Sí, amigos, las semillas de las hierbas del género Plantago, los llamados llantenes, son como pulgas. Tienen aproximadamente el mismo tamaño, forma y color que este diminuto insecto hematófago. Hace noventa años estas semillas eran muy buscadas por los farmacéuticos. A principios del siglo pasado las grandes multinacionales de la industria farmacéutica todavía no existían, y eran los mismos boticarios quienes preparaban en la rebotica la mayoría de las medicinas que vendían, bien recetadas por los médicos con las famosas fórmulas magistrales o bien copiadas de algún tratado de farmacopea o inventadas por los propios farmacéuticos.

Semillas de Plantago major que, al igual que las de Plantago afra y Plantago lanceolata, en Mallorca reciben el nombre de "llavors de puça" (semillas de pulga).
En la actualidad en la llamada medicina natural las semillas de llantén más utilizadas son las de la especie Plantago afra (sinónimo de Plantago psyllium), más conocida a nivel popular como zaragatona. En cambio en la medicina ortodoxa las más utilizadas son las de la especie Plantago ovata, no existente en la flora de Mallorca. Con ellas se preparan sobretodo medicamentos para regular el tránsito intestinal en personas que padecen estreñimiento crónico por su riqueza en mucílagos, y la verdad es que funcionan.
Varios ejemplares de Plantago major, llantén mayor, fotografiados en el Jardín botánico de Sóller.
Mi abuela materna murió relativamente joven, en el año
1973 con sólo 68 años, de un cáncer de cuello de útero que se
la comió sin compasión literalmente por dentro. Su agonía duró seis largos años y acabó consumida en los puros huesos y con las dos piernas negras, resecas, duras como la madera de ébano, momificadas
en vida por una cruel y dolorosa gangrena seca por falta de riego sanguíneo,
pues el tumor que crecía sin parar dentro de su vientre era tan grande y
tan infiltrante que le bloqueó la circulación de las dos arterias ilíacas.
Detalle de las largas inflorescencias e infrutescencias de uno de los Plantago major de la imagen anterior.
Sólo Dios sabe
el sufrimiento que le causó aquella cruel enfermedad que
la llevó a la muerte. Entonces, hace cincuenta años, los únicos
remedios para tratar el cáncer de cuello de útero eran la
cirugía y la radioterapia. Por desgracia cuando acudió al médico el
cáncer ya estaba muy
avanzado y no le pudieron extirpar el tumor, sólo la trataron con
radioterapia, bomba de
cobalto decían entonces.
Vigoroso llantén mayor al lado de una fuente de un camino rural.
Mi madre la acompañaba a Palma para recibir
las sesiones semanales del tratamiento. Yo
tendría unos 11 ó 12 años. Cada semana acudía a esperarlas a
la vuelta de Palma en la parada del autocar que estaba en la plaza del
pueblo. En una de las
ocasiones, mientras mi abuela descendía por la escalerilla del vehículo,
un gran chorro de sangre negra le brotó de su naturaleza de mujer y le
resbaló por las piernas hasta llenarle los zapatos. Yo al verlo exclamé
espantado dirigiéndome a mi madre: "Mumare, a sa padrina li regalima
sang negra per ses cames!" (¡Madre, a la abuela le chorrea sangre negra
por las piernas!) Ella dirigió la mirada hacia las piernas de su madre y
luego la miró a los ojos. Tragó saliva y me ordenó con voz categórica
aunque en tono bajo: "Calla i ves-te'n cap a ca nostra!" (¡Calla y vete
para
casa!)

Las largas inflorescencias cubren la mitad distal del pedúnculo.
Jamás podré olvidar la cara de mi abuela. No dijo nada, no se
quejó, no se miró las piernas. Acabó de descender impertérrita la
escalerilla y luego siguió a mi madre en silencio de camino hacia casa. Sus ojos
húmedos mirando al frente y su rostro con gesto congelado en un rictus de dolor me quedaron
grabados para siempre en mis neuronas de niño. Para que lo entendáis,
eran exactamente los mismos ojos y la misma expresión de un condenado a
muerte camino de la horca o del muro de fusilamiento, que ha aceptado con
resignación y valentía su terrible destino. Mi abuela María era una mujer muy valiente, muy fuerte y
muy digna con una capacidad de sufrimiento inconmensurable. Jamás la escuché quejarse.

Haz de una hoja de Plantago major. Es el llantén con las hojas más grandes y anchas. Se pueden consumir como verdura.
Había nacido el 20 de marzo de 1905 en una casa muy
humilde cercana a la iglesia parroquial del pueblo. Era la tercera de
ocho hermanos.
Envés de la hoja anterior con sus cinco nerviaciones principales muy marcadas.
Flores de Plantago major.
Frutos ya maduros fotografiados a mediados de octubre.
Cada flor fecundada da lugar a un fruto en forma de cápsula que se abre (dehiscencia) en forma transversal, por lo que recibe el nombre botánico de pixidio. Cuenta con un opérculo en forma de capuchón que cubre la urna donde están contenidas las semillas.
Pasaron los años y llegó la hora de
casar a los hijos. Entonces muy pocos casamientos se hacían por amor.
Primaba la supervivencia. Se miraban mucho los bienes del pretendiente.
Había que asegurar el futuro de la descendencia. El amor vendría solo
con el tiempo por pura convivencia o simplemente no llegaría nunca. Poco
importaba.
Pixidios abiertos dejando ver las semillas.
Un día apareció por el cortijo un mozo llamado Juan de unos 19 años montado en una
pesada bicicleta de hierro macizo, todo un lujo en aquel tiempo. Acababa de quedar huérfano de madre. Hacía pocas semanas
que la habían enterrado. Se llamaba Catalina. La había matado el
sarampión a los 40 años de edad, y para más desgracia se lo había
contagiado su hijo menor, Montserrate, que había muerto unos días antes
que su madre a los 16 años. La hija mayor de la familia se había casado el año anterior, estaba embarazada, vivía lejos y no podía hacerse cargo de su padre
y su hermano. Necesitaban urgentemente a una mujer que cuidase de ellos
y de la casa. Mi bisabuelo descartó casarse de nuevo.
Amaba a su esposa y perderla de aquella manera tan cruel le dejó
destrozado.

Comparación del tamaño de las semillas con una pequeña moneda de 10 céntimos de euro.
Solos padre e hijo, en la quietud del anochecer, sentados ante el fuego
tililante de la chimenea, con un cuenco de sopa de pan, ajos, tomate, cebolla y
tocino en una mano y una cuchara de madera de mirto en la otra,
entre cucharada y cucharada sopesaron todas las posibilidades, examinaron una a
una todas las familias de los alrededores con hijas casaderas y al
final se decidieron por mi abuela. Les urgía. No podían esperar muchos
días más. La casa estaba sin adecentar, la ropa sin lavar y comían
cualquier cosa que les llenase el estómago. Sólo sabían guisar sopas de pan.
Las semillas del llantén mayor miden 1-1,5 × 0,5 mm. Son poliédricas o hemielipsoidales, con la cara interna plana. Cada pixidio contiene entre 6 y 30 semillas.
Al día siguiente mi bisabuelo se levantó nada más clarear al alba, sacó
un cubo de agua fresca de la cisterna, metió en ella las manos y se las
pasó por la cara para despejar la mente y borrar los miasmas del sueño.
Luego entró en la cocina, cortó una rebanada de pan moreno, le echó un
chorreón de aceite de oliva por encima para desayunar por el camino, se montó a
los lomos de una mula y se encaminó hacia el cortijo donde vivía la
familia de mi abuela. Tras saludar con afecto a su amigo Pedro, que unos
pocos días atrás se había acercado a su casa para darle el pésame por
la muerte de su hijo y su esposa, le expuso la cuestión sin rodeos. Les
unía una gran amistad y a Pedro le pareció bien la propuesta. Al fin y
al cabo que su tercera hija se convirtiese en la esposa del hijo de su
amigo, heredero de un cortijo y con suficientes tierras para vivir sin
aprietos, era una buena opción para María.
El llantén menor, Plantago lanceolata, es quizás uno de los más abundantes en Mallorca. A diferencia del llantén mayor que vive en terrenos húmedos, el llantén menor o llantén de hoja estrecha prefiere los suelos pedregosos y secos.
Ya estaba todo atado. Sin llegar a ser una orden, Pedro expuso a su hija
su decisión y ella sólo pudo acatarla. No había discusión posible.
Tenía ya 21 años y debía casarse. Las opciones de quedarse soltera para cuidar de sus padres o hacerse monja no tentaban a María y tampoco a su padre.
Cuando al día siguiente apareció mi abuelo montado en su bicicleta para
cortejar por primera vez a su futura esposa, a María le cayó bien aquel
muchacho todavía imberbe y dos años más joven que ella. Con sus ojos
pardo-verdosos le miró fijamente a sus risueños ojos azul-grisáceos y leyó en
ellos mucha bondad y mucha nobleza. Sin duda era un buen partido y sería
un buen padre para los hijos que Dios les quisiera dar.
Su inflorescencia se abre en el extremo distal de un largo pedúnculo desnudo. Sus semillas son más grandes que las del llantén mayor. Miden 2-3 × 0,8-1,5 mm. Cada pixidio sólo contiene dos semillas.
María ya tenía el ajuar preparado para
cuando apareciese un pretendiente. Hacía un año escaso que se había casado su
hermana mayor y su turno se acercaba. Así que recorriendo las tierras de
los alrededores fue recolectando poco a poco semillas de pulga, unos
gramos cada día. Cuando tuvo varias onzas las llevó al boticario, éste
las pesó con su pequeña balanza y se las pagó a buen precio. Acto
seguido con el dinero fresco en la mano entró en una tienda de ropa,
compró al tendero una docena de metros de tela de algodón blanco y se la
llevó al cortijo. Con la ayuda de su madre y sus hermanas cosió tres
juegos de sábanas y dos blusones de dormir y guardó su preciado ajuar
para cuando se casase. No tuvo que esperar mucho.
El Plantago afra o zaragatona es el único llantén con tallos ramificados. Todos los demás tienen las hojas reunidas en una roseta basal.
Sólo una semana después de la petición
de mano el cura del pueblo les casaba en una ceremonia íntima y sencilla. Ambos
vistieron de luto riguroso. No invitaron a nadie, unicamente acudieron
los familiares más allegados y los testigos de la boda. Tampoco sirvieron
ningún banquete.
Dos años después nacía mi madre en la intimidad de la casa. Mi abuela la
parió sola, completamente sola. Sentada a horcajadas sobre dos sillitas
sin respaldo con una nalga sobre cada una de ellas y un montón de paja
fina en el suelo, estuvo bregando con los dolores del parto en silencio,
como lo había visto hacer a su propia madre cuando parió a sus hermanos pequeños. Mi abuelo iba a verla cada
media hora, se asomaba al interior de la casa sin llegar a entrar y con
voz angustiada le preguntaba: "Com va Maria?" y ella le respondía:
"Encara no, Joan." (Todavía no, Joan.)
Sus espigas se abren en el extremo de las ramificaciones del tallo y cuentan con menos flores que los demás llantenes. Sus semillas miden 2,5-2,7 × 1,2-1,7 mm. Son más grandes que las del llantén mayor. Al igual que el llantén menor sus pixidios sólo contienen dos semillas.
Mi abuelo sabía que muchas mujeres morían en el parto, pero no podía ayudar a su esposa. Era cosa de mujeres. No debía entrometerse. Tampoco se podían permitir el lujo de llamar al médico o a la comadrona para que asistiesen al parto. Entonces no había seguridad social y tanto los médicos como las comadronas cobraban directamente al paciente por su trabajo. Los honorarios eran demasiado elevados para una familia tan humilde.
Mi abuela materna, María Barceló Juan, el día en que se casó con mi abuelo, Juan Pou Oliver.
Al
cabo de interminables horas, habiendo ya anochecido, mi abuelo escuchó
el llanto de un bebé desde la pequeña cocina donde esperaba sentado ante
el fuego de la chimenea y entonces sintió una alegría tan grande en su
corazón que no pudo evitar que le saltasen las lágrimas. Era muy
sensible y se emocionaba con facilidad.
Él tenía veinte años y ella veintiuno. ¡Que guapa mi abuela!, ¿verdad? Cuarenta y seis años después murió de una muerte atroz. Pobrecilla, su vida fue un infierno.
Mi abuelo no acudió enseguida a ver a su hijo. Esperó a que su esposa le llamase. Cuando María tuvo al recién nacido lavado y vestido, lo puso sobre su regazo y sin levantarse de las sillitas siguió empujando hasta conseguir expulsar la placenta. Entonces colocó un paño limpio de algodón en su sanguinolenta naturaleza de mujer, se incorporó y llamó a mi abuelo. "Mira, Joan, és una nina. Li posarem Catalina, es nom de ta mare al cel sia." (Mira, Joan, es una niña. La llamaremos Catalina como tu madre en paz descanse.)
Mi abuelo lloraba como un niño. Sólo tenía 22 años y ya era padre. Corría el año 1928.
Para ver más fotos y conocer la historia familiar de mi abuelo, aquí tenéis esta entrada ---> Mi tatarabuela judía conversa Catalina.