sábado, 4 de junio de 2011

El líquen Sticta canariensis: un hongo bígamo con una esposa verde y una azul y una concubina


 A principios de mayo me encontraba descendiendo por el empinado sendero de las Vueltas de Taganana en pleno Parque Rural de Anaga situado en el extremo norte de la isla de Tenerife. Andaba obsesionado buscando al Asplenium x tagananaense, un rarísimo helecho híbrido entre el Asplenium hemionitis y el Asplenium onopteris que en todo el mundo sólo se encuentra en el Macizo de Anaga. En el sombrío sotobosque de aquel paraíso terrenal cubierto por las elevadas copas de los árboles de Laurisilva había cientos de helechos bellísimos, pero ninguno era el híbrido de Taganana. Escaneando con la vista todos y cada uno de los helechos me llamó la atención una especie de escarola muy rizada de un bonito y luminoso color verde claro. Agarrándome a las ramas de los arbustos, subí por una pendiente en cuyo suelo había una gruesa capa de hojarasca descompuesta. Cuando tuve los pies bien asentados y pude liberar mis manos, saqué mi querida cámara compacta y le hice varias fotos a este gigantesco liquen, el más grande que había visto en mi vida. Unos días después, ya en casa, conseguí saber su identidad: Sticta canariensis. (Os recomiendo hacer doble click sobre ésta y las siguientes fotos para apreciar mejor su tamaño y los detalles).

Un liquen es la unión simbiótica entre un hongo, un alga y una levadura. Para que se entienda mejor, se puede decir que esta unión viene a ser una especie de trío de conveniencia en el que los tres socios, cónyuges o partenaires obtienen un beneficio. El hongo o micobionte puede ser un ascomiceto o un basidiomiceto, aunque en la mayoría de líquenes el hongo es un ascomiceto. Algunos hongos ascomicetos pueden vivir como seres independientes o bien asociarse con un alga y una levadura y formar un liquen. Otros ascomicetos sólo pueden vivir como líquenes. El paso de hongo independiente a hongo simbionte se considera un avance en la evolución, ya que la asociación con un alga y una levadura resulta muy beneficiosa para la supervivencia del hongo. 

En cuanto al segundo componente, el alga o ficobionte, puede ser un alga verde o un alga azul, también llamada cianobacteria. La diferencia más significativa entre ambas es que el alga verde sólo puede realizar la fotosíntesis como cualquier planta, mientras que la cianobacteria o alga azul ha dado un paso más en la evolución y además de la fotosíntesis también es capaz de fijar el nitrógeno atmosférico, con lo que aporta un componente muy valioso a la simbiosis. Esta capacidad de fijar el nitrógeno del aire tiene una gran importancia en la formación de suelo fértil en las nuevas tierras surgidas tras una erupción volcánica.

Casi toda la estructura de un liquen la forman los filamentos o hifas del hongo, entre los cuales se ubican el alga y la levadura unicelulares. Su unión es tan íntima y la coordinación entre los tres simbiontes es tan perfecta que consiguen crecer y vivir como si fueran un ser vivo individual. El hongo aporta agua y minerales del suelo, el alga verde contribuye con los hidratos de carbono de la fontosíntesis y la levadura sintetiza proteinas a través de su ARN mensajero, que se muestra mucho más activo metabólicamente que el ARN de los otros dos componentes del trío, a pesar de encontrarse las células de la levadura en muy escaso número dentro de la estructura del líquen. En el caso de que el componente algal sea un alga azul, entonces además de hidratos de carbono aporta también nitrógeno atmosférico, muy necesario para la síntesis de proteinas por parte de la levadura.

 Imagen de una parte del liquen Sticta canariensis de la foto anterior, que en realidad son tres ejemplares creciendo juntos.

Cada componente de la unión se reproduce por separado. El hongo lo hace a través de esporas, el alga por división celular simple y la levadura asexualmente por gemación o sexualmente mediante esporas, puesto que en realidad es un hongo, aunque no forma hifas o filamentos. Sin embargo para formar un liquen los tres simbiontes deben encontrarse en el lugar preciso y en el momento adecuado. La espora del hongo, una vez dispersada, sólo germina si cae sobre un sustrato con suficiente humedad, pero si en aquel lugar no encuentra células del alga y la levadura acaba muriendo, excepto en el caso de que sea un ascomiceto capaz de vivir por si solo sin necesidad de un alga. Si por el contrario junto a la espora que está germinando hay células del alga y de la levadura los filamentos del hongo rodean las células unicelulares de los otros dos socios y empieza la vida en común. Ha nacido un liquen.

La elevada humedad del sotobosque, la luz tamizada y el rico sustrato de hojas descompuestas le permiten crecer de forma exuberante. Sin exagerar el ejemplar redondeado de esta foto tenía el aspecto y el tamaño de una escarola para ensalada.

El hongo ascomiceto del liquen Sticta canariensis ha dado un paso más en la evolución y ha conseguido asociarse con dos algas diferentes dependiendo del grado de frío de la región donde crece. En las regiones más septentrionales tiende a asociarse con un alga azul o cianobacteria dando lugar al liquen Sticta dufourii de un color muy variable según el grado de humedad, insolación, tipo de sustrato, etc... que puede ir desde un beig perlado, verde grisáceo más o menos oscuro, incluso marronáceo o hasta negro. En las regiones meridionales más cálidas tiende a asociarse con un alga verde dando lugar al liquen Sticta canariensis. A veces en las regiones intermedias se encuentran ejemplares con partes de Sticta dufourii y partes de Sticta canariensis. Sería lo más parecido a un liquen híbrido. El tercer componente recientemente descubierto por el equipo liderado por el Dr. Toby Spribille, la levadura, todavía no ha sido estudiado en este líquen.

 Imagen de una Sticta con partes con alga verde y partes con cianobacteria. Es propiedad del fotógrafo Ray Woods. La encontré en esta magnífica web dedicada al mundo de los líquenes: Lichen Apprentice Scheme Wales

Ambas especies o uniones simbióticas se distribuyen por el oeste de Europa y la Macaronesia. En Noruega y en las Islas Británicas predomina la asociación con el alga azul, la Sticta dufourii, mientras que en la Macaronesia predomina la asociación con el alga verde, la Sticta canariensis.

 Una imagen cercana nos permite apreciar los apotecios o cuerpos fructíferos del hongo ascomiceto, donde se forman las esporas para su reproducción. El alga no necesita órganos reproductores, pues como ya hemos visto se reproduce por división celular simple, mientras que la levadura, al estar clasificada dentro del reino de los hongos (Fungi), se reproduce asexualmente por gemación cuando forma parte de la estructura de un líquen y sexualmente por esporas, cuando quiere formar nuevos líquenes lejos del líquen-madre. Con frecuencia varias células del alga y varias esporas de la levadura se pegan a las esporas del hongo, de manera que al dispersarse juntas se facilita mucho la reproducción del liquen.

Detalle de los apotecios del hongo ascomiceto en forma de copas rojas. Todo el liquen estaba empapado de humedad y brillaba con luz propia en la penumbra del sotobosque.



sábado, 28 de mayo de 2011

Blanco, Negro, Amarillo: los Zapotes de México.

Son tres frutos subtropicales deliciosos, dulces, jugosos, extraños, genuinamente mexicanos y muy poco conocidos, tres frutos que con el tiempo seguramente llegarán a comercializarse a nivel mundial al ser cada vez más rápidas las comunicaciones, pues una de las limitaciones para su transporte es la escasa consistencia de su pulpa madura. Pertenecen a tres famílias botánicas diferentes. El Zapote negro, Diospyros digyna, pertenece a la família de las Ebenaceae, la misma que el caqui y el ébano. El Zapote amarillo, Pouteria campechiana, es una Sapotaceae, la misma que el lúcumo. Y el Zapote blanco, Casimiroa edulis, forma parte de la família de las Rutaceae, la misma que los cítricos y la ruda.

ZAPOTE NEGRO

Los frutos del Zapote negro tienen la forma y estructura típicas de las ebenáceas. A una cierta distancia se podrían confundir con los frutos del caqui asiático. La sorpresa viene al partir por la mitad uno de sus frutos. Su pulpa en el momento óptimo de maduración es casi negra, brillante como el azabache y de consistencia cremosa. Recuerda a la mousse de chocolate.

 Su maduración es muy rápida, pues en pocas horas la pulpa dura y blanquecina de los frutos inmaduros se ablanda y oscurece. Su escasa consistencia es precisamente una de las limitaciones para su comercialización fuera de México. Llegar a reconocer el momento idóneo de recolección para que los frutos maduren justo el día en que lleguen al mercado de los consumidores es uno de los retos a superar.

En esta imagen de tres frutos maduros partidos por la mitad en distintas fases de maduración se puede ver como la pulpa se va oscureciendo, siendo el más maduro el de la derecha.

 
Ampliando la foto con un doble click se aprecia mejor la textura cremosa de la pulpa de un brillante color negro azabache muy parecida a la mousse de chocolate. Su sabor es muy dulce y recuerda al azúcar quemado del fondo de un flan de huevo con un punto de miel y de chocolate. Se puede comer a cucharaditas. En el centro suele tener entre 0 y 10 semillas. Los frutos sin semillas presentan embriones abortados. Es un arbol habitualmente dioico con pies masculinos y pies femeninos, pero con frecuencia se dan también ejemplares con flores hermafroditas que contienen estambres y pistilos en la misma flor e incluso ejemplares con flores femeninas y flores hermafroditas sobre el mismo árbol.

Los frutos contienen semillas marrones que deben sembrarse enseguida, ya que en pocas semanas pierden su capacidad de germinación.

Sembradas a unos 20 - 25ºC germinan a los pocos días.

Unos 14 meses después el Zapote negro de la foto anterior ya mide unos 70 cms. El clima mediterráneo sin heladas es muy apropiado para su cultivo. Puede prosperar sin problemas en todas las zonas donde se cultivan cítricos y caquis.

ZAPOTE AMARILLO

El Zapote amarillo hace honor a su nombre. Para mí es uno de los frutos más sabrosos de México. No hace falta pelarlo. Su piel es muy fina y se puede comer a mordiscos. En el centro tiene varias semillas alargadas de color marrón oscuro, que pierden rápidamente su capacidad de germinación, por lo que deben ser sembradas enseguida. Su nombre científico Pouteria campechiana hace referencia a la región mexicana de Campeche de donde es originario este frutal.

Joven Zapote amarillo de tres años de edad cultivado en un huerto de cítricos de Mallorca. Se ve el tubo del riego por goteo. Para poder soportar el tórrido y reseco verano mallorquín necesita varios riegos semanales. También agradece el aporte de estiércol de caballo, vaca u oveja bien descompuesto.

Las hojas de un color verde claro son lanceoladas con la parte distal más ancha que la proximal. El Zapote amarillo es algo más friolero que el Zapote negro. Si la temperatura en pleno invierno baja a -1 o -2ºC, las hojas más expuestas se queman ligeramente. Luego a finales de la primavera rebrota sin problemas.

ZAPOTE BLANCO

El Zapote blanco es quizás uno de los zapotes más cultivados fuera de México. No es difícil encontrarlo a la venta en los viveros españoles, sobretodo en Andalucía, en toda la zona levantina y en las Islas Baleares. Un agricultor de Santander me dijo que en la costa cantábrica crece muy bien y da grandes cosechas. Es quizás el menos friolero de los tres zapotes mexicanos. Su estrategia para soportar las heladas invernales consiste en comportarse como caducifolio. De esta manera en los meses más fríos pierde las hojas y espera a que aumenten las temperaturas en primavera.  En la costa de Mallorca, si no hay heladas, el Zapote blanco se comporta como perennifolio y conserva las hojas en invierno.

Hermoso ejemplar de Zapote blanco de México de 12 años de edad y unos 5 metros de altura cultivado en un huerto de cítricos de Mallorca. Cada año produce una gran cosecha de frutos que van  madurando a lo largo de varios meses. Es de una variedad sin semillas obtenida por ingenieros agrónomos israelíes.

Si el invierno es suave con temperaturas superiores a 5ºC a finales de enero brota vigorosamente con unas hermosas hojas de un color rojo intenso.

 Un mes después, en febrero, florece abundantemente. Las flores son pequeñas y se agrupan en racimos.

Detalle de una flor de Zapote blanco con la estructura típica de las Rutaceae, muy parecida a las flores de los cítricos y de la ruda.

Tronco de Zapote blanco con su típica corteza cubierta de puntos blancos. Este ejemplar ha sido injertado. Se deduce por el estrechamiento en la parte superior del tronco que se corresponde con el punto del injerto.

Típica corteza de Zapote blanco de un color verde grisáceo cubierta de puntos blancos.

Frutos maduros de Zapote blanco que se agrietan cuando alcanzan la plena maduración. Para saber si están maduros es preciso apretarlos con los dedos, pues su color verde claro se mantiene prácticamente sin cambios. Uno de los problemas de estos frutos es que caen del árbol en cuanto maduran. Lo mejor es recolectarlos cuando su pulpa todavía está dura. Suelen madurar a los pocos días.

La pulpa tiene un apetitoso color blanco brillante. Es muy jugosa y exageradamente dulce. Estos frutos carecen de semillas viables, están abortadas y no tienen germen, como se puede ver en el fruto de la parte superior de la foto. Las semillas viables de los árboles silvestres son grandes y alargadas. Son mucho más perecederas que las de los zapotes negro y amarillo. Si no se dejan secar tras extraerlas de los frutos y se siembran enseguida a una temperatura superior a 20ºC, en menos de una semana germinan. Es un árbol de crecimiento muy rápido.


viernes, 20 de mayo de 2011

Tajinaste rojo, la sangre del Teide


Parecen plantas de otro mundo, primitivas, antediluvianas, extraterrestres, extrañas, dedos de sangre saliendo de la lava y apuntando hacia el sol. Emociona e impresiona verlos por primera vez en plena floración. El recuerdo que dejan en la memoria es indeleble, jamás se puede olvidar. Son un gran espectáculo de la naturaleza, exuberantes, como gigantes vegetales en comparación con las demás plantas que crecen en el inmenso cráter, casi todas a ras de tierra. Ellos no le temen a nada, ni al viento, ni a la sequía, ni al sol tórrido del mediodía, ni al frío alpino de la noche. Se yerguen orgullosos hacia el cielo hasta superar a veces los tres metros de altura. Son los Tajinastes rojos del Teide, la sangre del Teide, el orgullo de Tenerife. 

Su nombre científico, Echium wildpretii subsp. wildpretii, le fue dado por los botánicos británicos Pearson y Hook en honor al horticultor suizo Hermann Wildpret que residió en La Orotava durante el siglo XIX. Pertenece a la familia de las Boraginaceae. Crece en las laderas del cráter del Teide, a pleno sol, sobre la grava y las rocas volcánicas a 2.000 metros de altura. (Os recomiendo ampliar las fotos con un doble click para apreciar su belleza espectacular).

Los ví por primera vez hace cinco años y me impactaron. Fueron para mí como un gran regalo de la naturaleza, una explosión de belleza en su estado más puro. Mi corazón latió con fuerza y mis ojos se humedecieron ante aquel espectáculo grandioso. No practico ninguna religión, pero no pude evitar que me viniera a la memoria la primera frase de una oración en latín que en mi infancia aprendí siendo monaguillo: GLORIA IN EXCELSIS DEO, es decir, Gloria a Dios en las alturas. Gracias fuerza creadora, dios todopoderoso, energía cósmica, ser supremo, lo que seas, gracias por permitirme ver esta maravilla de la naturaleza. Mi largo viaje desde el lejano Mediterráneo ha valido la pena.

Ante estas hierbas imponentes uno se imagina lo que debieron sentir las primeras generaciones de guanches cuando, recién llegados desde la costa africana con su primitiva cultura bereber, vieron por primera vez los tajinastes rojos. Es posible que se postrasen ante ellos y los adorasen como a dioses, los dioses del Teide que cuando se enfadaban rugían y escupían fuego y cuando estaban contentos dejaban asomar sus dedos rojos para que los hombres les adorasen y les ofreciesen sacrificios de sangre.

Su floración empieza siempre aproximadamente el día 10 de mayo y alcanza su máximo esplendor una semana después, prolongándose hasta principios de junio. Algunos años se adelanta o retrasa unos pocos días según haya hecho más o menos frío en invierno. Las demás plantas del crater florecen al mismo tiempo, como la crucífera Descurainia bourgaeana con su magnífica floración amarilla. Ambas son endémicas de la zona subalpina de las Cañadas del Teide.

Sus semillas llevadas por el viento y el agua germinan sobre la tierra volcánica muy rica en nutrientes minerales y dan lugar a una pequeña planta en forma de roseta de hojas linear-lanceoladas, muy velludas, adaptadas al frío alpino, al calor tórrido y a la sequía. Durante varios años la roseta se va agrandando y acumulando nutrientes y agua en sus raíces.

Cuando el tajinaste rojo alcanza la madurez su yema central crece hacia arriba y produce una larga inflorescencia con los capullos florales cubiertos por hojas cada vez más pequeñas.

Los Tajinastes rojos estuvieron a punto de extinguirse por la intensa presión del ganado que pastaba por las Cañadas del Teide y se comía las rosetas de hojas tiernas. El Gobierno Canario tuvo que prohibir el pastoreo a los ganaderos en todo el Parque Nacional del Teide y desde entonces la especie se ha recuperado hasta el punto que ya no está incluída en el Catálogo de Especies de la Flora Canaria en Peligro de Extinción.

La especie Echium wildpretii tiene dos subespecies, la tinerfeña de flores intensamente rojas, Echium wildpretii subsp. wildpretii, el Tajinaste rojo propiamente dicho y la subespecie endémica de la isla de La Palma de flores rosadas, Echium wildpretii subsp. trichosiphon, llamado Tajinaste rosado, muy escaso y protegido por la ley, incluido en el Catálogo Canario de Especies protegidas.

Esta fotografía fue tomada el día 6 de mayo. En ella se ven los capullos florales a punto de abrirse. Al igual que las hojas, los capullos están cubiertos por tricomas como pequeñas agujas que se clavan en la piel al tocarlos. Los tricomas de las hojas son menos punzantes.

Y por fin se produce el milagro de la floración. Se abren en primer lugar los capullos orientados hacia el Este. Esta fotografía fue tomada el día 11 de mayo.

El mismo día 11 de mayo, en una ladera protegida del viento frio del Norte, encontré este magnífico ejemplar ya completamente florecido, rodeado por varias matas de la crucífera endémica, Erysimum scoparium, llamada Alhelí del Teide.

Las primeras flores del Tajinaste rojo son extraordinarias. Sus estambres azules resaltan sobre el rojo intenso de los pétalos.

Las abejas melíferas liban el abundante néctar como enloquecidas, embriagadas. Su vuelo de flor en flor produce un intenso zumbido que rompe el silencio del cráter.

Si se mira la inflorescencia se observa que las flores se van abriendo dibujando una espiral ascendente. Tras la floración, en verano maduran las semillas que son dispersadas por las laderas del cráter y esperan pacientemente las primeras lluvias del otoño para germinar.

Y como ocurre con todos los seres vivos llega el final, la muerte. La orgullosa inflorescencia de cerca de tres metros se seca y el viento la tumba. Es el triste recuerdo de lo que un día fue una de las plantas más hermosas de Tenerife.

Incluso muerto, el Tajinaste rojo sigue mostrándonos la belleza de la estructura de su inflorescencia. Cada flor deja una impronta en la corteza reseca.

Una foto cercana nos permite apreciar el diseño en forma de piel de cocodrilo. La naturaleza nunca deja de sorprendernos.

Una nueva generación de Tajinastes rojos crece a los pies del cadaver de su madre. Debo irme. Otras maravillosas plantas tinerfeñas me esperan. Me llevo un gran tesoro fotográfico en mi cámara, el mejor de los recuerdos. Antes de subir al coche me doy la vuelta y le prometo a este pequeñajo que un día volveré a admirar la belleza de sus hijos o sus nietos. Y de nuevo la emoción acelerará mi corazón, como se emocionaron los masacrados guanches ante lo que ellos creyeron dioses surgidos de la lava.



sábado, 14 de mayo de 2011

La babosa-caracol y el Hymenophyllum tunbrigense, dos eslabones en la evolución


Me había levantado pronto para ir a recorrer el Sendero largo del Pijaral, que lleva hasta el impresionante Roque de Anambro, situado en pleno Parque Rural de Anaga, en el extremo norte de Tenerife. Mi máxima motivación para recorrerlo era encontrar y ver por primera vez en mi vida uno de los helechos más primitivos del Planeta, el Hymenophyllum tunbrigense. Este helechito diminuto y transparente, a medio camino entre un musgo y un helecho, era para mí una asignatura pendiente desde hacía muchos años.

El sendero estaba húmedo, resbaladizo y en penumbra, totalmente cubierto por las tupidas copas de los brezos endémicos, Erica platycodon, llamados localmente tejos, que sólo dejaban pasar algún tímido rayo de luz. Tenía la sensación de caminar por un tunel vegetal. Hacía frío y el aire estaba saturado de humedad, pues todo el Parque estaba cubierto por una espesa niebla en contínuo movimiento que subía a gran velocidad desde el mar, chocaba con las copas de los árboles y arbustos del bosque de Laurisilva que cubre todo el Macizo de Anaga, se adentraba por entre las hojas y las ramas y a su paso iba impregnando de rocío todo lo que tocaba. Ya condensado en forma de agua dulce de una gran pureza, caía gota a gota sobre el suelo volcánico hasta formar pequeñas charcas y algún riachuelo. Me encontraba inmerso en pleno fenómeno de Lluvia horizontal macaronésica.

Para no resbalar y sortear los charcos iba mirando donde ponía los pies, lo cual me impedía fijarme en los troncos de los brezos, hábitat preferido del Hymenophyllum. Al poco rato me sentí ligeramente mareado pues mis ojos iban de mis pies a los troncos de cada lado y otra vez a mis pies, cientos de veces, todo ello aderezado por la humedad altísima, la poca luz  y el viento frío que me daba en el lado izquierdo de la cara. En uno de mis pasos tuve que dar un pequeño salto para no pisar unos animalillos negros. Para verlos mejor me agaché y mi sorpresa fue mayúscula. Parecían híbridos de babosa y caracol, es decir, babosas con una concha de caracol bajo la piel de su abdomen. Uauuuu, vaya animalejos, me dije. Y por supuesto saqué mi cámara para llevármelos como recuerdo.

En el Centro de Visitantes del Parque Rural de Anaga le comenté a uno de los técnicos sobre esta babosa-caracol y enseguida supo que le estaba hablando de la endémica Plutonia lamarckii. Tienen incluso un gran poster de invertebrados endémicos donde sale una foto de este animalillo. Si hacéis doble click sobre la foto apreciareis mejor los detalles.

 La Plutonia lamarckii es un eslabón en la evolución, un paso intermedio entre una babosa y un caracol, que se ha quedado a medio camino y continúa inmutable desde hace millones de años. Tal vez necesite unos cuantos millones de años más para dar el paso siguiente y convertirse en un caracol  con concha externa. Con toda seguridad sigue inmutable sencillamente porque se siente muy a gusto tal como es. Está perfectamente adaptado a los bosques de laurisilva y no necesita para nada cambiar su cuerpo. Ninguna circunstancia ambiental le fuerza en absoluto. Los seres vivos sólo evolucionan forzados por los cambios en su hábitat. Es el famoso principio darwiniano: o te adaptas o te mueres y desapareces de la faz de la Tierra. El hábitat de la babosa-caracol canaria no ha cambiado en millones de años. No necesita evolucionar. Ya está perfectamente adaptada a su medio.

A medida que crece la concha que protege su aparato digestivo y otros órganos vitales, la piel de su abdomen se resquebraja, dejando ver parte de la concha de carbonato de calcio.

 En esta otra Plutonia lamarckii se aprecia mejor la espiral de su concha. Sus tentáculos y ojos son típicamente de caracol. Ver y fotografiar este eslabón evolutivo me alegró mucho la mañana, casi tanto como el diminuto helecho que me esperaba a los pocos metros sobre el musgo que cubría un viejo brezo.

Varias frondes de unos 3 ó 4 centímetros de Hymenophyllum tunbrigense. Llama mucho la atención su transparencia. Parece que el helecho y el musgo han evolucionado juntos, pues todos los ejemplares de Hymenophyllum crecían sobre el mismo musgo, que no es el que se ve a la izquierda sino otro más ralo, que vive más pegado a la corteza de los Erica platycodon. Este helecho también vive sobre rocas rezumantes y sombrías con la condición de que estén tapizadas por el mismo musgo simbionte.

Su nombre está formado por dos palabras griegas unidas: Hymen = himen, membrana y phyllon= hoja, o sea, planta con las hojas finas como la membrana del himen y una palabra inglesa latinizada, tunbrigense, es decir, de Tunbridge Wells, ciudad de Kent, en el sureste de Inglaterra, por ser el lugar donde fué descrito por primera vez.

Colonia de Hymenophyllum tunbrigense, a veces formada por cientos de frondes, todos ellos unidos por un largo y ramificado rizoma muy fino que crece inmerso en la capa de musgo, pegado a su vez sobre la cuarteada corteza de los brezos arbóreos. El agua condensada sobre la copa de los árboles baja por la corteza, humedece la capa de musgo que actúa como una esponja y así el rizoma del Hymenophyllum obtiene la humedad permanente que necesita.

Algunas frondes producen soros repletos de esporas. En esta foto se ve la humedad que empapa la fronde. Este helechito, al igual que la babosa-caracol, es otro eslabón intermedio en la evolución. Su aspecto, tamaño y transparencia en poco le diferencian de un musgo, como por ejemplo el Fissidens asplenioides, con el que guarda un gran parecido. Ambos viven en ambientes muy húmedos y sombríos.

Varias frondes del musgo Fissidens asplenioides fotografiado en una roca rezumante muy sombría en la Isla de Faial del Archipiélago de las Azores. Es sorprendente el gran parecido con el Hymenophyllum tunbrigense.

Cuando las esporas del Hymenophyllum están maduras, las valvas de los soros se abren y las dispersan ayudadas por el viento. Si tienen suerte y caen sobre el musgo simbionte, tanto si cubre la corteza de un brezo como una roca rezumante, germinan y vuelve a empezar su ciclo de la vida.

 Impactante y majestuoso Roque de Anambro de 815 m. de altura en lo alto del sendero largo del Pijaral. Uno tiene la sensación de estar mirando a un gigante. Su visión no es apta para vertiginosos, pues en este punto el sendero es muy estrecho, a la izquierda hay un profundo acantilado vertical que acaba en el mar, todo él cubierto por plantas de laurisilva y a la derecha un espeso bosque con una gran pendiente. Es como mantener el equilibrio sobre el filo de un cuchillo de roca, cuya punta es el Roque. Su imagen deja un recuerdo indeleble en la memoria.