sábado, 16 de julio de 2011

Candidatus Phytoplasma pini, fabrica escobas para las brujas

No es ni un virus ni una bacteria, pero tiene características de ambos microorganismos. Sería pues un paso intermedio, un eslabón en la evolución. No puede vivir de manera independiente como hacen las bacterias sino que forzosamente necesita habitar dentro del citoplasma de una célula vegetal, pues carece de membrana celular y sistema metabólico y reproductivo autónomos y se aprovecha de las enzimas y los orgánulos de la célula vegetal para sobrevivir y perpetuarse. Es un plásmido especial más evolucionado y diferente a los plásmidos que parasitan las bacterias y levaduras, adaptado a la parasitación de las células de las coníferas del género Pinus.

 Escoba de brujas o Injerto de brujas sobre un Pinus halepensis en un inmenso bosque del municipio gaditano de Jimena de la Frontera. Estas malformaciones, verdaderas tumoraciones vegetales, son provocadas por la infección por el plásmido Candidatus Phytoplasma pini.

Hasta no hace mucho era tan grande la ignorancia sobre este extraño microorganismo que ni siquiera tenía nombre científico binomial como el resto de seres vivos de la Tierra. La comunidad científica internacional al final se ha puesto de acuerdo y le ha dado un nombre formado por tres palabras, Candidatus Phytoplasma pini. La palabra Candidatus se aplica delante del nombre científico para indicar que se trata de un microorganismo perfectamente caracterizado y estudiado pero imposible de cultivar, ya que vive siempre en el interior de células superiores y no puede ser aislado.

Misma escoba de brujas anterior vista desde más cerca.

Estructura de las ramificaciones de la escoba de brujas anterior. El plásmido provoca un crecimiento enanizante acortando las ramas que crecen apelotonadas, de manera que las que quedan en el interior de la escoba se secan por falta de luz. Debido a la maraña que se forma las ramillas secas no pueden desprenderse y aumentan exageradamente el peso de la escoba que a veces llega a romperse y cae liberando al pino de la rama parasitada. Las acículas también crecen mucho más cortas y las piñas son completamente normales pero mucho más pequeñas, al igual que sus semillas, las cuales a pesar de la parasitación son perfectamente viables.

Estos plásmidos vegetales o fitoplasmas no se pueden ver ni aislar como seres individuales, solamente es posible ver y analizar los efectos de su parasitación sobre las plantas. Tampoco pueden dispersarse de manera activa por si mismos, sino que necesitan un vector para infectar las plantas y propagarse. Para ello utilizan insectos, ácaros, nemátodos, aves, etc... que transmiten el plásmido de planta a planta mediante las diminutas heridas que causan a las plantas al alimentarse de ellas. El contagio también puede provocarlo el hombre a través de herramientas contaminadas, como por ejemplo tijeras de podar, serruchos, motosierras, hachas, etc... Y por último un árbol enfermo puede propagar la infección a través del roce de sus ramas con las ramas de los árboles vecinos.

Injerto de brujas o Escoba de brujas completamente esférica sobre un Pinus halepensis de la antiquísima alquería árabe de Castellitx, perteneciente al municipio de Algaida situado en el centro de la Isla de Mallorca.

 Injerto de brujas anterior un año después visto desde más cerca con el zoom.

Otra escoba de brujas muy compacta en el extremo de una larga rama de un Pinus halepensis de la misma alquería mallorquina de Castellitx.

Imagen cercana de la rama enferma anterior. Tiene un aspecto muy saludable con unas acículas de un vivo color verde claro y numerosas piñas.

Los científicos, para saber si una rama está enferma, deben analizar sus células utilizando sofisticados métodos de ingeniería genética, como es la PCR (reacción en cadena de la polimerasa), a través de la cual consiguen aislar e identificar algunos genes específicos de este plásmido, como el gen 16S rRNA.

Escoba de brujas sobre un Pinus canariensis del municipio canario de Santiago del Teide situado en el extremo sur de la Isla de Tenerife.

El plásmido Candidatus Phytoplasma pini, una vez ha conseguido penetrar en las células del floema de un árbol sensible, integra su genoma en el núcleo de la célula vegetal parasitada, de manera que la célula infectada pasa a ser controlada por el ADN del plásmido. Tal es el grado de integración nuclear que los piñones producidos por las pequeñas piñas de las escobas de brujas, si se siembran, germinan sin problemas pero el crecimiento de la plántula es muy lento y tras bastantes años se convierte en un pino enano, un verdadero bonsai natural. Es posible que a lo largo de millones de años de parasitación de algunas plantas por virus o plásmidos se hayan formado nuevas especies que actualmente tienen ya el genoma bien estable con una integración total del ADN del huesped y el parásito.

Pinus halepensis joven afectado en su totalidad por el Candidatus Phytoplasma pini en un bosque de pinos, lentiscos y acebuches del municipio mallorquín de Bunyola.

Con los avances cada vez más sofisticados del estudio del genoma seguramente habrá muchas sorpresas y es muy probable que se descubra el origen viral o plasmídico de un gran número de especies y subespecies, tanto animales como vegetales o bacterianas. De hecho las plantas y animales transgénicos "creados" por los científicos para obtener nuevos seres con características "provechosas" para el hombre siguen el mismo principio que las escobas de brujas: vacas con el gen de la insulina humana integrado en su genoma que producen leche con insulina, arroz con el gen de resistencia a la sequía procedente de un cereal del desierto que permite su cultivo exitoso en terrenos con escasas lluvias, cerdos con varios genes de su genoma sustituidos por genes humanos cuyos órganos podrían ser aprovechados para trasplantes sin provocar rechazo en el receptor, ratones fluorescentes con el gen de un crustáceo marino, cabras con varios genes de su genoma sustituidos por genes vegetales cuya leche contiene grasas "buenas" sin colesterol nocivo para las arterias humanas, etc...

Otro injerto de brujas sobre un Pinus canariensis  en el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, situado en la Isla de La Palma.

Los viveristas buscan con mucho interés estas escobas de brujas. Con sus semillas hacen planteles de pinos enanos y con sus ramas enfermas injertan pinos sanos que crecen como pequeñas escobas de bruja. Tanto unos como otros alcanzan elevados precios en el mundo de los coleccionistas de coníferas para ser sembrados en jardines particulares como verdaderas rarezas botánicas. También los aficionados al arte del Bonsai conocen muy bien estas escobas de bruja, con cuyas semillas e injertos de ramas consiguen bellísimos ejemplares de bonsai que por su lentísimo crecimiento ponen a prueba su maestría y su paciencia.

Sin embargo a veces ocurre que del centro de la copa de uno de estos pinos enanos, sobretodo de los conseguidos por injerto, emerge una vigorosa rama normal completamente sana y el resto del injerto se acaba secando, como si súbitamente el pino se hubiera curado por sus propios medios. Hasta el momento no se conoce la explicación de estas curaciones espontáneas.

 Escoba de brujas sobre un Pinus halepensis, fotografiado en el Parque Regional El Valle y Carrascoy, situado en la província de Murcia. Había bastantes a lo largo de toda la pista forestal.

Hay muchos otros fitoplasmas, cada uno de ellos específico de una determinada especie vegetal, como el Candidatus Phytoplasma aurantifolia, que afecta a la lima, el Candidatus Phytoplasma fraxini, que afecta al fresno, el Candidatus Phytoplasma castaneae, que afecta al castaño, el Candidatus Phytoplasma mali, que afecta al manzano, el Candidatus Phytoplasma oryzae, que afecta al arroz, el Candidatus Phytoplasma ziziphi, que afecta al azufaifo y el Candidatus Phytoplasma trifolii, que afecta a las leguminosas del género Trifolium. Todos estos fitoplasmas provocan malformaciones vegetales similares a las escobas de brujas de los pinos.




sábado, 9 de julio de 2011

Notholaena marantae subsp. subcordata, sacerdotisa del dios Sol

Su querencia por el sol es quizás la característica que mejor define a la Notholaena marantae, un extraño helecho velludo adaptado a soportar los largos meses de sequía pertinaz del verano macaronésico, la irradiación directa e intensa del sol del mediodía y el calor tórrido abrasador de las rocas orientadas al sur de las Islas Canarias, la Isla de Madeira y las Islas de Cabo Verde. La Notholaena marantae que vive en la Macaronesia pertenece a la subespecie subcordata. Forma parte de la família de las Sinopteridaceae junto a Cheilanthes y Pellaea. En Canarias se la llama Doradilla acanelada, por el llamativo vello color canela que recubre el envés de las frondes. Su dotación cromosómica diploide es 2n =58, n = 29.

Acababa de dejar atrás la preciosa villa de Santiago del Teide y me disponía a subir hacia el Pico del Teide por una empinada carretera llena de curvas, construida sobre un antiguo río de lava negra. Serían las 10 horas de la mañana y la insolación era cegadora. Tras una curva, a cada lado de la carretera, apareció ante mis ojos de amante de los helechos una numerosa población de Notholaena, Cosentinia y Cheilanthes, todos ellos adoradores del sol y el calor, la antítesis de la idea que solemos tener de los helechos, pues al contrario que la inmensa mayoría de ellos, éstos tres géneros necesitan vivir a pleno sol, con muy poca humedad, mucho calor y mucha luz. Disfruté como un niño al que le acaban de regalar el juguete que más le gusta. Aparqué en un pequeño rellano de  la cuneta, saqué mi vieja cámara compacta que me ha acompañado en tantos viajes y me dispuse a darme un atracón de helechos. Al principio sólo veía Notholaenas con sus llamativas frondes erectas de más de 35 cms., pero al acercarme y mirar entre las rocas y piedras negras aparecieron numerosas Cosentinia vellea con su abrigo de vello blanco y pequeñas Cheilanthes pulchella, todas ellas con las frondes bien frescas y turgentes a pesar de la aparente sequedad y el calor abrasador.

Vigorosas Cosentinia vellea subsp. bivalens compartiendo el hábitat con las Notholaena marantae subsp. subcordata. Ampliando las fotos con un doble click se ven mejor los detalles.

Vieja Cheilanthes pulchella, que guarda un cierto parecido con la Notholaena, aunque sus dimensiones son mucho más modestas y carece de la típica vellosidad ferrugínea en el envés de sus frondes. Crece en el mismo hábitat, pero prefiere situaciones más sombreadas. Es un endemismo macaronésico que vive en las Islas Canarias y en Madeira.

Tal vez fué en la Isla de La Palma donde pude ver las Notholaenas más vigorosas con frondes de casi 40 cms., creciendo en la parte baja de este muro de contención construído para retener la grava y arena volcánicas de una pequeña loma cercana al Volcán Teneguía situado en el extremo sur de la isla. El sol era cegador y la temperatura a las 13 horas del mediodía debía rondar los 40ºC y sin embargo las Notholaenas y Cosentinias que allí crecían se veían bien turgentes y frescas. Arrodillado sobre la grava para hacerles buenas fotos descubrí su secreto. La arena negra basáltica que había detrás del muro estaba húmeda, muy húmeda, hasta el extremo de crecer sobre ella musgos y hepáticas. Entonces me pregunté de dónde podía venir aquella humedad en un lugar tan espantosamente seco e inhóspito, más parecido a un desierto que a una isla macaronésica. Levanté los ojos hacia la loma de grava volcánica y sin dejar de pensar me dí la vuelta y escaneé con la vista la falda del Volcán Teneguía que baja hacia el mar y entonces comprendí el secreto de aquel misterio al ver las curiosas plantaciones de viña que los palmeros tan inteligentemente siembran en pequeños agujeros excavados en la grava volcánica. La humedad venía de la brisa marina que cada mañana sube desde el mar cargada de humedad, choca contra la grava basáltica muy porosa que absorbe las gotas de rocío como una esponja y un agua dulcísima poco a poco, gota a gota, se va filtrando hacia el subsuelo y humedece las raíces de los helechos y las viñas, dándoles la vida.

Junto a esta bellísima Cosentinia vellea que crece en la falda del Volcán Teneguía, a la izquierda de la foto, se pueden ver pequeños talos de hepática y un poco de musgo sobre una arena llamativamente húmeda. Esta condensación de la humedad de la brisa marina sigue el mismo proceso que la lluvia horizontal, tan típica de la Macaronesia, sustituyendo las copas de los árboles de la Laurisilva por la porosa grava volcánica. 

Volcán Teneguía en la costa sur de la Isla de La Palma. En él tuvo lugar la última erupción volcánica en territorio español en 1971. Forma parte de un volcán mayor llamado Cumbre Vieja que fue declarado Parque Natural en 1987.  Justo detrás del Volcán Teneguía está el Océano Atlántico, cuya brisa cargada de humedad cada mañana cubre de rocío la negra lava basáltica. En primer plano se ven varios arbustos de Vinagrera, un endemismo canario de nombre científico Rumex lunaria.

Falda del Volcán Teneguía que desciende suavemente hacia el océano con un impresionante y exuberante viñedo que cubre la negrísima lava de una alfombra verde llena de vida. El vino que se obtiene de estos viñedos tiene una calidad extraordinaria con un bouquet magmático muy especial.

En la Isla de Madeira también crece la Notholaena marantae subsp. subcordata. Aquí vemos un bellísimo ejemplar cerca de la ciudad de Funchal.

Paseando por el Sendero largo del Pijaral, en pleno Macizo de Anaga, me encontré con este ejemplar de frondes péndulas, que al principio no supe qué era, pues en nada se parecía a una Notholaena. Cuando le dí la vuelta a una fronde para fotografiar los soros y ví la pilosidad ferrugínea, supe enseguida que se trataba de una solitaria Notholaena nacida en un hábitat poco adecuado para su especie, tal vez de una espora llevada por el viento. Sus frondes crecían hacia abajo en un desesperado intento de captar el máximo de luz solar, pues justo encima había un frondoso bosque de fayal-brezal que le daba sombra la mayor parte del día.

Este helecho amante del sol no siempre crece en lugares con aporte constante de agua durante todo el año. Estos dos ejemplares que viven entre las rocas de la falda sur del Pico del Teide, lejos del mar, tienen que soportar los largos meses de sequía del verano tinerfeño sin el aporte de la humedad de la brisa marina. Pero no temais, aunque aparentemente parecen muertos y resecos, su aspecto es pura adaptación. Cuando la tierra donde están enraizados se queda sin agua, el rizoma reabsorbe la savia de las frondes, las cuales se enrollan sobre si mismas y adquieren el aspecto de hierbajos resecos. Es tal su grado de deshidratación que si se estruja una fronde con la mano se deshace entre los dedos y sin embargo no está muerta. Con las primeras lluvias del otoño canario, a las pocas horas las frondes se rehidratan, se expanden, se desenrollan, reverdecen llenas de vida como si nada hubiera pasado. A este mecanismo adaptativo se le llama estivación.

Fronde de Notholaena marantae subsp. subcordata con la lámina bipinnada, ovado-lanceolada, el raquis rojizo y las pínnulas enteras o lobuladas en la base con el envés cubierto de páleas de un vivo color ferrugíneo o color canela.

Detalle de las pínnas y las pínnulas de un vivo color verde más o menos oscuro y unos curiosos pelos pluricelulares blanquecinos que surgen del raquis y el haz de las pinnas. Al igual que las paráfisis del Polypodium cambricum, estos pelos tendrían la función de sensores de la humedad ambiental e indicarían al helecho el momento óptimo para abrir los esporangios y dispersar las esporas.

Detalle de los pelos blancos pluricelulares.

Bellísimo color canela de las páleas que cubren el envés de las pinnas y el raquis.

Detalle de las páleas de la Notholaena marantae, más largas en el raquis, que cubren totalmente los soros con un abrigo protector. Entre las páleas también crecen pelos blancos pluricelulares, que como los del haz de la fronde, tendrían la misma función de detectar el grado de humedad ambiental, para dispersar las esporas en el momento más adecuado para su germinación.

Imagen microscópica de una pálea de Notholaena marantae.

Estructura de una pálea vista a 400 aumentos. Está formada por las carcasas de células muertas y vacías.

 Esporangio de gran tamaño con un anillo de células estrechas y muy juntas.

Esporas negras muy grandes y redondas con el perisporio crestado-reticulado.




jueves, 7 de julio de 2011

Retama del Teide, blanca como la nieve

La retama blanca del Teide, Spartocytisus supranubius, es una leguminosa arbustiva endémica de las islas de Tenerife y La Palma muy abundante en la zona subalpina de las Cañadas del Teide, donde forma parte de la comunidad vegetal llamada retamar compuesta por matorrales de cumbre. Comparte el hábitat con el tajinaste rojo, el codeso de cumbre, el escobón o tagasaste, el amagante, la hierba pajonera, el alhelí del Teide, la neuta o hierba gatera, el rosalito de cumbre y la hierba fistulera.

Bellísima imagen de un Spartocytisus supranubius  a unos 2.000 msnm con el Teide nevado al fondo en pleno mes de mayo. Su nombre de género Spartocytisus hace referencia a las características botánicas intermedias entre los géneros Spartium y Cytisus. Su nombre de especie supranubius está formado por dos palabras latinas: supra que significa "por encima de" y nubius, que significa "nubes", o sea, que crece por encima del mar de nubes que rodea como un anillo blanco las cumbres más altas de Canarias. Recomiendo ampliar las fotos con un doble click para verlas mejor.

Retama del Teide a punto de florecer a principios de mayo. Este arbusto alcanza los 2 metros de altura y es una de las plantas predominantes de la flora de alta montaña de Tenerife y La Palma.

Spartocytisus supranubius en el Puerto de Izaña a 2.338 msnm. junto a la carretera que va del Teide hacia Arafo. La foto está hecha el 11 de mayo. Había nieve en la cuneta.

Los brotes tiernos tienen hojas trifoliadas con folíolos lineares, al principio de un vivo color verde claro que se torna grisáceo con el tiempo.

Tallos de retama del Teide que permanecen sin hojas la mayor parte del año, ya que son caducas y se caen con los primeros frios del otoño. Para realizar la fotosíntesis los tallos conservan el color verde.

Spartocytisus supranubius  florido a principios de mayo en las laderas del cráter que rodea el pico del Teide creciendo sobre grava volcánica casi negra.

Exuberante floración blanca de la Retama del Teide

Detalle de una rama florida de la retama anterior.

Las flores tienen un intenso color blanco inmaculado como la nieve que brilla con luz propia.



sábado, 2 de julio de 2011

La corona de espinas de Medina Sidonia

Hace 24 años visité por primera vez la pequeña ciudad andaluza de Medina Sidonia situada sobre un cerro en la provincia de Cádiz. Lo que más me llamó la atención fue la extrema pobreza de sus casas, el polvo y el silencio sepulcral de sus calles sin asfaltar, la ausencia de coches, la abundancia de golondrinas revoloteando y cantando felices bajo un cielo de un azul luminoso y la sequía de sus tierras blancas. Sin embargo algo en ella me cautivó. No sé explicarlo, pero me sentí a gusto. Tuve la sensación de estar en un lugar mágico cargado de energía positiva, antiguo, sagrado, acogedor, eterno, como si se hubiera acumulado en él la energía de los espíritus de los cientos de miles de personas que allí nacieron, vivieron y murieron a lo largo de su dilatada historia de más de tres milenios. 
  
 Dehesa en las afueras de Medina Sidonia. Llama la atención el seto de chumberas espinosas alineadas con los olivos del fondo que impiden que el ganado se escape. Hice esta foto hace 3 años en mi segundo viaje a Cádiz. Había llovido en abundancia y la vegetación estaba magnífica.

La ocupación del cerro empezó con los primeros asentamientos tartésicos a finales de la Edad de Bronce, pasando por la colonización de los fenicios procedentes de la lejana Sidón que le dieron el mismo nombre a la nueva ciudad, seguidos por los romanos que la llamaron Asida Caesarina Augusta. En la posterior dominación visigoda fue elevada a la categoría de capital de provincia con el nombre de Asidona. En el año 712, tras la conquista musulmana, recibió el nombre definitivo de Medina Sidonia y fue capital de la Cora del mismo nombre durante más de 550 años. Finalmente, en el año 1264 fue reconquistada por las tropas cristianas del Rey Alfonso X el Sabio y sirvió como base militar para la conquista del Reino nazarí de Granada. En 1440 pasó a ser propiedad del señorío de los Duques de Medina Sidonia. El duque actual es el número XXII de la saga. 

Camino rural de Medina Sidonia con la tierra blanca como la nieve y el exuberante seto de chumberas espinosas de la derecha que sirve para contener al ganado. La foto está hecha en el mes de mayo del 2008. Se ven las flores amarillas coronando las palas de las chumberas que pertenecen a la especie mexicana Opuntia amyclaea.

Hace 24 años en las afueras de Medina Sidonia, cuando ya me iba, encontré un pequeño cactus parecido a la típica chumbera Opuntia ficus-indica pero mucho más espinoso. Tendría como mucho una docena de palas claramente deshidratadas por la extrema sequía que soportaban aquel año las tierras gaditanas. No ví más chumberas. Supongo que hacía pocos años que habían empezado a sembrarlas como seto y todavía no se habían convertido en la incontrolable plaga actual.

Tengo la costumbre de llevarme un recuerdo vivo de todos los lugares que me han impactado. Así que paré el coche de alquiler, cogí unas hojas de periódico para no pincharme y le arranqué una pala pequeña para llevármela como recuerdo. Eran otros tiempos y en los aeropuertos no había los controles actuales del equipaje. Hoy en día sería una temeridad llevar una hoja de chumbera espinosa dentro de la maleta. Podría acabar ante un juez por atentado contra la autoridad si se pinchase en la mano el guardia del control de equipajes.

 Peligrosas espinas de una pala o penca de la tunera, nopal o chumbera Opuntia amyclaea. Tras el doloroso pinchazo de las espinas largas se clavan las pequeñas que son muy frágiles y con pequeños ganchos invertidos que actúan como un anzuelo. Al intentar extraerlas se rompen con facilidad y quedan clavadas dentro de la epidermis, pudiendo causar una infección. Se entiende pues que estas tuneras sean utilizadas como setos para contener al ganado que pasta en las dehesas.

Impresionante seto de chumberas a la vera de un camino. Muchas plantas silvestres aprovechan la protección de las espinas de este cactus americano para vivir tranquilas a salvo de las fauces de las vacas, ovejas y cabras.

Una de estas plantas es la bellísima Aristolochia boetica. Sus extrañas flores se asoman entre las espinas para atraer a los insectos polinizadores.

Otra planta que crece junto a las chumberas es la venenosa Solanum linnaeanum (sinónimo de Solanum sodomeum). Esta planta sudafricana que ha colonizado toda la cuenca mediterránea no necesita la protección de las chumberas, pues los animales saben por instinto que es muy tóxica. 

Hermosa flor y fruto maduro de la sudafricana Solanum linnaeanum, muy frecuente junto a las chumberas de los caminos rurales. Os recomiendo este divertido enlace esclarecedor sobre su toxicidad:  COCAS PARA MATAR

Bellísima flor de Opuntia amyclaea en el momento de abrirse. Su bonito color salmón pasa a un vivo amarillo limón cuando la flor está completamente abierta.

Las abejas acuden golosas a libar el rico y abundante néctar de los nectarios del fondo de la flor.

Tras la fecundación por el polen transportado por las abejas, el ovario se convierte en un apetitoso fruto amarillo.

La pequeña hoja deshidratada que cogí en Medina Sidonia voló conmigo hasta Mallorca. La sembré enseguida y en pocos días echó raíces, se rehidrató, brotó pencas nuevas y a los dos años me dió el primer fruto, el que veis en la foto. Mi exagerada curiosidad por probar cosas nuevas me llevó a pelarlo y comérmelo. Os aseguro que me supo a gloria. Su dulce y jugosa pulpa verdosa no tiene nada que envidiar a la deliciosa pulpa de la chumbera Opuntia ficus-indica.

Pelar un higochumbo requiere una técnica especial para evitar las irritantes espinitas. Mi abuelo materno sabía bien como hacerlo. Siempre que los nietos íbamos a ver a los padres de mi madre que vivían en el campo, mi abuelo nos regalaba con un atracón de higochumbos. Los tenía de color naranja, morados y blancos.

 Tenía unas largas tenazas hechas con dos ramas de acebuche unidas en un punto por un clavo a modo de tijeras. En el extremo de las tenazas las dos ramas habían sido ahuecadas en forma de cucharones y con ellas cogía los higochumbos uno a uno, los metía en un cubo con agua y los removía con un palo para que las espinitas se desprendieran y al mismo tiempo se reblandecieran las que no se habían desprendido. 

 Luego echaba el agua llena de espinas a un joven nogal y pelaba los higochumbos sobre un bloque de arenisca. Era feliz viéndonos disfrutar con aquellos deliciosos frutos venidos de allende los mares del lejano México.

Tenía tal maestría pelándolos que se daba más prisa que nosotros comiéndolos y pronto teníamos un higochumbo en cada mano y no dábamos abasto.

Cuando ya no podíamos comer más, se pelaba uno para él y echaba las pieles a los cerdos. Era todo un espectáculo verlos comer encaramado sobre la pared de la pocilga. Las espinas no parecían importarles en absoluto. Tenía varios cerdos de raza negra mallorquina y unos cuantos de raza blanca norteamericana.

La pulpa de los frutos de la Opuntia amyclaea de Medina Sidonia tiene un bonito color verde claro casi blanco. Para mi gusto estos higochumbos son más refrescantes que los de la Opuntia ficus-indica de mi abuelo materno.

Todos los frutos de los cactus del género Opuntia son comestibles, ninguno es venenoso, aunque algunos son muy insípidos o muy ácidos. Los de la Opuntia linguiformis son muy llamativos por su intenso color granate y son ideales para decorar una ensalada de frutas exóticas, aunque son muy ácidos y con escaso dulzor.

Frutos de Opuntia linguiformis tras lavarlos con agua para retirar las espinas.

Su intenso color granate tiñe los dedos durante varios días. Los frutos saben mejor bien fríos, por lo que conviene meterlos un rato dentro del frigorífico antes de consumirlos. Se pueden comer al natural o con un poco de azúcar por encima.

Higochumbos pelados de Opuntia ficus-indica. El de la izquierda de color naranja es la variedad más frecuente. La variedad morada es más difícil de encontrar. Ambos saben igual.

Los cactus del género Opuntia se han convertido en verdaderas plagas incontrolables en todas las regiones del mundo con clima mediterráneo y semiárido. Los animales frugívoros y en especial las aves dispersan las semillas con sus excrementos lejos de la planta madre. Les gusta mucho colonizar las pendientes rocosas orientadas al sur.

Aquí vemos una Opuntia ficus-indica nacida de una semilla llevada por un pájaro sobre estas rocas quemadas por el sol en la costa noroeste de Mallorca.

En Medina Sidonia la Opuntia amyclaea se ha asilvestrado a partir de las plantas de los setos y ha rodeado la ciudad de una verdadera corona de espinas en menos de tres décadas. Es prácticamente imposible controlarla y mucho menos erradicarla. Ya forma parte de la flora asidonense. En mi última visita hace tres años la ciudad había cambiado drásticamente, se habia modernizado y embellecido. El campo circundante seguía igual que hace 24 años excepto en los linderos de las fincas y en los bordes de los caminos rurales donde las Opuntias se han hecho las dueñas absolutas.

Uno se pregunta quién sirve a quién y la respuesta es muy sencilla. Las Opuntias, al igual que otras muchas plantas cultivadas, utilizan al hombre para proliferar y colonizar nuevos territorios, en definitiva, para sobrevivir y perpetuar su especie. Creemos aprovecharnos de ellas, las llamamos útiles por sus frutos, sus granos, sus hermosas flores, sus fibras, su madera, sus tubérculos y en realidad son ellas que de una manera muy inteligente y sutil nos utilizan descaradamente en su propio beneficio.