domingo, 21 de abril de 2013

Mallorca era un Paraíso

Quedan sólo algunos retales, muy pocos. Su extraordinaria belleza nos recuerda que Mallorca fue y todavía es una de las islas más bonitas del Mediterráneo. He aquí algunos ejemplos.

 S'Illeta (La Islita), un islote situado en las costa noroeste de Mallorca en la parte central de la Serra de Tramuntana, salvado milagrosamente de la codicia humana. El entorno era tan maravilloso, tan paradisíaco que a alguien se le ocurrió la brillante idea de construir allí un hotel de lujo. Por suerte prevaleció el sentido común y el proyecto no se llevó a cabo. Habría supuesto la destrucción no sólo del islote sino también de toda la zona costera de los alrededores, donde habrían arrasado con cientos de hectáreas de montaña virgen para construir una carretera de acceso al hotel. Los mallorquines y los visitantes de la isla habríamos perdido para siempre esta maravillosa zona virgen. ¿No creeis que está mejor así?.

Mismo islote anterior visto desde lo alto de un acantilado. (Recomiendo ampliar las fotos con un doble click para apreciar mejor toda su belleza)

Acantilado en la misma zona visto desde el interior de un pinar.

 Cerca de S'Illeta desemboca este torrente que recoge y descarga en el Mar Mediterráneo el agua de las a veces copiosas tormentas de otoño. Permanece seco la mayor parte del año. En sus laderas  crecen varios endemismos como el Senecio rodriguezii, una diminuta compuesta con una flores bellísimas.

Senecio rodriguezii, un tesoro botánico de Mallorca y Menorca.

Parte final de la desembocadura del torrente anterior.

Las rocas salpicadas por las olas parecen una colada volcánica recien enfriada.

La belleza de estas rocas tan agrestes es impresionante.

Sobre las rocas, donde ya no llegan las salpicaduras de las olas, crece una exuberante vegetación típica de los pinares mediterráneos con el Pinus halepensis como especie predominante.

Las olas llenan de agua marina estas pequeñas concavidades en las rocas, el sol  la calienta, parte de ella se evapora y las sales se concentran, convirtiendo estos charquitos en el hábitat ideal para numerosas algas y animalillos microscópicos adaptados al agua salobre y caliente, como si de pequeñas salinas se tratase.

 Valle de Sóller, la perla más bonita de la Serra de Tramuntana. Al fondo se ve el mar.


Video casero del Valle de Sóller. Se ve mucho mejor sin ampliar.

Los acantilados de la costa noroeste de Mallorca son en realidad las laderas de las montañas de la Serra de Tramuntana que acaban bruscamente en el mar. Su inaccesibilidad los ha preservado de la codicia humana.

Un poco más al nordeste en plena Serra de Tramuntana se encuentra una zona menos abrupta que conserva su nombre árabe original, Bàlitx, con suaves laderas y algún pequeño valle donde desde hace varios milenios se cultivan olivos y algarrobos.

Terrazas o bancales de olivos en Bàlitx. La tierra de las laderas montañosas es retenida por las paredes de piedra seca de los bancales, permitiendo así su aprovechamiento agrícola desde hace varios milenios. Es tal su integración con la naturaleza que muchas plantas silvestres, incluidos numerosos endemismos, proliferan felices en los claros abiertos bien iluminados de estos olivares.

 La endémica Ophrys balearica es una de las orquídeas más bonitas de las Islas Baleares.

Olivo centenario injertado sobre un olivo silvestre o acebuche. Se ve muy bien como el patrón o portainjertos echa brotes de acebuche en su base. Sus pequeñas hojas verdes son muy diferentes a las del olivo que son más grandes y grisáceas. La mayoría de olivos centenarios de la Serra de Tramuntana de Mallorca están injertados sobre acebuches silvestres, cuyo sistema radicular está perfectamente adaptado a la tierra pedregosa, arcillosa y calcárea y a los largos períodos de sequía extrema.

Las zonas rocosas con poca tierra, al no servir para el cultivo del olivo ni el algarrobo, son aprovechadas para el pastoreo en régimen de semilibertad de las ovejas de raza mallorquina, muy bien adaptadas al clima, la orografía y la hierba escasa y correosa de las montañas. Desde la extinción del antílope enano Myotragus balearicus hace unos 4.000 años, las ovejas lo sustituyen en su función de mantener espacios bien iluminados libres de vegetación arbórea, lo cual facilita el crecimiento de muchas hierbas y arbustos que sin luz no podrían sobrevivir, como la cebolla albarrana de la foto, que en Mallorca llamamos "ceba marina".

Si ampliais esta foto sentireis lo mismo que yo sentí cuando vi esta estampa armoniosa entre naturaleza salvaje y terrazas de olivos, estas cimas montañosas que caen bruscamente en el mar en forma de vertiginosos acantilados, un entorno ideal para quedarse a vivir, un jardín natural de ensueño donde se respiraba una paz indescriptible que me recordó al mítico y utópico Shangri-lá. El silencio era casi absoluto, sólo roto por el casi inaudible murmullo de la brisa jugando con las rocas y las ramas de los árboles y el canto de algún pajarillo. Nada más. Yo y el Paraíso.

Impresionante Puig d'Alaró con sus agrestes laderas cubiertas de un exuberante pinar mediterráneo y las rocas verticales más altas sin vegetación.

El vecino Puig de s'Aucadena tiene una estructura similar al Puig d´Alaró. Se puede apreciar la exuberancia del pinar.

Otra mítica montaña mallorquina, el Puig de Galatzó. Desde su cumbre situada a 1.027 msnm se puede contemplar buena parte de la Serra de Tramuntana y la Bahía de Palma.

La finca de Na Burguesa está cubierta por una exuberante vegetación selvática de una riqueza florística extraordinaria, un paraíso para los botánicos. En ella conviven en perfecta armonía numerosas plantas mediterráneas como el madroño de la foto.

El bosque mediterráneo del Castillo de Bellver es el pulmón de la cosmopolita ciudad de Palma. Su riqueza en orquídeas es extraordinaria.

El Torrent de Pareis divide en dos la Serra de Tramuntana. Durante millones de años ha ido erosionando las rocas calcáreas esculpiendo este impresionante barranco de altísimas paredes verticales. Entre las grietas de las rocas de sus laderas crecen numerosos endemismos botánicos y cerca de su nacimiento, en pequeñas charcas, vive el tesoro más escaso, frágil y mimado de la fauna endémica de Mallorca, el sapito Ferreret, Alytes muletensis, que se consideró una especie extinguida hasta que fue encontrado vivo en 1980, pues antes de esta fecha sólo era conocido por restos fósiles.

 
Imagen de un Ferreret. La inocencia de su mirada parece suplicarnos: "¡Dejadme vivir. No destruyais mi hábitat, mi casa, mi esperanza!". (Esta fotografía es propiedad de la magnífica página web Racons de Tramuntana)

El Torrent de Pareis desemboca en el mar por este estrecho canal que se ve al fondo. Si uno quiere disfrutar de verdad de este lugar maravilloso lo mejor es madrugar mucho y adentrarse en este amplio rellano de cantos rodados previo a su desembocadura justo en el momento de las primeras luces del alba. La belleza de los rayos del sol naciente iluminando las paredes verticales, el impresionante silencio, el aire limpio y fresco y la paz son una experiencia casi mística que roza la felicidad. Deja un recuerdo tan fantástico y emocionante que jamás se puede olvidar. Con razón se entiende porqué tantos miles de alemanes, austríacos y escandinavos vienen año tras año a pasar un mes en Mallorca ataviados con su completo equipo de montaña con la única ilusión de recorrer estos lugares de ensueño y disfrutar de nuestra maravillosa orografía. Ante tanta belleza y tanta paz sus cerebros segregan endorfinas de felicidad a chorro como si de una droga se tratase y cuando vuelven a su frío y gris país nórdico viven los siguientes once meses con la ilusión de volver a darse un chupinazo de esta droga que da sentido a sus vidas.

 El agua del torrente ha erosionado la roca calcárea esculpiendo bellísimas formas.

 Cerca del Torrent de Pareis está Sa Calobra con sus impresionantes acantilados que acaban bruscamente en el mar. El agua es la más limpia de Mallorca. Sobre alguna de las rocas que se ven en la base del acantilado murió abatida a tiros en 1958 la última foca monje del Archipiélago Balear.

Maravillosa ladera en sa Calobra con una vegetación mediterránea exuberante.

El altiplano de Cúber es también un lugar de ensueño. Al fondo se ve el embalse del mismo nombre construido junto con el embalse del Gorg Blau para abastecer de agua la Base norteamericana del Puig Major y la ciudad de Palma. 

La impresionante agua azul turquesa del embalse del Gorg Blau (Garganta Azul) hace honor a su nombre. Bajo sus aguas en el lugar llamado Almallutx quedaron sepultados los restos arqueológicos del último poblado de mallorquines musulmanes que resistieron allí durante tres años tras la invasión de las huestes catalano-aragonesas. En mis venas como en las de muchos de los mallorquines actuales corren algunas gotas de sangre musulmana de los cerca de 3.000 moros mallorquines que sobrevivieron al genocidio y fueron degradados a la condición de esclavos en su propia tierra y obligados a cambiar de religión, lengua e identidad. 

Fotografía espectacular del Gorg Blau cuyas aguas limpísimas reflejan la  imagen de las nubes como un espejo. Este lago artificial fascina a los mallorquines. Ir a ver los embalses de Cúber y del Gorg Blau es una de las excursiones preferidas de los habitantes del centro y sur de Mallorca donde la sequía es la nota dominante.

Los claros más pedregosos e iluminados de las montañas son el hábitat predilecto de los bellísimos cojinetes de monja.

 Espectacular paisaje montañoso cubierto de formaciones kársticas de lapiaz por la erosión y disolución durante millones de años de las rocas calcáreas por las correntías del agua de lluvia. En estas rocas nace el Torrent des Gorg Blau que desemboca en el Torrent de Pareis.

Hace unos años acompañé a mi buen amigo Juan Rita Larrucea, profesor de botánica de la Universidad de las Islas Baleares, gran amante de la naturaleza y un profundo conocedor de nuestra flora, a una excursión por la Serra de Tramuntana. Tras mostrarme una pequeña población del escasísimo helecho Phyllitis sagittata que crece en el nacimiento del Torrent des Gorg Blau, me llevó a un lugar fabuloso con aspecto antediluviano y de muy difícil acceso donde sobrevive el último bosque de Laurisilva de las Baleares. Es como un pequeño fósil viviente, una reminiscencia de lo que hace siete millones de años era un maravilloso bosque de árboles planifolios de hoja perenne que captaban la humedad de la brisa marina del primitivo y subtropical mar Mediterráneo y la condensaban en forma de rocío sobre sus hojas, cayendo gota a gota como un agua dulcísima sobre la hojarasca del sotobosque, como si de una verdadera lluvia se tratase, exactamente igual que el fantástico fenómeno actual de la lluvia horizontal de las islas de la Macaronesia. La hojarasca en descomposición se comportaba como una esponja, absorbía y retenía el agua que goteaba desde las copas y mantenía una maravillosa humedad permanente en las raíces de los árboles, permitiéndoles crecer exuberantes en una isla donde la lluvia normal es más bien escasa. Juan Rita con su gran capacidad didáctica me lo explicó con tal vehemencia que me contagió su fascinación por este lugar.

Apretujados en el estrecho espacio entre dos rocas de lapiaz me fue mostrando las diferentes especies de árboles que allí crecían, con sus raíces profundamente enraizadas en el fondo de estas impresionantes formaciones kársticas. La especie más llamativa es el laurel, Laurus nobilis, que aquí tiene su única población natural en las Islas Baleares. En la fotografía se pueden ver varios ejemplares de laurel con sus enormes copas asomando por encima del lapiaz.

El Cap de Formentor es un lugar agreste y bellísimo con una riqueza florística extraordinaria. En él sobreviven a duras penas numerosos endemismos botánicos acosados despiadadamente por las mandíbulas famélicas de miles de cabras asilvestradas, como el bellísimo Lotus tetraphyllus.

Trébol de cuatro hojas, Lotus tetraphyllus, endémico de Mallorca, Menorca y Cabrera con sus tallos y hojas ramoneados por las cabras, que le impiden echar brotes nuevos y flores. Se ve obligado a brotar una y otra vez hasta que acaba sus fuerzas y muere.

Los paisajes de Formentor son muy variados, pero todos ellos de una belleza de ensueño. En la cara sur de las montañas crece esta vegetación esteparia adaptada a la sequía, la tierra pobre y pedregosa y la fuerte insolación.

El endemismo tirrénico Helicodiceros muscivorus vive en estas pendientes rocosas litorales bien iluminadas.

En la cara norte mucho más fresca y húmeda de las mismas montañas del Cap de Formentor crece otro bellísimo endemismo botánico, el Erodium reichardii.

En la costa sudeste de Mallorca se encuentra una de las playas más hermosas y vírgenes de Mallorca, Es Trenc, salvada de la destrucción por la presión popular y la incansable lucha de los grupos ecologistas. Sus dunas de arenas blancas como la nieve son uno de los tesoros más preciados y hermosos de nuestra geografía. En la fotografía vemos numerosas sabinas que crecen a ras del suelo azotadas por el cálido viento del sudeste, el Xaloc (Sirocco), que sopla desde el Desierto del Sáhara

Interior del pinar que rodea las dunas.

Las raíces de los pinos y las sabinas retienen la finísima arena de las dunas.

Talaiot de Son Forners de unos 3.000 años de antiguedad situado en el municipio de Montuiri en el centro de la isla. Es uno de los poblados talaióticos más grandes de Mallorca. Los hombres y mujeres que allí vivieron conocieron una isla muy diferente a la actual. Es probable que vieran los últimos ejemplares del extinto Myotragus balearicus.

El Parc Natural de s'Albufera de Mallorca es otro de nuestros tesoros naturales, uno de los que más ha costado preservar de la destrucción. A su alrededor se levantan numerosos hoteles, bares, restaurantes, tiendas de souvenirs, chalets, centros comerciales y una carretera que se interpone entre la albufera y el mar.

Lejos de las salvajes urbanizaciones de la costa la Albufera de Mallorca es un remanso de paz para miles de especies de aves y para la bellísima orquídea de prado, la Orchis robusta.

Inflorescencia de Orchis robusta que impacta por su gran belleza. Miles de orquidólogos de todo el mundo vienen a la isla en abril y mayo con la ilusión de ver y fotografiar esta maravillosa orquídea mallorquina. Se llevan en sus cámaras fotográficas el más bonito de los recuerdos de Mallorca.

Bellísima Cala Mondragó situada en el sudeste de la isla. Fue declarada Parque Natural en 1992. Bajo la luz del sol sus aguas limpísimas adquieren un color azul turquesa de una belleza indescriptible.

Sobre las rocas costeras de Cala Mondragó a pocos metros del mar crece una plantita diminuta endémica de las Islas Baleares y las Îles d'Hyères, la Romulea assumptionis. La belleza de su única florecilla vista de cerca es extraordinaria. Cuando le hacía esta foto a esta maravilla botánica se acercaron un grupo de alemanes para ver qué estaba fotografiando. La flor es tan pequeña que tuve que señalársela con el dedo, pues no la veían. Les pareció tan bonita que uno tras otro quiseron llevársela como recuerdo y le hicieron numerosas fotografías. En una servilleta les escribí su nombre, Romulea assumptionis.

Cala Mesquida al amanecer. Este maravilloso lugar de ensueño se encuentra en el Parc Natural de Llevant. Su belleza virgen y paradisíaca impacta y deja un recuerdo indeleble en la memoria.

En las laderas montañosas litorales que rodean Cala Mesquida crece una pequeña población de la endémica Paeonia cambessedesii, la planta con la flor más grande y más bonita de Mallorca.

El luminoso color rosado y la textura de los pétalos confieren a la flor de la Paeonia cambessedesii una belleza tan grande que al contemplarla no podemos evitar exclamar: ¡Uauuu, qué bonita!.


Las pendientes montañosas de Cala Mesquida acaban bruscamente en el mar.

 Justo al lado del mar sobre las rocas salpicadas por las olas vive un endemismo perfectamente adaptado a la sal, la insolación y la sequía extrema, el Limonium minutum.

Sus florecillas blancas como la nieve se abren en junio.

Muy cerca de Cala Mesquida en el mismo Parc Natural de Llevant las embravecidas aguas azul turquesa de Cala Torta y sus rocas litorales libres de cemento y asfalto nos ayudan a imaginar lo que fue Mallorca hace sólo un siglo, un Paraíso.

 Sobre los restos de Posidonia oceanica arrastrados por las olas se pueden encontrar ejemplares del alga en forma de esfera Codium bursa.

Codium bursa con su típica abertura.

Detalle de los filamentos interiores y de los gametangios fusiformes con los que se reproduce.

¿Verdad que vale la pena preservar estos tesoros?


viernes, 12 de abril de 2013

El sol, cual dios de luz, se levantaba tras las copas del inmenso abetal

 y un coro de miles de aves llenaba aquel paraíso de cánticos de vida. 

 

 Sexto capítulo


Amanecía en Grazalema. Los rayos del sol naciente jugaban al escondite entre las ramas de los abetos y los pájaros se desperezaban y calentaban los entumecidos músculos de sus alas tras aquella larga y fría noche de invierno. Un monaguillo hijo de padres segovianos, que había sido el primer niño cristiano nacido en Grazalema tras la reconquista, subía todavía soñoliento los doce angostos peldaños, que permitían acceder al campanario de la Iglesia de Santa María de la Encarnación. La tenue luz del alba iluminaba la pequeña campana de bronce que tres años atrás había sido fundida y moldeada en Toledo. Felipe, que así se llamaba el joven campanero, asió la cuerda del badajo con las dos manos y tiró con fuerza para golpear repetidamente el bronce toledano. Aquella mañana por orden del capellán el repiqueteo debía ser rápido, enérgico y alegre, como el galope de un caballo, pues era domingo y todos los grazalemeños sin excepción debían acudir al pequeño templo a oír misa.

Taufik, los dos artesanos y los seis libertos, al igual que Zulema y la vieja Zahara, también oían la campana y se preparaban para acudir a la pequeña iglesia que hasta trece años atrás había sido la mezquita de la Gran Zulema mora. De entre todos ellos sólo Taufik, Zulema y los libertos recordaban al muecín llamar a la oración desde el alminar de la mezquita. Ahmed y Omar, los dos artesanos de Algeciras, nunca antes habían estado en Grazalema y la vieja Zahara había venido doce años atrás desde la lejana ciudad castellana de Burgos acompañando a sus amos tras la reconquista.

Alhucema (Lavandula dentata)

A los jóvenes moriscos del pueblo, que en su tierna infancia habían acompañado a su padre a orar en la mezquita, les dolía en el alma escuchar el sonido de la campana en lugar de la poderosa voz del muecín. Taufik recordaba el cariño con que su madre Zahira le bañaba en un barreño con agua caliente, le secaba y perfumaba el pelo con esencias de alhucema y jazmín, le vestía su mejor chilaba de algodón blanco, le calzaba unas pequeñas babuchas de vivos colores y, ya bien arregladito, le miraba con ternura de arriba abajo con los ojos brillantes de orgullo y le besaba en la frente con dulzura como sólo una madre sabe hacerlo. Muhammad había observado toda la escena con su corazón henchido de amor de padre y esperaba a su hijo junto a la puerta de la casa. "Anda, vete con tu Ab", le decía Zahira y el niño corría hacia los brazos de Muhammad y recibía de él un cálido abrazo. Taufik era feliz, inmensamente feliz. Su progenitor entonces le alargaba la mano y él asía con su manita los grandes dedos anular y meñique de Muhammad y los dos juntos acudían a la mezquita a orar a su dios Alá. Zahira les observaba alejarse desde la puerta de la casa y saludaba con la mano cada vez que su niño se giraba para mirarla. Muhammad sonreía feliz. Querían a su hijo con toda el alma.

Sólo unos meses después ambos morían mutilados y decapitados a manos de los invasores del norte. En las pocas ocasiones que Taufik lo había hablado con otros moriscos le habían aconsejado olvidar, cubrir aquellos dolorosos recuerdos con un manto negro para que nunca más volvieran a asomarse a su mente y dejasen de atormentarlo, pero en el fondo los mismos que le daban estos consejos sentían en su corazón tanto o más dolor que Taufik y albergaban como él un deseo irrefrenable de venganza. Les habían robado su infancia y lo que más querían de una manera cruel y despiadada por absurdas cuestiones de religión, lengua y raza, simples y ridículas excusas para justificar una codicia y un fanatismo extremos.

Jazmín (Jasminum officinale)

Así pues los nueve hombres que trabajaban de sol a sol en la ornamentación del pequeño palacio mudéjar paraban los domingos y demás fiestas de guardar para acudir resignados a oír misa y hacerse ver. De camino a la iglesia pasaban por la casita blanca donde vivían Zulema y la vieja Zahara, Taufik daba unos golpes en la puerta, ellas salían con el vestido morisco de los domingos y todos juntos se dirigían hacia la plaza del pueblo, ellos delante y las dos mujeres detrás con la cabeza cubierta con un amplio velo blanco a modo de capa a una distancia prudencial de los hombres para evitar habladurías entre los cristianos viejos. Ya en el templo la comitiva se separaba, los varones se sentaban a la derecha y ellas a la izquierda, lógicamente en los últimos bancos, si quedaba alguno libre, pues los primeros estaban reservados para los grazalemeños de sangre limpia y linaje puro. Como todos los moriscos simulaban tener una gran fe y una sincera devoción, se confesaban inventándose pequeños pecados veniales para contentar al capellán y comulgaban de una manera tan piadosa que nadie hubiera sospechado que en el fondo de su alma musulmana a quien rezaban en realidad era a su dios Alá, el de sus padres masacrados.

Al salir de misa volvían a pasar por la casita de Zulema, ella recogía dos grandes cestas con la comida que había preparado con Zahara, se las daba a dos de los libertos para que las llevasen y otra vez todos juntos se dirigían hacia el bosque de abetos.

A la anciana le costaba mucho caminar. El lancinante dolor de sus caderas y rodillas deformadas por la artrosis convertían el paseo en un suplicio. Así que Taufik, compadeciéndose de ella, le compró una burrita de raza andalusí y cada domingo con la ayuda de Zulema la montaban sobre el animal para que pudiera acompañarles hasta el bosque de abetos. Taufik conocía a Zahara desde niño y se alegró mucho cuando supo que se había ido a vivir con Zulema. Sospechaba que era ella y no su amada quien preparaba los deliciosos manjares, pero se hizo el despistado para no ponerla en evidencia.

A la vieja cocinera le resultaba extraño que la llamasen por su nombre moro. Se sentía más cómoda con su nombre cristiano, Teresa, con el que su primer amo burgalés la había bautizado sesenta años atrás. Había sido esclavizada a sus tiernos once años en la lejana ciudad tunecina de Bizerta y llevada a Burgos por su comprador para que ayudase a su esposa a criar a sus hijos. Pronto se olvidó de su lengua materna y aprendió a la perfección el contundente idioma castellano. Su arte en la cocina se lo enseñó otra esclava mora originaria de la ciudad libia de Tarabulus, que había sido capturada ya mayor. Su captor corsario originario de la íbera Gerunda le había perdonado la vida a pesar de su edad, pues ya entonces a sus treinta y seis años era una reputada cocinera del emir de la ciudad norteafricana. Salvar la vida fue como un milagro para ella pues tuvo la inmensa suerte de gozar del aprecio de un esclavo cristiano de origen catalán, que acababa de ser liberado con la razia, que la protegió de los piratas cuando éstos entraron en el palacio para saquearlo y masacrar a sus moradores. Justo en el momento en que un corsario le arrancaba el velo, la sujetaba por un brazo y levantaba la espada para cortarle el cuello, el esclavo cristiano gritó con todas sus fuerzas en el idioma de Catalonia: "No la matis, aquesta muller és una molt bona cuinera, la podràs vendre a bon preu en qualsevulla port crestià". Así fue como la libia Halima fue llevada hasta la ciudad íbera de Barchinona y allí, en una plaza cercana al puerto, fue comprada a cambio de seis reales de plata por un rico comerciante de telas de seda, gran amante del arte del buen yantar, que se la llevó a Burgos tras comprobar en su refinado paladar que su fama de buena cocinera era bien cierta. Al bautizarla la llamó Lorenza, por ser San Lorenzo el patrón de los cocineros.

 
Plaza de Grazalema.

El palacio estaba a media legua castellana de la plaza del pueblo. El camino tenía una gran pendiente y estaba lleno de rocas. Tardaban cerca de una hora en llegar. Una vez allí Zulema sacaba una gran estera de esparto del interior del palacio, la extendía en un rellano a la sombra del viejo abeto y distribuía encima los ricos manjares para que los hombres se sentasen en círculo alrededor de ellos. De esta manera la comida les quedaba al alcance de su mano derecha, la mano pura musulmana y también cristiana, que en esto en nada se diferenciaban, pues para ambas religiones representaba lo masculino, lo noble, lo limpio, lo pío, lo bueno, lo sagrado. La otra, la izquierda, era impura y representaba todo lo siniestro, lo pecaminoso, lo sucio, lo demoníaco, lo perverso, lo abyecto, lo traicionero, lo femenino. Debían pues comer con la mano derecha, tanto hombres como mujeres. La izquierda en cambio estaba destinada a lavarse sus partes íntimas en las abluciones y a limpiarse el ano tras la defecación.

Zulema y Zahara, después de servir las viandas a los hombres, se sentaban unos metros más allá a los pies del viejo abeto y comían en silencio los alimentos que habían reservado para ellas. Las hacía felices ver como disfrutaban aquellos hombres con la sabrosa comida y se miraban divertidas de soslayo con cada una de las exclamaciones y suspiros de placer que proferían los comensales. Zulema estaba inmensamente agradecida a Zahara. En pocas semanas le había enseñado a cocinar y ya se atrevía a preparar los platos más sencillos. El cariño entre ellas iba en aumento día a día. Para Zahara la muchacha era como la hija o la nieta que nunca había tenido y para Zulema la vieja cocinera era como la reencarnación de su tata Nahina. La anciana no sabía hablar en andalusí, aunque lo entendía un poco al ser parecido a su casi olvidada lengua materna norteafricana. Zulema y Taufik le hablaban en castellano con su fuerte acento morisco y ella les respondía en un perfecto castellano burgalés.

Pasaron varias semanas y por fin estuvo acabada la ornamentación del pequeño palacio. Quedaban sólo por perfilar algunos detalles que los dos artesanos terminarían en unos pocos días. Había llegado la hora de ir a Ubrique a invitar a la boda a Don Gonzalo y a su esposa morisca. Taufik se levantó una mañana muy temprano, se montó a los lomos de su yegua y se encaminó hacia el sur en dirección a la alquería mora que los cristianos habían bautizado como Villaluenga del Rosario. Tardó casi dos días en llegar, pues no conocía el camino. Pasó la segunda noche del viaje en la espesura de un alcornocal situado en las afueras del pueblo y al día siguiente al alba volvió a emprender su camino, esta vez hacia poniente. Llegó por la tarde a la diminuta aldea de Benaocaz. Unos moriscos benaocaceños con los que entabló conversación en andalusí le cedieron una choza para pasar la noche, pues hacía frío y lloviznaba.

Taufik estaba inquieto sin motivo aparente. Se acostó y nada más dormirse empezó a soñar. En su mente vio con gran claridad unas espantosas imágenes de ajusticiamientos de moriscos y oyó sus alaridos de pánico y dolor que le recordaron a los que profirió su madre Zahira mientras la mutilaban y decapitaban. La angustiosa pesadilla duró varias horas hasta que el canto de una lechuza que sobrevolaba la choza le despertó sobresaltado. Estaba empapado en sudor, jadeaba y su corazón latía alocadamente en su pecho. En la oscuridad de la noche rompió a llorar en silencio. Alguna fuerza misteriosa, tal vez el espíritu de su madre o el de Musarraf, le avisaba e intentaba protegerlo de un peligro inminente. Deseaba salir huyendo y volver a la seguridad de Grazalema, pero le había prometido a Don Gonzalo que le invitaría a su boda y él era un hombre de palabra. Siguió echado sobre el saco de paja sobre el que dormía, pero ya no pudo conciliar nuevamente el sueño. Las últimas horas de aquella larga noche se le hicieron eternas. Miles de veces abrió los ojos con la esperanza de ver las primeras luces del alba.

(Recomiendo abrir el archivo de audio en una ventana nueva para escucharlo durante la lectura)

Cuando por fin un ruiseñor divisó a lo lejos en el horizonte el renacer del nuevo día, cantó feliz sobre las ramas de un quejigo cercano y Taufik supo entonces que había terminado aquel tormento. Se levantó aturdido y entumecido, mucho más cansado que el día anterior, con la sensación de no haber dormido ni un instante. Se mojó las manos con el rocío que bañaba la hierba y se las pasó por la cara para refrescarse, despejar su mente y limpiar los miasmas de la noche. La yegua lo saludó con un resoplido y un movimiento en vaivén arriba y abajo de su cabeza. Él se le acercó y rodeó su robusto cuello con los brazos mientras le hablaba palabras bonitas. Sintió el calor del cuerpo del animal en su mejilla y aquella cálida fuerza vital recargó su alma de nueva energía para proseguir el camino.

El sol, cual dios de luz, se levantaba tras las copas del inmenso alcornocal que vestía aquellas montañas de rocas grises. Una brisa suave hacía bailar las crines de la yegua y un coro de miles de aves llenaba aquel paraíso de cánticos de vida. Taufik seguía sintiendo en su pecho la misma extraña angustia que le había atormentado durante la noche. A medida que se acercaba a Ubrique la desagradable sensación se hacía cada vez más fuerte, hasta el punto que le temblaba todo el cuerpo y temía caer de la yegua.

Inmenso alcornocal gaditano.

—Om Zahira, mi adorada madre, ¿qué me pasa?, ¿qué me estás queriendo decir? Mussarraf, ¿sois vos, señor? Decidme, ¿qué debo hacer: proseguir el camino o volver a Grazalema? —musitaba con los labios el muchacho con la frente sudorosa y un rictus de miedo en el rostro.

El tintineo de las esquilas de un rebaño de ovejas lo sacó de aquel angustioso ensimismamiento. Las apacentaban tres moriscos de la misma edad que Taufik. Uno de ellos al verlo le hizo señas con los brazos para que parase.

—¿Te diriges a Ubrique? —le gritó el pastor.

—Así es, hermano. ¿Acaso ocurre algo que deba saber? —le contestó Taufik.

—Si eres morisco como nosotros, como creo adivinar, te recomiendo que des media vuelta y te alejes de Ubrique. Mañana van a ser ajusticiados en la hoguera por apostasía siete hombres y tres mujeres por orden del Gran Inquisidor de Sevilla. Fueron denunciados por el capellán de la Iglesia de San Antonio, que les descubrió arrodillados rezando al dios Alá en dirección a la Meca con la frente tocando el suelo. Antes de avisar a la Inquisición el capellán les conminó a retractarse de sus creencias heréticas, pero ellos se negaron y fueron encarcelados. Junto a los apóstatas también serán quemados vivos dos forasteros acusados de sodomía. —le explicó el muchacho con la voz temblorosa y los ojos desorbitados por el miedo.

—Dime, ¿qué peligro corro si entro en el pueblo? Yo no soy de Ubrique y nadie me puede acusar de nada.

—Te equivocas. Desde que llegó el Gran Inquisidor de Sevilla para juzgar a los apóstatas y a los sodomitas, condenarlos a morir en la hoguera y ordenar y presenciar la ejecución de la sentencia, todos los moriscos del pueblo y los forasteros somos considerados un peligro para la seguridad del Inquisidor y no podemos acercarnos a la plaza de Ubrique bajo pena de muerte. Rodeando el pueblo hay una barrera de soldados del Santo Oficio que te detendrían inmediatamente nada más verte. Te aconsejo que te alejes de Ubrique.

Taufik permaneció en silencio un largo minuto. Su mente buscaba una solución. Quería invitar a la boda a Don Gonzalo, pero para hacerlo debería correr un gran peligro.

—¿Conoces a Don Gonzalo? —le preguntó por fin al pastor de ovejas.

—Todo el mundo en Ubrique le conoce. Es uno de los hombres más ricos y respetados del pueblo. Precisamente nosotros trabajamos para él, éste rebaño es suyo. —le contestó el mozo lleno de curiosidad.

—Necesito hablar con él. Somos amigos.

—¿Eres amigo de un cristiano? —le preguntó sorprendido el joven ubriqueño.

—Así es. ¿Sabrías decirme cómo puedo llegar hasta él sin entrar en el pueblo?

Altramúz azul (Lupinus micranthus)

El pastor morisco bajó la cabeza, fijó su mirada en un bellísimo altramuz silvestre de flores azules, se rascó su incipiente calva y al rato encontró una solución.

—El palacio de Don Gonzalo está en las afueras del pueblo. Hay un camino que rodea la población y acaba en un encinar muy cerca del palacio.

—Conozco este camino y el encinar. Creo recordar que había dos grandes pinos piñoneros en lo alto de una loma. —le contestó Taufik mientras un escalofrío le recorría la espalda al recordar el pánico que pasó temiendo morir apaleado por la horda de cristianos.

—Los dos pinos que mencionas se ven desde aquí. ¿Los ves? —le preguntó el pastor apuntando con el dedo índice hacia la loma.

—Si, los veo. —le respondió Taufik con el rostro iluminado por la luz del sol naciente.

—Pues dirígete hacia esta loma. No la pierdas de vista y en media jornada llegarás al palacio. Te aconsejo apearte de la yegua y andar el camino a pie para llamar menos la atención, no vaya a verte algún cristiano.

—Muchas gracias, muchacho. ¡Que Alá te dé larga vida!

—¡Que Alá te proteja, hermano!

Taufik siguió montado a lomos de la yegua hasta que creyó estar demasiado cerca del pueblo. Entonces se apeó y prosiguió el trayecto a pie por la espesura del encinar, evitando los caminos abiertos para no ser visto. Faltaba poco tiempo para el mediodía y pensó que lo mejor era esperar a que los cristianos del pueblo se fueran a sus casas para el almuerzo. Ató la yegua a un acebuche y se sentó a su lado para serenarse. Ella ajena a la angustia que atormentaba al muchacho se dedicó a alimentarse de la hierba que crecía a su alrededor. Taufik estaba tan cansado y tenía tanto sueño que acabó durmiéndose con el ruido tranquilizador que la yegua hacía al masticar la hierba.

Un resoplido inesperado del animal lo despertó sobresaltado. A escasa distancia se escuchaba la conversación de dos hombres que hablaban con el acento de los cristianos viejos. Taufik intentó tranquilizar a la yegua para que no hiciera ningún ruido y prestó atención a lo que decían.

—¿Estás seguro que el moro iba por este camino? —preguntaba el más viejo de los hombres al otro.

—Le he visto desde aquella loma. Iba montado en un caballo blanco y me ha recordado al morisco de Grazalema que el año pasado vino en busca de artesanos. ¿Te acuerdas de él?

—Sí, lo recuerdo bien. Mientras abrevaba al caballo nos miraba con desprecio y se reía de nosotros. Tuvo incluso la osadía de provocarnos hablando a los moriscos que se le acercaron en la prohibida lengua sarracena. Salimos en su busca para apalearlo como a un perro, pero al final no lo hicimos por temor a Don Gonzalo, pues cabía la posibilidad de que fuera uno de sus esclavos.

—Sí, pasamos por su lado y él pareció no temernos. Luego nos arrepentimos de no haberlo apaleado al enterarnos de que no era más que un moro forastero que buscaba artesanos.

—Debimos acabar con él. Si es el mismo moro esta vez ya no regresará a Grazalema. Diremos al Inquisidor que lo hemos visto rezar en dirección a la Meca y mañana morirá quemado vivo con los demás apóstatas.

—Volvamos al pueblo y avisemos a los soldados del Santo Oficio. Ellos lo apresarán.

—Sí, buena idea.


Taufik había escuchado toda la conversación con un miedo atroz a ser descubierto por algún ruido de la yegua. Alá lo había protegido y el animal había permanecido inmóvil y en absoluto silencio. Cuando creyó que los dos hombres se habían alejado lo suficiente, prosiguió su camino hacia el palacio de Don Gonzalo, siempre medio oculto en la espesura del bosque. Anduvo así más de media hora. En un claro del encinar vio que estaba muy cerca de la loma donde se asentaba el palacio y de un salto montó sobre la yegua y la azuzó para que galopase lo más rápido posible. En pocos minutos llegó al palacio. Se apeó y llamó a la puerta con insistencia pero nadie le abrió. Con un miedo indescriptible llevó al animal al interior de un establo para que nadie lo viera y corrió atravesando el naranjal hacia la casa de los invitados donde había pasado la noche en la anterior visita. Por suerte la puerta estaba abierta. Entró y se escondió casi a oscuras tras un mueble de madera de cedro y así permaneció durante largas horas, a ratos llorando, a ratos dormitando por la extrema angustia o por puro agotamiento. Cualquier pequeño ruido lo sobresaltaba. Una oveja solitaria que se había separado de uno de los numerosos rebaños que pastaban por los campos de Ubrique pasó corriendo cerca de la casa y Taufik creyó que eran los soldados del Inquisidor. Su miedo se acrecentó hasta tal extremo, que sin darse cuenta se orinó y defecó encima. Al escuchar el balido de la oveja comprendió lo que en realidad había ocurrido y rompió a llorar como un niño. Su llanto se hizo más intenso al darse cuenta del penoso estado en que se encontraba, sucio de heces y orines.

El tiempo transcurría con una lentitud desesperante y nadie se acercaba al palacio ni a la casa adyacente donde se encontraba escondido. Confiaba que en cualquier momento aparecería Don Gonzalo, pero las horas pasaban y acabó durmiéndose sobre sus propios excrementos. Dormir le hizo mucho bien. Le permitió recuperarse de su cansancio y la noche se le hizo así mucho más corta. Cuando despertó el sol hacía ya un par de horas que había salido. Algunos rayos conseguían atravesar las delgadas rendijas de una ventana. Taufik se levantó entumecido con la desagradable sensación de las heces resecas pegadas a sus nalgas y genitales. El hedor no le molestaba pues su olfato se había acostumbrado. Necesitaba salir para limpiarse y lavar la ropa, pero no se atrevía. De pronto su corazón dio un vuelco en su pecho y se aceleró al recordar que los diez apóstatas y los dos extranjeros iban a morir quemados vivos aquella misma tarde.

Intentó tranquilizarse y cuando consiguió serenar un poco su atormentado espíritu, tras sopesar todas las alternativas, llegó a la conclusión de que lo más prudente era seguir escondido en aquella casa propiedad de Don Gonzalo, uno de los ubriqueños más ricos y respetados del pueblo. Nadie se atrevería a hollar la propiedad de tan ilustre hidalgo.

Y tenía razón, a nadie se le ocurrió registrar el palacio y demás posesiones de Don Gonzalo. Los soldados del Santo Oficio, como si de cazadores se tratase, rastrearon palmo a palmo el inmenso encinar y todos los caminos que lo atravesaban, subieron a todas las lomas para otear desde allí aquellos vastos parajes, preguntaron a los moriscos ubriqueños que apacentaban los rebaños de cabras y ovejas de sus amos, pero misteriosamente nadie parecía haberlo visto, salvo los dos cristianos que lo habían denunciado al Inquisidor.

Interrogaron también por supuesto a los tres pastores del rebaño de Don Gonzalo, pero los tres aseguraron que no habían visto a nadie. Los moriscos tenían un pacto entre ellos de no denunciar jamás a uno de los suyos y todos lo cumplían como si fuera un precepto sagrado, exponiéndose a veces a ser acusados de encubrimiento y condenados a horrendas torturas, incluso a morir en la hoguera o a ser desmembrados entre cuatro caballos.

Al pastor morisco que había hablado con Taufik le había caído bien aquel muchacho de Grazalema. Tras ser interrogado por los soldados sintió que debía protegerlo de tanto peligro, lo habló con sus dos compañeros y para no levantar sospechas fueron acercando lentamente el rebaño a las posesiones de Don Gonzalo. En un par de horas estuvieron delante del palacio. Llamaron a la puerta y les abrió la esposa morisca del hidalgo gallego. Al preguntarle por el paradero de su esposo ella les aseguró que no andaría muy lejos pues había ido a podar los naranjos y cerezos de su huerto.

El pastor se encaminó hacia el naranjal y no tardó en ver a Don Gonzalo encaramado sobre un viejo cerezo.

—Buenos días, mi señor.

—Buenos días, Salem. ¿Qué te trae por aquí?

—Mi señor, ¿conocéis a un mozo morisco de Grazalema que dice ser vuestro amigo?

—Pues sí, lo conozco. Vino el verano pasado. Buscaba artesanos para su palacio. Si no me falla la memoria se llamaba Taufik. ¿Lo conoces?

—Lo vimos ayer por la mañana montado en una yegua blanca camino de Ubrique. Dijo que tenía que hablar con vos sin falta. Yo lo avisé del peligro que corría si se acercaba al pueblo, pero él insistió. Le aconsejé que viniera hacia aquí dando un largo rodeo por el camino del encinar. Ayer por la tarde dos cristianos lo denunciaron al Gran Inquisidor acusándolo de rezar postrado en el suelo en dirección a la Meca. Vinieron a interrogarnos tres soldados del Santo Oficio pero nosotros les dijimos que no lo habíamos visto.

—Pobre muchacho. ¿Por dónde andará? Tengo que encontrarlo cuanto antes. —exclamó apesadumbrado Don Gonzalo.

—A lo mejor está en el establo, señor.

—Tienes razón. Vamos a ver si está escondido allí.

Entraron en el establo, esperaron unos segundos a que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad y vieron la yegua blanca junto a los caballos del hidalgo con la montura todavía sobre sus lomos, pero allí no estaba el muchacho. Don Gonzalo ordenó al pastor que le diese agua y cebada, le quitase la montura y la cepillase. El animal no estaba sudoroso, lo que indicaba que ya llevaba bastante tiempo en el establo. Buscó a Taufik en el pajar y no lo encontró. Fue a preguntar a su esposa y ella nada le supo decir. No se atrevió a llamarlo a gritos para no levantar sospechas a quien pudiera oírle. Volvió a donde estaba Salem y se sentó sobre una gavilla de heno. Cubrió su rostro con ambas manos e intentó concentrarse para adivinar dónde podría estar Taufik.

—Señor, ¿habéis mirado en la casa de invitados? —le sugirió el pastor.

—Pues no, vamos a ver si está allí. —le contestó el hidalgo levantándose de un brinco.

Corrieron hacia el naranjal, abrieron la puerta de la casa y en su rostro se dibujó una mueca de asco por el intenso hedor que desprendían las heces de Taufik.

—¡Abre las ventanas! —ordenó Don Gonzalo a Salem.

—Taufik, ¿estás ahí?

—Se...ñor, es...toy aquí... —balbució el muchacho con un hilillo de voz casi inaudible seguido de un acceso de tos.

—Amigo mío, ¡cómo me alegro de que estés vivo! —exclamó el gallego, impactado por el estado lastimoso de Taufik que estaba echado en el suelo en posición fetal.

Fué a levantarlo, pero el muchacho ardía de fiebre, deliraba y no se tenía en pie.

—Vete a casa corriendo y dile a mi esposa que prepare agua caliente y ropa limpia. —le ordenó a Salem.

Gonzalo le quitó la apestosa ropa y cubrió su cuerpo desnudo con una manta para que no cogiera frío. En su rostro pálido y sudoroso con la mirada perdida se podía adivinar el miedo atroz que había pasado y lo había llevado a ponerse tan enfermo. Había corrido un gran peligro sólo por cumplir con la promesa de invitarlo a su boda. Al verlo tan indefenso al hidalgo se le humedecieron los ojos. Taufik estaba en estado estuporoso y recobraba parcialmente la consciencia cada vez que Gonzalo le hablaba, pero de su boca sólo salían balbuceos sin sentido.

Al rato llegó Salem con agua caliente, una pieza de jabón de la famosa almona de Sevilla, perfumado con esencia de corteza de limón y resina de pino y unos paños para lavar a Taufik.

—¡Deja, lo haré yo, es mi amigo! —exclamó Don Gonzalo, quitando el paño mojado a Salem cuando éste se disponía con una indisimulada mueca de asco a limpiar las heces del pobre muchacho.

Aquella reacción de su amo sorprendió tanto al pastor que quedó aturdido durante unos segundos, pues se le antojaba algo impensable que un noble hidalgo se rebajase a realizar algo tan humillante. Al momento reaccionó y lo ayudó a levantar las piernas de Taufik y a darle la vuelta. No se lo podía creer. Jamás un cristiano le había limpiado el culo a un moro. Deseaba contárselo a sus dos compañeros que lo esperaban cerca del palacio apacentando las ovejas. Se sentía afortunado de estar al servicio de Don Gonzalo, un cristiano extraño que trataba a los moriscos con afecto y no como a perros.

Ya limpio y perfumado vistieron a Taufik con ropas del hidalgo y lo acomodaron sobre un mullido colchón de lana batida. Salma, la esposa morisca de Don Gonzalo, ordeñó una cabra, calentó la leche, la endulzó con un poco de miel de azahar y se la llevó a su esposo para que se la diera a Taufik, pero éste a duras penas tomó un par de sorbos. Seguía ardiendo de fiebre, no paraba de toser y parecía tener pesadillas, pues se agitaba, deliraba y llamaba continuamente a su madre y a Zulema. Gonzalo temió por la vida de su amigo. Le tenía que bajar la fiebre como fuera o no sobreviviría a aquella noche.

—Salem, vete a casa de mi primo y dile de mi parte que uno de mis esclavos está muy enfermo con mucha fiebre y necesita de los cuidados de su vieja esclava negra Dagwa.

—Voy presto, señor.

En menos de media hora Salem estaba de vuelta con Dagwa. La africana, que era curandera y sabía de las virtudes de muchas hierbas, llevaba consigo una cesta con sus plantas medicinales y varios recipientes de barro para hacer cocimientos. Con aire experto miró al enfermo, le tocó la frente, le abrió la boca y acercó la nariz para oler su aliento, puso su oreja sobre su pecho, hizo una mueca de contrariedad y sin pronunciar palabra alguna salió de la casa de invitados en dirección al palacio. Entró sin llamar. Dentro estaba Salma cardando lana. Las dos mujeres que eran amigas se saludaron con afecto y la curandera le explicó que necesitaba un mortero para picar unas hojas. Fueron a la cocina y Salma le dio a escoger, pues tenía varios. Le gustó el más grande y más ligero, tallado en madera de olivo.

 Cono inmaduro de pino.

De su cesta sacó diez hojas secas de sauce, las echó en el mortero y las machacó enérgicamente con maestría hasta que quedaron reducidas a un finísimo polvo que guardó en un platillo de cobre. Echó luego en el mortero cinco hojas de menta fresca y tres pequeños conos inmaduros de pino que machacó hasta conseguir una pasta cremosa. Cogió entonces una marmita, vació dentro el polvo de sauce y la crema de menta y pino, derramó encima agua hirviendo y removió la mezcla un buen rato con una cuchara de madera de boj. Pidió luego a Salma un pañuelo limpio de algodón, lo puso sobre una cazuela, vertió en él aquella pócima y la filtró para recoger la esencia de las plantas. Puso a continuación el recipiente al fuego, añadió una generosa cucharada de miel de romero y justo cuando empezaba a hervir lo retiró y se lo llevó a la casa de invitados.

Gonzalo y Salem la esperaban ansiosos, pues Taufik parecía estar cada vez peor. Nada más entrar la curandera levantó la cazuela por encima de su cabeza, cerró los ojos y se puso a hablar en una lengua extraña como si estuviera invocando a algún dios africano. Dio luego varias vueltas alrededor del enfermo mientras seguía con sus incomprensibles rezos hasta que de pronto paró, puso la cazuela caliente sobre el pecho de Taufik por encima de la manta que lo cubría, contó hasta cinco y la retiró, momento en que cesaron sus rezos. A continuación colocó el recipiente sobre una mesilla junto a la cabeza del enfermo, sacó una cucharita de cobre y pidió a los dos hombres que incorporasen a Taufik. Puso su mano izquierda sobre la frente del muchacho y con una voz increiblemente amorosa que no era la suya sino la de la difunta madre de Taufik le animó a abrir la boca y a tomar sorbitos del cocimiento con la cucharilla.

Menta silvestre. (Mentha suaveolens)

Taufik tenía los ojos cerrados, respiraba con gran dificultad y parecía estar en coma, pero asombrosamente obedeció las órdenes de Dagwa, abrió la boca y una tras otra fue tragando todas las cucharaditas de pócima que le dio la africana. Después lo dejaron descansar y a las tres horas repitieron el tratamiento y así durante tres largos días. El morisco parecía no mejorar, seguía inconsciente y le tuvieron que cambiar varias veces la ropa pues sudaba copiosamente y se orinaba en la cama. A Gonzalo la tristeza lo embargaba y estaba perdiendo toda esperanza.

Cuando en la madrugada del cuarto día Dagwa solicitó la ayuda de los dos hombres para incorporar al enfermo y repetir el tratamiento, los tres notaron que respiraba mejor y sus ropas estaban secas. Gonzalo tocó su frente y ya no le ardía, le habló y él le respondió abriendo los ojos y esbozando una leve sonrisa y entonces el hidalgo sintió que su corazón iba a estallar en su pecho tan grande era su alegría y no pudo evitar que se le llenasen los ojos de lágrimas. Dagwa lo miró de soslayo y sonrió. Su brebaje había surtido efecto.

—Tengo hambre —dijo Taufik y todos se miraron y rompieron a reír a carcajadas de pura alegría.

—Salem, vete al palomar, escoge el pichón más gordo, mátalo, desplúmalo y llévaselo a mi esposa para que prepare un caldo con él. Mi amigo tiene que recuperar sus fuerzas.

Así lo hizo el pastor y al cabo de un par de horas Salma entró en la casa de invitados con una olla humeante de rico caldo de pichón. Echó un poco en un cuenco y se lo dio a su esposo. Gonzalo se acercó a la cama de Taufik, se arrodilló y le fue dando cucharadas de caldo que le supieron a gloria.

—¿Quieres más? — le preguntó al ver que se lo había acabado todo.

—¿No tenía muslos el pichón? —quiso saber el muchacho y todos volvieron a reír a carcajadas.

Salma fue a buscar la carne del ave y Gonzalo deshuesó los muslos y se los dio en la boca a trocitos con la mano. Después Taufik se durmió y todos salieron de la estancia para comer ellos también, pues durante aquellos cuatro días casi no habían probado bocado y necesitaban alimentarse y descansar.

Mientras estaban comiendo en el interior del palacio alguien abrió la puerta y gritó "¡Ah de la casa!". Eran dos soldados del Santo Oficio que buscaban al moro. Llevaban cuatro días buscándolo y parecía haberse esfumado. A Gonzalo le dio un vuelco el corazón, pero intentó controlarse, se mostró tranquilo, afable y hospitalario y con astucia invitó a comer a los soldados para contentarles y hacerles ver que allí no había ningún moro fugitivo.

Salem y Dagwa se habían levantado apresuradamente antes de entrar los soldados y se comportaron como simples esclavos de Don Gonzalo, pues estaba muy mal visto que los moros y los cristianos comieran juntos. Los soldados preguntaron por el moro al hidalgo, pero éste les aseguró que no lo había visto. Luego repitieron la pregunta a los moriscos y obtuvieron la misma respuesta. Dagwa les llevó un generoso cuenco de caldo de pichón, varias lonchas de tocino ahumado recién asado sobre las brasas que olía de maravilla, pan blanco de trigo candeal todavía caliente que había amasado y horneado aquella misma mañana, queso de oveja, aceitunas adobadas con sal marina, ajos e hinojo, higos secos, uvas pasas, almendras tostadas y unos dulces de avellana con piñones, todo regado con varios vasos colmados de vino tinto, que aquellos hombres devoraron como si llevasen tres días sin comer. Ahítos y agradecidos dieron las gracias a tan generoso anfitrión y se marcharon sin sospechar nada.

Taufik seguía durmiendo apaciblemente. Soñaba con su amada Zulema a la que veía vestida de novia musulmana sonriéndole con dulzura. Veía también a sus padres Muhammad y Zahira, jóvenes, felices, sonrientes, que estaban sentados a su diestra. Ante él estaba su amigo Gonzalo que le ofrecía una naranja de sangre y le regalaba una amplia sonrisa. Se encontraban todos reunidos dentro del pequeño palacio del bosque de abetos celebrando su boda. Él alargaba su mano de niño hacia la de su padre, asía sus robustos dedos anular y meñique y se giraba una y otra vez hacia su madre, que lo saludaba con la mano cada vez que él la miraba. De pronto ya no la veía y escuchaba sus pavorosos alaridos gritándole que corriera a esconderse en la espesura del bosque mientras un cristiano la degollaba y decapitaba. Taufik se despertó sobresaltado, el dulce sueño se había transformado en la terrorífica pesadilla recurrente que lo atormentaba desde los ocho años. La estancia estaba a oscuras y creyó estar muerto. Su corazón galopaba en su pecho y la angustia lo ahogaba: "¡Madre, ayúdame, tengo miedo!".

Gonzalo entró en aquel momento en la casa, lo escuchó llorar, abrió las ventanas y se sentó a su lado.

—Has tenido una pesadilla, ¿verdad?

—Sí, la misma de siempre. Jamás podré borrar los dolorosos recuerdos de mi infancia. Me gustaría olvidar, empezar de nuevo, sin recuerdos, sin pasado, sin odio, sin miedo, pero no puedo, aunque quiera no me dejan. Dime, Gonzalo, ¿porqué los demás cristianos no son como tú?

—¿Y cómo soy yo, Taufik?

—Eres bueno y noble. Tratas a los moros con afecto y respeto y no como a perros despreciables. Debería odiarte por ser cristiano, pero no puedo. No he tenido nunca un hermano, pero no sabes cómo me gustaría que tú lo fueras.

—Si así vas a ser más feliz, aquí tienes a tu hermano.

—Gracias...Gonz.... —consiguió decir Taufik, pero no pudo seguir hablando. Un nudo de emoción le apretó la garganta y dos grandes lágrimas resbalaron por sus mejillas y se perdieron en la almohada.

Gonzalo sonreía. A él también le resbalaban dos lágrimas y miraba a Taufik a los ojos con ternura y éste a los suyos. Un lazo invisible entre ellos se estaba anudando para siempre, un vínculo mucho más fuerte que el traicionero amor carnal, un pacto inquebrantable de fidelidad absoluta, de generosidad absoluta, tal vez el más limpio y puro de los sentimientos entre dos seres humanos, sólo superado por el amor de un padre y una madre por su hijo, la amistad verdadera.

Atardecía en Ubrique. La luna llena, cual diosa de luz, se levantaba orgullosa tras las copas del inmenso alcornocal y un coro de grillos, búhos, lechuzas, ranas y sapos llenaba aquel paraíso de cánticos de vida.

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