miércoles, 15 de marzo de 2017

Acodo aéreo de Zapote blanco de México

Este mediodía, con un sol radiante de primavera, me ha parecido un buen momento para realizar un acodo aéreo a este largo brote de Zapote blanco de México, Casimiroa edulis, de la familia de las Rutaceae, la misma que los naranjos, los limoneros y la ruda.

 El árbol tiene catorce años y mide unos siete metros de altura. Procede de una semilla que recogí en el suelo bajo la copa de su madre, que crece feliz en el fantástico Jardín botánico de la Orotava de Tenerife. En este enlace encontraréis información sobre este frutal mexicano --->  Blanco, Negro, Amarillo: los Zapotes de México

 Éste es el brote lateral que he acodado.

 Detalle de la zona a acodar. El brote sale de la parte inferior del tronco, casi a la altura del suelo.

 Con un cuchillo de injertar le he hecho dos cortes paralelos separados unos dos centímetros y luego un corte vertical para despegar un anillo de corteza.

 El cambium blanco y jugoso queda a la vista sin la protección de la corteza. La zona descortezada impide que la savia procesada por las hojas del brote baje por la corteza hacia las raíces en su continua circulación hojas-raíces-hojas-raíces..... La savia queda bloqueada en la parte superior del corte y busca desesperada una salida para completar el ciclo circulatorio vegetal. Al no hallar raíces se ve obligada a formarlas a partir del cambium subcortical, que contiene células-madre pluripotenciales.

 Una bolsa transparente es ideal para el acodado de este brote. Se le abre la parte inferior para poderla meter como si fuera un calcetín.

 La bolsa pasando por el ápice del brote.

 Al llegar a la altura del corte se ata fuertemente unos centímetros por debajo del mismo con un trozo de rafia o de cualquier cuerda.

 Luego se rellena la bolsa con tierra vegetal húmeda procurando que el sustrato rodee el corte del brote.

 Una vez rellenada la bolsa se ata por su parte superior.

 A continuación se rodea la bolsa del acodo con rafia apretando fuertemente para que la tierra húmeda contacte íntimamente con la zona descortezada.

 Se rodea con papel de aluminio o con papel de periódico para evitar que le dé el sol que lo recalentaría, el sustrato entraría en ebullición y quemaría (herviría) la zona a acodar.

 Y finalmente se sujeta el papel de aluminio con varias vueltas de rafia. Cada dos o tres semanas se le deben inyectar varias jeringazos de agua con una jeringuilla intramuscular, hasta que las nuevas raíces se hayan formado y se transparenten a través del plástico, momento en el que se procederá a separar el acodo del árbol-madre. Habremos obtenido así un nuevo zapote blanco que podremos plantar directamente en su lugar definitivo o provisionalmente en una maceta.

Transcurridos 101 días exactos desde el acodado, edito esta entrada el día 24 de junio de 2017 para mostraros el resultado. 

El acodo de Zapote blanco ha emitido numerosas raíces gruesas y vigorosas. Su punta empuja el plástico con la intención de perforarlo en busca de tierra nueva donde enraizar.

 Durante estos 101 días el acodo ha crecido de una manera espectacular desde los 160 cms. que medía el día del acodado (primera foto de esta entrada) hasta los 270 cms. que mide ahora. En la imagen lo podéis ver ya separado del árbol-madre sostenido por Matilde con Jaume a su lado, una pareja de amigos a los que he regalado el acodo.

sábado, 11 de marzo de 2017

Huevo de oca con hojas rehogadas de gamón

 

Hace unos días, mientras escribía el vigésimo primer capítulo de mi nueva novela sobre la hibridación de los Homo sapiens y los Homo neanderthalensis, mi mente retrocedió cincuenta años atrás y me vino de pronto a la memoria lo que me contó mi abuelo paterno sobre el hambre que pasó de niño. Los dos íbamos montados sobre el carrito tirado por la burrita Margarita. Lo recuerdo como si fuera ahora. Veníamos de buscar setas y llevábamos varios kilos de numerosas especies: nízcalos, russulas, pleurotus, negrillas, amanitas, champiñones, rebozuelos, etc... Mi abuelo disfrutaba de enseñarme a distinguir las setas comestibles de las tóxicas. No las he olvidado. Me quedaron grabadas para siempre de forma indeleble en mi memoria. 

 

De camino hacia casa me relataba con todo lujo de detalles sus vivencias de niño en los primeros años del siglo veinte, de como sus hermanos mayores le enterraban hasta el cuello para irse a jugar y no tener que estar pendientes de él, de como su madre se quedó dos veces viuda y tuvo que trabajar sola en el campo de sol a sol para poder alimentar a sus seis hijos, de como él con cuatro o cinco años arrancaba la cal de las paredes de su casa y se la comía como si fuera una chocolatina. Sus huesos estaban creciendo y necesitaban calcio, y de forma instintiva intentaba suplir la carencia con la cal que blanqueaba su hogar. Me explicaba que en aquellos años tan infaustos para su familia comían todo lo que encontraban en el campo: hierbas, frutillas silvestres, tubérculos de gamón y esparraguera, setas, caracoles, pajarillos, palomas torcaces, perdices, erizos, conejos, liebres, todo lo que fuera comestible. Lo de los tubérculos me llamó mucho la atención y quise saber si estaban buenos. Su madre los cocinaba asados sobre las brasas o hervidos con otras verduras como si fueran patatas.

 Huevo de oca. 

Hace cinco años sembré en un macetón semillas de esparraguera de la especie Asparagus horridus, que da espárragos trigueros gruesos y muy sabrosos. Germinaron masivamente, pero crecían muy poco a poco y decidí esperar un par de años para trasplantarlos en el jardín. Cuando al tercer año quise sacarlos del macetón fue casi imposible separar sus enmarañadas raíces, muchas de las cuales, para mi sorpresa, habían engordado y se habían transformado en tubérculos ahusados de color blanquecino. Recogí más de un kilo. También entonces me acordé de mi abuelo y quise probarlos. Los herví en agua y sal mezclados con otras verduras y os aseguro que se me antojaron deliciosos, con una textura mucho más fina que las patatas.


Esta mañana me he desplazado a una zona donde abundan los gamones de la especie Asphodelus aestivus, con la idea de probar las hojas tiernas de esta liliácea. Hace un par de días busqué información en internet sobre esta planta y encontré que en el País Vasco se comen sus hojas tiernas, a las que llaman puerros, cocinadas en un plato ancestral llamado Purrusalda. Tanto las hojas como los tubérculos de gamón contienen Asfodelina, un alcaloide tóxico que acelera el corazón. Por suerte es termolábil y desaparece con la cocción. Esto lo saben bien los vascos más mayores, sobretodo los que viven en el campo. Sus antepasados se alimentaron de gamones durante generaciones. Para ellos los "puerros" de gamón eran una delicatessen. Los estudiosos creen que esta costumbre culinaria les viene de tan atrás en el tiempo como el Neolítico.

 Tras separar las hojas más viejas y los extremos más correosos tienen este curioso aspecto que recuerda a los puerros.

 Los gamones suelen crecer en lugares muy soleados sobre tierras pobres y pedregosas, aunque no desdeñan los campos de labranza abandonados a los que colonizan rápidamente.

 Aquí podéis ver un campo abandonado cubierto de gamones, lo que recibe el nombre de gamonal.

 Los gamones suelen florecer desde finales de febrero hasta principios de junio.

 Sus flores blancas se abren en lo alto de un largo tallo ramificado.

 Tras hervir las hojas más tiernas en agua con sal durante media hora, las he rehogado en una sartén con aceite de oliva y las he acompañado con un huevo de oca. Os aseguro que me han sorprendido por su excelente sabor. Han pasado seis horas y me siento estupendamente. Los gamones pues son perfectamente comestibles, pero siempre cocinados, nunca crudos. Algún día probaré también sus tubérculos y volveré a recordar con cariño las enseñanzas de mi abuelo.

domingo, 19 de febrero de 2017

SIEMBRA DE PATATAS EN UN MACETÓN

Siempre he deseado hacer este experimento: comprobar si se pueden cultivar patatas con éxito en un macetón y cuántos kilos puedo obtener de tres patatas. Así que ayer me puse manos a la obra y rellené tres macetones con diferentes materiales vegetales compostados. Este método es ideal para cultivar nuestras propias patatas en un balcón o una terraza.

Como semilla utilicé tres patatas rojas de la variedad norteamericana Red Pontiac, buenas para hervir, tres patatas negras de la variedad peruana Vitelotte noire y tres patatas blancas de la variedad holandesa Caesar, buenas para freír.

Aquí podéis ver los tres grandes macetones. He necesitado mucha materia orgánica para rellenarlos. En la parte inferior como drenaje he puesto una gruesa capa de unos 25 centímetros de fibras y pecíolos medio compostados de palmera canaria y trozos de un tronco podrido de un viejo ciprés que murió abatido por el viento hace unos 12 años, por encima una capa de fibra de coco de unos 5 centímetros y finalmente en la parte superior una capa de unos 10 centímetros de tierra vegetal Composana que siempre me ha dado muy buenos resultados.

Antes de sembrarlas he tenido las patatas dentro del invernadero durante dos semanas para que sus yemas empezasen a brotar. En la imagen podéis ver los brotes de una patata Caesar, la menos friolera.

Las tres patatas Caesar ya situadas en su respectivo macetón.

Brotes de una patata Red Pontiac, cuya piel y brotes son rojos por contener antocianos antioxidantes de dicho color.

Las tres patatas Red Pontiac en su macetón.

La patata negra de los Andes peruanos es tan rica en antocianos morados y azules que a simple vista se ve negra. Su poder antioxidante y estimulante de las defensas es muy grande. Debería promocionarse su consumo. Como podéis ver sus yemas son tan oscuras como la patata misma.

Bajo la intensa luz del sol se ven de color morado muy oscuro.

Ya están sembradas las nueve patatas.

Ya sólo queda cubrirlas de tierra y regarlas.

En mi huerto abundan los mirlos, que tienen la costumbre de escarbar en las macetas creyendo que encontrarán lombrices. Para evitar que me fastidien el experimento he cubierto los macetones con tela mosquitera. Cuando las patatas hayan brotado y ya no haya peligro de que me las arranquen, las destaparé. De paso también las protejo de alguna helada tardía inesperada.

A medida que los brotes crezcan iré añadiendo más tierra, ya que las patateras producen los tubérculos en las raíces adventicias que brotan del tallo.

Durante los próximos meses iré publicando más fotos y os mantendré informados de su evolución. Espero obtener como mínimo de uno a tres kilos de tubérculos por cada patata sembrada.

Edito dia 25 de mayo de 2017 para mostraros la cosecha de patatas.

1º--- Las patatas rojas Red Pontiac seguramente estaban tratadas con polvos antigrillado o antigerminación y acabaron pudriéndose bajo tierra sin echar brotes.

2º--- Las patatas blancas Caesar fueron las primeras en germinar. Los brotes crecieron rápidamente, pero a los tres meses empezaron a secarse sin florecer. 

 Patateras Caesar a los 92 días de la siembra.

 Al volcar el macetón sobre varios sacos de maiz han aparecido numerosas patatas tiernas de mediano y pequeño tamaño.

 Cosecha de patatas Caesar.

De las tres patatas que sembré, que pesaban 500 gramos, he obtenido 2.250 gramos, exactamente un 450% de producción y un 350% de beneficio.

3º--- Las patatas negras Vitelotte noire germinaron una semana más tarde que las Caesar. A los tres meses sus brotes han empezado a secarse sin florecer.

 Patateras Vitelotte noire a los 92 días de la siembra.


Al volcar el macetón sobre los sacos cada patatera ha producido una docena de patatas como las de la imagen.

 Cosecha de patatas negras Vitelotte noire.

De las tres patatas que sembré, que pesaban 200 gramos, he obtenido una cosecha de 800 gramos, exactamente un 400% de producción y un 300% de beneficio.

 El total de la cosecha: 3.050 gramos.
 
Y aquí tenéis la cena de patatitas nuevas que me preparé, acompañándolas con habas tiernas, una alcachofa, un tomate Raf y un botifarrón mallorquín para dar sabor al guiso, todo regado con un chorreón de aceite de oliva virgen extra.

sábado, 18 de febrero de 2017

Tortilla de patatas con espárragos trigueros y lágrimas de la Virgen

 Hoy me he fijado en que ya han florecido los ajos silvestres llamados Lágrimas de la Virgen, Allium triquetrum. También están brotando los turiones de los espárragos trigueros, Asparagus acutifolius y como cada año por estas fechas me ha apetecido hacerme una tortilla con estas dos plantas silvestres.

INGREDIENTES

-Medio kilo de patatas de la variedad Ágata.
-Un manojo de espárragos trigueros.
-Una docena de inflorescencias de lágrimas de la Virgen.
-Aceite de oliva.
-Pimienta negra.
-Sal.

 Las florecillas de este ajo silvestre son muy bonitas vistas de cerca.

 Una docena de inflorescencias son suficientes para una tortilla para dos personas.También se pueden comer crudas tal cual en ensalada. Tienen un sabor muy suave a ajo y le dan un toque delicioso a la tortilla.

 Éstos son los espárragos trigueros que he cogido dando una vuelta por mi huerto. Dan un sabor intenso y exquisito a la tortilla.

 Y aquí la tenéis. Os aseguro que me he puesto las botas.

Jugosa, melosa, sabrosa, una explosión de aromas y sabores en la boca. 

¡Buen provecho, amigos!


sábado, 28 de enero de 2017

¿Por qué sólo llevamos entre un 2% y un 6% de genes neandertales en nuestro genoma híbrido?

Homo sapiens X Homo neanderthalensis : la genética es irrefutable y nunca miente.

De no haberse diferenciado tanto su genoma por haber permanecido las dos especies separadas durante 590.000 años, seguramente tendríamos cerca del 50% de genes neandertales en nuestro ADN híbrido y la mitad de nosotros seríamos pelirrojos o rubios y tendríamos los ojos azules y la piel mucho más blanca.

Cuando ambas especies de homínidos se encontraron en Oriente próximo y en Europa, tras la salida de África del Homo sapiens, sus genomas se habían diferenciado tanto que sólo eran compatibles parcialmente. Habían dejado de ser razas 100% compatibles del género Homo (como por ejemplo lo son los esquimales del Ártico y los bantúes africanos o los tibetanos y los bereberes) y se habían convertido en especies bien diferenciadas y casi incompatibles. Este casi significa que todavía podían tener descendencia (como los caballos y las burras o los caballos y las cebras), pero sólo algunas de sus hijas nacían sanas y fértiles, mientras que las demás hembras y los varones o bien eran estériles o bien nacían portando numerosas enfermedades genéticas e inmunológicas que acortaban sus vidas, por lo que casi no les daba tiempo a dejar descendencia. De haber estado separadas ambas especies más de un millón de años sus genomas se habrían diferenciado tanto entre sí a través de mutaciones que habría resultado imposible una hibridación interespecífica.

Para entender esta incompatibilidad debemos tener en cuenta los siguientes puntos:

A- El cromosoma Y neandertal no ha dejado rastro en el genoma del sapiens moderno.

De ello se deduce que los híbridos varones hijos de padre neandertal y madre sapiens eran estériles. En el cromosoma Y neandertal, muy similar al de los chimpancés y los bonobos, sólo había los genes que codifican la diferenciación sexual del embrión masculino y la producción de testosterona, pero estaban ausentes los genes que codifican la formación de células germinales en los testículos, es decir, las espermatogonias. Ello daba lugar a híbridos varones neandertal-sapiens perfectamente conformados y aparentemente sanos, pero cuyo semen carecía de espermatozoides. En los neandertales los genes que codifican la espermatogénesis estaban localizados en el cromosoma X, mientras que en los sapiens estaban en el propio cromosoma Y. De ahí que la combinación de un X sapiens y un Y neandertal careciera de los genes de la espermatogénesis y por tanto todos los híbridos varones eran estériles.

Por otro lado, la otra combinación posible en varones, la de un padre sapiens y una madre neandertal, producía también esterilidad, ya que la existencia de dos grupos de genes no homólogos e incompatibles que intentaban codificar la espermatogénesis de forma independiente unos de otros, los genes neandertales en el cromosoma X y los genes sapiens en el cromosoma Y, al intentar realizar su función por distintas vías y a través de distintos mediadores químicos, daba lugar a una alteración tan severa en la formación de las células germinales en los testículos que derivaba también en la esterilidad de los varones sapiens-neandertal.

Así pues, los genes neandertales que llevamos en nuestro genoma moderno han llegado hasta nosotros casi exclusivamente por vía femenina.

B- El cromosoma X neandertal sólo ha dejado unos pocos genes neandertales integrados en nuestro cromosoma X moderno.

Esto significa que el cromosoma X neandertal no sólo provocaba esterilidad en los híbridos varones de primera generación, sino también en los nietos y biznietos de segunda y tercera generación ad infinitum a través de las hembras híbridas, que transmitían a sus hijos varones su cromosoma X neandertal. Con el paso del tiempo la prevalencia de dicho cromosoma, al transmitirse sólo por vía materna, fue disminuyendo de generación en generación hasta la actualidad en que sólo quedan de él unos pocos genes en el cromosoma X de algunos humanos modernos.

C- El cromosoma mitocondrial neandertal no ha dejado ningún rastro en nuestro cromosoma mitocondrial moderno.

El llamado cromosoma o ADN mitocondrial és un fragmento de ADN situado en los orgánulos intracelulares llamados mitocondrias. Su misión es regular el metabolismo celular y sólo lo transmiten las madres a través del óvulo a todos sus hijos, tanto varones como hembras. El hecho de no haberse encontrado ningún gen mitocondrial de origen neandertal en nuestras mitocondrias es una prueba contundente de que sólo ha llegado hasta nosotros el ADN mitocondrial sapiens. Algo impidió que las hembras neandertales al cruzarse con un varón sapiens transmitieran su cromosoma mitocondrial a sus descendientes híbridos. ¿Era tal vez incompatible este fragmento de ADN no nuclear con la supervivencia de los híbridos gestados por una hembra neandertal? ¿Nacían enfermos y no llegaban a reproducirse al morir muy jóvenes?

D- El cromosoma 7, que en los sapiens modernos contiene los genes que codifican el lenguaje, también carece de genes de origen neandertal.

De ello se infiere que el cromosoma 7 neandertal carecía de los genes del lenguaje, bien porque todavía no habían adquirido dicha capacidad o bien porque los genes del lenguaje neandertales estaban situados en otro cromosoma distinto al 7, siendo esta segunda hipótesis la más probable, dado lo evolucionados que estaban los neandertales en el momento del encuentro entre las dos especies, tanto o más que los primeros sapiens africanos recién llegados a Eurasia.

Muchos de los genes heredados de los neandertales favorecieron la supervivencia de los híbridos al hacerlos más resistentes al frío extremo y a la escasa luminosidad del norte de Eurasia. Los sapiens procedían del África tropical, eran pues de piel muy oscura y su metabolismo no estaba adaptado a soportar el frío. Los neandertales, en cambio, habían evolucionado durante 590.000 años desde su ancestro africano con numerosas mutaciones adaptativas a las bajas temperaturas y a la baja radiación ultravioleta del siempre nublado norte, modificando su metabolismo y transformando la eumelanina de su piel, su iris y su pelo (piel, ojos y cabello muy oscuros), que en África les protegía del sol tropical, en feomelanina (piel blanca con pecas en las zonas expuestas al sol, ojos azules, grises o verdosos y cabello pelirrojo), que permite la absorción de los rayos ultravioleta a través de la piel y facilita así la síntesis de vitamina D.


Al hibridarse medio millón de años después con su lejano pariente africano, el Homo neanderthalensis transfirió a los híbridos sus adaptaciones metabólicas al frío, la blancura de su piel, sus ojos claros y su pelo rojizo. Esto les permitió mantener sus huesos fuertes, de manera que los híbridos de piel clara sobrevivían más que los sapiens puros de piel oscura, al sufrir menos fracturas y consolidarse antes los huesos fracturados.

Por otra parte, los mismos genes neandertales que permitieron sobrevivir a los híbridos, en combinación con otros genes, digamos, inadecuados para los sapiens, les ocasionaron enfermedades metabólicas y autoinmunes que han persistido hasta nuestros días: diabetes tipo II, hiperlipemia, tendencia a la obesidad, hipertensión arterial, cardiopatía hipertensiva, lupus, psoriasis, vitíligo, queratosis actínica, depresión, artritis reumatoide, tiroiditis de Hashimoto, cirrosis biliar, enfermedad de Crohn y otras patologías.

Según las últimas estimaciones de los genetistas que están estudiando esta apasionante hibridación se calcula que sumando los diferentes genes neandertales encontrados en  los numerosos genomas euroasiáticos actuales estudiados se puede deducir que sobrevive en nosotros hasta un 30% del genoma neandertal, aunque a nivel individual cada uno de nosotros sólo llevemos entre un 2% y un 6% de sus genes.

CRUZAMIENTOS POSIBLES SAPIENS X NEANDERTAL

-Hijos varones de padre Sapiens y madre Neandertal --> Estériles  a causa del cromosoma X neandertal  de su madre que bloquea o altera la espermatogénesis.

-Hijos hembras de padre Sapiens y madre Neandertal --> Esta combinación provocaba el aborto del feto hembra o baja esperanza de vida en las hijas híbridas a causa del cromosoma mitocondrial neandertal de su madre.

-Hijos primogénitos varones de padre Neandertal y madre Sapiens --> Viables pero estériles. El cromosoma Y neandertal en híbridos varones provocaba esterilidad por ausencia de espermatogénesis en sus testículos.

-Hijos segundos varones de la misma madre, posteriores al primogénito, de padre Neandertal y madre Sapiens --> No viables (los embriones abortaban porque los antígenos de histocompatiblidad del cromosoma Y neandertal generaban anticuerpos de rechazo en la madre sapiens que ya había gestado antes a un híbrido varón con Y neandertal).

-Hijos hembras de padre Neandertal y madre Sapiens --> Viables y fértiles en primera generación--> Hembras A

-Hijos varones de padre Sapiens y madre híbrida viable y fértil (hembra A) --> (Retrohibridación) --> 50% de hijos varones híbridos de 2ª generación sanos y fértiles (sólo los que heredaban el cromosoma X sapiens de su abuela sapiens) y el restante 50% con el cromosoma X neandertal de su abuelo, estériles.

-Hijos varones de padre Neandertal y madre híbrida viable y fértil (hembra A) --> (Retrohibridación) --> 50% de hijos varones híbridos de segunda generación viables y fértiles (X neandertal + Y neandertal, compatibles entre sí) y el otro 50% viables y estériles (X sapiens + Y neandertal).

-Hijos hembras de padre Sapiens y madre híbrida viable y fértil (hembra A) --> (Retrohibridación) --> 100% de hembras híbridas de segunda generación viables y fértiles. (50% X sapiens + X neandertal igual a su madre y el otro 50% X sapiens + X sapiens).

-Hijos hembras de padre Neandertal y madre híbrida viable y fértil (hembra A) --> (Retrohibridación) --> 100% de hembras híbridas de segunda generación viables y fértiles. (50% X neandertal + X neandertal y el otro 50% X neandertal + X sapiens igual a su madre).

Así pues, en conclusión, si los humanos actuales de origen euroasiático llevamos genes neandertales en nuestro genoma es gracias a nuestras abuelas sapiens, quienes, bien voluntariamente (algunos paleoantropólogos suponen que las hembras sapiens se sentían fuertemente atraídas por los varones neandertales, mucho más robustos y viriles que los sapiens) o por violación, fueron fecundadas con el semen de un neandertal y permitieron a sus descendientes híbridos adaptarse y sobrevivir al gélido norte. Muchos de sus descendientes pagaron el experimento interespecífico con sus vidas y otros muchos jamás tuvieron descendencia, pero el resultado final fue un homínido con una inteligencia y una capacidad de adaptación extraordinarias.

El Homo neanderthalensis no se extinguió, no desapareció, no fue aniquilado por el Homo sapiens. Los últimos estudios concluyen que ambos homínidos llegaron a convivir amistosamente juntos, incluso en clanes mixtos, durante varios milenios y acabaron fundiendo sus genomas en una nueva especie, el Homo hybridus, ¡Nosotros!

Recreación novelada ---> TZAH, EL DRIMISH



sábado, 14 de enero de 2017

Hermano bosque, hermana humana

(Segunda parte de Hermana encina, hermana humana)

La quinceañera Eufrasia no quiso comerse la primera bellota de Heliodora, su hermana encina. Esta la había madurado para ella en su primera fructificación. Era un regalo de amor hacia su hermana humana. Bueno, en realidad había madurado tres, pero las otras dos eran para los padres de Eufrasia. Ellos sí se las comieron. 


A Robustiano, su padre, se le humedecieron los ojos por la emoción cuando sintió en su boca el dulzor de la pulpa blanca de la bellota. Él lo había intuido quince años atrás cuando sembró la semilla de la que nacería Heliodora. Los frutos del amor deben ser dulces, en justicia no pueden ser amargos, y Robustiano la había sembrado con mucho amor. 

Eufrasia, pues, no se comió su bellota. Tras darles a sus padres las otras dos, se guardó la suya en un bolsillo y estuvo pensando qué hacer con ella durante toda la tarde. No habiendo encontrado todavía una respuesta, por la noche, nada más acostarse, se durmió enseguida y empezó a soñar. En su mundo onírico vio un inmenso bosque de imponentes encinas, tan tupido que bajo las copas de los árboles, en el sotobosque, reinaba una oscuridad casi absoluta. Solo algún travieso rayo del sol osaba atravesar aquel inmenso mar de tupidas ramas cubiertas de hojas, creando un paisaje de ensueño, de cuento de hadas, un inmenso manto verde lleno de vida y esperanza. 


Se veía a sí misma paseando por el interior del encinar, acariciando con ternura los gruesos, oscuros y rugosos troncos de las encinas, hablándoles palabras bonitas, como había aprendido a hacer imitando a su padre, aspirando el aire húmedo, limpio y fresco con aroma a hojarasca buena, sintiendo como una caricia en sus oídos el suave murmullo de las hojas mecidas por la brisa y el piar feliz de los pajarillos que allí vivían y notando el agradable crepitar del grueso mantillo bajo sus pies. De pronto, en lo más profundo de aquel bosque interminable, se encontró con un árbol descomunal, un coloso, un gigante vegetal, la encina más alta y gruesa de todo el encinar, cuya enorme copa de oscuras hojas sobrepasaba en muchos metros a todas las demás. Era Heliodora, su hermana de madera. 


Habían transcurrido más de sesenta años y ambas hermanas, la humana y la arbórea, eran ya dos ancianas septuagenarias. Eufrasia la reconoció enseguida, se abrazó a su tronco, besó su áspera corteza, y le saltaron las lágrimas de pura emoción. La quería con toda el alma.

Cuando Eufrasia despertó de su sueño, miró la bellota con ternura, la acarició entre sus dedos, le dio un beso, y entonces se le iluminaron los ojos y de pronto supo lo que tenía que hacer. Se vistió a toda prisa, desayunó el vaso de leche de cabra con miel de romero que le había preparado su madre y salió corriendo hacia el campo presa de una gran excitación. En su mano llevaba la primera bellota de Heliodora. 

Atravesó rauda el tortuoso sendero del castañar y llegó a donde estaba su amada hermana de madera. La miró con ternura sintiendo un gran amor por ella y en su mente volvió a hablarle palabras bonitas.

—Heliodora, hermanita mía, te agradezco tu primera bellota, tu regalo de amor, pero es tu hija y sería una crueldad comérmela y matarla. Yo te la devuelvo para que de ella nazca otra encina tan hermosa como tú. La sembraré cerca de ti y así la verás crecer y os haréis compañía —le dijo emocionada su hermana humana.

—Eufrasia, hermanita mía, tu gesto al devolverme a mi hijita es mucho más hermoso que el mío al regalártela. Verla crecer a mi lado me llenará de felicidad. ¡Gracias, muchísimas gracias! —le contestó su hermana encina con su ronca y profunda voz de madera.

La muchacha buscó entonces un palo, cavó con él un pequeño hoyo en la tierra y sembró allí la bellota y, como hiciera con Heliodora, cada día de primavera y verano le llevó una botella de agüita dulce para que la bebieran sus raíces sedientas y en otoño e invierno, un puñado de nutritivo estiércol de oveja, como si de una golosina se tratase, para que estuviera bien alimentada y creciera sana y vigorosa como su madre.


Y así, a partir de entonces, cada otoño Eufrasia recogía la abundante cosecha de bellotas dulces de Heliodora, sembraba la mitad de ellas alrededor de su hermana encina y les llevaba a sus padres la otra mitad. Sesenta años después las decenas de miles de bellotas que había sembrado año tras año alrededor de su hermana Heliodora se habían convertido en un bosque inmenso, bellísimo, tan tupido que resultaba casi impenetrable y sobre todo rebosante de vida, tanto que miríadas de aves y otros animalillos lo habían convertido en su hogar y llenaban el espeso silencio de aquel encinar de ensueño con sus melodiosos cánticos llenos de alegría de vivir. 

Eufrasia lo dejó escrito en su testamento: "Cuando muera, quiero que esparzan mis cenizas a los pies de mi hermana encina. Así sus raíces se alimentarán de los minerales que forman mi cuerpo, y pasaré a formar parte de ella, de su tronco, de sus ramas, de sus hojas, de sus bellotas y de su alma de madera".