viernes, 10 de abril de 2020

Quercus macrolepis, mi hermoso roble de Valonia

 Su madre crece en la isla de Nysiros del mar Egeo

Él, es decir, la bellota de la que surgió, atravesó toda la cuenca mediterránea, navegando a bordo del barco velero de mi amigo Antoni Font Gelabert, gran amante del mar, la naturaleza y la vida.

Al regresar de su largo viaje, a finales del verano del año 2010, me regaló esta gran bellota redonda, envuelta en una cúpula espinosa que la rodeaba completamente, como si fuera un extraño híbrido entre castaña y bellota. Estaba todavía verde. Seguramente le faltaban un par de meses para madurar. Sin demasiado convencimiento, le quité la gruesa cúpula y la enterré en la tierra vegetal comercial que guardaba en un cubo. Y me olvidé de ella, convencido de que acabaría pudriéndose.

Unos meses después, el día 22 de enero de 2011, de pronto me vino a la cabeza la bellota griega y la desenterré. Y no, no se había podrido. Su piel verde se había vuelto marrón, como si hubiera acabado de madurar, y de su punta había brotado una vigorosa raíz de medio centímetro. ¡Uauuuu! —exclamé sorprendido y emocionado ante aquel pequeño milagro—. Quieres vivir, ¿verdad, pequeñajo? Pues vivirás y lo harás en un paraíso. Te garantizo que serás feliz.

Llené una maceta con la misma tierra del cubo donde había estado estratificada la bellota y la enterré en ella a un par de centímetros de profundidad, situándola junto a una ventana muy iluminada. Pasaron sesenta y siete largos días y por fin, el día 30 de marzo de 2011, se asomó al mundo la cabecita de mi pequeño roble. Iba envuelto, mejor dicho, protegido por un cálido abrigo de lana, como si temiera morir congelado por una traicionera helada tardía. 

Le gustaba Mallorca. Sólo ocho días después lucía así de hermoso iluminado por el cálido sol de abril.

Quince días después, el día 22 de abril de 2011, sus primeras hojas ya se habían desplegado completamente y continuaba creciendo a buen ritmo.

Justo un año después, el día 21 de abril de 2012, ya medía unos treinta centímetros.

Aunque todavía un bebé, sus grandes hojas ya lucían como si de un roble adulto se tratase.

Y aquí lo tenéis con dos añitos y más de dos palmos de altura.

El roble de Valonia, Quercus macrolepis, sinónimo de Quercus ithaburensis subsp. macrolepis, crece de forma natural desde Italia hasta Asia Menor, pasando por los Balcanes, Grecia, las islas del mar Egeo y Turquía. (La imagen es propiedad del Botanical Museum de Helsinki, Finlandia).

Sus grandes bellotas son comestibles con muy baja concentración en tanino. Las espinosas cúpulas de sus frutos, en cambio, contienen hasta un 50% de tanino, por lo que han sido utilizadas desde la antigüedad para curtir el cuero y teñir de negro las telas, y en medicina como potente astringente para tratar la diarrea.

Y llegó por fin la hora de sembrarlo en su lugar definitivo. Para ello elegí el bancal más elevado del jardín orientado hacia el sur, es decir, hacia el sol del mediodía. Era el día 20 de marzo de 2016. Tenía exactamente cinco años y medía unos setenta centímetros.

Han pasado cuatro años y está magnífico vestido con su nueva brotación primaveral. Ahora mide 225 centímetros. Tenía ramas hasta el suelo. Más que un árbol parecía un matojo. Y para que crezca alto y hermoso, le podé las ramas más bajas, dejándolo convertido en un arbolito. Ahora tiene nueve años.

Su brotación primaveral ya no puede ser más sana y vigorosa.

Tronco de mi roble de la isla de Nysiros. Ya mide cinco centímetros de diámetro.

Con solo nueve años su corteza todavía es suave y lisa, pero con los años se volverá más rugosa y oscura.

Os iré informando de su evolución.