viernes, 1 de mayo de 2020

Flor de Banano con Pollo a la Cúrcuma

El extremo de la inflorescencia de las plataneras y los bananos de jardín sólo contiene flores masculinas. A diferencia de los países tropicales, donde lo aprovechan como alimento, en Europa no existe la costumbre de comerlo. Los agricultores canarios y los de la costa tropical de Andalucía simplemente lo cortan y lo tiran, aunque en realidad es una verdura buenísima, que se puede comer tanto cruda en ensaladas como cocida. Existen sin embargo chefs de cocina avispados que ya empiezan a introducirlo en sus platos. Para las Islas Canarias sería un buen negocio exportar a Europa estos cogollos como si de una verdura exótica se tratase.

 Cogollo de banano de jardín que he utilizado para la receta.

 Inflorescencia de platanera de Canarias, Musa acuminata 'Dwarf Cavendish', con el extremo o cogollo masculino antes de ser cortado por el agricultor.

Racimo de plátanos de Canarias con el extremo masculino ya cortado.

Inflorescencia de banano de jardín, Musa x paradisiaca 'Dwarf Orinoco', que resiste muy bien el clima mediterráneo.

 Racimo de banano de jardín con el extremo masculino cortado, para que la planta no malgaste agua y nutrientes inutilmente y éstos se destinen al engorde de los platanitos.

Platanitos anteriores ya maduros.


INGREDIENTES PARA DOS PERSONAS

 -El extremo de una inflorecencia de platanera.
-Un tomate grande bien maduro.
-Una cebolleta.
-Una chalota.
-Dos dientes de ajo.
-Un trozo de rizoma de jengibre.
-Un limón.
-Dos puñados de arroz.
-Cúrcuma en polvo.
-Pimienta negra.
-Aceite de oliva virgen.
-Agua.
-Sal.

Algunos de los ingredientes.

 Al extremo o cogollo de una inflorescencia de platanera canaria o de banano de jardín se le retiran los sépalos rojos más coriáceos.

 Las flores masculinas que hay debajo de cada sépalo se arrancan y reservan.

 Los sépalos más fibrosos se desechan y las tiernas flores masculinas se aprovechan para añadirlas al plato.

 Una vez arrancados los sépalos más coriáceos nos queda un cogollo muy tierno, que cortaremos en rodajas de medio centímetro.

Visión del corte del cogollo de platanera.

 Para que no se oxide y ennegrezca, el cogollo troceado se introduce en un recipiente con agua y zumo de limón.

 La cebolleta, la chalota, los ajos y el rizoma de jengibre ya troceados.

 El tomate pelado y troceado. Como veis yo no retiro nunca las semillas, ya que el arilo gelatinoso que las envuelve es precisamente lo más nutritivo y sabroso del tomate. La tomatera rodea las semillas de sus frutos con vitaminas, azúcares, antioxidantes y aromas deliciosos para que los animales al comerse los tomates se las traguen y, una vez digerido el arilo, las dispersen lejos de la planta madre con sus deyecciones. Es absurdo desperdiciar lo más nutritivo y gustoso de los tomates y quedarse sólo con la pulpa roja, que en su mayor parte es agua con licopenos, también muy buenos para nuestra salud, por cierto.

 Se fríe un contramuslo de pollo por comensal en una cazuela con aceite de oliva virgen y una vez dorado se reserva.

En el mismo aceite se sofríen los ingredientes del sofrito y, cuando están pochados, se añade el cogollo de platanera troceado.  Tras darle varias vueltas, se añaden los contramuslos y agua suficiente que los cubra, una cucharada sopera de cúrcuma en polvo, media cucharadita de pimienta negra y sal al gusto, y se deja que hierva veinte minutos. Cuando la carne está tierna, se echa en la cazuela un puñado de arroz por comensal y se espera a que se cueza.

El resultado es un guiso extraordinario. El sabor a curry es intenso y el aroma delicioso. Me ha sabido a gloria.

¡Buen provecho, amigos!

viernes, 10 de abril de 2020

Quercus macrolepis, mi hermoso roble de Valonia

 Su madre crece en la isla de Nysiros del mar Egeo

Él, es decir, la bellota de la que surgió, atravesó toda la cuenca mediterránea, navegando a bordo del barco velero de mi amigo Antoni Font Gelabert, gran amante del mar, la naturaleza y la vida.

Al regresar de su largo viaje, a finales del verano del año 2010, me regaló esta gran bellota redonda, envuelta en una cúpula espinosa que la rodeaba completamente, como si fuera un extraño híbrido entre castaña y bellota. Estaba todavía verde. Seguramente le faltaban un par de meses para madurar. Sin demasiado convencimiento, le quité la gruesa cúpula y la enterré en la tierra vegetal comercial que guardaba en un cubo. Y me olvidé de ella, convencido de que acabaría pudriéndose.

Unos meses después, el día 22 de enero de 2011, de pronto me vino a la cabeza la bellota griega y la desenterré. Y no, no se había podrido. Su piel verde se había vuelto marrón, como si hubiera acabado de madurar, y de su punta había brotado una vigorosa raíz de medio centímetro. ¡Uauuuu! —exclamé sorprendido y emocionado ante aquel pequeño milagro—. Quieres vivir, ¿verdad, pequeñajo? Pues vivirás y lo harás en un paraíso. Te garantizo que serás feliz.

Llené una maceta con la misma tierra del cubo donde había estado estratificada la bellota y la enterré en ella a un par de centímetros de profundidad, situándola junto a una ventana muy iluminada. Pasaron sesenta y siete largos días y por fin, el día 30 de marzo de 2011, se asomó al mundo la cabecita de mi pequeño roble. Iba envuelto, mejor dicho, protegido por un cálido abrigo de lana, como si temiera morir congelado por una traicionera helada tardía. 

Le gustaba Mallorca. Sólo ocho días después lucía así de hermoso iluminado por el cálido sol de abril.

Quince días después, el día 22 de abril de 2011, sus primeras hojas ya se habían desplegado completamente y continuaba creciendo a buen ritmo.

Justo un año después, el día 21 de abril de 2012, ya medía unos treinta centímetros.

Aunque todavía un bebé, sus grandes hojas ya lucían como si de un roble adulto se tratase.

Y aquí lo tenéis con dos añitos y más de dos palmos de altura.

El roble de Valonia, Quercus macrolepis, sinónimo de Quercus ithaburensis subsp. macrolepis, crece de forma natural desde Italia hasta Asia Menor, pasando por los Balcanes, Grecia, las islas del mar Egeo y Turquía. (La imagen es propiedad del Botanical Museum de Helsinki, Finlandia).

Sus grandes bellotas son comestibles con muy baja concentración en tanino. Las espinosas cúpulas de sus frutos, en cambio, contienen hasta un 50% de tanino, por lo que han sido utilizadas desde la antigüedad para curtir el cuero y teñir de negro las telas, y en medicina como potente astringente para tratar la diarrea.

Y llegó por fin la hora de sembrarlo en su lugar definitivo. Para ello elegí el bancal más elevado del jardín orientado hacia el sur, es decir, hacia el sol del mediodía. Era el día 20 de marzo de 2016. Tenía exactamente cinco años y medía unos setenta centímetros.

Han pasado cuatro años y está magnífico vestido con su nueva brotación primaveral. Ahora mide 225 centímetros. Tenía ramas hasta el suelo. Más que un árbol parecía un matojo. Y para que crezca alto y hermoso, le podé las ramas más bajas, dejándolo convertido en un arbolito. Ahora tiene nueve años.

Su brotación primaveral ya no puede ser más sana y vigorosa.

Tronco de mi roble de la isla de Nysiros. Ya mide cinco centímetros de diámetro.

Con solo nueve años su corteza todavía es suave y lisa, pero con los años se volverá más rugosa y oscura.

Os iré informando de su evolución.


domingo, 29 de marzo de 2020

REPRODUCCIÓN DE HELECHOS POR ESPORAS

 El helecho Phyllitis scolopendrium, por la abundancia de sus esporas y el gran tamaño de sus soros, resulta ideal para el experimento.

A finales de Septiembre, con la elevada humedad ambiental por las primeras lluvias otoñales, las esporas del helecho Phyllitis scolopendrium están maduras y se desprenden con facilidad con la más leve brisa, la cual las lleva volando lejos de su madre para colonizar nuevos territorios.

Para la siembra de las esporas nos puede servir una simple fiambrera de plástico transparente, en la que pondremos 3/4 de tierra vegetal comercial mezclada con 1/4 de tierra natural (en mi caso tierra mallorquina arcillosa y calcárea). Unos cuatro centímetros de sustrato son suficientes. Apretamos la tierra con los dedos y la regamos sin exagerar, de manera que quede bastante húmeda, pero no encharcada. No hace falta que le hagamos agujeros de drenaje a la fiambrera, pues es conveniente que la tierra no pierda humedad, ya que no la volveremos a regar hasta dentro de unos dos meses. Para evitar el crecimiento de musgos y hongos podemos esterilizar la tierra humedecida directamente en el microondas. Con unos 5 minutos a la máxima potencia será suficiente. En este caso no esterilicé la tierra y no he tenido demasiados problemas.

Sin necesidad de cortar el fronde, lo inclinamos con el envés hacia arriba dentro de la fiambrera y con una cucharilla vamos rascando las esporas, repartiéndolas bien por la superficie de la tierra.

 Las esporas quedan depositadas sobre la tierra como una capa marrón. Se dejan tal como están sin cubrirlas de tierra.

Si la tapa de la fiambrera es transparente, se cierra con ella. En caso contrario se cubre con un cristal transparente y se coloca en un lugar muy iluminado, pero sin sol directo y protegido del viento. Las temperaturas suaves del inicio del otoño son ideales para la germinación de las esporas. No conviene que quitemos el cristal o la tapa, salvo para comprobar cada varias semanas la evolución de las esporas. Los helechos fueron las primeras plantas con tallo que aparecieron sobre la tierra y evolucionaron en un ambiente muy pobre en oxígeno y con una elevada humedad ambiental superior al 90%, por lo que debemos recrear un ambiente similar dentro de la fiambrera.

A los 21 días destapamos la fiambrera y comprobamos que todo marcha según lo previsto. Las esporas han germinado y se ha formado un fina capa verde sobre la tierra. Son los prótalos en miniatura, llamados PROTONEMAS, que son una pequeña masa de células verdes sin una forma definida, que irán creciendo a lo largo de las próximas semanas, hasta hacerse claramente visibles.

Aquí podemos ver la fina capa verde formada por las esporas recien germinadas. No debemos añadir agua y conviene que cerremos o tapemos enseguida la fiambrera. La volvemos a colocar en el mismo sitio y esperamos dos semanas sin tocarla.

Han pasado 30 días desde la siembra de las esporas. El progreso de la capa verde es evidente.

A los 42 días la capa verde ha crecido vigorosamente, sobretodo en la zonas más sobresalientes de la superficie del substrato, tal vez por el mayor grado de luminosidad que reciben.

Una foto cercana nos permite distinguir ya los pequeñísimos PRÓTALOS o GAMETOFITOS redondeados, como diminutas láminas o escamitas. Son la forma haploide de los helechos, con la mitad de cromosomas. Si el substrato sigue húmedo, no añadimos agua. En caso de que lo creamos necesario, pulverizamos la superficie con agua lo más limpia posible. Volvemos a cubrir la fiambrera con el cristal y la colocamos en un lugar ligerísimamente más iluminado, pero sin sol directo.

 Han pasado ya 60 días y algunos prótalos han crecido bastante, mientras que otros aparentemente han muerto. Se pueden ver los filamentos o hifas de hongos saprofitos, que se alimentan de los prótalos muertos, cuya oosfera (gameto femenino) no ha sido fecundada por los anterozoides (gametos masculinos).

Han pasado ya 75 días desde la siembra y los prótalos cada vez son más grandes. Aquí se ve bien la elevada humedad del sustrato, que facilita el desplazamiento de los anterozoides, que son flagelados y nadan como pececillos, atraídos por el aroma a ácido málico que emite la oosfera, que es para ellos como un delicioso e irresistible perfume, o sea, una fito-feromona.

 Han pasado un poco más de siete meses desde la siembra, o sea, 216 días y acaban de brotar los primeros ESPOROFITOS con sus diminutos frondes de color verde claro, que salen de los prótalos femeninos fecundados. Son la forma diploide de los helechos. Conviene mantener la fiambrera tapada unos meses más.

Aquí se aprecian mejor los esporofitos o helechos verdaderos. Se pueden ver las hifas de hongos que aparentemente no perjudican la buena marcha del proceso.

 Detalle de los diminutos frondes como hojitas redondeadas de color verde claro con un pequeño pecíolo, brotando de los prótalos o gametofitos, que son como hojitas de lechuga de color verde oscuro.

 Hace ya ocho meses que sembré las esporas. Los esporofitos son cada vez más grandes.

Aquí se pueden ver los diminutos helechos anteriores desde más cerca. Son muy curiosas las lineas radiales de los pequeños frondes.

Han pasado 270 días desde la siembra de las esporas y por fin ha llegado el día de la culminación del proceso, el momento quizás más delicado, el trasplante de los pequeños helechos a macetitas individuales. Para ello, con la ayuda de una cucharita de café, se van sacando grupitos de helechos con su respectivo cepellón de tierra y raicillas y se trasplantan con mucho cuidado y mucha delicadeza a macetitas diminutas con tierra vegetal. Al crecer tan concentrados es muy dificil separarlos de uno en uno, por lo que se pueden sembrar varios juntos en la misma maceta, ya que siempre puede morir alguno.

 Luego se colocan en una fiambrera grande con un poco de agua en el fondo para que la tierra de las macetas se mantenga bien húmeda, ya que no conviene regarlos por arriba, es mejor que les llegue el agua desde abajo por capilaridad. Se tapa la fiambrera y se coloca en el mismo lugar, para que el trauma del trasplante les afecte lo menos posible. Poco a poco se va destapando la fiambrera para acostumbrar los helechos al aire libre.

Aquí se puede ver el tamaño real del helecho y la maceta.

 Y este es el resultado final después de un largo año desde la siembra de las esporas. Ahora sólo falta sembrarlos en hábitats naturales adecuados.

Visión cercana de una de las lenguas de ciervo anteriores, en este caso sembrada en una macetita de celulosa prensada que facilita su trasplante a la naturaleza. Sólo hace falta cavar un pequeño hoyo en la tierra y meterla en él sin sacarla de la maceta.

Y llega por fin la culminación de todo el proceso: la repoblación de este bellísimo helecho en su hábitat natural, muy cerca de sus escasísimos progenitores.

OTROS HELECHOS DE CULTIVO