sábado, 17 de septiembre de 2011

Cojinetes de monja: un placer para los faquires

El Myotragus balearicus los esculpió con sus dos incisivos de rata

Cojinete de monja, asiento de monja, asiento de suegra, asiento de pastor, unos nombres muy chocantes para una planta, ¿verdad? Pues así llaman a un conjunto de arbustos, en general de alta montaña y zonas costeras que, a pesar de pertenecer a diferentes famílias botánicas, han evolucionado de una manera convergente y presentan todos ellos una forma redondeada y aplanada con ramillas muy imbricadas provistas de espinas temibles, que los protegen del hocico de los herbívoros: cabras, ovejas, conejos, etc.. Plantas semejantes se encuentran en muchos lugares del mundo, pero en las Islas Baleares son especialmente abundantes tal vez por la extrema aridez del clima mediterráneo, el azote constante de fuertes vientos y la existencia durante millones de años de un herbívoro único, el Myotragus balearicus, que con su ramoneo dió forma a estas curiosas plantas, que se adaptaron a la agresión para poder sobrevivir. En las islas los llamamos "Coixinets de monja", y su nombre tiene un origen hasta cierto punto entrañable para muchas mujeres que ahora rondan los 80 años.

Bellísima imagen de alta montaña mallorquina a unos 1.100 msnm. Los cojinetes de monja dominan los espacios abiertos más expuestos a las radiaciones solares. Aprovechan los suelos más pobres y pedregosos. En la imagen se ven numerosos Astragalus balearicus con algún ejemplar de Teucrium balearicum de color más grisáceo. En ocasiones crecen tan juntos que se superponen. Os recomiendo ampliar ésta y las siguientes fotografías para apreciar mejor su extraña belleza.

Otra imagen de la misma zona de la Serra de Tramuntana de Mallorca. Se ven algunos gamones, Asphodelus aestivus, creciendo entre los cojinetes. Al fondo domina un bosque de alta montaña  mediterránea con Pinus halepensis, Pistacia lentiscus, Juniperus oxycedrus ssp. oxycedrus, Olea europaea var. sylvestris, Quercus ilex ssp. ilex, Ephedra fragilis, Ampelodesmos mauritanica, Asparagus albus, etc...

Esqueleto completo de Myotragus balearicus  en excelente estado de conservación. Se puede ver en el Museo Balear de Ciencias Naturales de Sóller.

El mismo esqueleto visto por el otro lado.

Impresionante calavera que parece mirarnos acusadoramente desde el pasado, para recordarnos que fuimos nosotros quienes acabamos con su especie. Llaman la atención los dos incisivos inferiores de rata, que crecían continuamente a medida que se iban gastando con el ramoneo. La mandíbula inferior es muy robusta, semejante a la de los conejos para poder triturar las coriáceas plantas mediterráneas. Sus grandes ojos tenían una posición frontal lo que hace suponer que tenían una excelente visión estereoscópica. Sus dos cuernos crecían hacia atrás como los de los actuales antílopes.

Incisivos inferiores de roedor del Myotragus balearicus. En el maxilar superior no tenía ningún incisivo, como ocurre con todos los rumiantes, aunque a diferencia de éstos que tienen cuatro incisivos, el Myotragus tenía sólo dos. Para cortar los brotes tiernos los sujetaba entre los dos incisivos y la encía superior muy dura y hacía un movimiento rápido del hocico hacia arriba, tal como lo hacen las cabras actuales. Los molares y premolares inferiores quedaban por dentro de los superiores para triturar mejor el alimento con movimientos laterales de la mandíbula. Todos los rumiantes rumían la hierba de esa manera.

Os preguntaréis: ¿qué és un coixinet (cojinete)? En Mallorca llamamos coixinet al pequeño cojín de la cesta de las costureras usado para clavar las agujas de coser y bordar. De ahí que a estas bellísimas plantas les demos ese nombre, pues su superficie espinosa recuerda a los cojinetes de costurera. ¿Y qué tiene que ver con las monjas? Antes os he mencionado que ese nombre "coixinet de monja" era entrañable para muchas mujeres españolas que ahora rondan los 80 años. El motivo es que antiguamente las niñas, en lugar de ir a la escuela como los niños, iban a COSTURA y las maestras eran monjas que les enseñaban a firmar y a leer las mayúsculas y sobre todo a coser, bordar y tricotar. Con eso consideraban que ya tenían más que suficiente para ser buenas esposas, excelentes madres y eficientes amas de casa. Hasta hace unos 40 años en Mallorca la escuela de las monjas de los pueblos seguía llamándose costura en lugar de escuela. Era el equivalente actual de las guarderías.

Yo fui a "costura" hasta los seis años. Sor Gabriela me enseñó a leer y a escribir, pero no la recuerdo con cariño, no. Más bien todo lo contrario. Era una mujer mala, muy mala. Yo la veía como una torturadora, un ser insensible, sin sentimientos, que disfrutaba maltratando a los niños, lo que hoy en día llamaríamos una psicópata. Me daba unos pellizcos retorcidos dolorosísimos (pessigades de monja), que me hacían llorar un buen rato y me producían cardenales (hematomas) en los brazos y las mejillas. Y todo por escribir demasiado grandes las letras. Los zurdos recibían los mismos castigos por escribir con la mano izquierda, la mano pecaminosa, demoníaca, siniestra, perversa, adyecta, sucia, femenina, traicionera,  innoble, para la religión católica. La otra mano, la derecha, era noble, masculina, limpia, pura, pía, sagrada, y sólo con ella debíamos escribir, santiguarnos, comer...

En esta imagen vemos varios Astragalus balearicus de diferentes tamaños. El suelo es muy pobre con pocos centímetros de grosor y está asentado sobre una base rocosa calcárea. 

Superficie espinosa de un Astragalus balearicus con las hojas típicas de una leguminosa.

 Detalle de las temibles espinas que protegen a este endemismo de Mallorca, Menorca y Cabrera.

Las flores son blancas con un ligero tinte rosado. Las espinas no son ningún obstáculo para las abejas polinizadoras que acuden golosas a libar la diminuta gota de néctar del fondo de cada flor.

Otro abundante cojinete de monja es el Teucrium balearicum, un endemismo tirrénico que vive en Mallorca, Menorca, Cabrera y Cerdeña. Su nombre científico ha sufrido varios cambios en las últimas décadas pues los botánicos no lograban ponerse de acuerdo. En un principio se le llamó Teucrium marum ssp. occidentale y también Teucrium subspinosum var. balearium. Pertenece a la família de las Labiatae.

 Teucrium balearicum con su típico color grisáceo en la alta montaña mallorquina. En su lado derecho hay un pequeño Astragalus balearicus que se ha integrado perfectamente en la estructura redondeada del Teucrium, como si de una simbiosis se tratase. Ambos endemismos comparten el mismo hábitat.

Espinas ramificadas de Teucrium balearicum que sobresalen por encima de las pequeñas hojas a las que protegen.

El Teucrium balearicum es víctima frecuente de una planta parásita, la Cuscuta epihymum, que no tiene raíces propias y vive absorbiendo el agua y los nutrientes directamente de las raíces del Teucrium.

Pequeñísimas flores rosadas del Teucrium balearicum con la forma típica de las Labiatae.

Otro cojinete de monja de la família de las labiadas es el Teucrium subspinosum, un endemismo tirrénico que vive  en Menorca, Cabrera y Cerdeña. Al igual que el Teucrium balearicum, su nombre científico también ha sido motivo de desacuerdo entre los botánicos. Durante años se le ha llamado Teucrium marum ssp. subspinosum, Teucrium marum ssp. spinescens, Teucrium subspinosum ssp. spinescens, etc... Actualmente por fin se han puesto de acuerdo y lo consideran una especie aparte con nombre propio.

Teucrium subspinosum cultivado en el Jardín botánico de Sóller para preservarlo de la extinción. Su número en estado silvestre es muy escaso y su hábitat está continuamente amenazado por la codicia humana.

El Teucrium subspinosum difiere notoriamente del Teucrium balearicum por sus espinas mucho más pequeñas, finas y poco punzantes, de ahí su nombre de subspinosum. Las hojas y flores de ambos endemismos son idénticas. Sus ramillas están menos imbricadas y tiene un aspecto menos compacto. En la foto se ven los frutos maduros tras la dispersión de las semillas a principios de septiembre.

Flores de Teucrium subspinosum en Junio. 

 Falsas espinas del Teucrium subspinosum que son pequeños tallos que van adelgazando hacia la punta.

Un espectacular cojinete de monja que en plena floración parece una bola de oro es el Anthyllis hystrix, endémico de Menorca, de la família de las Leguminosae. A diferencia de los anteriores cojinetes que tienen preferencia por las montañas éste vive en las zonas litorales de Menorca, azotadas permanentemente por los vientos del norte.

Anthyllis histrix a mediados de septiembre en plena estivación, cultivado con éxito en el Jardín botánico de Sóller para preservarlo de la extinción. En primavera su aspecto es completamente diferente, una hermosa combinación del amarillo intenso de las flores y el verde brillante de las hojas.

Hojas y espinas del Anthyllis histrix anterior. Como ocurre en la mayoría de cojinetes, las espinas sobresalen por encima de las hojas.

En esta imagen vemos las temibles espinas ramificadas en forma de cuerno de ciervo sobresaliendo por encima de las hojas que quedan perfectamente protegidas de la depredación de las cabras y ovejas.

El cambio en primavera es espectacular. Las numerosas florecillas amarillas confieren al Anthyllis histrix un hermoso aspecto de bola de oro.

Teniendo en cuenta que todos los cojinetes de las Islas Baleares han evolucionado a lo largo de millones de años para protegerse de sus dos principales enemigos: el viento y la depredación de los herbívoros, todo hace suponer que fueron los dos incisivos inferiores de rata del mítico antílope enano ya extinto, el Myotragus balearicus, endémico de Mallorca, Menorca, Cabrera y Dragonera, los que modelaron su forma redondeada, comiéndose todas las hojas y brotes que sobresalían por encima de las espinas. Este diminuto antílope de no más de 50 centímetros de altura en la cruz, patas muy cortas y deambular lento se extinguió hace unos 4.000 años, coincidiendo con la llegada de los primeros humanos que acabaron con todos los Myotragus en unas cuantas décadas. Su nicho ecológico quedó vacío por pocos años, pues las cabras importadas por los primeros pobladores desde el lejano Mediterráneo oriental le sustituyeron en la depredación de los cojinetes. Unos siglos más tarde llegaron las ovejas que especialmente en la Serra de Tramuntana de Mallorca son explotadas en régimen de semi-libertad y deben buscarse el sustento por su cuenta.

Otro espectacular cojinete de monja es la Femeniasia balearica, un endemismo que al igual que el Anthyllis histrix también es exclusivo de la Isla de Menorca. Pertenece a la gran família de las Compositae. Su hábitat predilecto son las zonas costeras un poco alejadas del mar donde no llegan las salpicaduras de las olas. Éste es quizás uno de los endemismos más importantes de Menorca, ya que tanto el género Femeniasia como la especie balearica son exclusivos de esta bella isla mediterránea que hace 6 millones de años, durante el Mioceno, era la cima de una montaña rodeada de valles resecos y lagos muy salados.

Vieja Femeniasia balearica de unos 25 años de edad cultivada con gran éxito en el Jardín botánico de Sóller para preservarla y mantener una población viable fuera de su hábitat natural. Como todos los cojinetes está protegida por la ley y catalogada en serio peligro de extinción. La foto fué tomada a principios de septiembre con la planta en plena estivación. Su aspecto reseco es engañoso, pues está llena de vida. Con las primeras lluvias del otoño reverdecerá espectacularmente.

Visión lateral de la Femeniasia balearica anterior con sus tallos acabados en temibles espinas.

Visión cercana de los tallos anteriores con un aspecto reseco engañoso, ya que en el extremo de alguno de ellos se ven espinas verdes en crecimiento.

Tallo tierno de Femeniasia balearica a principios de junio. Cada uno de los pequeños brotes acaba en tres espinas divergentes.

Resulta muy curioso que en Ibiza y Formentera, donde no vivió el Myotragus, no exista ninguna planta con aspecto de cojinete de monja, a excepción de la zarzaparrilla endémica que crece en todo el archipiélago y podría haber llegado a las Islas Pitiusas con posterioridad a la extinción del Myotragus a través de semillas transportadas por las aves.

La Femeniasia balearica florece en mayo y junio. Sus flores se abren en el extremo de los tallos y tienen un bonito color amarillo-limón.

Detalle de una flor de Femeniasia balearica vista de lado. Al contrario que las hojas, las flores sobresalen por encima de las espinas para facilitar la polinización por las abejas y abejorros.

Abeja melífera libando el néctar de una flor de Femeniasia balearica a principios de junio.

Tras la fecundación las semillas maduran y a principios del otoño son dispersadas por el viento.

Hojas y semillas de Femeniasia balearica. Las hojas son linear-lanceoladas y tienen una línea blanca en su cara superior. Las semillas están equipadas con unos pelos radiales en forma de aspas de helicóptero que les facilitan el vuelo y su dispersión por el viento a la conquista de nuevos territorios.

Otro cojinete de monja de la família de las compuestas es la Launaea cervicornis, endémica de Mallorca, Menorca y Dragonera. Su nombre  específico hace referencia a sus temibles espinas en forma de cuerno de ciervo (cervicornis). Su hábitat preferido son los acantilados y rocas costeras.

Bellísima Launaea cervicornis a mediados de junio cubierta de flores amarillas como un firmamento lleno de estrellas. Este ejemplar pertenece a la colección de cojinetes de monja endémicos de las Islas Baleares cultivados en las terrazas del Jardín botánico de Sóller para preservarlos de la extinción.

Launaea cervicornis en flor a finales de abril, fotografiada sobre unas rocas litorales en el Cap de Formentor de Mallorca.

Flores de Launaea cervicornis.

Hojas y espinas de Launaea cervicornis.

A veces la distinción entre hojas y espinas no es nada facil, ya que con frecuencia hay muchas formas intermedias. En la imagen se ven bastantes hojas con espinas. Es posible que este fenómeno sea un mecanismo adaptativo para evitar la depredación de sus suculentas hojas por los herbívoros.

En las rocas litorales protegidas de las salpicaduras de las olas vive otro cojinete de monja, el Dorycnium fulgurans, endémico de Mallorca, Menorca y Cabrera. Pertenece a la família de las Leguminosae.

Dorycnium fulgurans cultivado en el Jardín botánico de Sóller. Sus espinas son los extremos de los tallos muy ramificados e imbricados que acaban en punta. Sus pequeñas y escasas hojas son parecidas a las del Dorycnium pentaphyllum.

Extremos espinosos de los tallos de Dorycnium fulgurans.

Visión lateral de la superficie espinosa de este cojinete litoral.

Diminutas flores blanco-rosadas de Dorycnium fulgurans. Este endemismo suele florecer desde mayo hasta agosto. Las flores brotan directamente del tallo, a diferencia del Dorycnium pentaphyllum cuyas flores se abren en el extremo de un pedúnculo.

 Detalle de las diminutas flores del Dorycnium fulgurans. Se ven varias hojas ligeramente carnosas.

Frutos maduros de Dorycnium fulgurans a finales del verano.

En todas las Islas Baleares vive una zarzaparrilla endémica muy espinosa que cuando crece en el suelo adopta la forma de un cojinete de monja. Se trata de la Smilax aspera ssp. balearica. Suele tener pocas hojas o incluso carecer completamente de ellas, realizando la fotosíntesis directamente en los tallos verdosos. Puede vivir desde el nivel del mar hasta la cima de las montañas.

Smilax aspera ssp. balearica en forma de cojinetes de monja creciendo en la alta montaña muy cerca de un embalse.

Smilax aspera ssp. balearica con un ejemplar de la también endémica Pastinaca lucida, fotografiadas en el Cap de Formentor.

Otra zarzaparrilla endémica de las Islas Baleares con su típico aspecto de cojinete espinoso creciendo entre las rocas de un acantilado. Esta planta es un claro ejemplo de evolución convergente: una misma estrategia de supervivencia compartida por distintas especies.

Hojas muy pequeñas y estrechas de Smilax aspera ssp. balearica.

Y para acabar otra planta que se ha adaptado a la depredación de los herbívoros, el endrino o arañón, Prunus spinosa, que cuando vive en la alta montaña y sufre el ramoneo constante de las cabras y ovejas, crece como un cojinete de monja. Pertenece a la família de las Rosaceae.

Prunus spinosa en forma de cojinete de monja creciendo en la alta montaña mallorquina a 1.000 msnm. Sus ramillas mil veces ramoneadas por las cabras y ovejas están muy ramificadas e imbricadas.

Detalle de la superficie del cojinete anterior. Curiosamente no se trata de una subespecie endémica diferente al endrino normal, ya que si se siembran sus semillas nacen endrinos con el aspecto propio de la especie y si se arranca uno de estos cojinetes y se trasplanta a un lugar sin herbívoros crece como un endrino normal con las ramas largas y abiertas y escasamente espinoso.

Quiero acabar este largo artículo con estas hermosas florecillas de Prunus spinosa.

Otra interesante entrada sobre un cojinete de la Península---> Erinacea anthyllis, el cojín de monja azul


sábado, 10 de septiembre de 2011

Crocus cambessedesii: mira al sol que le da la vida

El Crocus cambessedesii es una pequeña planta endémica de Mallorca y Menorca de la familia de las Iridaceae. Sus florecillas alegran el otoño balear con sus seis tépalos blancos, rosados, azulados o morados que buscan la luz del sol como pequeñas antenas parabólicas y llenan de color y de vida las rocas litorales desde el nivel del mar hasta una altura de unos 300 msnm. Suele crecer tanto en los claros rocosos con muy poca tierra de las garrigas litorales como en grietas y concavidades de las rocas de las laderas montañosas cercanas al mar. Su hábitat pues requiere abundante luz, humedad constante y un sustrato de musgos y líquenes que actúan como una esponja y retienen la humedad de las lluvias otoñales y de la brisa marina que cada mañana cubre de rocío las zonas litorales hasta varios kilómetros tierra adentro.

Crocus cambessedesii a principios de noviembre creciendo en una pequeña concavidad de una roca calcárea sobre un sustrato de musgo de no más de 3 centímetros de grosor.  La roca es muy grande y está manchada de blanco, gris y negro por los líquenes que crecen sobre su superficie. En el centro tiene una pequeña concavidad de unos 30 centímetros de diámetro con este bellísimo jardín en miniatura. Las flores son de la variedad albina y brillan con luz propia como pequeñas estrellitas. Recomiendo agrandar las fotos con un doble click para apreciar mejor los detalles.

Esta florecilla albina tiene el bulbo o cormo en una grieta rocosa vertical en un claro de un encinar muy sombrío. Para captar el máximo de luz crece de forma pendular con los tépalos mirando al sol.

En esta imagen vemos dos Crocus cambessedesii cada uno de ellos con su respectiva flor blanca con un ligero tinte rosado como diminutas antenas parabólicas siguiendo la trayectoria del sol. En su base tienen una pequeña roseta de hojas filiformes. Esta foto fue tomada a finales de octubre. Las flores y las hojas se desarrollan al mismo tiempo. De cada bulbo o cormo surge una sola flor.

Las dos flores anteriores vistas desde arriba. Los seis tépalos de cada flor forman dos series de tres. Los externos son ligeramente más grandes y más tintados que los tres internos. Los tépalos se unen en su parte inferior formando un tubo largo de unos 7 - 12 centímetros que emerge desde el suelo directamente del cormo o bulbo.

En esta imagen tomada también a finales de octubre se puede ver una flor de Crocus cambessedesii con un hermoso color rosado muy suave.

Aquí vemos otra flor de Crocus cambessedesii con tépalos ligeramente morados. En Mallorca y Menorca este endemismo recibe el nombre "Safrà bord", es decir, azafrán silvestre. 

 Y por último el color más oscuro, entre morado y azul celeste.

Los tres tépalos inferiores por su cara basal presentan unas bellísimas líneas moradas con ramificaciones. Agrandando la foto con un doble click se aprecia mejor su belleza.

Las flores son hermafroditas. Tienen tres estambres con las anteras amarillas cargadas de polen y tres estigmas de un vivo color rojo anaranjado, típico de todos los Crocus, como los del azafrán cultivado. Los estigmas son ramificaciones del largo estilo que recorre el tubo desde el ovario, que en un principio es subterráneo y se divide en tres ramas a la altura de los tépalos. Tras la fecundación y la maduración de las semillas el ovario es empujado hacia arriba hasta asomar fuera de la tierra por encima de la roseta de hojas.

 Las hojas del Crocus cambessedesii son filiformes con una línea blanca que recorre la parte superior de la hoja. Comparándolas con los dedos se aprecia mejor su diminuto tamaño.

Tras la fecundación la flor se seca y el ovario subterráneo va madurando las semillas protegido de la depredación de los herbívoros. Cuando las semillas están maduras el ovario formado por tres valvas es empujado hacia arriba hasta emerger de la tierra y entonces se abre y dispersa las semillas que son extraordinariamente pequeñas. Al mismo tiempo las hojas se secan y el cormo o bulbo entra en estivación, esperando pacientemente que pasen los largos, secos y tórridos meses del verano balear. En la foto se ve muy bien la línea blanca que recorre cada hoja.

Fruto de Crocus cambessedesii con las tres valvas ya vacías tras la dispersión de las semillas. Si lo comparamos con la yema del dedo índice nos hacemos una idea de su diminuto tamaño.



viernes, 2 de septiembre de 2011

Capparis spinosa: una estratega con éxito

Suponemos que las plantas no piensan por carecer de cerebro, pero cuando observamos a las que se aprovechan de los humanos para proliferar y extender su población, entonces nos damos cuenta de que las plantas de tontas no tienen nada. Siempre calladitas y quietecitas nos ofrecen sus flores, sus frutos, sus tubérculos, su madera y nos tientan como a los niños con una golosina. Seguro que sonríen a su manera cuando caemos en la tentación, cuando picamos el anzuelo y sembramos sus semillas, tubérculos, rizomas y esquejes, cuidamos con mimo sus retoños, las exhibimos en viveros para que sean compradas, las dispersamos en coches y trenes, las transportamos allende los mares en barcos mercantes y aviones, las compramos online por internet, las intercambiamos con desconocidos en foros de plantas, las sembramos, regamos, abonamos, fumigamos para que sus enemigos no puedan hacerles daño, arrancamos las "malas hierbas" de su alrededor para que no tengan competidoras.... y al final sin ser conscientes de ello sencillamente hacemos lo que ellas quieren: ayudarlas a proliferar, extenderse y perpetuar su especie. Nos utilizan descaradamente y su extrategia es más que exitosa. ¿Se puede considerar a esto inteligencia? Yo diría que sí.
 
La alcaparrera, Capparis spinosa, es un ejemplo de inteligencia vegetal. Puede que la palabra inteligencia no nos guste hablando de plantas. La podemos sustituir por estrategia, que al final viene a ser lo mismo. Hablaríamos entonces de estrategia vegetal.

 Las flores de la alcaparrera vistas de cerca son bellísimas. Sus pétalos de un blanco inmaculado brillan con luz propia. Tienen un diseño perfecto para atraer a sus polinizadores: las abejas, abejorros, avispas y otro insectos, que acuden golosos a libar el abundante néctar del fondo de la flor. También ellos son utilizados a cambio de la golosina del néctar. Sin ser conscientes de ello, mientras se dan el atracón, los granos de polen de las anteras de sus largos estambres se pegan a sus cuerpos y son transportados hasta otra flor, donde uno de los granos de polen se pegará al estigma del pistilo y fertilizará el ovario. A la izquierda de la imagen se ve un estigma ya fecundado iniciando el crecimiento del ovario.

La vida de la alcaparrera tiene dos estaciones. En otoño e invierno duerme, descansa, hiberna, parece muerta sin hojas y con sus tallos medio secos. En primavera despierta de su letargo y brota vigorosamente largos sarmientos, en cuyos extremos aparecen los capullos florales, las alcaparras, que son uno de los condimentos más valorado por los humanos, pues con ellas, una vez encurtidas en agua salada y/o vinagre, se elaboran deliciosas recetas de cocina y exquisitas salsas.

Alcaparras de distintos tamaños recolectadas a principios de septiembre. Si las abrimos nos encontramos con todos los componentes de la flor.

 Tras la polinización, el ovario fecundado empieza a aumentar de tamaño. Al principio se mantiene erguido, pero con el aumento de peso adopta una posición pendular. El fruto de la alcaparrera se llama alcaparrón y se suele recolectar cuando aún está tierno.

En Mallorca los alcaparrones son muy apreciados y se encurten como las alcaparras, en general en vinagre de buena calidad al que algunas personas añaden una pizca de sal para favorecer la conservación y acrecentar su peculiar sabor.

Los alcaparrones crudos sin encurtir tienen un sabor muy amargo. En la foto los tres más pequeños son ideales para conservar. Los dos más grandes están llenos de semillas duras que los hacen incomibles.

Tradicionalmente en Mallorca las alcaparreras se siembran en campos de secano con escasa tierra pedregosa y calcárea entre almendros, higueras y algarrobos. Les gusta el sol directo y no soportan ni la sombra ni el más mínimo riego, el cual les pudre las raíces. Durante los largos, resecos y tórridos veranos mallorquines viven de las reservas de agua y nutrientes acumulados en su grueso rizoma subterráneo. En estas condiciones extremas sus sarmientos superan los dos metros de longitud y se extienden de forma radial, cubriendo la planta varios metros cuadrados de terreno. Desde mayo hasta septiembre cada madrugada cuando ya clarea pero todavía no ha salido el sol los campesinos recogen las alcaparras una a una, cuanto más pequeñas mejor, pues se cotizan a mejores precios. Se recolectan  de madrugada por varios motivos: por una parte para evitar el sol y el calor tórrido y por otra parte porque con las frescas temperaturas de las primeras horas del día el pecíolo de las alcaparras está más turgente y quebradizo y con un simple movimiento de torsión de los dedos se rompe con facilidad. La foto está hecha en el campo del municipio de LLubí en agosto.

Aunque el hombre las siembre en el suelo, no es ésta la forma de crecer predilecta de las alcaparreras. A ellas les gustan los muros y los edificios verticales a pleno sol y con poquísima tierra, ya que en estado silvestre son plantas rupícolas. En la foto vemos varias alcaparreras nacidas de alguna semilla defecada por un pájaro que comió un alcaparrón sobre las murallas que rodean la catedral de Palma de Mallorca junto al mar Mediterráneo. Parecen largas cabelleras.

Estas magníficas alcaparreras palmesanas sufren una enfermedad fúngica que atormenta sus hojas provocada por el hongo oomyceto Albugo capparidis. En la imagen se ven los grupos de esporas blancas ya maduras que han levantado la cutícula de la hoja para poder salir y ser dispersadas con la ayuda del viento.

En estas hojas la dispersión de las esporas está más avanzada.

Bellísima imagen del Río Guadalquivir a su paso por la ciudad de Córdoba. En el muro de la ladera que mira hacia el sur crecen varias alcaparreras cubiertas de flores blancas. La foto fue tomada a mediados de mayo.

 Frondosa Capparis spinosa creciendo sobre el muro del foso que rodea al Castillo de Bellver en Palma de Mallorca.

Misma alcaparrera anterior vista de frente.

Atalaya de Sa Torre Picada situada sobre un acantilado en la costa noroeste de Mallorca. Entre sus piedras crecen numerosas alcaparreras silvestres. Su distribución sobre la torre es muy curiosa. La mayoría de alcaparreras están situadas en la cara este y unas pocas en la cara oeste, mientras que en la cara sur y en la cara norte no crece ninguna. La foto fue tomada al mediodía. El sol iluminaba la cara sur.

Mismas alcaparreras anteriores vistas desde más cerca. Están enraizadas en el cemento yesoso que une las piedras. La humedad que reciben durante el año es muy escasa. Estas alcaparreras proceden de semillas de las plantas silvestres que crecen entre las rocas de un vertiginoso acantilado que hay al lado de la torre.

Esta hermosa imagen de la estatua en bronce del hondero balear de S´Hort del Rei de Palma de Mallorca nos permite ver la vigorosa alcaparrera que crece sobre el arco de la muralla que tiene detrás. Recomiendo agrandar la foto con un doble click para ver mejor los detalles.

Aunque la gran mayoría de alcaparreras tienen los sarmientos protegidos por estípulas leñosas y afiladas en forma de temibles espinas, Capparis spinosa subsp. spinosa, tampoco es raro encontrar alguna alcaparrera sin espinas, Capparis spinosa subsp. rupestris o inermis. Hace 35 años se me ocurrió sembrar las semillas de unos alcaparrones que cogí de una vieja planta silvestre que crece en unas rocas rodeadas de acebuches y lentiscos. Germinaron casi todas con gran facilidad y las plantas que surgieron de ellas tuvieron una variabilidad fenotípica extraordinaria. Unas tenían espinas, otras eran inermes, otras tenían las hojas alargadas, otras redondeadas, unas tenían tendencia a crecen de forma ascendente con sarmientos gruesos y cortos como pequeños arbustos de unos 60 cms.de altura, mientras que otras crecían de forma pendular con largos sarmientos en forma de cabellera. Todavía viven tres de ellas. Sus diferencias son tan llamativas que nadie diría que proceden de la misma madre.

Una de las alcaparreras que sembré de semilla hace 35 años. Tiene largos sarmientos rastreros de más de 2 metros de longitud con gruesas estípulas espinosas. Sus hojas son ovadas y escasamente coriáceas.

 Estípulas espinosas de unos 5 milímetros de la alcaparrera anterior. Son duras y punzantes.

Otra alcaparrera hermana de la anterior con sarmientos cortos y gruesos ligeramente ascendentes que crece como un pequeño arbusto. Sus hojas son redondeadas y coriáceas. Es inerme con diminutas estípulas blandas.

Pequeñísimas estípulas espinosas de la alcaparrera anterior con una consistencia semejante a un pelo ralo y unos 2 milímetros de longitud. Al pasar la mano se doblan y no pinchan.

La alcaparrera es originaria del Mediterráneo donde ha sido cultivada profusamente desde la antiguedad. En todos los países de la cuenca mediterránea es muy valorada y con ella se elaboran deliciosas salsas y magníficos platos. Su éxito entre los humanos ha sido tan grande que en la actualidad se cultiva en todas las regiones de la Tierra con un clima semejante al mediterráneo. En Australia y Sudamérica se ha asilvestrado sin llegar a comportarse como una plaga y en países que no la conocían y nunca la habían consumido se está cultivando cada vez más, en parte a través de los chefs de cocina que la descubren en sus viajes por el Mediterráneo y luego la incorporan a sus nuevos platos para el regocijo de los comensales de sus restaurantes a los que se les antoja deliciosa.