de un lustro que hice el mismo recorrido acompañando a mi buen amigo y maestro Juan Rita Larrucea, profesor de Botánica de la Universidad de les Illes Balears, que me llevó a ver dos plantas fantásticas, dos pequeños tesoros de nuestra riquísima flora.

Uno de estos tesoros, el helecho Phyllitis sagittata, era una asignatura pendiente para mí, pues llevaba años buscándolo y no lograba encontrarlo. Se lo dije a Juan Rita y él me acompañó encantado a ver una de sus escasas poblaciones. En la imagen tomada hace cinco años se pueden ver varios ejemplares muy jóvenes de este helecho con sus frondes en forma de lengua de ciervo. A su lado abajo a la derecha se ven unos cuantos helechos Asplenium trichomanes. Ambos pteridofitos crecen siempre sobre un sustrato de musgos, líquenes y hepáticas.

Cuando ya nos íbamos mi amigo Juan, con su excelente vista de botánico veterano, vio un gigantesco y bellísimo ejemplar de Phyllitis sagittata en lo alto de unas rocas. Sin duda era el progenitor de todos los pequeños Phyllitis que crecían en varios kilómetros a la redonda. Fijaos como se transparentan a contraluz los soros repletos de esporas. Es una planta antediluviana realmente bonita que en la Península está en claro declive.

Mi tocayo me tenía reservada una sorpresa todavía más emocionante. Tras dejar atrás el Torrent des Gorg Blau proseguimos por la carretera hacia el Monasterio de Lluc. Varias curvas más adelante me señaló con el dedo un paisaje alucinante, como de otro mundo, bonito a rabiar. Nunca hubiera imaginado que en Mallorca pudiera haber unas rocas tan hermosas y espectaculares, intensamente blancas y dispuestas como las hojas de un libro.

Ahí las tenéis. Son formaciones kársticas de lapiaz moldeadas durante millones de años por la erosión y disolución de las rocas calcáreas por las correntías del agua de lluvia que desaguaban, como siguen haciéndolo hoy en día, en el primitivo Torrent des Gorg Blau (Garganta Azul). 

Pero no eran estas rocas tan bonitas la verdadera sorpresa que Juan quería compartir conmigo, sino el árbol que crece entre sus blancas hojas calcáreas, el laurel silvestre, sí amigos, el ancestro de nuestro culinario laurel que da sabor y aroma a nuestros guisos. En este agreste paisaje de ensueño sobrevive el último bosque de Laurisilva de las Baleares. Es como un pequeño fósil viviente, una reminiscencia de lo que hace siete millones de años era un maravilloso bosque de árboles planifolios de hoja perenne que captaban la humedad de la brisa marina del primitivo y subtropical mar Mediterráneo y la condensaban en forma de rocío sobre sus hojas, cayendo gota a gota como un agua dulcísima sobre la hojarasca del sotobosque, como si de una verdadera lluvia se tratase, exactamente igual que el fantástico fenómeno actual de la lluvia horizontal de las islas de la Macaronesia. La hojarasca en descomposición se comportaba como una esponja, absorbía y retenía el agua que goteaba desde las copas y mantenía una maravillosa humedad permanente en las raíces de los árboles, permitiéndoles crecer exuberantes en una isla donde la lluvia normal es más bien escasa. Juan Rita con su gran capacidad didáctica me lo explicó con tal vehemencia que me contagió su fascinación por este lugar.

Los laureles están enraizados en las profundísimas grietas excavadas entre las hojas de lapiaz.

Sus voluminosas copas de un verde intenso sobresalen por encima de las rocas, como si se asomasen con timidez a un mundo que ya no es tan amable y cálido como el de sus ancestros de hace siete millones de años. Les acompañan otros arbustos planifolios de hoja perenne como Viburnum tinus y Rhamnus alaternus, que sin duda han compartido durante todos estos millones de años el mismo hábitat y los mismos cambios climáticos que los laureles.

Así pues este pasado domingo quise compartir con Llorenç estos fantásticos paisajes antediluvianos y las plantas que los habitan. Os recomiendo ampliar esta foto con un doble click para que podáis apreciar el finísimo borde cortante de estas delgadas rocas afiladas como cuchillos.

Llorenç alucinaba. Estaba emocionado. Nunca había visto algo parecido. Movido por un intenso e irrefrenable deseo de pasear cual cabra montés sobre aquellos cuchillos de roca y comprobar por si mismo que las hojas de estos laureles ancestrales huelen realmente a laurel, se lanzó a saltar de roca en roca, de filo en filo, hasta alcanzar una ramilla. Yo, pobre de mí, que soy un cobardica y tengo un vértigo atroz, no podía entender que Llorenç no sintiese ningún miedo y le suplicaba a voz en grito que se olvidase del laurel y saliese de aquel infierno para faquires a la seguridad de la carretera.

Y sí, efectivamente, las hojas al ser frotadas entre los dedos huelen intensamente a laurel.

Llorenç, sabedor de mi gran afición por los árboles, me regaló la ramilla para que pruebe de sembrarla en una maceta a ver si enraíza. Como había suficiente para dos esquejes la partimos y ambos nos llevamos a casa media ramilla de estos laureles tan primitivos que son un verdadero tesoro genético. Confiamos en que echen raíces. De momento, hoy, a los seis días de la siembra, mi esqueje continúa con las hojas bien verdes y turgentes. Si hay suerte y prospera, dentro de unos años un laurel de la primitiva Laurisilva mediterránea subtropical embellecerá mi jardín.



martes, 16 de septiembre de 2014

Encina de Raixa, colosal perla negra de Mallorca

Una venerable encina de bellotas dulces, tal vez una de las más ancianas, imponentes y bellas de Mallorca, está rodeada de escombros y basura, totalmente olvidada y denostada por la administración que debería velar por ella. Se trata de un árbol gigantesco ubicado en la finca pública de Raixa que fue adquirida con los impuestos de todos los españoles: el 66'66% de la Fundación Parques Naturales y el 33'33% restante del Consell de Mallorca. Crece sobre la pared orientada hacia el este-sudeste que bordea un torrente que atraviesa la finca y que lleva su mismo nombre, Torrent de Raixa.

Cara norte de la encina vista a contraluz. La fotografía está hecha desde el lecho del torrente. La belleza de este árbol venerable es espectacular.

Vista desde el otro lado se aprecia su ligera inclinación hacia el norte, tal vez debido al fuerte viento del sudeste que suele soplar en Mallorca desde el desierto del Sahara, el llamado Xaloc o Sirocco.

Su ramificación impresiona por su asimétrico equilibrio que compensa el peso de la rama casi horizontal que se ve a la derecha.

Al levantar la vista uno no puede sino maravillarse ante la belleza de este fantástico ser de cuento de hadas.

 Estas dos ramas crecen casi verticales en una cerrada bifurcación.

Otra hermosa vista de su estructura.

Mi amigo Llorenç posando junto al imponente árbol.

Un servidor haciendo lo mismo. En el suelo a la derecha se pueden ver tablones medio podridos, ruedas de carro antiguo, plásticos, etc... ¡Cuánto desprecio hacia este bellísimo árbol tres o cuatro veces centenario!

 El tronco es inmenso y muy sano, ramificado a un metro y medio del suelo. Llama poderosamente la atención el engrosamiento que se corresponde con un injerto, realizado tal vez hace 300 ó 400 años por un campesino mallorquín con una púa de encina de bellotas dulces. El pie o patrón era una encina silvestre de bellotas amargas nacida sobre la pared del torrente. El método tradicionalmente utilizado desde la antigüedad en Mallorca para injertar las encinas es el de Hendidura plena doble, rodeando el injerto con una especie de cucurucho a modo de maceta y llenándolo luego con tierra tamizada hasta cubrir las dos púas o estacas. Durante varios meses se debe regar la tierra para mantenerla húmeda evitando así que las púas se sequen, mientras se va formando la unión de los tejidos del injerto y el patrón. Cuando brotan las yemas de las púas, atraviesan la tierra como si fueran semillas que germinan y esto significa que el injerto ha agarrado.

 En el lado que mira al interior del torrente se ve parte de su sistema radicular.

 Desde la base del tronco hasta la línea inferior del engrosamiento del injerto hay 85 centímetros.

Se aprecia claramente la distinta orientación de las estrías de la corteza.

Las estrías del patrón son verticales, mientras que las del injerto son horizontales o ligeramente inclinadas.

Llorenç midiendo el perímetro o circunferencia del tronco por debajo del injerto que dio un valor de 430 centímetros, es decir, 4'3 metros. El perímetro justo por encima de la parte más ancha del engrosamiento del injerto midió 520 centímetros, o sea, 5'2 metros.

Y aquí me tenéis a mí haciendo los deberes para calcular el diámetro de este ser extraordinario. Según la fórmula matemática  d = c/π el diámetro es igual a la circunferencia dividida por el número π. Así pues:

---Diámetro del tronco medido justo por debajo de la línea inferior del engrosamiento del injerto:
 d = 430/3'1416 = 136'88 centímetros = 1'3688 metros.

---Diámetro máximo medido por encima de la parte más ancha del engrosamiento del injerto:
d = 520/3'1416 = 165'52 centímetros = 1'6552 metros.


Nido de paloma torcaz en lo alto de la copa. Lo vio Llorenç con su excelente vista cuando ya nos íbamos.

Esperemos que algún dia la administración la descubra y la trate con el respeto que se merece.




sábado, 13 de septiembre de 2014

Hermana encina, hermana humana.

La sembró Robustiano de una bellota dulce el mismo día en que su esposa Matilde le anunció que estaba embarazada de su primer hijo. Permaneció bajo tierra todo el otoño e invierno y, cuando el feto se dio la vuelta en el abultado vientre de su madre y se colocó cabeza abajo en el canal del parto, su larga raíz pivotante empezó a ramificarse y a absorber agua y minerales y el botón germinal despertó de su letargo y se alargó hacia arriba perforando la tierra extremeña buscando la luz.


El día en que Matilde echó al mundo a la pequeña Eufrasia tras un largo, penoso y doloroso parto, la diminuta encina abrió su primera hoja y la encaró hacia los rayos del sol. Robustiano se acordó de ella, fue al lugar donde la había sembrado y le saltaron las lágrimas por la emoción al verla ya nacida. Con el corazón henchido de felicidad fue en busca de un cubo de agua y la regó amoroso susurrándole palabras llenas de ternura: "¡Qué bonita eres, encinita mía, tanto como mi niña! Te llamaré Heliodora, porque eres hija del sol. Un día Eufrasia se cobijará bajo tu sombra y comerá tus bellotas, porque las darás dulces, ¿verdad?"

Con sólo unos meses una mañana Robustiano cogió a su niña en brazos, después de que ésta llenase a rebosar su estómago con la nutritiva leche de su madre y se la llevó a la dehesa que había heredado de su padre por un estrecho sendero que serpenteaba entre vetustos castaños. El hombre estaba tan emocionado mirando la carita de Eufrasia iluminada por los intensos rayos del sol naciente que no vio una roca que sobresalía medio palmo por encima de la tierra y tropezó. Justo cuando iba a caerse de bruces con la niña en brazos una fuerza invisible tiró de él por la espalda y evitó su caída. A Robustiano se le aceleró el corazón alocadamente en su pecho y sintió un escalofrío que le recorrió todo el espinazo. "La Providencia protege a mi niña", - pensó.

La pequeña Heliodora medía ya un palmo y lucía una docena de hojas espinosas de un intenso color verde oscuro. Ya no podía ser más bonita. Robustiano se sentó en el suelo junto a ella con su niña en brazos y las presentó. "Mira, Eufrasia, tesorito mío, ésta es Heliodora, tu encina." La pequeña alargó su manita y quiso tocarla, pero una espina traicionera de la hoja apical le pinchó en un dedo, sintió un dolor muy vivo y estalló en un fragoroso llanto. Robustiano reía y lloraba a la vez intentando consolarla y se la comía a besos, saboreando en sus labios la sal de los dos regueros de lágrimas que brotaban de los ojos de su niña.

Pasaron los años y un caluroso día de verano Eufrasia se atrevió a ir sola a ver a su encina. En una cestita llevaba una botella llena de agua para regar sus sedientas raíces. Heliodora medía ya un metro de altura y estaba preciosa. Robustiano la había protegido del famélico hocico de los venados, las ovejas y las cabras con una espinosa tela metálica. La niña tendría unos ocho años. Había aprendido de su padre a hablarle palabras bonitas a su encina. "Heliodora, hermanita mía, tienes mucha sed, ¿verdad? Toma, bebe esta agüita tan buena que te he traído. Espero con ansia que te hagas muy alta y frondosa para cobijarme bajo tu sombra." Desde aquel día Eufrasia adoptó la costumbre de acudir casi a diario a ver a su encina recorriendo el largo y tortuoso sendero del castañar. Siempre le llevaba un regalo: en primavera y verano una botellita de agua fresca y en otoño e invierno un puñado de estiércol de oveja que repartía alrededor de la base de su tallo, como si le diera una golosina.

Con tanto amor Heliodora creció sana, fuerte y vigorosa y al cabo de unos años su copa se extendió en anchura y Eufrasia ya pudo por fin cobijarse bajo su sombra. La niña también había crecido y una mañana, estando sentada a los pies de su encina con la espalda apoyada en su tronco, sintió una desconocida humedad cálida en su naturaleza de adolescente y unas gotas de su primera sangre menstrual regaron y abonaron las raíces de Heliodora. Eufrasia se llevó la mano ahí abajo, se la miró luego y al verla ensangrentada se asustó. Quiso levantarse para correr a decírselo a su madre pero no pudo. Fue entonces cuando escuchó por primera vez la profunda voz ronca de su encina: "No te asustes, hermanita mía, no te pasa nada malo, es sólo que hoy te has hecho mujer. Mira, yo también ya soy adulta, estoy madurando mis primeras bellotas para ti."


Unos meses después, a principios de otoño, el día en que se cumplía el decimoquinto aniversario en que Eufrasia fue engendrada en el vientre de su madre, la niña-mujer acudió a ver a su amada encina, le regaló como siempre hacía varios puñados de nutritivo estiércol de oveja y entonces escuchó por segunda vez en su mente la ronca voz de madera de Heliodora. "Gracias por esta golosina, hermanita mía. Yo también tengo un regalo para ti. Levanta los ojos y en uno de mis brotes verás mis tres primeras bellotas. Ya están maduras y son tan dulces como tu alma. Cógelas. Son mi regalo. Dale una a tu padre que me sembró, otra a tu madre que te parió y me dio una hermana humana y la tercera cómetela tú. Espero que os gusten."

Enlace a la segunda parte--->Hermano bosque, hermana humana

sábado, 6 de septiembre de 2014

El Paraíso de las Higueras

Son Mut Nou, el mayor higueral del mundo

He aquí el paraíso, una finca inmensa cuyos confines se pierden en el horizonte con la higuera como reina absoluta, como si de un descomunal templo a cielo abierto dedicado a un único ser vivo totémico se tratase, un santuario consagrado en exclusiva a la diosa higuera.

Cada árbol cuenta con un espacio vital enorme, nada menos que 13 x 13 metros entre árbol y árbol, es decir, que sus raíces pueden extenderse a gusto y sin competencia en un área de 169 m2.  Si a ello le añadimos que el hoyo donde está sembrada tiene una profundidad superior a 3 metros entonces se entiende que Son Mut Nou sea un paraíso para estos frutales tan nuestros, tan mediterráneos. Se entiende también que puedan soportar sin inmutarse más de cinco meses sin que caiga del cielo ni una sola gota de lluvia, algo habitual en la mitad sur de la Isla de Mallorca. Adoran al luminoso sol casi cegador que les calienta la savia hasta casi la ebullición. Es su dios, el que les da la vida.

Y he aquí a su creador, Montserrat Pons i Boscana, el padre de la criatura, el diseñador del paraíso, un hombre entrañable, afable, cercano, mediterráneo hasta el tuétano, que ama con tal pasión a todas y cada una de sus 1.700 higueras, que al escucharle hablar de ellas es imposible no contagiarse de su entusiasmo. Él las ha sembrado con sus propias manos, las mima, las quiere, las acaricia, les habla palabras bonitas, conoce todo de cada una de ellas, son sus hijas, las niñas de sus ojos. Sólo entre ellas es feliz.

Llegamos a las 17'50 horas bajo un sol abrasador. La casa es toda de piedra en consonancia con la tierra que la rodea. Se integra perfectamente en el entorno. Unos cuantos olivos y pinos carrascos  nos daban sombra.

Los más de 100 visitantes, convocados por la Associació Balear de l'Arbre (ABA) organizadora del evento, nos reunimos bajo un porche orientado hacia el norte para deleitarnos con las apasionadas explicaciones de Montserrat. No le fue fácil resumir en una hora sus vastos conocimientos enciclopédicos sobre el mundo de las higueras. Escucharle fue una verdadera gozada. De su boca fluían cientos de datos históricos, científicos, agronómicos, culinarios y también interesantísimas anécdotas de sus fascinantes viajes por todo el mundo en busca de variedades de higueras. Nos hizo reír, nos hizo emocionar. De no ser tan tarde, pues el sol ya se estaba poniendo, sus explicaciones hubieran podido durar varias horas. Tras aplaudirle salimos a degustar los frutos de su paraíso.

Varios caminos de tierra compactada parten de la casa y se dirigen hacia las distintas secciones de la plantación. La más grande es la dedicada a las higueras mallorquinas y de las demás islas Baleares con 251 variedades. Le sigue la sección de higueras del resto de España con 186 variedades, incluyendo las higueras canarias de origen bereber cultivadas por los guanches antes de su genocidio. A continuación vienen las restantes 439 variedades del resto del mundo, como las portuguesas, las de los países ribereños de la cuenca mediterránea: el Magreb, Malta, Egipto, Israel, Líbano, Turquía, Grecia, Italia y Francia; las de Oriente Medio como las primigenias higueras femeninas, madres genéticas de la famosa higuera de Esmirna, cultivadas por los sumerios diseñadores de los míticos Jardines Colgantes de Babilonia hace más de 11.000 años; higueras del resto de Asia hasta Japón, de donde Montserrat se trajo tres curiosas variedades niponas; higueras norteamericanas como las llevadas allí hace 500 años por los misioneros mallorquines como Fray Junípero Serra, especialmente a California, Nuevo México y Texas; las sudamericanas de Argentina, Chile y Perú con un clima parecido al mediterráneo y finalmente la nueva sección de especies de Ficus distintas a nuestro Ficus carica, casi todas ellas tropicales. En total suman la alucinante cantidad de 834 variedades distintas de higueras con higos comestibles más 42 variedades de Ficus tropicales con frutos no palatables.

Se acercaba la puesta del sol y las higueras captaban sus últimos rayos para realizar la fotosíntesis y enriquecer con azúcares sus deliciosos frutos.

Todo el higueral es perfectamente accesible para el tractor y el coche todoterreno de Montserrat.

Nos mostró en primer lugar sus jóvenes Ficus exóticos.

Este Ficus coriacea fue a buscarlo a la India el año pasado. Se ve que le gusta Mallorca, pues crece con un vigor inusitado. Sus hojas son rasposas al tacto como papel de lija.


 En Irán y Afganistán crecen tres higueras de hoja caduca, Ficus carica, Ficus palmata y Ficus johannis. Una subespecie de esta última, mejor adaptada al frío, a la insolación y a la sequía extrema, es el Ficus johannis subsp. afghanistanica, como el ejemplar de la foto, cultivado exitosamente en Son Mut Nou.


Sus hojas están profundamnete lobuladas y con el borde serrado. Los genetistas que están estudiando el genoma de nuestra higuera mediterránea sospechan que este ficus afgano-iraniano es uno de los progenitores, junto con el cabrahigo, de todas las higueras cultivadas.

El dia anterior a la visita Montserrat me abrió un chat privado en Facebook para decirme que no tenía la variedad norteamericana White Texas Everbearing de la que yo le había hablado hacía dos semanas y que le interesaba mucho conseguirla. Nada más llegar al higueral le regalé una pequeña estaca enraizada de sólo 19 días, desgajada de mi joven higuera texana que me mandó un gran aficionado a las higueras de Alburquerque (Nuevo México). La había sembrado para él pensando en regalársela en la visita. Montserrat la miraba encantado tan pequeñita ella. Será la variedad número 835 de las higueras de frutos comestibles y la número 877 del total de su colección.

Me hace mucha ilusión verla algún día ya convertida en un árbol cargado de higos blancos de alguna de sus tres cosechas. "Everbearing" significa que fructifica todo el año.

Os debo confesar que fui muy malo y le pedí a Montserrat a ver si me podía dar una ramita de una higuera turca de frutos enormes que me tiene obsesionado desde hace años por ser del tipo Esmirna, con flores femeninas perfectas no partenocárpicas.  Enseguida supo de cual le estaba hablando, la Bursa Black, una de las higueras más cultivadas en Turquía y me concedió el deseo encantado. Tras recortarle las hojas dejando el pecíolo para que no se deshidratase la envolví en una bolsa de plástico, mojándola posteriormente con un poco de agua de un botellín que llevaba en mi coche. Pasó toda la noche en el garaje a una temperatura fresca y estable y a la mañana siguiente bien temprano me la llevé a mi huerto-jardín.

La dividí en dos trozos para aumentar al doble las posibilidades de que me agarrase al menos una de ellas y embadurné las heridas de sus extremos con mástic de injertar para evitar su deshidratación y el ataque de hongos, ya que este mástic contiene fungicidas.

Ápices de las dos estacas.

 Extremos inferiores embadurnados.

Y aquí las tenéis ya sembradas en tierra vegetal tipo Composana que siempre me ha dado excelentes resultados. Les dejo los pecíolos de los hojas sin cortar, pues las estaquitas, mientras hacen un esfuerzo titánico para mantenerse vivas y echar raíces, reabsorben el agua y los nutrientes de los mismos. En cuanto empiezan a apuntar las primeras raicillas, los pecíolos se caen ya secos, dejando una herida bien verde en la estaquita. Su misión ha terminado. Esto ocurre normalmente a los 8 o 10 días. Si el proyecto de higuera no consigue sobrevivir, los pecíolos secos se quedan pegados a la estaca y si se fuerza su caída dejan una herida marrón, señal inequívoca de fracaso. ¡Deseadme suerte, amigos!

Teníamos que darnos prisa. El sol ya se estaba escondiendo en el horizonte.

Siguiendo a Montserrat poco a poco nos fuimos desperdigando y aconsejados por él probamos los frutos de sus higueras.

Entre el centenar largo de visitantes había muchos turistas alemanes. Aunque no entendían las explicaciones de Montserrat, las intuían observando sus gestos y mirándole a los ojos. Para ellos era algo extraordinario poder coger un higo del árbol con su propia mano y comérselo tal cual. Muchos de ellos seguramente sólo conocían las brevas e higos importados desde Turquía vendidos en los asépticos mercados teutones. A Montserrat le indigna, le hace hervir la sangre, el desprecio de los restaurantes y hoteles de Mallorca que jamás sirven higos a sus clientes, ya sean frescos como postre o bien elaborados en primeros o segundos platos. Los mallorquines y el resto de españoles en general debemos cambiar el chip de menosprecio hacia este fruto maravilloso hijo de nuestro cálido sol mediterráneo. Los higos no son fruta de pobres ni sirven sólo para engordar cerdos. Son un verdadero manjar de dioses, una delicatessen.

El permacultor Julio Cantos escuchaba fascinado las explicaciones de Montserrat.

Los alemanes alucinaban y no paraban de hacer fotos para llevárselas como recuerdo. Allí, en su frío y siempre nublado país nórdico, se las enseñarán a sus amigos en sus cálidos hogares y el año que viene todos desearán venir de vacaciones a Mallorca para ver con sus propios ojos este paraíso totémico calentado e iluminado por nuestro maravilloso sol.

Si, amigos, las higueras adoran a su dios. Necesitan su calor para madurar sus frutos. Los higos de la imagen son de la variedad llamada "Morisca" de origen norteafricano.

Sus frutos tienen un color vinoso muy bonito.

Su pulpa parece poco apetecible pero una vez en la boca resulta tener un sabor y un bouquet extraordinarios.

Los higos no se tienen que pelar, deben comerse enteros tal cual, pues bajo su piel se concentran numerosas vitaminas y antioxidantes que nos llenan de salud y longevidad. No debemos desperdiciar absurdamente este pequeño cóctel de vida que nos regalan nuestras higueras. Montserrat nos explicó que de un higo sólo se debe eliminar el pecíolo y el ostíolo, donde, sobretodo en los frutos algo verdosos, se concentra la savia lechosa que puede irritar la mucosa de la boca en las personas sensibles. Yo os tengo que confesar que me lo como todo, salvo el pecíolo, tal como me lo enseñaron mis abuelos cuando iba con ellos a coger brevas, montados los tres en el carrito tirado por Margarita, una entrañable burrita de raza mallorquina cuyo recuerdo llevo en el alma. Con ellas mi abuela paterna, que yo adoraba, llenaba varios canastos acolchados con hojas de las mismas higueras que luego vendíamos a un mercader del pueblo a última hora de la tarde. Pocas horas después, a las cinco de la madrugada, este hombre las llevaba al mercado del Olivar de Palma de Mallorca y en un par de horas las vendía todas. Se podría decir que los palmesanos se las quitaban de las manos.

Mis amigos Pere y Catalina, con la ayuda de un "ganxo" para alcanzar los frutos de las ramas más altas, se pusieron las botas probando higos. El que nos muestra Pere es de la variedad "Rotjisca".

Tiene una piel muy gruesa, tierna y jugosa y un sabor exquisito.

Montserrat nos recomendó probarla mostrándonos su pulpa.

El pericarpio de los higos de la variedad Rotjisca tiene un llamativo color amarillo anaranjado.

En su punto álgido de maduración adquiere tintes rojizos, de ahí su nombre mallorquín que significa rojiza. Esta variedad estaba a punto de extinguirse, como tantas otras en Mallorca y Montserrat la buscó y rescató para que no se pierda para siempre.

 Una variedad de higo con un agrietado espectacular en su pericarpio, como si estuviera envuelto en una telaraña, es la llamada "Coll de Dama de Ciutat". Hasta hace unos 40 años la capital de la Isla de Mallorca para los propios mallorquines no era conocida como Palma, sino simplemente como Ciutat. Íbamos a Ciutat, nunca nos referíamos a ella como Palma. Esta forma de llamarla es una reminiscencia que permaneció en el alma de los habitantes de la isla, descendientes todos nosotros de una esquizofrénica hibridación entre genocidas y masacrados, pues llevamos mezclados en nuestro genoma los genes de los 3.000 moros mallorquines que quedaron como esclavos en su propia isla tras la conquista-genocidio y que con el tiempo se fueron mestizando con los corsarios invasores catalano-aragoneses. Los moros la llamaban Madina Mayurka (Ciudad de Mallorca) y de ahí que durante más de 700 años siguiera llamándose simplemente Ciutat de Mallorca. De hecho Jaime I de Aragón en las crónicas de la conquista la llamó Ciutat de Mallorques. Fue un Virrey castellano impuesto desde Madrid hace unos siglos quien le cambió el nombre por Palma, al hacerse un lío confundiendo las Islas Baleares con las Islas Canarias. Así pues esta variedad de higo lleva el nombre antiguo de la capital mallorquina.

La jugosa pulpa del higo "Coll de Dama de Ciutat" tiene un aspecto tan apetitoso que no puedes resistir la tentación de metértelo en la boca y saborear, gozar, deleitarte con su extraordinario sabor, frescura, dulzor y aroma, que estimulan la secreción de endorfinas a chorro en las neuronas de nuestro encéfalo, llenando de bienestar y felicidad nuestras vidas. Si, amigos, saborear un simple higo y percibir su exquisito bouquet en la parte posterior de nuestra nariz al aplastar su pulpa en nuestra boca nos llena de placer. Es como un diminuto orgasmo gustativo-olfativo.

La mano que sostenía el fantástico higo reticulado de las dos fotos anteriores es de Llorenç, gran amigo y admirador de Montserrat, que como él siente pasión por las higueras.

Este higo con una gotita de miel saliendo de su ostíolo es de la variedad llamada "Del sen Jaume Gran". En la salada lengua propia de las Islas Baleares, la forma más antigua y pura del catalán, que nosotros hemos conservado con orgullo y obstinación casi sin cambios durante 800 años,  la antiquísima palabra "SEN" significa anciano venerable, del latín SENIOR. La traducción sería pues higuera "Del venerable anciano Jaime Grande". Otra palabra típicamente balear es "SON", como en el nombre de la finca de Montserrat, Son Mut Nou o del mismo aeropuerto de Palma de Mallorca, Son Sant Joan, que procede de la fusión de ÇO (açò), que significa eso y el antiguo artículo personal EN que precede al nombre en los varones (en las mujeres es NA) y significa Don o Señor. Así pues ÇO+EN = ÇON, que se escribe SON. El nombre del higueral se podría traducir literalmente por "Eso del Señor Mudo Nuevo" o bien "Lo del Señor Mudo Nuevo" y en un lenguaje más actual y lógico "La propiedad nueva del Señor Mudo". Nosotros resumimos este nombre tan largo en tres simples y cómodos monosílabos, Son Mut Nou.

 La pulpa de esta variedad tiene un color rojo intenso y recuerda a la carne picada de vacuno. Tiene un sabor exquisito.

Este fantástico higo "clivellat" (agrietado) es de la variedad llamada "Victòria".

Su pulpa ya no puede ser más apetitosa. En la boca se convierte en una delicatessen, un maravilloso manjar de dioses. Su dulzor y su textura son extraordinarios.

Xavier se dio un atracón, disfrutó como un enano, a pesar de su altura.

Mirad su cara de satisfacción mostrándonos un higo de la variedad llamada "De la Senyora". En la Mallorca de hasta hace medio siglo los señores o dueños de las grandes fincas no vivían en el campo, estaba mal visto, para ser respetables forzosamente debían vivir en la capital, en Palma. Es por este motivo que unas cuantas variedades de higos llevan el nombre "De la Señora", ya que el payés encargado de la propiedad, al que llamaban "amo" para diferenciarlo del "señor" que era el verdadero propietario, varias veces al año se desplazaba hasta la capital con un cesto lleno de brevas o higos, los mejores de la finca, como regalo o pago a su señora.

También esta variedad tiene el pericarpio agrietado. Montserrat nos dijo que esta característica es típica de la mayoría de higos mallorquines.

Fantástica su pulpa, ¿verdad? Parece decirnos ¡cómeme, que estoy muy rica!

Mis amigos Matilde y Jaume también se dieron un atracón. Aquí les vemos mostrando dos hermosos higos de la variedad mallorquina "Martinenca".

¡Mirad la felicidad de Matilde! En Valencia, su tierra natal, como en todas las regiones que hace siglos estuvieron habitadas por musulmanes, también adoran a las higueras.

Los higos de la variedad Martinenca suelen presentar un pericarpio reticulado en su punto óptimo de maduración. Al de la imagen le faltaban un par de días, de ahí que todavía no estuviera agrietado.

Mirad qué color más bonito.

Este otro higo Martinenca mostrado por Montserrat estaba ya bien maduro

Su pulpa se ha enriquecido en azúcares y aromas bajo el sol radiante de Son Mut Nou y se ha convertido en un delicioso bombón. La variedad Martinenca, según nos cuenta Montserrat en su fantástico libro "Las Higueras en las Islas Baleares", es la más antigua documentada en Mallorca, pues está citada en un contrato de compra-venta datado en el año 1256.

Y para terminar aquí tenéis una mutante, una rareza genética, un tesoro único que encontró Montserrat en el pueblo mallorquín de Sant Llorenç des Cardassar y lo recuperó en su finca para que no se extinguiese, la llamada "Bordissot Negra Rimada". Es posible que proceda de una mutación en el meristema de crecimiento de la yema apical de una estaca de "Bordissot Negra" (en Valencia la llaman Burjassot Negra) que alguien sembró esperando que diera higos negros y se llevó una sorpresa al ver que los daba "rimats" (con bandas de distintos colores).

Mirad que preciosidad de higos. Al madurar pierden parcialmente las bandas.

Montserrat nos hizo fijar en una característica típica de todos los higos Bordissot, la gotita de miel que rezuma por el ostíolo cuando el higo está en su punto óptimo de maduración. Es la manera que tiene el árbol de decirles a los pájaros, los principales dispersores de sus semillas con sus deyecciones, que ya se pueden comer los frutos.

Nuevamente llaman la atención las profundas grietas (clivells) que cuartean la piel de la mayoría de higos de las Islas Baleares.

¡Qué apetitosa golosina!, ¿verdad?

Venga, corred, que todavía estáis a tiempo de saborear esta extraordinaria fruta adoradora del dios Sol. Volad hasta Mallorca y visitad el Paraíso de las Higueras, el mayor higueral del mundo. Os aseguro que vale la pena. Dejará en vuestra memoria un recuerdo indeleble que os hará segregar saliva y endorfinas de felicidad cada vez que lo recordéis.