Esta estratificación en frío durante 3 - 5 meses persigue desbloquear el llamado letargo interno de las semillas. El frío intenso equivale a la hibernación en los mamíferos, pues simula el largo invierno bajo la nieve que soportan los frutos del Cotoneaster en las cimas más altas de la Serra de Tramuntana. Al empezar la primavera y aumentar las temperaturas, las semillas notan el calor y el pequeño embrión que contienen despierta de su letargo, como despiertan los lirones y los osos de la hibernación.
Unos cuatro meses después, día 25 de enero de 2014, llené 23 compartimentos de un semillero con tierra vegetal tipo Composana, una marca que siempre me ha dado muy buenos resultados.
Saqué la fiambrerita de la nevera y pude comprobar que las semillas habían sido micorrizadas por el micelio de un hongo micorriza.
Detalle de la maraña de filamentos blancos del micelio de micorriza.
En este momento es muy importante no quitar la cubierta de micelio de las semillas. Como sabéis, las raíces de todas las plantas, especialmente las forestales y en general todas las silvestres, viven en simbiosis con un hongo micorriza, a veces específico y exclusivo de una determinada planta y otras veces inespecífico, pudiendo micorrizar el mismo hongo diferentes especies.
Aquí tenéis las 23 semillas, ya estratificadas y con los dos letargos superados. El letargo interno lo superan con largos meses de frío intenso. El letargo externo, el que les confiere la dura e impermeable cutícula que rodea el embrión e impide que éste se hidrate y pueda germinar, se supera también con la estratificación por la acción de las bacterias y hongos de la tierra, incluido el hongo micorriza, que corroen o escarifican la cubierta más dura de la cutícula y la hacen permeable a la entrada de agua en el interior de la semilla.
En la naturaleza la escarificación es mucho más rápida, pues la planta aprovecha los jugos digestivos de las aves y roedores que se alimentan de sus frutos, de manera que al defecar esparcen las semillas con sus excrementos con la cutícula ya perfectamente escarificada y permeabilizada a la hidratación. El paso por el tubo digestivo les permite superar con rapidez el letargo externo y ya sólo les queda por superar el letargo interno soportando durante unos meses las bajísimas temperaturas de las cimas de las montañas.
Con un palito procedí a hacer un agujero en la tierra de cada compartimento.
Y eché en cada uno de ellos una única semilla, cubriéndola con medio centímetro de tierra.
Tras un riego generoso cubrí el semillero con una rejilla de plástico, para protegerlo de los mirlos que adoran escarbar en la tierra húmeda de las macetas en busca de lombrices, perdiéndose así las semillas.
Ahora empezaba lo más delicado del proceso. Los pequeños fragmentos de micelio de micorriza que cada semilla llevaba pegados debían crecer en la tierra de cada compartimento y estimular así la germinación. Una vez producida ésta, sus filamentos blancos rodean las raicillas de la diminuta planta y empieza la simbiosis, la asociación mutualista que durará toda la vida del Cotoneaster. El hongo micorriza absorbe agua y nutrientes minerales de la tierra y, mediante unas pequeñas anastomosis entre los filamentos del micelio y las raíces, los transfiere a la planta micorrizada. Ésta le devuelve el favor transfiriéndole a cambio azúcares, proteinas y otros nutrientes sintetizados en las hojas mediante la fotosíntesis. Tu me das, yo te doy. Así funciona la vida en la naturaleza. La simbiosis es un mutualismo positivo perfecto. La otra simbiosis en la que una de las partes es explotada sin recibir nada a cambio se llama parasitismo.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando el día 19 de abril de 2015 vi que habían nacido dos pequeños Cotoneaster a los 15 meses de la siembra de las semillas. Fue tan grande mi alegría que casi me puse a saltar como un niño. ¡Lo había conseguido! ¡Había superado el reto! Enseguida escribí un email a Eva, Xavier y Rafel y otro a Josep Antoni Rosselló i Llorenç Sáez comunicándoles la buena noticia, y después publiqué esta misma foto en mi facebook. A los pocos días nacieron otros dos ejemplares y unas semanas después se asomó al mundo el quinto que por desgracia no logró sobrevivir.
Y aquí tenéis el resultado a los 619 días de la siembra, o lo que es lo mismo, a los 738 días de iniciado el proceso de la estratificación en frío. Las semillas que no han germinado lo pueden hacer en las próximas primaveras, ya que a veces tardan hasta 5 años en germinar.
Hace unos días me llamó Xavier Manzano para preguntarme si podía venir a buscar los Cotoneaster, y ayer por la mañana, día 6 de octubre de 2015, vino a primera hora acompañado por Eva Moragues. Se los llevaron directamente a la cima del Puig Major para plantarlos en su hábitat natural y reforzar así la exígua población existente.
Eva Moragues y Xavier Manzano posando con tres de los cuatro Cotoneaster majoricensis que plantarán cerca de su madre.
Con un servidor.
Dos de los Cotoneaster, tal vez los más sanos, vistos desde arriba.
Los mismos ejemplares vistos de lado.
Uno de los Cotoneaster visto de cerca.
Este es el tercer ejemplar que pasará el resto de sus días plantado en su hábitat natural cerca de su madre.
Visión cercana de uno de los Cotoneaster majoricensis en el que se aprecia la abundante pilosidad que cubre las hojas, sobre todo por el envés, los pecíolos y los brotes tiernos.
Los pelos son muy largos.
Xavier llevaba una lupa de botánico y nos hizo ver la abundante pilosidad.
Me hace mucha ilusión que estos tres pequeñajos de sólo cinco meses, que he cuidado con paciencia regándolos cada día durante el largo, tórrido y reseco verano mallorquín, ayuden a salvar la especie de la extinción. En esta imagen todavía estaban en mi huerto.
Y aquí los tenéis tras el viaje, primero por carretera y después a pie salvando desniveles vertiginosos, que les ha llevado a las altas cumbres de la Serra de Tramuntana, donde crecen los escasos ejemplares que logran sobrevivir a la depredación despiadada de la plaga de cabras asilvestradas, que curiosamente ningún político de ningún partido se ha atrevido jamás a controlar de verdad, pues parecen impedírselo poderosos intereses cinegéticos de "caza mayor" que mueven miles de euros, abonados generosamente por cazadores europeos multimillonarios que pagan cantidades astronómicas a los propietarios privados de las montañas por abatir los machos cabríos más hermosos y reducir así el estres que les ocasionan sus importantes negocios en sus impecables, pulcros y perfectos países del centro y norte de Europa.
Este escarpado desfiladero con una gran pendiente, orientado hacia el norte, es decir, hacia el cercano mar Mediterráneo que les va a aportar con regularidad la preciada humedad marina que tanto necesitan para sobrevivir, va a ser su hogar a partir de ahora. Eva y Xavier lo han elegido por estar cercado con tela metálica a prueba de cabras, por la abundante tierra calcárea que se acumula entre las rocas y por su orientación norte, que les asegurará un ambiente fresco y sombrío.
Me llena de orgullo y satisfacción ver a mis pequeñajos ya plantados en su hábitat.
Otro ejemplar recién plantado por Eva y Xavier. Ojalá sobrevivan los tres, logren alcanzar la madurez dentro de 6 ó 7 años y produzcan muchas semillas viables que faciliten su supervivencia.
La Consellería me ha autorizado a quedarme con el cuarto ejemplar, para que lo plante en mi huerto-jardín y sirva en el futuro como fuente de semillas para la reproducción y la repoblación.
Es el único que presenta una ligera clorosis. Se ve que la tierra vegetal es demasiado ácida para él, pues está adaptado a la tierra calcárea y arcillosa de las montañas mallorquinas.
En esta imagen se aprecia mejor la clorosis de las hojas.
Para darle un ambiente más acorde con sus gustos, he mezclado 4/5 partes de tierra calcárea de mi jardín con 1/5 parte de tierra vegetal.
Antes de rellenar la maceta con la mezcla de tierras he cubierto el fondo con piedrecillas del mismo huerto como drenaje.
Y aquí tenéis a mi pequeñajo que se ha quedado con papá.
Espero y confío en que la tierra caliza con un ph aproximado de 7'5 sea de su agrado y supere rápidamente la clorosis. Si todo va bien, dentro de unos años medirá alrededor de un metro y entonces empezará a producir ramilletes de florecillas blancas y sus primeros frutos piriformes.
A diferencia de la mayoría de rosáceas, el Cotoneaster majoricensis es capaz de madurar sus frutos por partenocarpia y producir semillas viables por partenogénesis sin necesidad de polinización cruzada. Ello es debido a una mutación relativamente frecuente en las plantas y especialmente en los helechos llamada Apogamia o Apomixis gametofítica, en la que queda bloqueada la meiosis durante la formación de las células germinales femeninas y en lugar de producir gametos haploides con la mitad de cromosomas, se produce una mitosis dando lugar a ovulos diploides con una dotación genética idéntica a su madre, que se convertirán en semillas viables y si germinan, nacerán de ellas plantas clónicas todas ellas con el mismo genoma que sus hermanas y su madre partenogenética. Así eran pues las 23 semillas que sembré y así son los cuatro ejemplares que han conseguido germinar. Mi pequeño Cotoneaster, a pesar de estar solo en el huerto y a muchos kilómetros de los ejemplares más cercanos, podrá producir frutos y semillas viables gracias a la apomixis gametófítica. ¡Benditas mutaciones!
Lo más sorprendente es la revitalización súbita de sus hojas "muertas" tras las lluvias de estos días. Habían permanecido caídas hacia abajo, mustias, resecas, marrón-grisáceas, es decir, muertas, durante los meses de invierno y en un par de días, nada más empezar a brotar la hermosa hoja nueva del ápice, las hojas viejas se han levantado, enderezado, rehidratado, expandido, reverdecido, con la misma clorosis que presentaban antes del invierno, como si nada hubiera pasado. Por suerte la nueva brotación no presenta ningún síntoma de clorosis, como podéis comprobar por su intenso color verde.
Esta curiosa forma de hibernación es una sorprendente adaptación para sobrevivir al frío intenso de las altas montañas mallorquinas, que son su hábitat natural, y a la sequía que a veces tortura a los seres vivos de la isla algún que otro invierno. Ignoro si los ejemplares que viven en las cimas de las montañas se comportan como caducos, perdiendo las hojas en otoño. Lo que si queda demostrado es que mi pequeño Cotoneaster no es caduco, sino más bien marcescente y reverdeciente: las hojas se secan, pero no se caen, permanecen todo el invierno péndulas y casi pegadas al tallo, rodeándolo como si de un abrigo se tratase, exactamente igual que las hojas de los robles marcescentes, pero, al contrario que en éstos, en que las hojas viejas se caen con la nueva brotación primaveral, en el caso del Cotoneaster majoricensis, no sólo no se caen, sino que reverdecen.
Yo alucino, ¿y vosotros?
Edito este artículo el día 28 de agosto de 2016 para que veais lo magnífico que se ha puesto mi pequeño Cotoneaster majoricensis.
En menos de cuatro meses desde la última foto ha triplicado su tamaño y ahora, a finales de agosto, está brotando vigorosamente.
Edito de nuevo este artículo el día 17 de noviembre de 2016 para mostraros su evolución en dos meses y medio.
El brote de la derecha se ha desarrollado bastante, superando al de la izquierda que en agosto era el más vigoroso.
Edito esta entrada el día 2 de marzo de 2017 para mostraros su estado tras superar los peores meses de invierno.
A primera vista su aspecto es deplorable con sus hojas caídas, algunas de ellas aparentemente secas, es decir, en su peculiar estrategia de semi-marcescencia para poder sobrevivir al invierno mallorquín.
Edito de nuevo esta entrada el día 29 de junio de 2017, unos cuatro meses después de la anterior fotografía, para mostraros su vigorosa brotación primaveral.
La yema apical de una de sus dos ramillas, la que se ve a la izquierda de la imagen anterior, ha brotado con un vigor inusitado y se ha alargado cerca de 20 centímetros. Como podéis apreciar, las hojas caídas y medio secas de la imagen anterior se han erguido y reverdecido como si nada hubiera pasado. Intentando imitar su hábitat natural húmedo y sombrío en la alta montaña mallorquina lo riego cada dos días y lo mantengo a la semisombra de la espléndida copa de una encina de bellotas dulces de 33 años de edad, que sembró mi madre en una maceta en el otoño de 1983 y luego me la regaló para que la plantase en mi jardín. Al cotoneaster sólo le llegan los primeros rayos de la mañana y la luz que logra filtrarse a través de la tupida copa del imponente árbol que tiene en su cara suroeste.
Se ve hermoso, ¿verdad?
Edito de nuevo esta entrada el día 8 de julio de 2018, un año después de la fotografía anterior, para mostraros su excelente aspecto.
Ya tiene tres años, dos meses y veinte días. Se ha ramificado en dos brazos principales.
Sus hojas son grandes, sanas, lustrosas, sin clorosis.
Edito de nuevo esta entrada el día 28 de diciembre de 2019, diecisiete meses después de la fotografía anterior, para mostraros su aspecto tras la caída de las hojas.
Ya tiene cuatro años, siete meses y quince días y como se puede ver en la imagen, tras los primeros años comportándose como marcescente, al entrar en la "adolescencia" definitivamente se comporta como caduco. Mide 90 centímetros desde la base del tallo hasta la punta de la ramilla más alta.
Si os fijáis, sus hojas "infantiles" del año pasado, sí se comportan como marcescentes.

































































































