viernes, 12 de abril de 2013

El sol, cual dios de luz, se levantaba tras las copas del inmenso abetal

 y un coro de miles de aves llenaba aquel paraíso de cánticos de vida. 

 

 Sexto capítulo


Amanecía en Grazalema. Los rayos del sol naciente jugaban al escondite entre las ramas de los abetos y los pájaros se desperezaban y calentaban los entumecidos músculos de sus alas tras aquella larga y fría noche de invierno. Un monaguillo hijo de padres segovianos, que había sido el primer niño cristiano nacido en Grazalema tras la reconquista, subía todavía soñoliento los doce angostos peldaños, que permitían acceder al campanario de la Iglesia de Santa María de la Encarnación. La tenue luz del alba iluminaba la pequeña campana de bronce que tres años atrás había sido fundida y moldeada en Toledo. Felipe, que así se llamaba el joven campanero, asió la cuerda del badajo con las dos manos y tiró con fuerza para golpear repetidamente el bronce toledano. Aquella mañana por orden del capellán el repiqueteo debía ser rápido, enérgico y alegre, como el galope de un caballo, pues era domingo y todos los grazalemeños sin excepción debían acudir al pequeño templo a oír misa.

Taufik, los dos artesanos y los seis libertos, al igual que Zulema y la vieja Zahara, también oían la campana y se preparaban para acudir a la pequeña iglesia que hasta trece años atrás había sido la mezquita de la Gran Zulema mora. De entre todos ellos sólo Taufik, Zulema y los libertos recordaban al muecín llamar a la oración desde el alminar de la mezquita. Ahmed y Omar, los dos artesanos de Algeciras, nunca antes habían estado en Grazalema y la vieja Zahara había venido doce años atrás desde la lejana ciudad castellana de Burgos acompañando a sus amos tras la reconquista.

Alhucema (Lavandula dentata)

A los jóvenes moriscos del pueblo, que en su tierna infancia habían acompañado a su padre a orar en la mezquita, les dolía en el alma escuchar el sonido de la campana en lugar de la poderosa voz del muecín. Taufik recordaba el cariño con que su madre Zahira le bañaba en un barreño con agua caliente, le secaba y perfumaba el pelo con esencias de alhucema y jazmín, le vestía su mejor chilaba de algodón blanco, le calzaba unas pequeñas babuchas de vivos colores y, ya bien arregladito, le miraba con ternura de arriba abajo con los ojos brillantes de orgullo y le besaba en la frente con dulzura como sólo una madre sabe hacerlo. Muhammad había observado toda la escena con su corazón henchido de amor de padre y esperaba a su hijo junto a la puerta de la casa. "Anda, vete con tu Ab", le decía Zahira y el niño corría hacia los brazos de Muhammad y recibía de él un cálido abrazo. Taufik era feliz, inmensamente feliz. Su progenitor entonces le alargaba la mano y él asía con su manita los grandes dedos anular y meñique de Muhammad y los dos juntos acudían a la mezquita a orar a su dios Alá. Zahira les observaba alejarse desde la puerta de la casa y saludaba con la mano cada vez que su niño se giraba para mirarla. Muhammad sonreía feliz. Querían a su hijo con toda el alma.

Sólo unos meses después ambos morían mutilados y decapitados a manos de los invasores del norte. En las pocas ocasiones que Taufik lo había hablado con otros moriscos le habían aconsejado olvidar, cubrir aquellos dolorosos recuerdos con un manto negro para que nunca más volvieran a asomarse a su mente y dejasen de atormentarlo, pero en el fondo los mismos que le daban estos consejos sentían en su corazón tanto o más dolor que Taufik y albergaban como él un deseo irrefrenable de venganza. Les habían robado su infancia y lo que más querían de una manera cruel y despiadada por absurdas cuestiones de religión, lengua y raza, simples y ridículas excusas para justificar una codicia y un fanatismo extremos.

Jazmín (Jasminum officinale)

Así pues los nueve hombres que trabajaban de sol a sol en la ornamentación del pequeño palacio mudéjar paraban los domingos y demás fiestas de guardar para acudir resignados a oír misa y hacerse ver. De camino a la iglesia pasaban por la casita blanca donde vivían Zulema y la vieja Zahara, Taufik daba unos golpes en la puerta, ellas salían con el vestido morisco de los domingos y todos juntos se dirigían hacia la plaza del pueblo, ellos delante y las dos mujeres detrás con la cabeza cubierta con un amplio velo blanco a modo de capa a una distancia prudencial de los hombres para evitar habladurías entre los cristianos viejos. Ya en el templo la comitiva se separaba, los varones se sentaban a la derecha y ellas a la izquierda, lógicamente en los últimos bancos, si quedaba alguno libre, pues los primeros estaban reservados para los grazalemeños de sangre limpia y linaje puro. Como todos los moriscos simulaban tener una gran fe y una sincera devoción, se confesaban inventándose pequeños pecados veniales para contentar al capellán y comulgaban de una manera tan piadosa que nadie hubiera sospechado que en el fondo de su alma musulmana a quien rezaban en realidad era a su dios Alá, el de sus padres masacrados.

Al salir de misa volvían a pasar por la casita de Zulema, ella recogía dos grandes cestas con la comida que había preparado con Zahara, se las daba a dos de los libertos para que las llevasen y otra vez todos juntos se dirigían hacia el bosque de abetos.

A la anciana le costaba mucho caminar. El lancinante dolor de sus caderas y rodillas deformadas por la artrosis convertían el paseo en un suplicio. Así que Taufik, compadeciéndose de ella, le compró una burrita de raza andalusí y cada domingo con la ayuda de Zulema la montaban sobre el animal para que pudiera acompañarles hasta el bosque de abetos. Taufik conocía a Zahara desde niño y se alegró mucho cuando supo que se había ido a vivir con Zulema. Sospechaba que era ella y no su amada quien preparaba los deliciosos manjares, pero se hizo el despistado para no ponerla en evidencia.

A la vieja cocinera le resultaba extraño que la llamasen por su nombre moro. Se sentía más cómoda con su nombre cristiano, Teresa, con el que su primer amo burgalés la había bautizado sesenta años atrás. Había sido esclavizada a sus tiernos once años en la lejana ciudad tunecina de Bizerta y llevada a Burgos por su comprador para que ayudase a su esposa a criar a sus hijos. Pronto se olvidó de su lengua materna y aprendió a la perfección el contundente idioma castellano. Su arte en la cocina se lo enseñó otra esclava mora originaria de la ciudad libia de Tarabulus, que había sido capturada ya mayor. Su captor corsario originario de la íbera Gerunda le había perdonado la vida a pesar de su edad, pues ya entonces a sus treinta y seis años era una reputada cocinera del emir de la ciudad norteafricana. Salvar la vida fue como un milagro para ella pues tuvo la inmensa suerte de gozar del aprecio de un esclavo cristiano de origen catalán, que acababa de ser liberado con la razia, que la protegió de los piratas cuando éstos entraron en el palacio para saquearlo y masacrar a sus moradores. Justo en el momento en que un corsario le arrancaba el velo, la sujetaba por un brazo y levantaba la espada para cortarle el cuello, el esclavo cristiano gritó con todas sus fuerzas en el idioma de Catalonia: "No la matis, aquesta muller és una molt bona cuinera, la podràs vendre a bon preu en qualsevulla port crestià". Así fue como la libia Halima fue llevada hasta la ciudad íbera de Barchinona y allí, en una plaza cercana al puerto, fue comprada a cambio de seis reales de plata por un rico comerciante de telas de seda, gran amante del arte del buen yantar, que se la llevó a Burgos tras comprobar en su refinado paladar que su fama de buena cocinera era bien cierta. Al bautizarla la llamó Lorenza, por ser San Lorenzo el patrón de los cocineros.

 
Plaza de Grazalema.

El palacio estaba a media legua castellana de la plaza del pueblo. El camino tenía una gran pendiente y estaba lleno de rocas. Tardaban cerca de una hora en llegar. Una vez allí Zulema sacaba una gran estera de esparto del interior del palacio, la extendía en un rellano a la sombra del viejo abeto y distribuía encima los ricos manjares para que los hombres se sentasen en círculo alrededor de ellos. De esta manera la comida les quedaba al alcance de su mano derecha, la mano pura musulmana y también cristiana, que en esto en nada se diferenciaban, pues para ambas religiones representaba lo masculino, lo noble, lo limpio, lo pío, lo bueno, lo sagrado. La otra, la izquierda, era impura y representaba todo lo siniestro, lo pecaminoso, lo sucio, lo demoníaco, lo perverso, lo abyecto, lo traicionero, lo femenino. Debían pues comer con la mano derecha, tanto hombres como mujeres. La izquierda en cambio estaba destinada a lavarse sus partes íntimas en las abluciones y a limpiarse el ano tras la defecación.

Zulema y Zahara, después de servir las viandas a los hombres, se sentaban unos metros más allá a los pies del viejo abeto y comían en silencio los alimentos que habían reservado para ellas. Las hacía felices ver como disfrutaban aquellos hombres con la sabrosa comida y se miraban divertidas de soslayo con cada una de las exclamaciones y suspiros de placer que proferían los comensales. Zulema estaba inmensamente agradecida a Zahara. En pocas semanas le había enseñado a cocinar y ya se atrevía a preparar los platos más sencillos. El cariño entre ellas iba en aumento día a día. Para Zahara la muchacha era como la hija o la nieta que nunca había tenido y para Zulema la vieja cocinera era como la reencarnación de su tata Nahina. La anciana no sabía hablar en andalusí, aunque lo entendía un poco al ser parecido a su casi olvidada lengua materna norteafricana. Zulema y Taufik le hablaban en castellano con su fuerte acento morisco y ella les respondía en un perfecto castellano burgalés.

Pasaron varias semanas y por fin estuvo acabada la ornamentación del pequeño palacio. Quedaban sólo por perfilar algunos detalles que los dos artesanos terminarían en unos pocos días. Había llegado la hora de ir a Ubrique a invitar a la boda a Don Gonzalo y a su esposa morisca. Taufik se levantó una mañana muy temprano, se montó a los lomos de su yegua y se encaminó hacia el sur en dirección a la alquería mora que los cristianos habían bautizado como Villaluenga del Rosario. Tardó casi dos días en llegar, pues no conocía el camino. Pasó la segunda noche del viaje en la espesura de un alcornocal situado en las afueras del pueblo y al día siguiente al alba volvió a emprender su camino, esta vez hacia poniente. Llegó por la tarde a la diminuta aldea de Benaocaz. Unos moriscos benaocaceños con los que entabló conversación en andalusí le cedieron una choza para pasar la noche, pues hacía frío y lloviznaba.

Taufik estaba inquieto sin motivo aparente. Se acostó y nada más dormirse empezó a soñar. En su mente vio con gran claridad unas espantosas imágenes de ajusticiamientos de moriscos y oyó sus alaridos de pánico y dolor que le recordaron a los que profirió su madre Zahira mientras la mutilaban y decapitaban. La angustiosa pesadilla duró varias horas hasta que el canto de una lechuza que sobrevolaba la choza le despertó sobresaltado. Estaba empapado en sudor, jadeaba y su corazón latía alocadamente en su pecho. En la oscuridad de la noche rompió a llorar en silencio. Alguna fuerza misteriosa, tal vez el espíritu de su madre o el de Musarraf, le avisaba e intentaba protegerlo de un peligro inminente. Deseaba salir huyendo y volver a la seguridad de Grazalema, pero le había prometido a Don Gonzalo que le invitaría a su boda y él era un hombre de palabra. Siguió echado sobre el saco de paja sobre el que dormía, pero ya no pudo conciliar nuevamente el sueño. Las últimas horas de aquella larga noche se le hicieron eternas. Miles de veces abrió los ojos con la esperanza de ver las primeras luces del alba.

(Recomiendo abrir el archivo de audio en una ventana nueva para escucharlo durante la lectura)

Cuando por fin un ruiseñor divisó a lo lejos en el horizonte el renacer del nuevo día, cantó feliz sobre las ramas de un quejigo cercano y Taufik supo entonces que había terminado aquel tormento. Se levantó aturdido y entumecido, mucho más cansado que el día anterior, con la sensación de no haber dormido ni un instante. Se mojó las manos con el rocío que bañaba la hierba y se las pasó por la cara para refrescarse, despejar su mente y limpiar los miasmas de la noche. La yegua lo saludó con un resoplido y un movimiento en vaivén arriba y abajo de su cabeza. Él se le acercó y rodeó su robusto cuello con los brazos mientras le hablaba palabras bonitas. Sintió el calor del cuerpo del animal en su mejilla y aquella cálida fuerza vital recargó su alma de nueva energía para proseguir el camino.

El sol, cual dios de luz, se levantaba tras las copas del inmenso alcornocal que vestía aquellas montañas de rocas grises. Una brisa suave hacía bailar las crines de la yegua y un coro de miles de aves llenaba aquel paraíso de cánticos de vida. Taufik seguía sintiendo en su pecho la misma extraña angustia que le había atormentado durante la noche. A medida que se acercaba a Ubrique la desagradable sensación se hacía cada vez más fuerte, hasta el punto que le temblaba todo el cuerpo y temía caer de la yegua.

Inmenso alcornocal gaditano.

—Om Zahira, mi adorada madre, ¿qué me pasa?, ¿qué me estás queriendo decir? Mussarraf, ¿sois vos, señor? Decidme, ¿qué debo hacer: proseguir el camino o volver a Grazalema? —musitaba con los labios el muchacho con la frente sudorosa y un rictus de miedo en el rostro.

El tintineo de las esquilas de un rebaño de ovejas lo sacó de aquel angustioso ensimismamiento. Las apacentaban tres moriscos de la misma edad que Taufik. Uno de ellos al verlo le hizo señas con los brazos para que parase.

—¿Te diriges a Ubrique? —le gritó el pastor.

—Así es, hermano. ¿Acaso ocurre algo que deba saber? —le contestó Taufik.

—Si eres morisco como nosotros, como creo adivinar, te recomiendo que des media vuelta y te alejes de Ubrique. Mañana van a ser ajusticiados en la hoguera por apostasía siete hombres y tres mujeres por orden del Gran Inquisidor de Sevilla. Fueron denunciados por el capellán de la Iglesia de San Antonio, que les descubrió arrodillados rezando al dios Alá en dirección a la Meca con la frente tocando el suelo. Antes de avisar a la Inquisición el capellán les conminó a retractarse de sus creencias heréticas, pero ellos se negaron y fueron encarcelados. Junto a los apóstatas también serán quemados vivos dos forasteros acusados de sodomía. —le explicó el muchacho con la voz temblorosa y los ojos desorbitados por el miedo.

—Dime, ¿qué peligro corro si entro en el pueblo? Yo no soy de Ubrique y nadie me puede acusar de nada.

—Te equivocas. Desde que llegó el Gran Inquisidor de Sevilla para juzgar a los apóstatas y a los sodomitas, condenarlos a morir en la hoguera y ordenar y presenciar la ejecución de la sentencia, todos los moriscos del pueblo y los forasteros somos considerados un peligro para la seguridad del Inquisidor y no podemos acercarnos a la plaza de Ubrique bajo pena de muerte. Rodeando el pueblo hay una barrera de soldados del Santo Oficio que te detendrían inmediatamente nada más verte. Te aconsejo que te alejes de Ubrique.

Taufik permaneció en silencio un largo minuto. Su mente buscaba una solución. Quería invitar a la boda a Don Gonzalo, pero para hacerlo debería correr un gran peligro.

—¿Conoces a Don Gonzalo? —le preguntó por fin al pastor de ovejas.

—Todo el mundo en Ubrique le conoce. Es uno de los hombres más ricos y respetados del pueblo. Precisamente nosotros trabajamos para él, éste rebaño es suyo. —le contestó el mozo lleno de curiosidad.

—Necesito hablar con él. Somos amigos.

—¿Eres amigo de un cristiano? —le preguntó sorprendido el joven ubriqueño.

—Así es. ¿Sabrías decirme cómo puedo llegar hasta él sin entrar en el pueblo?

Altramúz azul (Lupinus micranthus)

El pastor morisco bajó la cabeza, fijó su mirada en un bellísimo altramuz silvestre de flores azules, se rascó su incipiente calva y al rato encontró una solución.

—El palacio de Don Gonzalo está en las afueras del pueblo. Hay un camino que rodea la población y acaba en un encinar muy cerca del palacio.

—Conozco este camino y el encinar. Creo recordar que había dos grandes pinos piñoneros en lo alto de una loma. —le contestó Taufik mientras un escalofrío le recorría la espalda al recordar el pánico que pasó temiendo morir apaleado por la horda de cristianos.

—Los dos pinos que mencionas se ven desde aquí. ¿Los ves? —le preguntó el pastor apuntando con el dedo índice hacia la loma.

—Si, los veo. —le respondió Taufik con el rostro iluminado por la luz del sol naciente.

—Pues dirígete hacia esta loma. No la pierdas de vista y en media jornada llegarás al palacio. Te aconsejo apearte de la yegua y andar el camino a pie para llamar menos la atención, no vaya a verte algún cristiano.

—Muchas gracias, muchacho. ¡Que Alá te dé larga vida!

—¡Que Alá te proteja, hermano!

Taufik siguió montado a lomos de la yegua hasta que creyó estar demasiado cerca del pueblo. Entonces se apeó y prosiguió el trayecto a pie por la espesura del encinar, evitando los caminos abiertos para no ser visto. Faltaba poco tiempo para el mediodía y pensó que lo mejor era esperar a que los cristianos del pueblo se fueran a sus casas para el almuerzo. Ató la yegua a un acebuche y se sentó a su lado para serenarse. Ella ajena a la angustia que atormentaba al muchacho se dedicó a alimentarse de la hierba que crecía a su alrededor. Taufik estaba tan cansado y tenía tanto sueño que acabó durmiéndose con el ruido tranquilizador que la yegua hacía al masticar la hierba.

Un resoplido inesperado del animal lo despertó sobresaltado. A escasa distancia se escuchaba la conversación de dos hombres que hablaban con el acento de los cristianos viejos. Taufik intentó tranquilizar a la yegua para que no hiciera ningún ruido y prestó atención a lo que decían.

—¿Estás seguro que el moro iba por este camino? —preguntaba el más viejo de los hombres al otro.

—Le he visto desde aquella loma. Iba montado en un caballo blanco y me ha recordado al morisco de Grazalema que el año pasado vino en busca de artesanos. ¿Te acuerdas de él?

—Sí, lo recuerdo bien. Mientras abrevaba al caballo nos miraba con desprecio y se reía de nosotros. Tuvo incluso la osadía de provocarnos hablando a los moriscos que se le acercaron en la prohibida lengua sarracena. Salimos en su busca para apalearlo como a un perro, pero al final no lo hicimos por temor a Don Gonzalo, pues cabía la posibilidad de que fuera uno de sus esclavos.

—Sí, pasamos por su lado y él pareció no temernos. Luego nos arrepentimos de no haberlo apaleado al enterarnos de que no era más que un moro forastero que buscaba artesanos.

—Debimos acabar con él. Si es el mismo moro esta vez ya no regresará a Grazalema. Diremos al Inquisidor que lo hemos visto rezar en dirección a la Meca y mañana morirá quemado vivo con los demás apóstatas.

—Volvamos al pueblo y avisemos a los soldados del Santo Oficio. Ellos lo apresarán.

—Sí, buena idea.


Taufik había escuchado toda la conversación con un miedo atroz a ser descubierto por algún ruido de la yegua. Alá lo había protegido y el animal había permanecido inmóvil y en absoluto silencio. Cuando creyó que los dos hombres se habían alejado lo suficiente, prosiguió su camino hacia el palacio de Don Gonzalo, siempre medio oculto en la espesura del bosque. Anduvo así más de media hora. En un claro del encinar vio que estaba muy cerca de la loma donde se asentaba el palacio y de un salto montó sobre la yegua y la azuzó para que galopase lo más rápido posible. En pocos minutos llegó al palacio. Se apeó y llamó a la puerta con insistencia pero nadie le abrió. Con un miedo indescriptible llevó al animal al interior de un establo para que nadie lo viera y corrió atravesando el naranjal hacia la casa de los invitados donde había pasado la noche en la anterior visita. Por suerte la puerta estaba abierta. Entró y se escondió casi a oscuras tras un mueble de madera de cedro y así permaneció durante largas horas, a ratos llorando, a ratos dormitando por la extrema angustia o por puro agotamiento. Cualquier pequeño ruido lo sobresaltaba. Una oveja solitaria que se había separado de uno de los numerosos rebaños que pastaban por los campos de Ubrique pasó corriendo cerca de la casa y Taufik creyó que eran los soldados del Inquisidor. Su miedo se acrecentó hasta tal extremo, que sin darse cuenta se orinó y defecó encima. Al escuchar el balido de la oveja comprendió lo que en realidad había ocurrido y rompió a llorar como un niño. Su llanto se hizo más intenso al darse cuenta del penoso estado en que se encontraba, sucio de heces y orines.

El tiempo transcurría con una lentitud desesperante y nadie se acercaba al palacio ni a la casa adyacente donde se encontraba escondido. Confiaba que en cualquier momento aparecería Don Gonzalo, pero las horas pasaban y acabó durmiéndose sobre sus propios excrementos. Dormir le hizo mucho bien. Le permitió recuperarse de su cansancio y la noche se le hizo así mucho más corta. Cuando despertó el sol hacía ya un par de horas que había salido. Algunos rayos conseguían atravesar las delgadas rendijas de una ventana. Taufik se levantó entumecido con la desagradable sensación de las heces resecas pegadas a sus nalgas y genitales. El hedor no le molestaba pues su olfato se había acostumbrado. Necesitaba salir para limpiarse y lavar la ropa, pero no se atrevía. De pronto su corazón dio un vuelco en su pecho y se aceleró al recordar que los diez apóstatas y los dos extranjeros iban a morir quemados vivos aquella misma tarde.

Intentó tranquilizarse y cuando consiguió serenar un poco su atormentado espíritu, tras sopesar todas las alternativas, llegó a la conclusión de que lo más prudente era seguir escondido en aquella casa propiedad de Don Gonzalo, uno de los ubriqueños más ricos y respetados del pueblo. Nadie se atrevería a hollar la propiedad de tan ilustre hidalgo.

Y tenía razón, a nadie se le ocurrió registrar el palacio y demás posesiones de Don Gonzalo. Los soldados del Santo Oficio, como si de cazadores se tratase, rastrearon palmo a palmo el inmenso encinar y todos los caminos que lo atravesaban, subieron a todas las lomas para otear desde allí aquellos vastos parajes, preguntaron a los moriscos ubriqueños que apacentaban los rebaños de cabras y ovejas de sus amos, pero misteriosamente nadie parecía haberlo visto, salvo los dos cristianos que lo habían denunciado al Inquisidor.

Interrogaron también por supuesto a los tres pastores del rebaño de Don Gonzalo, pero los tres aseguraron que no habían visto a nadie. Los moriscos tenían un pacto entre ellos de no denunciar jamás a uno de los suyos y todos lo cumplían como si fuera un precepto sagrado, exponiéndose a veces a ser acusados de encubrimiento y condenados a horrendas torturas, incluso a morir en la hoguera o a ser desmembrados entre cuatro caballos.

Al pastor morisco que había hablado con Taufik le había caído bien aquel muchacho de Grazalema. Tras ser interrogado por los soldados sintió que debía protegerlo de tanto peligro, lo habló con sus dos compañeros y para no levantar sospechas fueron acercando lentamente el rebaño a las posesiones de Don Gonzalo. En un par de horas estuvieron delante del palacio. Llamaron a la puerta y les abrió la esposa morisca del hidalgo gallego. Al preguntarle por el paradero de su esposo ella les aseguró que no andaría muy lejos pues había ido a podar los naranjos y cerezos de su huerto.

El pastor se encaminó hacia el naranjal y no tardó en ver a Don Gonzalo encaramado sobre un viejo cerezo.

—Buenos días, mi señor.

—Buenos días, Salem. ¿Qué te trae por aquí?

—Mi señor, ¿conocéis a un mozo morisco de Grazalema que dice ser vuestro amigo?

—Pues sí, lo conozco. Vino el verano pasado. Buscaba artesanos para su palacio. Si no me falla la memoria se llamaba Taufik. ¿Lo conoces?

—Lo vimos ayer por la mañana montado en una yegua blanca camino de Ubrique. Dijo que tenía que hablar con vos sin falta. Yo lo avisé del peligro que corría si se acercaba al pueblo, pero él insistió. Le aconsejé que viniera hacia aquí dando un largo rodeo por el camino del encinar. Ayer por la tarde dos cristianos lo denunciaron al Gran Inquisidor acusándolo de rezar postrado en el suelo en dirección a la Meca. Vinieron a interrogarnos tres soldados del Santo Oficio pero nosotros les dijimos que no lo habíamos visto.

—Pobre muchacho. ¿Por dónde andará? Tengo que encontrarlo cuanto antes. —exclamó apesadumbrado Don Gonzalo.

—A lo mejor está en el establo, señor.

—Tienes razón. Vamos a ver si está escondido allí.

Entraron en el establo, esperaron unos segundos a que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad y vieron la yegua blanca junto a los caballos del hidalgo con la montura todavía sobre sus lomos, pero allí no estaba el muchacho. Don Gonzalo ordenó al pastor que le diese agua y cebada, le quitase la montura y la cepillase. El animal no estaba sudoroso, lo que indicaba que ya llevaba bastante tiempo en el establo. Buscó a Taufik en el pajar y no lo encontró. Fue a preguntar a su esposa y ella nada le supo decir. No se atrevió a llamarlo a gritos para no levantar sospechas a quien pudiera oírle. Volvió a donde estaba Salem y se sentó sobre una gavilla de heno. Cubrió su rostro con ambas manos e intentó concentrarse para adivinar dónde podría estar Taufik.

—Señor, ¿habéis mirado en la casa de invitados? —le sugirió el pastor.

—Pues no, vamos a ver si está allí. —le contestó el hidalgo levantándose de un brinco.

Corrieron hacia el naranjal, abrieron la puerta de la casa y en su rostro se dibujó una mueca de asco por el intenso hedor que desprendían las heces de Taufik.

—¡Abre las ventanas! —ordenó Don Gonzalo a Salem.

—Taufik, ¿estás ahí?

—Se...ñor, es...toy aquí... —balbució el muchacho con un hilillo de voz casi inaudible seguido de un acceso de tos.

—Amigo mío, ¡cómo me alegro de que estés vivo! —exclamó el gallego, impactado por el estado lastimoso de Taufik que estaba echado en el suelo en posición fetal.

Fué a levantarlo, pero el muchacho ardía de fiebre, deliraba y no se tenía en pie.

—Vete a casa corriendo y dile a mi esposa que prepare agua caliente y ropa limpia. —le ordenó a Salem.

Gonzalo le quitó la apestosa ropa y cubrió su cuerpo desnudo con una manta para que no cogiera frío. En su rostro pálido y sudoroso con la mirada perdida se podía adivinar el miedo atroz que había pasado y lo había llevado a ponerse tan enfermo. Había corrido un gran peligro sólo por cumplir con la promesa de invitarlo a su boda. Al verlo tan indefenso al hidalgo se le humedecieron los ojos. Taufik estaba en estado estuporoso y recobraba parcialmente la consciencia cada vez que Gonzalo le hablaba, pero de su boca sólo salían balbuceos sin sentido.

Al rato llegó Salem con agua caliente, una pieza de jabón de la famosa almona de Sevilla, perfumado con esencia de corteza de limón y resina de pino y unos paños para lavar a Taufik.

—¡Deja, lo haré yo, es mi amigo! —exclamó Don Gonzalo, quitando el paño mojado a Salem cuando éste se disponía con una indisimulada mueca de asco a limpiar las heces del pobre muchacho.

Aquella reacción de su amo sorprendió tanto al pastor que quedó aturdido durante unos segundos, pues se le antojaba algo impensable que un noble hidalgo se rebajase a realizar algo tan humillante. Al momento reaccionó y lo ayudó a levantar las piernas de Taufik y a darle la vuelta. No se lo podía creer. Jamás un cristiano le había limpiado el culo a un moro. Deseaba contárselo a sus dos compañeros que lo esperaban cerca del palacio apacentando las ovejas. Se sentía afortunado de estar al servicio de Don Gonzalo, un cristiano extraño que trataba a los moriscos con afecto y no como a perros.

Ya limpio y perfumado vistieron a Taufik con ropas del hidalgo y lo acomodaron sobre un mullido colchón de lana batida. Salma, la esposa morisca de Don Gonzalo, ordeñó una cabra, calentó la leche, la endulzó con un poco de miel de azahar y se la llevó a su esposo para que se la diera a Taufik, pero éste a duras penas tomó un par de sorbos. Seguía ardiendo de fiebre, no paraba de toser y parecía tener pesadillas, pues se agitaba, deliraba y llamaba continuamente a su madre y a Zulema. Gonzalo temió por la vida de su amigo. Le tenía que bajar la fiebre como fuera o no sobreviviría a aquella noche.

—Salem, vete a casa de mi primo y dile de mi parte que uno de mis esclavos está muy enfermo con mucha fiebre y necesita de los cuidados de su vieja esclava negra Dagwa.

—Voy presto, señor.

En menos de media hora Salem estaba de vuelta con Dagwa. La africana, que era curandera y sabía de las virtudes de muchas hierbas, llevaba consigo una cesta con sus plantas medicinales y varios recipientes de barro para hacer cocimientos. Con aire experto miró al enfermo, le tocó la frente, le abrió la boca y acercó la nariz para oler su aliento, puso su oreja sobre su pecho, hizo una mueca de contrariedad y sin pronunciar palabra alguna salió de la casa de invitados en dirección al palacio. Entró sin llamar. Dentro estaba Salma cardando lana. Las dos mujeres que eran amigas se saludaron con afecto y la curandera le explicó que necesitaba un mortero para picar unas hojas. Fueron a la cocina y Salma le dio a escoger, pues tenía varios. Le gustó el más grande y más ligero, tallado en madera de olivo.

 Cono inmaduro de pino.

De su cesta sacó diez hojas secas de sauce, las echó en el mortero y las machacó enérgicamente con maestría hasta que quedaron reducidas a un finísimo polvo que guardó en un platillo de cobre. Echó luego en el mortero cinco hojas de menta fresca y tres pequeños conos inmaduros de pino que machacó hasta conseguir una pasta cremosa. Cogió entonces una marmita, vació dentro el polvo de sauce y la crema de menta y pino, derramó encima agua hirviendo y removió la mezcla un buen rato con una cuchara de madera de boj. Pidió luego a Salma un pañuelo limpio de algodón, lo puso sobre una cazuela, vertió en él aquella pócima y la filtró para recoger la esencia de las plantas. Puso a continuación el recipiente al fuego, añadió una generosa cucharada de miel de romero y justo cuando empezaba a hervir lo retiró y se lo llevó a la casa de invitados.

Gonzalo y Salem la esperaban ansiosos, pues Taufik parecía estar cada vez peor. Nada más entrar la curandera levantó la cazuela por encima de su cabeza, cerró los ojos y se puso a hablar en una lengua extraña como si estuviera invocando a algún dios africano. Dio luego varias vueltas alrededor del enfermo mientras seguía con sus incomprensibles rezos hasta que de pronto paró, puso la cazuela caliente sobre el pecho de Taufik por encima de la manta que lo cubría, contó hasta cinco y la retiró, momento en que cesaron sus rezos. A continuación colocó el recipiente sobre una mesilla junto a la cabeza del enfermo, sacó una cucharita de cobre y pidió a los dos hombres que incorporasen a Taufik. Puso su mano izquierda sobre la frente del muchacho y con una voz increiblemente amorosa que no era la suya sino la de la difunta madre de Taufik le animó a abrir la boca y a tomar sorbitos del cocimiento con la cucharilla.

Menta silvestre. (Mentha suaveolens)

Taufik tenía los ojos cerrados, respiraba con gran dificultad y parecía estar en coma, pero asombrosamente obedeció las órdenes de Dagwa, abrió la boca y una tras otra fue tragando todas las cucharaditas de pócima que le dio la africana. Después lo dejaron descansar y a las tres horas repitieron el tratamiento y así durante tres largos días. El morisco parecía no mejorar, seguía inconsciente y le tuvieron que cambiar varias veces la ropa pues sudaba copiosamente y se orinaba en la cama. A Gonzalo la tristeza lo embargaba y estaba perdiendo toda esperanza.

Cuando en la madrugada del cuarto día Dagwa solicitó la ayuda de los dos hombres para incorporar al enfermo y repetir el tratamiento, los tres notaron que respiraba mejor y sus ropas estaban secas. Gonzalo tocó su frente y ya no le ardía, le habló y él le respondió abriendo los ojos y esbozando una leve sonrisa y entonces el hidalgo sintió que su corazón iba a estallar en su pecho tan grande era su alegría y no pudo evitar que se le llenasen los ojos de lágrimas. Dagwa lo miró de soslayo y sonrió. Su brebaje había surtido efecto.

—Tengo hambre —dijo Taufik y todos se miraron y rompieron a reír a carcajadas de pura alegría.

—Salem, vete al palomar, escoge el pichón más gordo, mátalo, desplúmalo y llévaselo a mi esposa para que prepare un caldo con él. Mi amigo tiene que recuperar sus fuerzas.

Así lo hizo el pastor y al cabo de un par de horas Salma entró en la casa de invitados con una olla humeante de rico caldo de pichón. Echó un poco en un cuenco y se lo dio a su esposo. Gonzalo se acercó a la cama de Taufik, se arrodilló y le fue dando cucharadas de caldo que le supieron a gloria.

—¿Quieres más? — le preguntó al ver que se lo había acabado todo.

—¿No tenía muslos el pichón? —quiso saber el muchacho y todos volvieron a reír a carcajadas.

Salma fue a buscar la carne del ave y Gonzalo deshuesó los muslos y se los dio en la boca a trocitos con la mano. Después Taufik se durmió y todos salieron de la estancia para comer ellos también, pues durante aquellos cuatro días casi no habían probado bocado y necesitaban alimentarse y descansar.

Mientras estaban comiendo en el interior del palacio alguien abrió la puerta y gritó "¡Ah de la casa!". Eran dos soldados del Santo Oficio que buscaban al moro. Llevaban cuatro días buscándolo y parecía haberse esfumado. A Gonzalo le dio un vuelco el corazón, pero intentó controlarse, se mostró tranquilo, afable y hospitalario y con astucia invitó a comer a los soldados para contentarles y hacerles ver que allí no había ningún moro fugitivo.

Salem y Dagwa se habían levantado apresuradamente antes de entrar los soldados y se comportaron como simples esclavos de Don Gonzalo, pues estaba muy mal visto que los moros y los cristianos comieran juntos. Los soldados preguntaron por el moro al hidalgo, pero éste les aseguró que no lo había visto. Luego repitieron la pregunta a los moriscos y obtuvieron la misma respuesta. Dagwa les llevó un generoso cuenco de caldo de pichón, varias lonchas de tocino ahumado recién asado sobre las brasas que olía de maravilla, pan blanco de trigo candeal todavía caliente que había amasado y horneado aquella misma mañana, queso de oveja, aceitunas adobadas con sal marina, ajos e hinojo, higos secos, uvas pasas, almendras tostadas y unos dulces de avellana con piñones, todo regado con varios vasos colmados de vino tinto, que aquellos hombres devoraron como si llevasen tres días sin comer. Ahítos y agradecidos dieron las gracias a tan generoso anfitrión y se marcharon sin sospechar nada.

Taufik seguía durmiendo apaciblemente. Soñaba con su amada Zulema a la que veía vestida de novia musulmana sonriéndole con dulzura. Veía también a sus padres Muhammad y Zahira, jóvenes, felices, sonrientes, que estaban sentados a su diestra. Ante él estaba su amigo Gonzalo que le ofrecía una naranja de sangre y le regalaba una amplia sonrisa. Se encontraban todos reunidos dentro del pequeño palacio del bosque de abetos celebrando su boda. Él alargaba su mano de niño hacia la de su padre, asía sus robustos dedos anular y meñique y se giraba una y otra vez hacia su madre, que lo saludaba con la mano cada vez que él la miraba. De pronto ya no la veía y escuchaba sus pavorosos alaridos gritándole que corriera a esconderse en la espesura del bosque mientras un cristiano la degollaba y decapitaba. Taufik se despertó sobresaltado, el dulce sueño se había transformado en la terrorífica pesadilla recurrente que lo atormentaba desde los ocho años. La estancia estaba a oscuras y creyó estar muerto. Su corazón galopaba en su pecho y la angustia lo ahogaba: "¡Madre, ayúdame, tengo miedo!".

Gonzalo entró en aquel momento en la casa, lo escuchó llorar, abrió las ventanas y se sentó a su lado.

—Has tenido una pesadilla, ¿verdad?

—Sí, la misma de siempre. Jamás podré borrar los dolorosos recuerdos de mi infancia. Me gustaría olvidar, empezar de nuevo, sin recuerdos, sin pasado, sin odio, sin miedo, pero no puedo, aunque quiera no me dejan. Dime, Gonzalo, ¿porqué los demás cristianos no son como tú?

—¿Y cómo soy yo, Taufik?

—Eres bueno y noble. Tratas a los moros con afecto y respeto y no como a perros despreciables. Debería odiarte por ser cristiano, pero no puedo. No he tenido nunca un hermano, pero no sabes cómo me gustaría que tú lo fueras.

—Si así vas a ser más feliz, aquí tienes a tu hermano.

—Gracias...Gonz.... —consiguió decir Taufik, pero no pudo seguir hablando. Un nudo de emoción le apretó la garganta y dos grandes lágrimas resbalaron por sus mejillas y se perdieron en la almohada.

Gonzalo sonreía. A él también le resbalaban dos lágrimas y miraba a Taufik a los ojos con ternura y éste a los suyos. Un lazo invisible entre ellos se estaba anudando para siempre, un vínculo mucho más fuerte que el traicionero amor carnal, un pacto inquebrantable de fidelidad absoluta, de generosidad absoluta, tal vez el más limpio y puro de los sentimientos entre dos seres humanos, sólo superado por el amor de un padre y una madre por su hijo, la amistad verdadera.

Atardecía en Ubrique. La luna llena, cual diosa de luz, se levantaba orgullosa tras las copas del inmenso alcornocal y un coro de grillos, búhos, lechuzas, ranas y sapos llenaba aquel paraíso de cánticos de vida.

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sábado, 23 de marzo de 2013

Y el milagro fue posible y se hizo realidad

Injerto de castaña germinada sobre encina

Si, amigos, es como un pequeño milagro. Sólo ha agarrado uno de veinte injertos radiculares de castaña germinada sobre encina, o sea, un éxito del 5% o bien un fracaso del 95%, según como se mire. A mi me basta para confirmar que mi hipótesis experimental o mi experimento hipotético era posible. Tras muchos años intentando injertar encinas con estacas o escudetes de castaño por los métodos de Corona, Hendidura o Chip mallorquín con un fracaso del 100% al fin he encontrado una manera de conseguirlo.


El 95% de fracasos me han servido para sacar unas cuantas conclusiones:

1--Cuanto más delgada es la rama de encina, más fácil es que se produzca la unión entre las células meristemáticas pluripotenciales de la raiz de la castaña y las células del cambium subcortical de la encina. 

2--Conviene que el agujero hecho a la rama de la encina sea prácticamente igual al grosor de la raiz de la castaña, de manera que se ajusten bien y no quede ningún espacio entre los dos tejidos.

 Este es el único injerto que ha agarrado.

3--Es importante tener paciencia y no apresurarse en quitar la maceta que cubre el injerto. Convendria dejar la maceta durante dos años para que la raíz del castaño hiciese cada vez más presión contra los tejidos del agujero de la encina a medida que se fuera engrosando, provocando así una unión forzada de ambos tejidos. (Este apresuramiento mío, esta falta de paciencia ha sido precisamente la causa del 95% de fracasos, ya que retiré la maceta y corté las raíces de los pequeños castaños a los 11 meses del injerto. En aquel momento los veinte injertos tenían un aspecto fantástico, pero poco a poco se han ido secando y sólo ha sobrevivido uno).


4--Las castañas se tendrían que estratificar en frío en otoño dentro del frigorífico a muy baja temperatura sin llegar a la congelación (aproximadamente a unos 2 ò 3 ºC) y a finales de febrero ir aumentando la temperatura del frigorífico para que las castañas iniciasen la germinación y emitieran la raíz, con la finalidad de hacer los injertos lo más tarde posible, cuando la encina ya estuviera en plena brotación primaveral, o sea, a finales de marzo. (Yo hice los injertos en febrero del año pasado, pues las castañas ya tenían una raíz de 4 ò 5 centímetros).


Hoy he grabado un pequeño video del injerto que ha agarrado. (Os ruego que seáis indulgentes. El video es muy malo, grabado con mi vieja cámara Canon). Veréis que el pequeño castaño tiene dos tallos. En el extremo del más pequeño se ve como la yema terminal ya empieza a hincharse y a verdear, prueba inequívoca del éxito. Se ve muy bien la raíz cortada del castaño. Notaréis que en uno de los lados puse mucho mastic sellador, ya que cuando retiré la maceta, mientras cortaba las raíces, encontré una especie de tumoración que parecía un trozo de corteza de encina pegada justo en la unión castaño-encina. Al arrancar el tumor quedó una herida, por lo cual le puse pasta selladora. Me imagino que se trataba de un chancro, que es una enfermedad frecuente en los castaños. El hongo seguramente surgió de una espora pegada a la misma castaña. También se pueden ver los injertos de Corona que he hecho en las ramas donde no agarraron las castañas. Seguramente volverán a ser un fracaso. En quince días lo sabré. Si fallan, podaré todas las ramas a la encina y sólo le dejaré el injerto radicular que ha agarrado.

Y ahora me surge una pregunta: ¿Fue acaso el hongo del chancro el "culpable" de la unión de los dos tejidos y por lo tanto del éxito del injerto?. Si fuera así, se tendrían que hacer los injertos poniendo unas cuantas esporas del hongo en la raíz de la castaña. 


Edito esta entrada seis días después y añado un nuevo vídeo en el que se ve como la brotación de las yemas se está acelerando. En el extremo del tallo más corto ya hay hojas nuevas.


A los nueve días del primer video le he hecho esta foto en la que se ve ya una vigorosa brotación:


El castaño es un árbol muy longevo y tiene una infancia y adolescencia muy largas. El pequeño castaño del injerto por tanto en realidad es un bebé-árbol de sólo un año, por lo que seguramente tardaría unos 30 ó 40 años en fructificar por primera vez. Por este motivo si el año que viene tiene unas buenas ramas, iré a buscar estacas de castaño de buena calidad al Valle del Jerte de Extremadura o a Galicia y le injertaré las ramas. Según tengo entendido los injertos de castaño sobre castaño borde agarran con facilidad.

Este artículo es sólo una primicia, un adelanto del artículo más exhaustivo que pienso escribir si finalmente en unas semanas se confirma el éxito de este injerto experimental. Cuando tenga brotes vigorosos de un palmo, grabaré un nuevo video y os lo mostraré.

Este experimento a los tres años fracasó. Cuando el injerto estaba brotando en primavera de pronto se secó, como si la encina se negase a alimentarlo. Fue bonito mientras duró.

sábado, 16 de marzo de 2013

Ni el califa de Córdoba comía mejor.


Quinto capítulo


La ornamentación del pequeño palacio de Zulema iba a ser laboriosa. En Grazalema no había ningún horno grande adecuado para cocer cerámica vidriada y el artesano Ahmed, maestro en azulejos y mosaicos, tuvo que ingeniárselas para construir uno capaz de alcanzar las altas temperaturas que requerían las piezas de arcilla para convertirse en bellísimos azulejos multicolores (la palabra española azulejo procede del árabe andalusí azzuláyǧa). 

El otro artesano, de nombre Omar, maestro carpintero y ebanista, necesitaba madera de excelente calidad, a ser posible del preciado cedro de las montañas del Atlas de la vecina África, aunque compadeciéndose de Taufik, pues sería muy caro importarla, aceptó trabajar con madera del abeto andaluz que abundaba alrededor de Grazalema.

Así que Taufik y sus seis amigos libertos se pusieron a las órdenes de los dos artesanos y mientras varios de ellos buscaban piedras grandes, las tallaban para darles la forma geométrica indicada por Ahmed y empezaban a ensamblarlas para construir el horno, los demás acudían al bosque armados con hachas en busca de varios abetos de tronco grueso y tras derribarlos les pelaban la corteza con azuelas, aserraban el tronco en tablones con grandes serruchos de doble mango y se los entregaban al maestro Omar para que los tallase con sus herramientas.

Los libertos sentían un gran afecto por Taufik. Le respetaban, admiraban y apreciaban como si de un hermano mayor se tratase. Trabajaban para él de sol a sol sin desfallecer agradecidos por haberlos liberado de la esclavitud. Tenían más o menos su misma edad y vivían los seis juntos en una gran choza cercana al palacio que habían construido con sus propias manos ensamblando troncos de abetos jóvenes. Todos sus gastos corrían a cargo de Taufik, que se mostraba muy generoso con ellos, pues él también les estimaba como a hermanos.

A Ahmed le gustaban las cosas bien hechas. Era un artesano famoso conocido en toda la bahía de Cádiz. Vivía con su familia en una pequeña aldea cercana a las ruinas de la antigua Algeciras. Había sobrevivido a la reconquista gracias a su astucia y a la gran admiración que despertó su taller, su maestría y su digna y serena apostura en los invasores cristianos cuando éstos entraron en su casa. Él, su esposa, sus siete hijos y sus dos aprendices esperaban aterrorizados la entrada de los infieles del norte sentados muy juntos sobre almohadones (del árabe andalusí almuẖádda) en el centro de la casa, en silencio, sabedores que de nada les serviría intentar defenderse. Las paredes del interior de la vivienda estaban adornadas con bellísimos mosaicos que refulgían con luz propia con destellos multicolores y en el suelo había varios armatostes de madera sobre los que se distribuían cientos de azulejos de múltiples formas y colores, colocados dibujando figuras geométricas y motivos florales para ser luego llevados a algún palacio de nueva construcción y montados cubriendo sus paredes interiores.

Cuando los cristianos llegaron al umbral de la puerta se la encontraron abierta, extrañados se asomaron al interior de la casa y una amable voz masculina hablando en un perfecto castellano les dio la bienvenida. Era Ahmed que además de un excelente artesano era un gran erudito que dominaba el castellano, el latín, el griego y el árabe andalusí y conocía los mágicos secretos del arte de la alquimia, la aritmética, la astrología y la música. Su aparente serenidad, el tono suave y amable de su voz, la gran maestría y belleza que mostraban sus mosaicos y la visión de su esposa e hijos sentados en el suelo todos cabizbajos en señal de sumisión y respeto, apaciguó el ansia de sangre de los invasores y el cabecilla ordenó a sus soldados que les respetasen la vida y los bienes, dejando a dos de ellos haciendo guardia en la entrada para que nadie les hiciera daño.

La inteligente pantomima teatral para lograr sobrevivir le había salido bien a Ahmed. No le había costado mucho organizar la escena, pues en sus venas corría sangre cristiana, la de su madre leonesa de nombre Ximena que su padre había comprado a un mercader de esclavos de Granada. Conocía pues las extrañas costumbres de los infieles del norte. Cuando llegó la terrorífica noticia de la cercanía de las huestes invasoras, Ahmed ordenó a su mujer, a sus hijos y a los dos aprendices que se vistiesen rápidamente con ropas cristianas y escondió los objetos y adornos musulmanes más llamativos, sustituyéndolos por un gran crucifijo y una imagen de la Virgen María con el niño Jesús en brazos. Luego les hizo sentar todos juntos alrededor de su esposa en el centro de la estancia y obligó a memorizar un nombre cristiano a cada uno de sus hijos y a los dos aprendices. Su esposa no tuvo necesidad de aprender un nombre distinto al suyo verdadero, Joana, pues era una esclava cristiana que Ahmed había comprado por dos monedas de oro en el mercado de esclavos de Izn-Rand Onda (ciudad de Ronda, la primitiva Arunda de los fenicios). Cuando el cabecilla de la horda de cristianos preguntó el nombre al más pequeño de los niños, éste levantó la cabeza, le miró con sus grandes ojos azules heredados de su abuela Ximena y le contestó muy serio con su vocecita inocente: "Me llamo Antonio, señor."

Ahmed se hizo llamar Emeterio y desde aquel día él y su familia siguieron morando tranquilamente en su casa como cristianos, como si para ellos nada hubiera cambiado. Todos sus vecinos moros habían sido masacrados salvajemente, de manera que no quedó nadie en la aldea que pudiera denunciar a los cristianos la falsedad de Ahmed. El jugaba a nadar entre dos aguas. Cuando trataba con moros era un morisco converso y se dirigía a ellos en árabe andalusí y cuando lo hacía con cristianos les hablaba en castellano y se comportaba como un cristiano viejo. La sangre leonesa de su madre le ayudaba en la simulación, pues había heredado de ella su tez clara y sus ojos celtas, hablaba el castellano con un fuerte acento leonés y lo había enseñado a sus hijos al mismo tiempo que el árabe andalusí, de manera que los niños lo hablaban perfectamente con el mismo acento que su padre sin levantar ninguna sospecha.

Su esposa era originaria de la ciudad de Montpellier. Había sido raptada muy joven por unos corsarios sarracenos y llevada al mercado de Ronda, donde Ahmed trabajaba en la ornamentación del palacio del emir. Cuando una mañana escuchó al mercader de esclavos anunciar a gritos la venta de una niña cristiana, le picó la curiosidad y se acercó a la plaza de la ciudad, donde se arremolinaba una muchedumbre de curiosos. Sobre una tarima de madera había una docena de esclavos de distintas edades con las manos fuertemente maniatadas con una soga de esparto y los tobillos rodeados por pesadas argollas de hierro oxidado (del árabe andalusí alḡúlla). Estaban de pie muy juntos, semidesnudos, con la cabeza agachada y los ojos llorosos mirando al suelo. Joana había sido obligada por el mercader a dar un paso hacia adelante con un bastonazo y lloraba temblorosa en silencio.

Cuando Ahmed la vio tan menuda, tan bonita, tan frágil, tan blanca, tan aterrorizada y vulnerable, con su pelo rubio desaliñado y sus piececitos descalzos e hinchados por las argollas que rodeaban sus tobillos y le habían abierto espantosas heridas, se acordó enseguida de su madre, sintió una puñalada en el pecho, se le humedecieron los ojos y su corazón le ordenó que la comprase costase lo que costase. Otro hombre estaba interesado en la pequeña, pero sólo ofrecía una moneda de oro por ella, así que a Ahmed le bastó con doblar la oferta para hacerse con la niña. La cogió en brazos, pues no podía caminar y se la llevó a su casa. Por el camino intentó tranquilizarla hablándole en castellano, pero ella no le entendía pues sólo conocía el occitano. La pobre Joana apestaba a heces y orines y un andrajoso vestido de tela de cáñamo cubría su demacrado cuerpecito. Tendría unos 9 años. Ahmed se desposó al día siguiente con ella, pues aborrecía la idea de tenerla como esclava, pero la respetó hasta que se hizo mujer. Joana no tardó en cogerle un gran cariño, primero como a un padre y después como a un esposo y le dio siete hermosos hijos de tez blanca, a los que hablaba siempre en occitano con el fuerte acento de su Montpellier natal. Sólo se dirigía a ellos en la lengua andalusí, que Ahmed le había enseñado, cuando tenían visitas en la casa.

El horno pronto estuvo acabado. Tenía la planta circular y una altura de más de dos metros. Estaba dividido en dos compartimentos superpuestos separados por una parrilla de ladrillos con espacios vacíos entre ellos, que permitían el paso del calor del fuego que subía del compartimento inferior sin que la leña en combustión entrase en contacto directo con las piezas de cerámica. Ahmed colocó cuidadosamente los primeros azulejos crudos sobre la parrilla en el compartimento superior, mandó a los libertos que llenasen de leña el compartimento inferior y entonces se dirigió a Taufik para ofrecerle el honor de prenderle fuego por primera vez.

Semillas de cardamomo, Elettaria cardamomum.

Zulema seguía yendo cada mañana al bosque de abetos, saludaba con una sonrisa a Taufik y a los demás hombres y se sentaba a los pies del viejo abeto cuyo tronco albergaba el alma de su padre. El día siguiente de la llegada de los artesanos les había llevado dulces de almendra supuestamente amasados y horneados por ella misma, pero la verdad es que no era exactamente así, pues Zulema no sabía cocinar, no lo había hecho nunca. Durante su corta vida sólo había trabajado en la limpieza de la casa de sus amos, lavado la ropa en una fuente cercana y acarreado agua y leña como una bestia de carga. El éxito de sus primeros dulces, por tanto, tenía truco. Sin decir nada a Taufik, mientras éste se encontraba de viaje en Ubrique, había pedido ayuda a una vieja esclava morisca con fama de buena cocinera de comida andalusí llamada Zahara, que vivía en una casita de adobe a las afueras de Grazalema. La anciana había accedido encantada a ayudarla, pues se aburría de estar ociosa todo el día, acostumbrada a trabajar duro durante toda su vida. Su amo la había liberado hacía unos pocos meses tras más de 60 años de esclavitud, agradecido por sus excelentes servicios y su fidelidad y le había regalado la pequeña casa

 Semillas de sésamo o ajonjolí, Sesamum indicum.

Zulema le había rogado que se quedase a vivir con ella. La anciana tenía las rodillas y los pies deformados por la artrosis y le costaba mucho caminar, así que le gustó mucho la oferta de la muchacha y aceptó quedarse. Ambas detestaban la soledad y convivir juntas en aquella casita les pareció una idea muy atractiva. Durante los primeros días Zahara cocinó sola, explicando a la muchacha paso a paso sus secretos de vieja cocinera. Zulema metía luego la comida preparada en las dos bolsas de unas alforjas (del árabe andalusí alẖurǧa), las cargaba a los lomos de una burra  y se la llevaba a los nueve hombres que trabajaban de sol a sol en la ornamentación del palacio. 

En ningún momento sospecharon que la comida no había sido cocinada por Zulema. Con tanto trabajo tenían un hambre atroz y esperaban con ansia la llegada de la muchacha. Cuando alguno de ellos la veía a lo lejos acercarse con la burrita, avisaba a los demás con un ¡ya viene! y las glándulas salivares de aquellos nueve hombres automáticamente empezaban a salivar y sus estómagos rugían en sus vientres. Taufik no se libraba de aquella reacción instintiva y su sensación de hambre se mezclaba con la inmensa alegría de ver a su amada, pues cada día estaba más locamente enamorado de ella 

 Canela en rama, Cinnamomum zeylanicum.

Una vez les había servido la comida sobre una gran estera de esparto bajo la sombra del viejo abeto que albergaba el alma de su padre, Zulema se sentaba como siempre a los pies del árbol y les observaba divertida. Ellos estaban absortos dándose un atracón y todos salvo Taufik se olvidaban de su presencia. Mientras saboreaban aquellos deliciosos manjares preparados por Zahara no paraban de proferir exclamaciones de placer por lo rico que se les antojaba el tajín de cordero en salsa de cardamomo, el cuscús de pollo al azafrán, el hummus de garbanzos en salsa de sésamo, las lentejas con espárragos trigueros, las cebollas confitadas a la albahaca, el tajín de pollo a la miel de romero, el rabo de ternera a la canela, las setas asadas al ajiaceite, la crema de nueces con huevos de paloma, las chuletas de cordero al comino, los cogollos de hinojo a la granadina, los pies de cordero encebollados, los albaricoques confitados a la canela, la crema de mandarina al aroma de hierbaluisa, el guirlache de sésamo y avellanas, el turrón de piñones, las naranjas rellenas de crema de melocotón, las manzanas a la miel de azahar,  la torta de la favorita del emir, el queso de cabra al almíbar de tomillo, .....

Semillas de comino, Cominum cyminum.

Zulema no podía reprimir la risa escuchando tanto gruñido, tanto uhmmm, tanto chupeteo de dedos, tanto chasquido de bocas, tantos suspiros de placer, tantas exclamaciones de ¡qué rico!, tantas afirmaciones de ¡ni el califa de Córdoba comía mejor que nosotros!, ... y para que no vieran lo bien que se lo pasaba, lo mucho que se divertía haciendo felices sus estómagos, se cubría su hermosa sonrisa y sus ojos brillantes de alegría con el velo de algodón blanco.


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sábado, 2 de marzo de 2013

Los dulces de almendra y sésamo de Salema

Cuarto capítulo


Taufik tardó más de una hora en serenarse. Había osado transgredir la ley de los invasores cristianos que prohibía a los moros hablar en su lengua sarracena, la llamada algarabía de moriscos y mudéjares andalusíes y una provocación tan descarada no se le podía tolerar a un forastero. Tuvo mucha suerte. La horda de cristianos armados con palos había decidido apalearlo como a un perro hasta la muerte, pero al final no pasó nada. Fue un milagro de su dios Alá, la misteriosa protección del espíritu de Musarraf o tal vez los nervios de acero de Taufik que tuvo la valentía de permanecer inmóvil e impertérrito sobre su yegua, mirando sin odio a los cristianos con la apostura y la dignidad de un príncipe, lo que le salvó de una muerte atroz. Fuera lo que fuere, cuando los cristianos se le acercaron y él les miró fijamente a los ojos, quedaron súbita e inexplicablemente apaciguados y no se atrevieron a atacarlo, aunque él no fue consciente de ello y temió por su vida.


Taufik no había estado nunca antes en Ubrique. Aquella soleada mañana había llegado muy alegre pensando que los ubriqueños al no conocerle serían amables y acogedores con él, pero se encontró con un ambiente enrarecido cargado de violencia contenida y una población dividida en dos grupos irreconciliables que se odiaban tanto como se temían. Ignoraba que en este pueblo los moros eran tan numerosos como los cristianos y esta paridad generaba mucha agresividad y odio entre ellos.

   Bellísimo pueblo blanco de Ubrique enclavado en un lugar paradisíaco.

En Grazalema, en cambio, los moros habían sido masacrados por los cristianos del norte en la "reconquista" y sólo habían sobrevivido unas pocas docenas de niños denigrados a la condición de esclavos, los llamados morisquillos por los cristianos viejos. El hecho de haber sido "convertidos" y bautizados no les libraba de la esclavitud. Salema y Taufik, es decir, Beatriz y Fernando, eran dos de estos niños, dos morisquillos. Al estar en franca minoría los moros grazalemeños no se atrevían a plantar cara a los cristianos y estaban totalmente sometidos. Aunque parezca contradictorio era precisamente este sometimiento, esta sumisión a la voluntad de sus amos lo que creaba un ambiente tolerante que daba una cierta libertad a los esclavos de Grazalema. Esto evitaba que fueran castigados por hablar entre ellos en su algarabía andalusí.

 Majestuoso roble andaluz, Quercus canariensis.

Durante el largo rato que estuvo en el camino del bosque de robles y encinas intentando serenarse y recobrar la compostura, Taufik ató la yegua a una rama de un quejigo, a cuyo alrededor crecía abundante hierba que el animal devoró con ansia como si llevase varios días sin comer y luego se paseó por aquel bosque como ensimismado y con los ojos todavía llorosos, tratando de devolver al olvido los terroríficos recuerdos de su infancia. Necesitaba desesperadamente engañar su memoria, bloquearla, cubrirla de un tupido manto para que aquellos recuerdos no le siguieran atormentando el resto de sus días. Sólo así podría sobrevivir y ser feliz con su amada Salema.

 Grueso tronco de un quejigo, Quercus faginea, en un bosque mixto de robles y encinas.

Parecía mirar lo que le rodeaba pero no lo veía, pues sus ojos estaban nublados y miraban hacia dentro. Caminaba sin rumbo hablando para si mismo, moviendo los labios sin proferir ningún sonido y se secaba las lágrimas que le brotaban con su mano temblorosa. "Madre mía, mi adorada Om Zahira, que te dejaste matar para que yo pudiera salvarme. ¡Cómo te extraño!. ¡Qué feliz y orgullosa estarías viéndome ya crecido y qué dichoso sería yo besando tus manos y presentándote a tu futura nuera para que me dieras tu aprobación. Seguro que Salema sería de tu agrado!" La sangre le hervía en sus venas de rabia, de tristeza, de impotencia, de desesperación. La sensación permanente de vivir rodeado de personas que le odiaban y despreciaban por ser moro le provocaba un sufrimiento espantoso. Nunca le había hecho daño a nadie, no se merecía aquel castigo tan cruel. (La palabra om significa madre en árabe)

 (Recomiendo abrir este archivo de audio en una ventana o una pestaña nueva.)

Un ruido repentino segó sus pensamientos y le devolvió a la realidad. Su mente dejó de escuchar los desgarradores alaridos de su madre mientras la asesinaban, grabados de manera imborrable en sus neuronas y sus ojos volvieron a brillar y dejaron de mirar hacia el interior de su mente. Era un mirlo macho que cantaba feliz sobre la rama más alta de una encina. Taufik se lo quedó mirando como hipnotizado. Su canto era bellísimo, contundente, lleno de fuerza. Desde niño siempre le había gustado el gorjeo de los mirlos. Se echaba sobre la hierba o la hojarasca, cerraba los ojos y escuchaba aquel maravilloso canto que el eco devolvía y parecía responder al pájaro, como si de otro macho se tratase.

Encina, Quercus ilex, en una dehesa gaditana.

Poco a poco su mente se fue serenando, su corazón aminoró sus latidos, sus ojos se secaron, sus manos dejaron de temblar, su sudor se evaporó y una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios. Aquel animalito que proclamaba a los cuatro vientos que aquel trocito de bosque era suyo consiguió apaciguar el alma atormentada de aquel joven que a sus todavía tiernos veinte años se había visto obligado a madurar antes de tiempo. "Gracias, mirlito, que Alá te lo pague con muchos hijitos como tu", -le dijo ya con una amplia sonrisa y con el ánimo recuperado.

Desató la yegua que estaba ahíta de tanta hierba que había comido, se subió a sus lomos de un salto y se dispuso a recorrer el último tramo del camino que llevaba al palacio de Don Gonzalo.

Era la casa más grande y más hermosa que Taufik había visto nunca. La puerta estaba abierta y no se oía ningún ruido. Taufik se apeó de la yegua, la ató a la rama de un viejo naranjo cargado de frutos y se asomó al interior de aquel maravilloso edificio. "¡Ah de la casa!", -gritó, pero nadie le contestó. Movido por una curiosidad irresistible entró y empezó a proferir exclamaciones de admiración ante tanta belleza. Era un palacio como el que había imaginado para Salema, pero muchísimo más grande, todo cubierto por dentro y por fuera de bellísimos mosaicos de azulejos multicolores dibujando figuras geométricas y motivos vegetales con las vigas de las techumbres adornadas con artesonados arabescos de madera de cedro, que confería al aire un delicioso aroma a casa nueva.

"¡Buenos días, muchacho!". Taufik dió un brinco sobresaltado al escuchar a sus espaldas aquel vozarrón de castellano viejo y se giró mientras contestaba al saludo. "¡Buenos días, señor.... Don Gonzalo!". Durante unos segundos se miraron a los ojos, se leyeron el alma y sintieron que simpatizaban. El rico cristiano era un hombretón alto y corpulento de piel muy blanca manchada con numerosas pecas y una generosa barba pelirroja. Tendría unos veinticinco años. Se había instalado en Ubrique tras la reconquista y llevaba unos meses casado con una hermosa morisca, a la que había liberado de la esclavitud en un mercado de esclavos de Algeciras.

-Tu debes ser el joven de Grazalema que busca artesanos, ¿verdad? - le dijo mirándole a los ojos con su voz poderosa y a la vez amable. Don Gonzalo tenía aspecto de hombre bonachón, su mirada era franca y noble. Taufik se dió cuenta que no se dirigía a él como a un  moro, como a un esclavo, como a un inferior, no se sintió despreciado ni odiado y por primera vez en su vida fue capaz de sentir simpatía por un cristiano.

-Así es, señor, - le contestó con timidez. Estoy construyendo un pequeño palacio para mi futura esposa y necesito artesanos para adornar las paredes y techumbres. En el pueblo me han dicho que aquí encontraría lo que busco.

-Pues has llegado justo a tiempo. Los dos artesanos moriscos que han hecho este magnífico trabajo, ganándose con creces el oro que les he pagado, parten mañana hacia Algeciras. Ven conmigo y hablarás con ellos. - le contestó afable Don Gonzalo, mientras le posaba la mano sobre los hombros en actitud amistosa, como si le conociera de toda la vida.

Taufik creía estar soñando. Tras la terrorífica experiencia con la horda de cristianos, todo parecía haberse vuelto amable. Aquel hombretón de pura raza celta venido de la lejana Galicia no albergaba ningún odio hacia los moros. Nunca un cristiano le había tratado con tanto respecto, tanta amabilidad, de igual a igual. Casi estuvieron a punto de saltarle dos grandes lágrimas de agradecimiento pero se contuvo.

Pulpa de naranja semisanguina.

-¡Qué hermosura de naranjas!, - exclamó para disimular la intensa emoción que le embargaba, mientras atravesaban un magnífico huerto de naranjos, mandarinos y limoneros, de camino a la pequeña casita aneja al palacio donde habían vivido durante meses los dos artesanos.

-Sí, son las mejores de toda la comarca. Cuando compré los terrenos, el cristiano que me los vendió me dijo que habían pertenecido a un noble moro oriundo de Valencia que murió defendiendo sus tierras durante la reconquista. Prueba ésta, te va a gustar, la llamamos naranja de sangre. -le contestó mientras alargaba una mano, arrancaba una naranja con manchas rojas y se la ofrecía acompañada de una amplia sonrisa.  Don Gonzalo seguía con su fuerte mano posada sobre el hombro de Taufik. Tanta amabilidad sincera colmó la capacidad de autocontrol del muchacho, no pudo contenerse y en su rostro se dibujó un amago de llanto, pues la emoción le embargaba al sentirse tratado como un amigo y no como un despreciable esclavo.

-Eh, muchacho, ¿qué te pasa?, ¿por qué lloras?, no entiendo.....

Taufik tragó saliva, intentó controlar los músculos de su rostro y su garganta, respiró hondo y le contó cabizbajo con la voz entrecortada lo que había sido su vida hasta entonces. Don Gonzalo le escuchó en silencio, con una sensibilidad que no parecía propia de un hombretón como él. Con la mano en el hombro del muchacho acercó su cuerpo hacia el suyo en un intento de arroparle, de darle el calor humano que nunca había tenido. Taufik le contó de su infancia feliz con su madre Zahira y su padre Muhammad, de la terrorífica muerte de su madre a manos de los invasores, de su huída hacia el bosque de abetos, de los tres largos meses que pasó escondido en las montañas de Grazalema, del frío y el hambre que tuvo que soportar, de su captura por un cristiano que lo esclavizó, de cuando se enamoró de la esclava Salema, de cuando la veía llorar desconsolada bajo el viejo abeto que albergaba el alma de su padre, de cuando Musarraf le habló en sueños y le indicó dónde estaba la cajita de plata llena de monedas de oro, de cuando pagó a su amo por su libertad, de cuando libertó a sus amigos moros, de cuando compró a Salema por tres monedas de oro, de cuando la llevó a la casita que le había comprado y la tranquilizó asegurándole que no la violaría, de cuando ella acudió al bosque donde los albañiles libertos empezaban a construir el palacio para ella y él le dijo que la amaba y le pidió la mano con la hojita de hierba de terciopelo como prueba de que aquella era la voluntad de su padre Musarraf, de cuando ella le miró con sus ojos de azabache y aceptó ser su esposa, de cuando las paredes y el techo del palacio estuvieron acabados y no supo cómo adornarlos con mosaicos y arabescos, de cuando decidió visitar el pueblo de Ubrique para buscar artesanos, de cuando estuvo a punto de morir apaleado como un perro por la horda de cristianos, de cuando...

-¿Cómo te llamas, muchacho?, - le interrumpió el gallego.

-Me llamo Fernando, señor- le contestó con humildad mirándole de soslayo.

-No, éste no es tu verdadero nombre. Dime el que te puso tu madre.

-Taufik, señor.

-Muy bien, Taufik. A partir de ahora ya no vuelvas a llamarme señor. Llámame Gonzalo. Y ahora prueba esta naranja y dime si te gusta.

Al muchacho aquella fruta manchada de sangre le daba un poco de repelús, pero cuando se metió el primer gajo en la boca, su intenso y refrescante sabor y su delicioso aroma inundaron su cerebro y se le antojó la mejor fruta que había probado nunca.

Los artesanos algecireños estaban recogiendo sus enseres y herramientas y las estaban colocando en las alforjas que acarrearían dos grandes mulas. Tenían pensado partir al dia siguiente nada más clarear al alba.

-Buenas tardes, Ahmed.

-Buenas tardes, Don Gonzalo.

-¿Y Omar, por dónde anda?

-Por ahí dentro recogiendo sus cosas. ¡Omar, está aquí el señor!.

Salió el artesano y saludó a Don Gonzalo. Luego fijó su mirada sobre Taufik y le sonrió al deducir por sus facciones que era moro.

-Este muchacho se llama Taufik y ha venido desde Grazalema en busca de artesanos para que le acaben el palacio que está construyendo. Os quiere preguntar si vosotros estaríais dispuestos a hacer este trabajo. Tiene oro suficiente y media docena de albañiles a vuestra disposición. - les dijo Don Gonzalo.

-¿Es amigo suyo? - quiso saber Ahmed.

El cristiano dirigió su mirada hacia el muchacho que todavía no había abierto la boca y sonriendo le preguntó:

-¿Somos amigos, Taufik?

El joven dudó un par de segundos y devolviéndole la sonrisa mientras se le humedecían los ojos le contestó:

-Somos amigos, Gonzalo.

-Pues ya no necesitamos saber nada más. Mañana en lugar de partir hacia Algeciras iremos contigo a Grazalema. -sentenció Ahmed.

Estaba anocheciendo. Don Gonzalo se despidió de los artesanos con un fuerte abrazo. Les dio las gracias por su magnífico trabajo y luego se giró hacia Taufik que estaba fascinado por todo lo que veía. Nunca hubiera imaginado ver a un cristiano y un moro abrazarse con tanto afecto.

-Taufik, cuando estos grandes artesanos terminen tu palacio y te dispongas a casarte, házmelo saber. A mi esposa y a mi nos hará muy felices venir a visitaros. - le dijo el cristiano.

-Para mí y para Salema será un gran honor, Gonzalo. Nuestra casa será la vuestra. Yo mismo volveré a Ubrique para invitarte.

Taufik pasó la noche en la casa de los artesanos y al día siguiente al alba partieron hacia Grazalema. El camino se hacía muy fatigoso, pues en muchos tramos la pendiente era muy acentuada. Para dejar descansar a los animales paraban varias veces al día y por la noche dormían al raso cubiertos con varias mantas de lana. Y así durante tres largas jornadas.

 Fantásticas flores de Phlomis purpurea.

La mañana del tercer día, cuando ya sólo les faltaban un par de horas de camino para llegar, Taufik vio unas flores bellísimas a la vera del camino y pensó enseguida en Salema. "A mi amada le gustarán", se dijo. Se apeó de la yegua, cogió un gran ramo de aquellas flores rosadas de pétalos velludos como el terciopelo y lo ató con un cordel que él mismo fabricó retorciendo las hojas tiernas de un palmito.

Palmitos, Chamaerops humilis y varias Phlomis purpurea creciendo juntos en un bosque de alcornoques.

Cuando por fin llegaron a Grazalema se dirigieron enseguida hacia el bosque de abetos, pues Taufik estaba ansioso por mostrar el palacio a los artesanos. Como si les estuvieran esperando, allí estaban sus amigos libertos y sentada a los pies del viejo abeto, como cada mañana, en un ritual que ella necesitaba para seguir viviendo, estaba su amada Salema. 

Ella, al verlos, quiso levantarse, pero Taufik le hizo un gesto con la mano para indicarle que permaneciera sentada, se le acercó y le dió el ramo de flores rosadas. Salema lo cogió, lo miró con agrado, acarició con el dedo índice los suaves pétalos velludos y dirigiendo sus ojos de azabache hacia los de Taufik, exclamó: "¡Qué suaves son, parecen de terciopelo!". "Sí, mi amada, de terciopelo, como tú".

Los artesanos y los albañiles les observaban en silencio, con respeto, sintiendo envidia por aquel amor tan tierno y sincero que aquellos dos seres atormentados se profesaban. Taufik parecía haberse olvidado de ellos. Estaba como embrujado mirando como su amada jugaba con las flores. "Te están esperando",  le dijo Salema con una dulce sonrisa llena de ternura, sacándole del ensoñamiento de enamorado y devolviéndole a la realidad. Cuando se giró hacia los artesanos no pudo evitar sonrojarse. Ellos esbozaron una comprensiva sonrisa e hicieron como si no hubieran visto nada.

Taufik les mostró el palacio, les dijo que hicieran su trabajo como mejor creyeran y les rogó que aceptaran dormir en el mismo palacio, pues no disponía de una vivienda para ellos, sólo la choza donde el vivía desde que era liberto y la casita de Salema, que era sólo para ella.

Al día siguiente, a media mañana, estando ya todos los hombres, incluido Taufik, trabajando en la ornamentación del palacio, Salema acudió al bosque de abetos con una gran bandeja de bronce cubierta con una tela blanca, se acercó a su amado, levantó la tela y aparecieron unos deliciosos dulces de almendra que ella misma acababa de amasar y hornear. Estaban todavía calientes y desprendían un delicioso y tentador aroma, que abrió el apetito a aquellos hombres. 


Taufik estaba sorprendido, emocionado, rebosante de alegría, orgulloso de su amada. Por fin Salema parecía recobrar la alegría y la ilusión de vivir y empezaba a comportarse como su esposa. Cogió la bandeja de dulces y los ofreció en primer lugar a los dos artesanos, luego a sus fieles amigos y por último dejó la bandeja en el suelo sobre una bonita alfombra de lana y se sirvió un dulce. 

-Uhmmm, que ricos, - exclamaron todos.

Salema les observaba divertida con cara de satisfacción, sin decir nada, dejando que todos vieran su bellísimo rostro y sus ojos negros, que brillaban llenos de vida como nunca antes lo habían hecho.

Salemas de almendra y sésamo
(Los actuales alfajores)

Ingredientes para la masa:

--200 gramos de almendras molidas.
--150 gramos de azúcar.
--150 gramos de harina.
--50 gramos de mantequilla.
--Medio vaso de leche templada.
--Una cucharadita de miel.
--Una cucharadita de canela.
--La ralladura de una naranja.

Ingredientes para la cobertura de sésamo:

--50 gramos de azúcar.
--20 gramos de semillas de sésamo.
--10 ml de agua.

Se mezclan todos los ingredientes en un lebrillo, se trabajan con las manos hasta conseguir una masa dura que no se pegue a los dedos, se deja reposar durante unos 10 minutos y luego se extiende sobre una mesa hasta un grosor de un centímetro, se recortan las Salemas con la ayuda de un vaso, se colocan en una bandeja cubierta con una lámina de papel para hornear y se meten en el horno a 200 ºC durante unos 10 minutos, vigilando que no se quemen. Cuando han adquirido un bonito color tostado, se sacan del horno y se cubren con un caramelo hecho con el azúcar, el sésamo y el agua. Se vuelven a meter en el horno durante tres o cuatro minutos para que se gratinen, se sacan, se dejan enfriar y ya están listas. Están mucho más ricas al día siguiente. ¡Buen provecho!

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