miércoles, 6 de diciembre de 2017

Igualico, igualico quel defunto de su agüelico

Hace cuatro años os presenté a mis cinco robles híbridos. A finales del mes pasado cumplieron 35 años. Los sembré de bellota a principios de noviembre del año 1982 y al cabo de dos semanas su brote ya se asomaba por encima de la tierra vegetal del plantel. Como ya os comenté, son hermanos, hijos de la misma madre, pero al ser producto de la autopolinización de su progenitor/a consigo mismo/a, ninguno de ellos se parece a los demás. Dos son estériles, florecen con normalidad, pero sus flores femeninas no se desarrollan, es decir, abortan por contener una combinación genética incompatible con la vida. Los otros tres son fértiles y cada año dan una gran producción de bellotas perfectamente viables. Unos tienen las hojas pequeñas y pinchosas, otros las tienen más grandes con el borde más o menos ondulado.

El que hoy os presento en solitario es el más imponente, más vigoroso, más hermoso, con las hojas más grandes, pero por desgracia completamente estéril. Jamás ha madurado una sola bellota.

Aquí lo podéis ver preparándose para pasar el invierno. Algunas hojas ya se están secando, pero la mayoría se mantienen bien lozanas. Después del gigantesco árbol mundani, este roble trihíbrido es el segundo árbol más alto de mi jardín. Yo calculo que medirá unos 10 metros. Cada vez que paso por su lado le miro con admiración y cariño y mi corazón se acelera henchido de orgullo de padre. Es uno de mis hijos predilectos. Él sabe que le quiero y cuando acaricio su rugosa corteza, capta mis ondas cerebrales positivas y su savia sube con fuerza hacia arriba, hacia el sol que le da la vida.

Según el departamento de Botánica de la Universitat de les Illes Balears, este roble es el resultado de la triple hibridación entre el Quercus faginea, el Quercus pubescens (humilis) y el Quercus canariensis andaluz. Su madre centenaria crece feliz en la ribera del Torrent de Puigpunyent, rodeada de cientos de sus hijos, nietos y biznietos. Aunque se ha especulado que podría tratarse de una reliquia del Cuaternario, todo hace suponer que fue sembrado por alguien hace algo más de un siglo. El desdoblamiento fenotípico de sus tres progenitores en sus descendientes y la esterilidad de casi la mitad de ellos, orienta hacia su origen híbrido y confirma su introducción en Mallorca a finales del siglo XIX o principios del XX.

Su tronco mide unos 40 centímetros de diámetro a la altura del pecho. Como ocurre con los árboles imponentes, su base se ensancha y sus raíces principales se asoman fuera de la tierra en forma de pata de grulla para darle estabilidad. De esta manera soporta sin inmutarse el cálido y a veces huracanado viento del sureste, el famoso Sirocco o Xaloc, que procede del Sahara y es el que suele soplar con frecuencia en mi jardín. La herida redondeada que veis en la parte superior del tronco ya está cicatrizada y se corresponde con una rama péndula que se arrastraba hasta el suelo y afeaba la copa. La podé hace dos años y el roble la ha cubierto con corteza. Dentro de tres años habrá desaparecido y se habrá integrado en la corteza.

 El excelente aspecto de la corteza nos habla de la buena salud del árbol.


La parte externa de las arrugas de la corteza es algo más clara que la parte más profunda y dibuja líneas verticales blancas que recorren todo el tronco y las ramas principales de abajo a arriba.


 Las ramas forman una copa amplia y tupida. En pleno verano este descomunal ser vivo de más de una tonelada de peso da una sombra intensa que impide el paso de la luz, lo cual dificulta el crecimiento de otras plantas alrededor de su base. Es su manera de eliminar la competencia. Sólo algunos Arisarum vulgare se atreven a crecer sobre el mantillo formado por la descomposición de sus hojas.

 Esta fotografía hecha esta misma mañana nos muestra unas hojas bien sanas que no parecen en absoluto afectadas por la bajada de temperaturas de esta última semana. Algunos inviernos muy suaves, este magnífico roble conserva las hojas verdes y lozanas hasta la primavera, comportándose como un árbol de hoja perenne. En cambio si hace mucho frío o incluso nieva hasta cotas muy bajas, se comporta como un árbol caduco y en pocos días se secan todas las hojas y se desprenden, dejando las ramas desnudas. En los inviernos ni fríos ni cálidos, que son la mayoría, las hojas se secan parcialmente y aguantan hasta la primavera, cayendo todas a la vez con la nueva brotación de las yemas.

  Hoja típica de mi roble trihíbrido. En la mayoría de hojas la lámina es más ancha en su tercio distal, aunque también las hay más alargadas, más ahusadas.

 La hoja es tan grande como mi mano.

En el haz conserva una pilosidad estrellada, más acentuada sobre el raquis y las nerviaciones de la lámina.

  El envés es muy piloso, aterciopelado, lo cual le da un color blanquecino. Tanto el raquis de la lámina como las nerviaciones o venas secundarias están muy marcados.

La pilosidad es muy tupida con aspecto de fieltro.

Para que veáis una muestra de hojas, aquí os presento esta foto combinada con doce hojas representativas y sus medidas. Os recomiendo ampliar la imagen con un doble click.

Largas inflorescencias masculinas de mi roble estéril.

  Ignoro si el polen de estas inflorescencias es viable y capaz de fecundar las flores femeninas de otros robles.

Flores femeninas del mismo roble estéril. A pesar de su aspecto completamente normal, su óvulo es inviable, tal vez por contener una combinación cromosomica incompatible con la vida. Es posible que alguna de ellas llegue a ser fecundada, pero la unión del hemigenoma del polen y el hemigenoma del óvulo produce un número aberrante de cromosomas que provoca su aborto: ausencia de algún cromosoma, uno o más cromosomas sueltos sin emparejar, trisomías, pentasomías, etc...

Bajo el árbol, sobre la hojarasca, yacen muertas/abortadas las flores femeninas, miles de ellas, como diminutas bellotitas sin desarrollar.

Detalle de las bellotitas abortadas.

 Envés de las hojas de los tres supuestos progenitores. Recomiendo ampliar la foto con un doble click para apreciar mejor los detalles.

Al Quercus faginea, llamado popularmente quejigo, roble carrasqueño o roble valenciano, lo fotografié en el fantástico Parque Natural de los Alcornocales en la provincia de Cádiz. Quejigos, robles andaluces, alcornoques, encinas y coscojas forman exuberantes bosques paradisíacos, que cubren miles de hectáreas de tierra virgen gaditana. Si amáis los bosques y sus árboles, os recomiendo que visitéis este parque. No os defraudará. Caminar en la fosca penumbra creada por sus tupidas copas, sintiendo bajo los pies el amable y mullido suelo de hojarasca en descomposición; oler con delectación el aroma a tierra buena, a humedad buena, a vida; escuchar el relajante ronroneo, el murmullo, el cuchicheo de sus ramas y hojas al rozarse entre ellas, como si de una conversación arbórea se tratase; experimentar por vosotros mismos algo tan parecido al Paraíso Terrenal, hará segregar endorfinas de felicidad a chorro en vuestro cerebro y recargará de esperanza vuestra atormentada y estresada alma de humanos occidentales.

Al Quercus pubescens, sinónimo de Quercus humilis, llamado popularmente roble pubescente, lo cogí muy pequeñito hace 30 años en una zona de matorral reseco del norte de Portugal de camino hacia Oporto, lo metí en mi bolsa de viaje y nada más llegar a Mallorca lo sembré en una maceta con tierra vegetal y pareció encantado con el cambio. Ahora lleva ya más de 25 años sembrado en mi jardín y está magnífico.

Al Quercus canariensis, que es un endemismo  ibero-africano llamado roble andaluz, el botánico que lo describió para la ciencia tuvo un lapsus al darle un nombre científico, creyó que la muestra que había recibido procedía de las Islas Canarias y lo llamó canariensis, en lugar de andalucensis. Lo fotografié en el Parque Natural de los Alcornocales, al igual que el Quercus faginea.

Haciendo click sobre el  nombre científico de cada uno de estos tres robles entraréis en una web en inglés donde explican con detalle las características de cada especie.

Y aquí tenéis el envés de una hoja de mi Quercus trihíbrido. El parecido con sus tres progenitores es más que evidente, sobretodo con el Quercus canariensis.

Espero con ansia que el estudio del genoma de cualquier especie sea cada vez más fácil, rápido y barato, para poder averiguar de una vez quienes fueron los abuelos de mis cinco robles híbridos, sobretodo de este magnífico y fascinante árbol que embellece sobremanera mi jardín y me alegra el alma.


12 comentarios:

  1. Es usted una enciclopedia. Un placer leer todo lo que pone. Gracias.

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  2. Qué bueno el artículo. He disfrutado mucho leyéndolo. Y las fotos muy didácticas y bonitas. Gracias!

    Matilde

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  3. Muy interesante Juan, el roble es uno de mis árboles favoritos. Un beso.

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  4. Están preciosos para su edad, enhorabuena, se nota su amor de padre... yo planté en esa misma época un Sambucus nigra y un Sorbus torminalis, que ya están muy crecidos, y me encanta contemplarlos.
    Cristòfol

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    1. Muchas gracias, Critòfol. Enhorabuena también para usted por sus dos árboles.
      Un saludo.

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  5. Es una auténtica maravilla ver crecer y prosperar aquello que se planta y con tan buena mano como la tuya, Juan.
    Un artículo excelente y que seguro te ha llevado mucho tiempo realizarlo porque está muy bien explicado e ilustrado.
    Un abrazo enorme!

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  6. Me uno a las felicitaciones. Una pena que no de bellotas...

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