domingo, 19 de diciembre de 2021

Robles, Encinas y sus Micorrizas

Una simbiosis vital para su supervivencia

Cuando sembramos una bellota, ya sea de roble o de encina, si lo hacemos en tierra vegetal comercial que carece de hongos micorrizas, la germinación se produce sin problemas y el nuevo arbolito se desarrolla bien durante el primer año gracias a las reservas nutricias de los cotiledones de la bellota, pero en cuanto estas se acaban, deja de crecer y languidece poco a poco hasta morir de ¡inanición! Sin los nutrientes que el micelio de la micorriza absorbe del sustrato y posteriormente transfiere a las raíces de la pequeña fagácea a través de pequeñas anastomosis micelio-raíz, el joven árbol no puede alimentarse y muere literalmente de hambre. 

Joven encina de tres años sembrada de bellota en una maceta con tierra vegetal comercial, pero regada con agua de manantial de montaña cargada de esporas de micorriza de las encinas que crecen alrededor de la surgencia de la fuente, cuyas raíces estan profusamente micorrizadas por el micelio blanco del hongo.

Inmenso encinar de la alta montaña mallorquina prácticamente virgen, cuyas raíces crecen en un sustrato pedregoso muy pobre tanto en tierra como en nutrientes, millones de veces lavado por las fuertes lluvias que se llevan los minerales aguas abajo, y que sin embargo crece exuberante y lleno de vida gracias a la maraña de filamentos del micelio de los hongos micorrizas, que rodean sus raíces en una abrazo simbionte en el que ambos seres vivos salen ganando.

Nada más nacer la bellota, su primera raíz pivotante es rodeada rápidamente por una micorriza que le aporta los minerales que tanto necesita para crecer, y el arbolito recien nacido le devuelve el favor transfiriéndole azúcares, proteínas, grasas y vitaminas sintetizadas por sus hojas con la fotosíntesis. Tu me das, yo te doy, una simbiosis positiva que durará toda la vida del árbol, a veces varios siglos. (En la imagen se ve la ladera de una montaña de la Serra de Tramuntana mallorquina con un bosque mixto de pinos carrascos y encinas cubiertos de nieve en marzo del 2005).
 
Las encinas mediterráneas son verdaderas campeonas de la supervivencia. Resisten sin problemas tanto el calor tórrido del verano como el frío intenso del invierno.

Raíz de encina rodeada por el micelio blanco del hongo micorriza. Ambos seres vivos simbiontes están unidos por microscópicas anastomosis o conexiones, idénticas a las de los axones y las dendritas de nuestras neuronas cerebrales, salvo que en lugar de transferirse neurotransmisores con órdenes precisas se transfieren nutrientes. Este micelio huele a tierra buena, sana, llena de vida, el mismo aroma delicioso de la hojarasca del sotobosque de un encinar o un robledal.

Alcornocal virgen todavía no hollado por el hombre en el municipio gaditano de Jimena de la Frontera. El sustrato bulle de vida con toneladas y toneladas de micelio micorriza rodeando las raíces, no sólo de los alcornoques sino también de todos los arbustos que visten el sotobosque, cada uno de ellos con su micorriza simbionte específica. 

Visión del exuberante alcornocal anterior vistiendo de un manto verde las montañas en pleno Parque Natural de los Alcornocales.
 
Encina centenaria en una dehesa de Arcos de la Frontera.

Imponente roble andaluz, Quercus canariensis, en un bosque de cuento de hadas del gaditano Parque Natural de Sierra de Grazalema.

Con frecuencia los frutos de las fagáceas germinan antes de caer del árbol, como esta bellota de coscoja mallorquina, Quercus coccifera, en la que ya asoma la raíz pivotante en un intento de acelerar su germinación antes de los fríos invernales.
 
O como esta otra de encina, Quercus ilex subsp. ilex.

Nada más caer al suelo numerosos animalillos del bosque se las comen o bien las esconden en despensas improvisadas para su posterior consumo. Las bellotas necesitan luz para germinar, por lo que las que caen bajo la tupida sombra de su madre no suelen prosperar. Así pues, bien por haber caído lejos de su madre o bien por haber sido escondidas en pequeños hoyos del suelo por las aves y los ratones de campo, las bellotas suertudas germinan y en sus primeros meses de vida se alimentan de los nutrientes acumulados en los cotiledones de la bellota.

Mientras tanto la raíz pivotante va penetrando en el sustrato y se va bifurcando abrazada por el micelio del hongo micorriza que le alimentará toda su larga vida, no sólo con los minerales que absorba el micelio del suelo sino también del agua que consiga arrancar del reseco sustrato a pesar de las larguísimas sequías mediterráneas que a veces duran hasta seis meses sin que caiga una sola gota de lluvia. Y a pesar de todo la encina, el roble, el alcornoque o la coscoja sobreviven sin apenas manifestar ningún sufrimiento.
 
Algunos veranos la sequía y el calor son tan extremos que el agua que les aportan las micorrizas no es suficiente para saciar su sed y las viejas encinas emiten largas raíces rojas hacia las últimas pozas del lecho de los torrentes en un intento desesperado por sobrevivir.

Cuando a finales de agosto las pozas se sequen, éstas bellísimas raíces rojas también se secarán. Habrán servido, no obstante, para que la vieja encina haya saciado su sed y haya acumulado el máximo de agua en sus gruesas raíces para aguantar estoicamente en estivación forzosa hasta las primeras lluvias del otoño. 

¡BENDITA Y MARAVILLOSA NATURALEZA QUE SE LAS SABE TODAS PARA PERPETUAR LA VIDA EN ESTE FRAGIL PLANETA A MERCED DE LA CODÍCIA DESTRUCTIVA DEL HOMBRE!

domingo, 8 de agosto de 2021

Dovyalis caffra: la Manzana Kei de Sudáfrica

 Este frutal sudafricano de la família de las Salicaceae vive encantado en clima mediterráneo. En su región de origen, desde el río Kei de Sudáfrica hasta Tanzania, prospera tanto en zonas de extrema aridez como en zonas lluviosas, donde alcanza hasta 9 metros de altura.

Sus frutos reciben el nombre Kayaba y Umkokola en lenguas africanas y Kei Apple en inglés.
 
Dos de mis cuatro Dovyalis caffra a los tres meses de edad, fotografiados en agosto de 2006.
 
Dovyalis caffra hembra a los 15 meses de edad, ya plantado en su lugar definitivo.
 
El manzano Kei es un árbol dioico con pies masculinos y pies femeninos. En Mallorca florece desde mediados de abril hasta finales de mayo. En la imagen podéis ver varias flores femeninas. Son insignificantes y carecen de pétalos.

A pesar de su diminuto tamaño emiten un delicioso aroma que atrae a las abejas, que son sus principales polinizadoras, premiándolas con unas gotitas de dulce néctar a cambio de su imprescindible trabajo. Foto realizada el día 25 de abril de 2021.

También las flores masculinas son insignificantes, simples grupitos de estambres. Son mucho más abundantes que las femeninas y como éstas también emiten un delicioso aroma para que acudan las abejas a recoger el polen y lo lleven pegado a sus cuerpos hasta las flores de un ejemplar femenino.

Fijáos en las temibles espinas duras como el acero que protegen a las hojas y flores, su bien más preciado, del hocico famélico de antílopes, gacelas y girafas. Foto realizada el día 19 de mayo.

Otra rama con hojas, espinas y flores masculinas.

 
Las espinas suelen medir entre 2 y 6 centímetros. En algunos países se siembran estos arbustos como setos impenetrables para contener al ganado o impedir el paso de los herbívoros salvajes a plantaciones de maiz, hortalizas y otros cultivos.

Su dureza y su escaso grosor permitiría usarlas como agujas de coser.

Fruto todavía inmaduro, fotografiado día 26 de mayo.
 
Fruto maduro fotografiado el día 7 de agosto.

Primeros frutos maduros, fotografiados ayer sábado día 7 de agosto de 2021.

Otros frutos maduros, fotografiados el día 16 de agosto de 2017. Su exocarpio es ligeramente aterciopelado.

Su pulpa luce un intenso y luminoso color amarillo anaranjado. Es jugosa, ligeramente ácida y muy aromática. Su sabor es tan peculiar, yo diría que exótico, que no me atrevo a describirlo con palabras. Me los meto enteros en la boca sin pelar y son una explosión de sabor y aroma.

Su pulpa contiene semillas diminutas.

 El cultivo de este pequeño árbol africano, ya sea como frutal o como planta de jardín, se ha extendido a toda la cuenca mediterránea, California, Florida, Australia y otros muchas regiones de la Tierra con un clima subtropical o mediterráneo libre de heladas. Aunque todavía muy poco conocido, está llamado a popularizarse como fruta de mesa dado su fácil cultivo y su consistencia que facilita su transporte. Puede ser consumida en fresco o en forma de mermelada, helado, sorbete y zumo.


domingo, 6 de junio de 2021

EL NOGAL CORAZÓN: CARYA CORDIFORMIS

 Vive en el Este de Norteamérica, de Florida a Quebec.

Recibe el nombre de bitternut hickory, nogal amargo.

Sus nueces tienen una curiosa forma de corazón.

En primavera de 2017 recibí un email de una señora vasca, gran aficionada a los árboles exóticos, en el que me felicitaba por mi jardín y me ofrecía semillas de Wollemia nobilis de Australia, Juglans mandshurica de Manchuria y Carya cordiformis de Norteamérica, que había adquirido en exceso por internet.

Nogal corazón o nogal amargo recién nacido el 30 de abril de 2017.

Mismo nogal corazón de dos meses de edad, fotografiado el 29 de junio de 2017.

Y aquí lo tenéis a los cuatro años de edad, fotografiado el 6 de junio de 2021. 
 
Mide un metro de altura.

Carya cordiformis puede vivir más de 200 años y alcanzar los 35 metros de altura. Pertenece al grupo de nogales de pecán. Se hibrida con facilidad con los verdaderos nogales de pecán o pacanas: Carya illinoinensis, dando el híbrido Carya x brownii y Carya ovata, dando el híbrido Carya x laney.

Esta primavera ha brotado con un vigor inusitado. Su aspecto ya no puede ser más saludable.

Dado el sabor amargo de sus nueces sólo tiene utilidad su madera, usada para la fabricación de muebles y mangos de herramientas y para pasta de papel. También es ampliamente plantado como ornamental. Los nativos norteamericanos fabricaban sus arcos con sus ramas.


sábado, 29 de mayo de 2021

SIEMBRA DE SEMILLAS DE HIGUERA SARI LOP

 Considerada la mejor variedad turca para ser desecada.

Se comercializa en todo el mundo como una delicatesen.

Sari Lop y Bursa Siyahi son las dos variedades de higos turcos mejor cotizados del mundo. 

Los avispados israelíes y californianos la cultivan masivamente en un intento de llevarse una parte del negocio.

En California le cambiaron el nombre y la llaman Calimyrna.

Al igual que la variedad Bursa Siyahi, la Sari Lop pertenece al grupo de higueras orientales tipo Esmirna, que necesitan la polinización con polen de un cabrahigo macho a través de la avispilla Blastophaga psenes para madurar sus higos.

Y a diferencia de los higos Bursa Siyahi, que en plena maduración lucen un llamativo color rosado-vinoso y se comercializan en fresco, los Sari Lop son intensamente amarillos y se comercializan desecados.

Ayer compré una bandejita de higos turcos desecados en un supermercado de mi pueblo. Me llamó la atención su bonito color amarillo, su gran tamaño y su elevado precio (nueve higos: tres euros), y enseguida supe que se trataba de higos Sari Lop, la única variedad que se cultiva a gran escala en Turquía para ser exportados en seco a todo el mundo.

Su pulpa es pura miel, una golosina en la boca, y sus numerosas semillas, que explotan con un crujido en la boca al ser masticadas, le confieren un aromático y delicioso bouquet a almendras tostadas.

Espero que las semillas sean viables. Lo seran si los higos han sido desecados a pleno sol y no en el interior de un horno. Para salir de dudas he metido varias docenas en remojo en agua durante unas horas para hidratarlas y estimular su germinación.

Y a continuación  he procedido a sembrarlas en una maceta, cubriéndolas con medio centímetro de tierra, dado su diminuto tamaño. Y como veis en la imagen he situado la maceta a pleno sol. Las higueras adoran la luz cegadora y el calor tórrido de nuestro maravilloso sol mediterráneo. 

Os mantendré informados de la evolución del "experimento".

Edito el día 5 de agosto de 2021 para mostraros el resultado de la siembra.

Hace tres semanas por fin germinó una semilla Sari Lop, y digo una porque la que se ve más vigorosa ha resultado ser una morera (Morus alba) nacida de una semilla defecada en la maceta por un ave. La escasa germinación podría deberse a haberse secado los higos en un horno en lugar de al sol.

Edito el día 9 de octubre de 2021 para mostraros la tardía y abundante germinación.

Arranqué la morera (me nacen a decenas en todo el huerto) y dejé la higuera Sari Lop. Permaneció sola en la maceta hasta hace tres semanas en que empezaron a germinar las higueritas que veis a su lado.


jueves, 1 de abril de 2021

ABIES PINSAPO, NUESTRO ABETO DE RONDA

 

Ahora es un endemismo exclusivo de Cadiz y Málaga, pero hace siete millones de años, en pleno Mioceno Tardío, vivía en todo el llamado Macizo Bético-Rifeño, un pliegue tectónico que surgió del choque entre la placa africana y la europea, que iba desde las entonces montañas Baleares (que al subir posteriormente el nivel del mar mediterráneo, tras la gran crisis climática del Mesiniense, se convirtieron en las actuales islas Baleares) hasta las montañas del Rif marroquí, pasando lógicamente por la Serrania de Ronda. Este pliegue tectónico miocénico, junto con un cambio climático que enfrió el planeta, provocó el desecamiento casi completo de la Cuenca Mediterránea y la acumulación del agua dulce en la Antártida.

 Límites del Macizo Bético-Rifeño durante el Mioceno Tardío. 
 
El actual río Guadalquivir era entonces una gran lengua oceánica adentrándose hacia el interior de lo que con el pasar de los millones de años sería la Península Ibérica. Y el mar Mediterráneo se había convertido en un desierto con algunos lagos salobres, hacia donde volaban bandadas de millones de flamencos para alimentarse de crustáceos y algas halófilas.

La distribución actual de dos helechos relictos nos demuestra bien a las claras la existencia del Macizo Bético-Rifeño: la especie Dryopteris tyrrhena, que en la actualidad sólo vive en la cima del Puig Major en plena Serra de Tramuntana de Mallorca y en la Sierra Nevada granadina, única localidad de este helecho en la Península Ibérica; y la especie Asplenium azomanes cuyas poblaciones actuales se distribuyen por todas las montañas que un día formaron el Macizo Bético-Rifeño, desde Mallorca, Ibiza y Formentera hasta el Algarve portugués, pasando por Murcia, Almería, Albacete, Jaen, Granada, Málaga y Cádiz.
 
Cuando con un nuevo movimiento tectónico de las placas europea y africana se separaron Europa y África, se formó el actual Estrecho de Gibraltar, que permitió la entrada de agua del océano Atlántico hacia el mar Mediterráneo, la cual, junto con un cambio climático que calentó el planeta y favoreció un aumento de las lluvias, llenó la Cuenca Mediterránea en tan solo mil años. Los científicos calculan que la catarata de agua atlántica que caía dentro del mediterráneo medía unos asombrosos 2.000 metros. 

Fue entonces, al quedar separadas las poblaciones del Abies pinsapo béticas de las rifeñas, que las norteafricanas, con el pasar de los millones de años, a través de mutaciones adaptativas, se diversificaron en dos nuevas especies de abetos, claramente emparentadas con el Abies pinsapo, pero con cambios genéticos y fenotípicos suficientes para definirlas como especies diferentes: Abies maroccana y Abies tazaotana.

 
Y aquí tenéis a mi Abies pinsapo, mi niño mimado. Acaba de cumplir 36 años y mide unos cinco metros. Nació en la primavera de 1985. Cuando en 1987 lo compré como prebonsai en un vivero especializado en la producción y venta de estos mini-árboles media unos 15 centímetros. Entonces todavía no tenía tierra propia y me dedicaba a los bonsais. Cuando en octubre de 1989 adquirí un huerto de naranjos en la falda de una montaña que mira al mar, situado en plena Serra de Tramuntana de Mallorca, indulté a todos mis pequeños árboles y los planté en tierra para que pudieran crecer libres y a sus anchas, y en definitiva felices a su manera, bien repartidos por las ocho terrazas o bancales que conforman mi huerto-jardín.
 
Además del Abies pinsapo, también liberé de vivir atormentados: una bellísima haya francesa, Fagus sylvatica, que me traje pequeñita de mi viaje al Pirineo francés; un Cedro del Líbano, Cedrus libani, que entonces medía menos de un palmo y ahora es un gigante bellísimo de más de diez metros de altura; un cedro del Atlas de hábito pendular, Cedrus atlantica var. pendula, injertado sobre un diminuto patrón de cedro del Atlas nacido de semilla, que crecía practicamente echado sobre la tierra y al que obligué a crecer erguido atándole el tallo principal a un soporte metálico de dos metros, de manera que, al lignificarse, perdió su hábito pendular y ahora crece bien derecho y está magnífico; y finalmente un tilo, Tilia cordata, también del Pirineo francés, al que liberé también del corsé de su diminuta maceta de proyecto de bonsai y ahora se ha convertido en un árbol imponente.

Así era a los 20 años de edad, a finales de septiembre del año 2005. Medía unos dos metros de altura.
 
Sus brotes se van bifurcando de a tres, siguiendo escrupulosamente la secuencia matemática de Fibonacci.

Detalle de las acículas de Abies pinsapo que se disponen alrededor del tallo en escobillón.

Y así lucía de hermoso en abril del año 2012. Había crecido un metro y medio. 
 
Tenía 27 años de edad y acababa de florecer por primera vez, pero sólo flores masculinas.

Al verlas por primera vez quedé fascinado por su extraordinaria belleza.

Detalle de las inflorescencias masculinas de mi abeto de Ronda a punto de abrirse y liberar millones de granos de polen.

Unos días después dispersó el polen con ayuda del viento.


Un año después, en abril de 2013, abrió sus primeras inflorescencias femeninas en forma de estróbilos o conos erguidos, típicas de las pináceas, y lo hizo en abundancia.
 
Y a finales de octubre sus conos literalmente se desintegraron y liberaron miles de semillas, todas ellas provistas de un ala delta, que volaron en todas las direcciones arrastradas por el viento. Ninguna de las que se depositaron sobre la tierra del jardín germinó. Sólo lo hicieron dos que cayeron sobre el sustrato húmedo de otras tantas macetas de mi plantel de arbolitos. Uno de ellos lo regalé a un amigo y el otro ya está plantado tres bancales más arriba que su padre-madre. Al no haber, que yo sepa, ningún otro Abies pinsapo en muchos kilómetros a la redonda, sus semillas son producto de la autofecundación con su propio polen.

Joven abeto de Ronda embelleciendo la plaza del municipio de Grazalema.