sábado, 14 de mayo de 2011

La babosa-caracol y el Hymenophyllum tunbrigense, dos eslabones en la evolución


Me había levantado pronto para ir a recorrer el Sendero largo del Pijaral, que lleva hasta el impresionante Roque de Anambro, situado en pleno Parque Rural de Anaga, en el extremo norte de Tenerife. Mi máxima motivación para recorrerlo era encontrar y ver por primera vez en mi vida uno de los helechos más primitivos del Planeta, el Hymenophyllum tunbrigense. Este helechito diminuto y transparente, a medio camino entre un musgo y un helecho, era para mí una asignatura pendiente desde hacía muchos años.

El sendero estaba húmedo, resbaladizo y en penumbra, totalmente cubierto por las tupidas copas de los brezos endémicos, Erica platycodon, llamados localmente tejos, que sólo dejaban pasar algún tímido rayo de luz. Tenía la sensación de caminar por un tunel vegetal. Hacía frío y el aire estaba saturado de humedad, pues todo el Parque estaba cubierto por una espesa niebla en contínuo movimiento que subía a gran velocidad desde el mar, chocaba con las copas de los árboles y arbustos del bosque de Laurisilva que cubre todo el Macizo de Anaga, se adentraba por entre las hojas y las ramas y a su paso iba impregnando de rocío todo lo que tocaba. Ya condensado en forma de agua dulce de una gran pureza, caía gota a gota sobre el suelo volcánico hasta formar pequeñas charcas y algún riachuelo. Me encontraba inmerso en pleno fenómeno de Lluvia horizontal macaronésica.

Para no resbalar y sortear los charcos iba mirando donde ponía los pies, lo cual me impedía fijarme en los troncos de los brezos, hábitat preferido del Hymenophyllum. Al poco rato me sentí ligeramente mareado pues mis ojos iban de mis pies a los troncos de cada lado y otra vez a mis pies, cientos de veces, todo ello aderezado por la humedad altísima, la poca luz  y el viento frío que me daba en el lado izquierdo de la cara. En uno de mis pasos tuve que dar un pequeño salto para no pisar unos animalillos negros. Para verlos mejor me agaché y mi sorpresa fue mayúscula. Parecían híbridos de babosa y caracol, es decir, babosas con una concha de caracol bajo la piel de su abdomen. Uauuuu, vaya animalejos, me dije. Y por supuesto saqué mi cámara para llevármelos como recuerdo.

En el Centro de Visitantes del Parque Rural de Anaga le comenté a uno de los técnicos sobre esta babosa-caracol y enseguida supo que le estaba hablando de la endémica Plutonia lamarckii. Tienen incluso un gran poster de invertebrados endémicos donde sale una foto de este animalillo. Si hacéis doble click sobre la foto apreciareis mejor los detalles.

 La Plutonia lamarckii es un eslabón en la evolución, un paso intermedio entre una babosa y un caracol, que se ha quedado a medio camino y continúa inmutable desde hace millones de años. Tal vez necesite unos cuantos millones de años más para dar el paso siguiente y convertirse en un caracol  con concha externa. Con toda seguridad sigue inmutable sencillamente porque se siente muy a gusto tal como es. Está perfectamente adaptado a los bosques de laurisilva y no necesita para nada cambiar su cuerpo. Ninguna circunstancia ambiental le fuerza en absoluto. Los seres vivos sólo evolucionan forzados por los cambios en su hábitat. Es el famoso principio darwiniano: o te adaptas o te mueres y desapareces de la faz de la Tierra. El hábitat de la babosa-caracol canaria no ha cambiado en millones de años. No necesita evolucionar. Ya está perfectamente adaptada a su medio.

A medida que crece la concha que protege su aparato digestivo y otros órganos vitales, la piel de su abdomen se resquebraja, dejando ver parte de la concha de carbonato de calcio.

 En esta otra Plutonia lamarckii se aprecia mejor la espiral de su concha. Sus tentáculos y ojos son típicamente de caracol. Ver y fotografiar este eslabón evolutivo me alegró mucho la mañana, casi tanto como el diminuto helecho que me esperaba a los pocos metros sobre el musgo que cubría un viejo brezo.

Varias frondes de unos 3 ó 4 centímetros de Hymenophyllum tunbrigense. Llama mucho la atención su transparencia. Parece que el helecho y el musgo han evolucionado juntos, pues todos los ejemplares de Hymenophyllum crecían sobre el mismo musgo, que no es el que se ve a la izquierda sino otro más ralo, que vive más pegado a la corteza de los Erica platycodon. Este helecho también vive sobre rocas rezumantes y sombrías con la condición de que estén tapizadas por el mismo musgo simbionte.

Su nombre está formado por dos palabras griegas unidas: Hymen = himen, membrana y phyllon= hoja, o sea, planta con las hojas finas como la membrana del himen y una palabra inglesa latinizada, tunbrigense, es decir, de Tunbridge Wells, ciudad de Kent, en el sureste de Inglaterra, por ser el lugar donde fué descrito por primera vez.

Colonia de Hymenophyllum tunbrigense, a veces formada por cientos de frondes, todos ellos unidos por un largo y ramificado rizoma muy fino que crece inmerso en la capa de musgo, pegado a su vez sobre la cuarteada corteza de los brezos arbóreos. El agua condensada sobre la copa de los árboles baja por la corteza, humedece la capa de musgo que actúa como una esponja y así el rizoma del Hymenophyllum obtiene la humedad permanente que necesita.

Algunas frondes producen soros repletos de esporas. En esta foto se ve la humedad que empapa la fronde. Este helechito, al igual que la babosa-caracol, es otro eslabón intermedio en la evolución. Su aspecto, tamaño y transparencia en poco le diferencian de un musgo, como por ejemplo el Fissidens asplenioides, con el que guarda un gran parecido. Ambos viven en ambientes muy húmedos y sombríos.

Varias frondes del musgo Fissidens asplenioides fotografiado en una roca rezumante muy sombría en la Isla de Faial del Archipiélago de las Azores. Es sorprendente el gran parecido con el Hymenophyllum tunbrigense.

Cuando las esporas del Hymenophyllum están maduras, las valvas de los soros se abren y las dispersan ayudadas por el viento. Si tienen suerte y caen sobre el musgo simbionte, tanto si cubre la corteza de un brezo como una roca rezumante, germinan y vuelve a empezar su ciclo de la vida.

 Impactante y majestuoso Roque de Anambro de 815 m. de altura en lo alto del sendero largo del Pijaral. Uno tiene la sensación de estar mirando a un gigante. Su visión no es apta para vertiginosos, pues en este punto el sendero es muy estrecho, a la izquierda hay un profundo acantilado vertical que acaba en el mar, todo él cubierto por plantas de laurisilva y a la derecha un espeso bosque con una gran pendiente. Es como mantener el equilibrio sobre el filo de un cuchillo de roca, cuya punta es el Roque. Su imagen deja un recuerdo indeleble en la memoria.




lunes, 9 de mayo de 2011

Viola anagae, gotas de cielo del Parque Rural de Anaga

Así la llamaría yo, pues ésta ha sido mi primera impresión al ver sus florecillas de un vivo y brillante color azul cielo cubriendo el suelo del maravilloso bosque de laurisilva del Parque Rural de Anaga, celosamente conservado por los tinerfeños como una reliquia del primigenio bosque húmedo subtropical que hace millones de años cubría todas las islas de la Macaronesia, la costa mediterránea y atlántica de África por encima del ecuador, toda la Península Ibérica, la mitad más meridional de Francia, la costa sur de Gran Bretaña y las islas del Mediterráneo occidental. Es endémica de Tenerife y sólo crece en la laurisilva de Anaga.

Viola anagae en el sotobosque de la pista forestal que sube desde el Mirador del Cabezo del Tejo hasta el impresionante Roque de Anambro.  Este pequeño tesoro botánico está protegido por la ley. Se incluye en la lista de plantas sensibles a la alteración de su hábitat del Catálogo de Especies Amenazadas de Canarias y como planta vulnerable en la Lista Roja de la Flora Vascular Española.

Ampliando la foto con un doble click se aprecian mejor los detalles de esta bellísima violeta de Anaga de un luminoso color azul claro con tintes violáceos.

Algunas flores son más claras con los extremos de los pétalos casi blancos.

Un detalle característico de este endemismo tinerfeño es el espolón de un color blanco inmaculado en la parte posterior de la flor. Si os fijais las flores parecen antenas parabólicas dirigidas hacia la luz.

La violeta de Anaga es una planta perenne y estolonífera con largos sarmientos que echan raíces en cuanto tocan el suelo. De esta manera una sola planta llega a cubrir una gran superficie del sotobosque.

Y para acabar el detalle de las hojas que son suborbiculares como pequeños corazones verdes con el borde dentado y la parte posterior con dos aurículas muy juntas, a veces incluso superpuestas. Los frutos son cápsulas glabras.



domingo, 8 de mayo de 2011

Isoplexis canariensis, la cresta de gallo canaria

Esta bellísima scrophulariácea es una de las plantas más llamativas de los bosques de Laurisilva canaria. Suele crecer en los claros donde recibe la luz solar con más intensidad, ya que prefiere los ambientes luminosos, pudiendo vivir también en semisombra. En condiciones óptimas puede alcanzar los dos metros de altura. Tiene un porte elegante con sus ramas rectas hacia arriba acabadas en una inflorescencia cónica de un vivo y luminoso color rojo-anaranjado que brilla con luz propia. Es endémica de las islas de Tenerife, La Gomera y La Palma, donde recibe el nombre de Cresta de gallo. 

Hermoso ejemplar de Isoplexis canariensis en un claro muy iluminado del Parque Rural de Anaga en la punta norte de la Isla de Tenerife donde recibe frecuentes nieblas marinas, cuya humedad se condensa en las hojas de las plantas de Laurisilva y cae gota a gota como una verdadera lluvia. Es el fenómeno de la lluvia horizontal, gracias al cual las Islas de la Macaronesia albergan exuberantes bosques de árboles y arbustos perennifolios especialmente adaptados a condensar la humedad de la brisa marina. Las Islas Canarias, sin este aporte adicional de agua, por su escasa pluviometría, serían islas semidesérticas semejantes a la costa atlántica del Sáhara.

Inflorescencia de Isoplexis canariensis con su forma cónica de flores densas en el extremo de cada rama. Su gran belleza y la costumbre de usarla como planta medicinal la hacen muy vulnerable y está protegida por la ley.

Hojas de Isoplexis canariensis, ovado-lanceoladas, coriáceas y muy brillantes, de un color verde oscuro con tintes morados.

Flores de Cresta de gallo vistas de cerca. Su nombre popular parece muy acertado. Doble click encima de la foto para ampliarla y apreciar mejor los detalles.

Parte superior de las flores.

Parte inferior de las flores.

Detalle de los cuatro estambres y el pistilo de una flor de Isoplexis canariensis.



lunes, 2 de mayo de 2011

Senecio rodriguezii, un endemismo amenazado de muerte

El Senecio rodriguezii es un bellísimo endemismo de Mallorca y Menorca que ama el mar y crece sobre las rocas litorales salpicadas por las olas. A pesar de su diminuto tamaño no pasa desapercibido, ya que sus llamativas flores de un vivo color blanco y rosado resaltan sobre el marrón  grisáceo de las rocas quemadas por el sol y la sal. Pertenece a la gran família de las Compositae.

Flor de Senecio rodriguezii. Ampliando la foto con un doble click se aprecia mejor su belleza.

Senecio rodriguezii en una grieta rocosa a pocos metros del mar con sus florecillas mirando al sol y sus hojas carnosas que almacenan agua para soportar el largo, tórrido y reseco verano balear.

Florecillas de algo más de dos centímetros de diámetro. Vistas de cerca parecen dos joyas con unos colores y un diseño que sólo la naturaleza es capaz de crear. 

 En esta foto se aprecia mejor la estructura rugosa y carnosa de las hojas, adaptadas a la sequía y a la sal de las salpicaduras del agua marina. A su lado se ve un joven hinojo marino, Crithmum maritimum, que vive en el mismo hábitat.

Hábitat del Senecio rodriguezii en la costa noroeste de Mallorca. Ampliando la foto con un doble click se puede apreciar la gran belleza de este lugar totalmente virgen. Es la desembocadura de un torrente que sólo lleva agua en los meses de otoño e invierno. El Senecio crece sobre las rocas en los últimos metros de la desembocadura.

Esta diminuta compuesta sobrevive milagrosamente a la codicia humana gracias a la protección de los acantilados de Mallorca y Menorca, que dificultan o hacen imposible su urbanización. Sin embargo, también de la mano del hombre, en los últimos años ha llegado a Mallorca un hongo australiano que infecta a las compuestas de los géneros Senecio y Bellis, la Puccinia distincta, una plaga muy agresiva que puede poner en peligro de extinción a esta bellísima hierba litoral. Posiblemente entró en la isla con la importación de plantas cultivadas de Bellis perennis.

Al principio la enfermedad fúngica sólo afectaba al Senecio vulgaris. Parecía muy dificil que llegase hasta los acantilados, pero sus esporas transportadas por el viento han conseguido atravesar los extensos bosques de pinos y encinas que forman una barrera verde prelitoral y han empezado a atacar a los frágiles Senecio rodriguezii.

En esta fotografía tomada en el Cabo de Formentor en la Isla de Mallorca se pueden ver las dos especies de Senecio infectadas mortalmente por la Puccinia distincta: arriba un Senecio vulgaris muy enfermo rodeado por la endémica Sibthorpia africana y abajo un Senecio rodriguezii prácticamente muerto.

Tallo de Senecio rodriguezii severamente afectado por el ataque de la Puccinia distincta.

Envés de una hoja de Senecio vulgaris atacada por el hongo que tiene predilección por el nervio central donde encuentra los vasos nutricios de la hoja, de cuya savia se alimenta.

Detalle de los nódulos de la Puccinia distincta que desprenden millones de esporas amarillas. Ojalá el pequeño Senecio rodriguezii logre sobrevivir a esta plaga australiana.