sábado, 2 de noviembre de 2013

Sa Dragonera, un pequeño paraíso

El Parque Natural de Sa Dragonera era una de mis asignaturas pendientes. Aprovechando que a principios de octubre el GOB organizaba una excursión ornitológica a esta pequeña isla, me apunté ilusionado con la esperanza de ver un trocito de naturaleza todavía virgen en nuestro destrozado y sobreexplotado archipiélago.

Fue declarado Parque Natural por el Gobierno Balear el 26 de enero de 1995. Está formado por la isla Sa Dragonera y por los islotes Pantaleu y Sa Mitjiana. Ocupa una extensión de 2'88 km2, es decir, 288 hectáreas. Sa Dragonera tiene una longitud máxima de 3700 metros y una anchura de 780 metros. Está separada de la costa de Sant Elm del municipio de Andraitx en la isla de Mallorca por un tramo de mar de unos 800 metros de anchura y de poca profundidad, donde crece un rico bosque submarino de Posidonia oceanica.

Isla Sa Dragonera.
(Recomiendo ampliar las fotos con un doble click)

Islote Pantaleu.

Letrero informativo del Parque Natural de Sa Dragonera situado en el puerto de Sant Elm (San Telmo), justo al lado del pequeño muelle donde se coge la barca turística "La Margarita" que lleva a Sa Dragonera. El pasaje vale 10 euros.

 
 Video doméstico donde se ve en primer lugar el pequeño islote Pantaleu y a continuación la isla Sa Dragonera, cuyo extremo nordeste queda escondido detrás de la costa de Andraitx de la isla de Mallorca. Lo grabé desde el muelle de Sant Elm. Se ve mucho mejor sin ampliar.

 
Grabé este otro video desde el interior de la barca. Se ve un cormorán buceando muy cerca del islote Pantaleu y después la isla de Sa Dragonera. Estábamos tan cerca que la càmara no me permitió captar la cumbre más alta de la isla, denominada Na Pòpia, que está a 360 msnm. Como en el video anterior tampoco se ve el extremo nordeste de Sa Dragonera.

 Acabábamos de bajar de la barca en el pequeño muelle de Cala Lladó. En su agua limpísima nadaban numerosas medusas moradas.

  Nunca había visto sargantanas y me sorprendió gratamente la abundancia de estas pequeñas lagartijas endémicas de las Islas Baleares que no temen a la gente. Pertenecen a la subespecie Podarcis lilfordi gigliolii, endémica de Sa Dragonera. En la foto podéis ver un ejemplar tomando el sol al lado de su escondrijo de hojas de lentisco.

Cuatro sargantanas devorando los restos de una manzana.Estaban hambrientas y comían todo lo que les echaba la gente

Otra sargantana con un buen trozo de manzana en la boca.

Detalle del dibujo y los colores de la piel de la sargantana anterior.

Una de las primeras plantas que me llamó la atención fue el endemismo tirrénico Arum pictum con el bellísimo diseño reticulado de las nerviacions blancas de sus hojas. El ejemplar de la foto empezaba a florecer después de las primeras lluvias del otoño.

Este Arum pictum ya había abierto su llamativa flor morada. Su espádice casi negro emite un olor fètido a carne putrefacta que atrae a sus polinizadores que son las moscas carroñeras.

Detalle de la espádice con su típica forma en estróbilo.

Lo último que esperaba encontrar eran helechos. Nada más empezar a caminar, en un tramo del sendero orientado hacia el norte, vi una decena de ejemplares de Cheilanthes acrostica que acababan de despertar de la estivación.

Cheilanthes acrostica solitaria con las raíces enraizadas en las grietas de esta roca calcárea. Parece increible que pueda sobrevivir con tan poca tierra.

Costa de Sant Elm vista desde Sa Dragonera. Un luminoso sol estaba saliendo por detras de la isla de Mallorca.

Esta bellísima inflorescencia de cebolla albarrana, Urginea maritima, alegraba el camino.

Sus florecillas vistas de cerca tienen un diseño, una luminosidad y unos colores fantásticos.

La nueva brotación de las Euphorbia dendroides nos recordó que había empezado el otoño. A diferencia de la mayoría de plantas estas lechetreznas arbustivas pierden las hojas en verano y permanecen dormidas en estivación, esperando pacientemente las primeras lluvias de finales de septiembre y/o principios de octubre, momento en que despiertan y brotan vigorosamente, cubriéndose de hojas de un llamativo color verde pálido.

La variante balear de romero de tallos péndulos, Rosmarinus officinalis var. palaui, es abundante en Sa Dragonera, conviviendo con la forma normal de tallos erectos.

Otra variante de romero, la de flores albinas, también es relativamente abundante en Sa Dragonera.

La pureza del color blanco de las florecillas es extraordinaria, parecen brillar con luz propia.

Aquí y allá se pueden ver ejemplares con las flores de un color celeste muy claro, intermedio entre la forma normal de flores azules y la de flores albinas. 

Me llamó la atención la abundancia del liquen Xanthoria parietina que teñía de color naranja dorado las rocas calcáreas, como si estuvieran forradas con láminas de pan de oro.

Exemplar típico de Xanthoria parietina que crece bien redondo extendiéndose como una mancha de aceite. Cuando llueve las algas del liquen reverdecen y éste adquiere un intenso color verde dorado.

Detalle de los apotecios del micobionte, componente fúngico del liquen, en diferentes fases de maduración. El otro componente, el ficobionte, son algas fotosintéticas que viven en simbiosis entre las hifas del hongo, formando ambos lo que se denomina líquen. Estos orgánulos reproductores, los apotecios, producen ascosporas, sobre cuya superficie se pegan células del alga, de manera que cuando la ascospora germina y empieza a producir hifas como si fueran una telaraña, las células del alga también se reproducen por división celular simple y se intercalan en la maraña de las hifas. Las algas producen azúcares con la fotosíntesis que comparten con el hongo y este absorbe agua y minerales con sus hifas y los comparte con las algas, una simbiosis mutualista perfecta.

Llamaba la atención que hubiera plantas de Phillyrea angustifolia cargadas de frutos negros como la de la foto y otras muchas sin ningún fruto. No vi ningún ejemplar de Phillyrea latifolia ni de Phillyrea media.

Los frutos carnosos, llamados drupas, estaban en diferentes fases de maduración, pasando del color verde al amarillo, después rojizo y finalmente de un intenso color negro. Estan cubiertos por una capa de ceras que les dan esta tonalidad mate pruinosa. Este recubrimiento ceroso tiene la finalidad de irritar el tubo digestivo de las aves y otros animales que se alimentan de estas drupas, provocándolos un efecto laxante, es decir, diarrea, haciendo así que el animal defeque muchas veces y esparza bien repartidas las semillas lejos de la planta madre.

 En las rocas que bordean el camino se pueden ver numerosos fósiles, como éste que encontró Christophe Cusin, uno de los excursionistas. Parece el interior de una concha de caracola marina.

Ya divisábamos a lo lejos el Faro de Llebeig, situado en el extremo sudoeste de la isla. El cielo tenía un color espectacular, muy vivo y luminoso. 

Cerca del acantilado hay una antigua torre de vigilancia, actualmente abandonada.

 
Misma torre anterior en la entrada de una pequeña cala. 

 
La torre vigilaba las embarcaciones que se acercaban a la costa de Sant Elm.

Detalle de la torre anterior.

 La vegetación es mayoritariamente arbustiva y está formada por Olea europaea var. sylvestris, Pinus halepensis, Pistacia lentiscus, Phillyrea angustifolia, Euphorbia dendroides, Euphorbia charachias, Euphorbia pithyusa, Euphorbia peplus, Rosmarinus officinalis, Ephedra fragilis, Asphodelus aestivus, Urginea maritima, Arum pictum, Arum italicum, Arisarum vulgare, Parietaria lusitanica, Parietaria mauritanica, Limonium dragonericum, Phagnalon rupestre, Phagnalon saxatile, Ajuga iva, Sonchus tenerrimus, Festuca arundinacea, Rhamnus oleoides, Rubia angustifolia, Rubia peregrina, Osyris alba, Cheilanthes acrostica, Polypodium cambricum, Selaginella denticulata, etc...

Caleta entre acantilados. La costa de Sa Dragonera es muy irregular y está llena de pequeñas calas como ésta. Al fondo se distingue la costa de Sant Elm.

Camino de subida al Faro de Llebeig. El bellísimo edificio está en un deplorable e imperdonable estado de degradación.

El excursionista francés Christophe Cusin tiene una vista prodigiosa, como lo demuestra que pudiera ver desde varios metros de distancia este animalillo diminuto, un insecto rojo de unos tres o cuatro milímetros de la especie Spilostethus pandurus.  

Detalle del Spilostethus pandurus.

En este impresionante acantilado tienen su nido unas veinte parejas de halcón de Eleonor, Falco eleonorae. Mi cámara no me permitió fotografiarlos a tanta distancia. Mientras los observábamos se acercaron al acantilado dos águilas calzadas, Hieraetus pennatus. Sus intenciones no gustaron a los halcones que las atacaron furiosos hasta que consiguieron echarlas.

Halcón de Eleonor en el acantilado anterior. El excursionista Ernesto Nicola y el responsable de la excursión Manolo Suárez me prestaron sus prismáticos para que pudiera disfrutar de la belleza de estas aves prodigiosas. Muchas gracias por vuestra generosidad, Ernesto y Manolo.

El endémico Limonium dragonericum es relativamente abundante. A principios de octubre estaba en plena floración.

Otro ejemplar de Limonium dragonericum.

El caminito de la ruta de la excursión atravesando la soleada cresta de la isla.

El mismo camino anterior.

Los abundantes ejemplares de Ephedra fragilis estaban cargados de frutos rojos.

Detalle de los llamativos frutos de Ephedra fragilis. 

En el camino de vuelta, con su vista prodigiosa, Christophe Cusin vio una plantita diminuta, la labiada Ajuga iva, que los demás no pisoteamos de pura casualidad, pues pasamos justo por encima. Estaba en plena floración después de las primeras lluvias del otoño. 

Sus florecillas rosadas tienen un único gran pétalo en forma de lengua con dos pequeños lóbulos laterales típico de las Labiatae.

Detalle de las flores de Ajuga iva.

Deseo de todo corazón que este trocito de paraíso, esta pequeña esperanza, permanezca para siempre preservada de la codícia humana.



jueves, 29 de agosto de 2013

Higuera sevillana, del Guadalquivir a Mallorca

Un recuerdo entrañable de la mili

Hace algo más de ocho años, en mayo de 2005, viajé a Sevilla para calmar mi nostalgia por esta bellísima ciudad del Al-Andalus que llevo en el alma. Allí viví durante doce meses haciendo la mili en el Cuartel de Caballería de Alcalá de Guadaíra, desde marzo de 1981 hasta febrero de 1982. Han pasado ya 31 años y parece que fue ayer. Siempre recordaré con mucho cariño a los compañeros sevillanos.

 Justo después de jurar bandera el dia 22 de febrero de 1981.

El primer dia en el cuartel, por la tarde al terminar la instrucción, me fui solo a la cantina con un susto tremendo en el cuerpo, sin conocer a nadie y con la sensación de estar encerrado en una especie de campo de concentración. Hacía sólo una semana escasa que se había perpetrado el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. El ambiente militar estaba muy cargado, tenso, enrabietado, con los sables desenvainados y listos para la acción. Los nuevos soldados estábamos acojonados.

 Jurando bandera en el cuartel de Cerro Muriano (Córdoba) después de dos meses de instrucción en el cuartel de reclutas de Obejo.

La mayoría procedíamos de los cuarteles cordobeses de reclutas de Cerro Muriano y Obejo. Habíamos jurado bandera todos juntos el día 22 de febrero en Cerro Muriano, justo la jornada anterior al golpe. Los mandos se mostraban muy duros, casi diría que crueles con los novatos, como si quisieran descargar sobre nosotros toda su frustración. En el cuartel estaba todo preparado para una intervención militar inmediata, con el patio de armas lleno de tanques orientados hacia la salida.

 En el cuartel de caballería Sagunto 7, situado en Alcalá de Guadaíra (Sevilla).

En unas maniobras en Huelva, muy cerca de la frontera con Portugal, donde mi capitán, para mofarse de mí, una noche me llevó en un jeep del Ejército a campo a través a toda pastilla con las luces del vehículo apagadas entre jaras, lentiscos y acebuches. Creía que yo era un miedica, que me acojonaría y me mearía en los calzoncillos, y le salió el tiro por la culata, porque no consiguió acojonarme. Estaba rabioso, quería humillarme como fuera pero no podía conmigo. Una tarde, tras unas maniobras de tiro en una plantación de eucaliptos, mientras el sol se iba poniendo a la espera de la cena, me vio a lo lejos y me llamó: "Doctor, vente pacá, quiero que pruebes una cosa muy buena". Yo ya sabía de qué iba la cosa tan buena y me dije para mí mismo: "Maldito cabrón, te vas a joder". Y se jodió bien jodido, mi capitán, ya lo creo que sí.

La cosa buena era un lagarto ocelado, creo que hembra, Timon lepidus, que él había cazado entre las jaras y lo estaba asando sin quitarle las tripas sobre unas brasas con la única intención de humillarme.

Para matarlo le había cortado la cabeza con un cuchillo de supervivencia militar. Yo la conservé en alcohol en un bote de pastillas militares para el dolor. Hoy, día 23 de febrero de 2019, sin saber porqué, he encontrado el bote en un cajón de un mueble de la casita del huerto. ¡Después de 38 años! ¡Y sigue intacta! Ahí la tenéis. Lo más curioso es que precisamente hoy se cumplen 38 años del golpe de estado del 23F.

Yo controlé los músculos de mi cara y sonreí encantado. "Uhmmm, qué bien huele, mi capitán!" —exclamé yo, mientras pelaba la piel chamuscada de los lomos y la cola del lagarto. El cabrón reía a carcajadas acompañado de otros mandos, convencido de que de un momento a otro yo no podría aguantar la repugnancia y empezaría a vomitar.

Me miraba la cara fijamente para detectar en ella algún amago de mueca de asco, pero se jodió, controlé todos mis gestos y fui arrancando la carne del reptil con los dedos y metiéndomela en la boca, haciendo grandes aspavientos de placer: ¡Qué rico está este lagarto, mi capitán. Sabe a pollo. Uhmmm, me encanta!
Sólo dejé los huesos y las tripas, y me guardé la cabeza como recuerdo. Al final el humillado fue él, y ya nunca más volvió a meterse conmigo.

Con mi amigo madrileño Castillo Calvo con el que compartí las maniobras en Huelva. En la mili me aficioné al tabaco y fumaba un pitillo tras otro de la marca Ducados. Esta foto nos la hizo otro soldado del que no recuerdo el nombre en verano de 1981.

Como os decía al principio, nada más llegar al cuartel de Sevilla, tras la ducha colectiva nos dieron permiso para ir a la cantina hasta la hora de la cena. Yo me quedé parado en la barra. Pedí una caña y me dediqué a observar y a escuchar. Sentía una angustia tan grande que casi no podía tragar la cerveza. Se me antojaba exageradamente amarga. Fumaba un pitillo tras otro de una manera compulsiva. Mi soledad y mi miedo eran inconmensurables. Me preguntaba a mi mismo: ¿saldré vivo de aquí?, ¿lo podré soportar?

—¡Quillo! ¿Qué paza? ¿De dónde ere? —me preguntó un soldado con una gran sonrisa, dándome una palmada en el hombro.

—De Mallorca —respondí yo con un hilillo de voz.

—Pué yo zoy de Do Hermana, de aquí cerca. Me llamo Jozé Luí. ¿Y tú?

—Yo Juan. 

—¡Quillos!, ette é Juan de Palma de Mallorca —gritó dirigiéndose a sus amigos.

Cuando me di cuenta estaba rodeado de sevillanos, que me saludaban con una afectuosidad espontánea tan sincera que a mí, como mallorquín seco y reservado, me resultaba cuando menos chocante, como si me conocieran de toda la vida. De pronto ya no estaba solo, en menos de tres minutos tenía media docena de amigos, que me invitaron a otra caña y ésta sí me supo a gloria. Y luego otra y otra... 

Llevo este recuerdo tan metido en el alma que, siempre que lo rememoro, se me humedecen los ojos. Desde aquel momento quedé enamorado de Andalucía y los andaluces. Tienen un carácter maravilloso, y su tierra es un paraíso. Doce meses después ya hablaba sevillano con soltura y al volver a Mallorca tardé bastantes meses en perder el acento andalusí.


Vaya, me he liado contándoos mis batallitas de la mili  y me he olvidado de la higuera sevillana del Guadalquivir. 

Mirad qué bonitos son los higos de esta higuera andaluza. Parecen llevar pintados los colores de la bandera española: oro y sangre. Como os decía al principio, en el año 2005 visité Sevilla. Cerca de la Torre del Oro pude acercarme hasta el río Guadalquivir. Me apeteció tocar su agua que venia de Córdoba y allí mismo, con sus raíces en remojo, crecía una higuera imponente que no llevaba ningún higo, lo que me hizo suponer que era un cabrahigo, es decir, una higuera silvestre nacida de una semilla defecada allí por un ave. Ahora sé que se trata de un semicabrahigo, un árbol híbrido hijo de un cabrahigo macho silvestre y una higuera hembra cultivada. No da brevas, de ahí que su madre en mayo no llevase ningún fruto. Sólo da higos tardíos que maduran en la segunda quincena de agosto. Si ampliáis las fotos con un doble click apreciaréis mejor los detalles.

Enseguida pensé que tenía que llevarme una ramita de aquella higuera sevillana como recuerdo. Cogí tres estaquitas, las mojé en el agua del Guadalquivir, las metí en una bolsa de plástico y me las llevé a Mallorca. En cuanto llegué las sembré en tres macetas y me agarraron todas. Una de ellas se murió unos meses después. Otra la regalé y no sé cómo sigue. La tercera está sembrada en mi jardín. La tierra mallorquina arcillosa y cargada de cal no le acaba de gustar, crece muy poco, pero parece que se va adaptando y cada vez va cogiendo más fuerza. Este año me ha dado un higo, sólo uno, el de la foto.

 La pulpa tiene un color rojo-carne intenso. Es muy jugosa, cremosa y dulce, se disuelve como un bombón en la boca. Me ha sabido a gloria y me ha hecho recordar a aquellos soldados sevillanos y su entrañable ¡Quillo!