viernes, 30 de octubre de 2026

El relicto laurel silvestre de las cumbres de Mallorca

Sí, amigos, aunque parezca increible, en plena Serra de Tramuntana de la siempre sedienta Mallorca crece una pequeña población de laureres silvestres, Laurus nobilis, una reminiscencia, una relíquia de los exuberantes bosques de Laurisilva formados por árboles planifolios de hoja perenne, que hace siete millones de años cubrían buena parte de Europa, el norte de África, las islas del Mediterráneo y las todavía hoy paradisiacas islas que conforman los archipiélagos de la Macaronesia: Canarias, Madeira y Azores, a excepción de las islas de Cabo Verde. Con las glaciaciones del Cuaternario estos bosques adaptados a un clima cálido y lluvioso subtropical se fueron extinguiendo del norte hacia el sur, siendo substituidos principalmente por bosques de coníferas. En la actualidad este árbol planifolio sobrevive en los bosques más frescos y húmedos de la península Ibérica, sobre todo costeros, y en otros entornos con un clima semejante del resto del Mediterráneo, como el pequeño reducto mallorquín que hoy os presento. Se podría decir que donde crece el laurel de forma natural hace millones de años fueron bosques de laurisilva semejantes a los de la actual Macaronesia.

 En el centro de la imagen se puede ver un imponente laurel, tal vez centenario, con las hojas de un verde más claro que las más oscuras y grisáceas de los acebuches que lo rodean. Abajo a la derecha se ven dos gamones, Asphodelus ramosus.
 
Durante millones de años las escorrentías formadas por el agua de lluvia y por el deshielo primaveral, como lo son los paradisíacos Torrent des Gorg Blau, también conocido como Torrent de Sa Fosca, y el Torrent de Lluc o d'Aubarca, que unen sus aguas  en el lugar llamado S'Entreforc y dan nacimiento al mítico Torrent de Pareis, han ido disolviendo poco a poco la dura roca calcárea de las cumbres de las montañas mallorquinas —roca viva la llamamos los isleños por su dureza, a diferencia de la roca de arenisca o marés— hasta dejarla convertida en finísimas aristas kársticas de lapiaz, muchas de ellas paralelas entre sí como las hojas de un libro. Allí, protegidos del gélido viento que en invierno sopla de tramuntana y profundamente enraizados en la escasa tierra que se acumula al fondo de las grietas formadas por las hojas de roca, vive este aromático fosil viviente, el ancestro de nuestro culinario laurel que da sabor y aroma a nuestros guisos.

Un paisaje todavía no hollado por el hombre, inhóspito, agreste, salvaje y a la vez extraordinariamente hermoso, impactante, como de cuento de hadas, con las aristas kársticas de un blanco inmaculado, luminoso, cegador, que obliga a entornar los ojos para no deslumbrarse. 
 
Otros árboles y arbustos planifolios, también fósiles vivientes de la ancestral Laurisilva europea, acompañan al laurel mallorquín, como el aladierno, Rhamnus aladernus, el mundillo, Viburnum tinus, el madroño, Arbutus unedo, el boj, Buxus balearica (actualmente crece en lugares muy cercanos pero no comparte exactamente el mismo hábitat kárstico), el guillomo, Amelanchier ovalis y el acebo, Ilex aquifolius, estos dos últimos escasísimos y refugiados en las cimas más inacesibles de las montañas, además de la rupícola rastrera hiedra, Hedera helix (arriba en el centro de un verde luminoso). A la izquierda se pueden ver varios laureles de un verde más claro que los acebuches y arriba, a lo lejos, se pueden distinguir varios más.

En primer plano varios laureles, alguno de ellos centenario, con la copa al sol que les da la vida, el tronco y ramas principales a su sombra y las raíces profundamente enraizadas entre las hojas kársticas. en un substrato formado por los granos de tierra caliza desprendidos de las rocas y por la hojarasca en descomposición, que actua como una esponja y retiene el agua de las lluvias otoñales, hivernales y primaverales y la escasa humedad del rocío de la madrugada en los tórridos meses de verano, que se concentra sobre sus hojas planifolias y cae luego gota a gota sobre el grueso mantillo, regando así las sedientas raíces del laurel con un agua dulcísima, lo cual le permite sobrevivir al largo estío mallorquín, en el que es habitual que no llueva ni una gota durante cuatro o cinco meses.

Laurel solitario de un verde luminoso con la copa a pleno sol y las raíces en lo profundo de las hojas paralelas de lapiaz. A la derecha se ve parte de otro laurel y al fondo otro ejemplar cuya copa sobresale por encima de los acebuches que lo rodean.

Hojas y flores de un laurel masculino en primavera. Este árbol es dioico con ejemplares masculinos y femeninos.
 
En la Grecia y Roma clásicas se premiaba a los héroes de las batallas, a los vencedores en los juegos deportivos y a los grandes poetas y filósofos con una corona de laurel. De ahí viene lo de laureado.
 
Ejemplar femenino con frutos maduros a principios de otoño.
 
 
 

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