jueves, 29 de agosto de 2013

Higuera sevillana, del Guadalquivir a Mallorca

Un recuerdo entrañable de la mili

Hace algo más de ocho años, en mayo de 2005, viajé a Sevilla para calmar mi nostalgia por esta bellísima ciudad de Al-Andalus que llevo metida en el alma. Allí viví durante doce meses haciendo la mili en el Cuartel de Caballería de Alcalá de Guadaíra, desde marzo de 1981 hasta febrero de 1982. Han pasado ya 31 años y parece que fue ayer. Siempre recordaré con mucho cariño a los compañeros sevillanos.

 Justo después de jurar bandera el dia 22 de febrero de 1981.

El primer dia en el cuartel, por la tarde, al terminar la instrucción, me fui solo a la cantina con un susto tremendo en el cuerpo, sin conocer a nadie y con la sensación de estar encerrado en una especie de campo de concentración. Hacía sólo una semana escasa que se había perpetrado el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. El ambiente militar estaba muy cargado, tenso, enrabietado, con los sables desenvainados y listos para la acción. Los nuevos soldados estábamos acojonados. Ya nos veíamos enredados en una nueva guerra civil.

 Jurando bandera en el cuartel de Cerro Muriano (Córdoba) después de dos meses de instrucción en el cuartel de reclutas de Obejo.

La mayoría procedíamos de los cuarteles cordobeses de reclutas de Cerro Muriano y Obejo. Habíamos jurado bandera todos juntos el día 22 de febrero en Cerro Muriano, justo la jornada anterior al golpe. Los mandos se mostraban muy duros, casi diría que crueles con los novatos, como si quisieran descargar sobre nosotros toda su frustración. En el cuartel estaba todo preparado para una intervención militar inmediata, con el patio de armas lleno de tanques orientados hacia la salida.

 En el cuartel de caballería Sagunto 7, situado en Alcalá de Guadaíra (Sevilla).

En unas maniobras en Huelva, muy cerca de la frontera con Portugal, donde mi capitán, para mofarse de mí, una noche me llevó en un jeep del Ejército a campo a través a toda pastilla con las luces del vehículo apagadas entre rocas, jaras, lentiscos y acebuches. Creía que yo era un finolis miedica, criado entre algodones de casa rica. (Nada más lejos de la realidad, pues soy hijo, nieto, biznieto y tataranieto de campesinos mallorquines, y a mucha honra). Pensó que me acojonaría y me mearía en los calzoncillos, y le salió el tiro por la culata, porque no consiguió acojonarme. Estaba rabioso, quería humillarme como fuera pero no podía conmigo. Una tarde, tras unas maniobras de tiro en una plantación de eucaliptos, mientras el sol se iba poniendo a la espera de la cena, me vio a lo lejos y me llamó: "Doctor, vente pacá, quiero que pruebes una cosa muy buena". Yo ya sabía de qué iba la cosa tan buena, y me dije para mí mismo: "Maldito cabrón, te vas a joder". Y se jodió bien jodido, mi capitán, ya lo creo que sí. 
 
La cosa buena era un lagarto ocelado, creo que hembra, Timon lepidus, que él había cazado entre las jaras, y lo estaba asando sin quitarle las tripas sobre unas brasas con la única intención de humillarme.

Para matarlo le había cortado la cabeza con un cuchillo de supervivencia militar. Yo la conservé en alcohol en un bote de pastillas militares para el dolor y la gripe, los famosos antigripales del ejército, que debo reconocer que eran milagrosos, con dos pastillas se te quitaba todo el dolor, la tos y la fiebre y te sentías como nuevo.  
 
 
Hoy, día 23 de febrero de 2019, sin saber por qué, he encontrado el bote en un cajón de un mueble de la casita del huerto. ¡Después de 38 años! ¡Y sigue intacta! Ahí la tenéis. Lo más curioso es que precisamente hoy se cumplen 38 años del golpe de estado del 23F.

Controlé los músculos de mi rostro y sonreí encantado. "¡Uhmmm, qué bien huele, mi capitán!" —exclamé, mientras pelaba la piel chamuscada de los lomos y la cola del lagarto. El cabrón reía a carcajadas, acompañado de otros mandos que también se partían de risa, convencidos de que de un momento a otro yo no podría aguantar la repugnancia y empezaría a vomitar.

Me miraba la cara fijamente para detectar en ella algún amago de mueca de asco, pero se jodió, controlé todos mis gestos y fui arrancando la carne del reptil con los dedos y metiéndomela en la boca, haciendo grandes aspavientos de placer: "¡Qué rico está este lagarto, mi capitán. Sabe a pollo asado. Uhmmm, me encanta!"
Sólo dejé los huesos y las tripas, y me guardé la cabeza como recuerdo. Al final el humillado fue él, y ya nunca más volvió a meterse conmigo. 
 
—¿Ordena usted alguna cosa más, mi capitán? 
—No, nada más. ¡Retírese! 
—A las órdenes de usted, mi capitán. 
 
 Un par de días después, en las mismas maniobras, un sargento sufrió un disparo involuntario de un soldado y ante los ojos de los mandos, incluido el capitán, con el herido echado en un jeep, le extraje 23 balines de metralla incrustados en su pecho, sin anestesia (el sargento era un valiente), con un simple desinfectante militar y una aguja intramuscular para buscar el balín en el interior de cada agujero y hacer palanca para extraerlo con una pinza. Se los puse en la mano uno a uno a mi capitán, que quedó impresionado, orgulloso de su soldado-médico. Entre el lagarto y los balines, cambió radicalmente de opinión sobre mí y desde entonces me trató con mucho respeto. 

Con mi amigo madrileño Castillo Calvo con el que compartí las maniobras en Huelva. En la mili me aficioné al tabaco y fumaba un pitillo tras otro de la marca Ducados. Esta foto nos la hizo otro soldado, del que no recuerdo el nombre, en el verano de 1981.

Como os decía al principio, nada más llegar al cuartel de Sevilla, tras la ducha colectiva nos dieron permiso para ir a la cantina hasta la hora de la cena. Yo me quedé parado en la barra. Pedí una caña y me dediqué a observar y a escuchar. Sentía una angustia tan grande que a duras penas podía tragar la cerveza. Se me antojaba exageradamente amarga. Fumaba un pitillo tras otro de una manera compulsiva. Mi soledad y mi miedo eran inconmensurables. Me preguntaba a mi mismo: ¿saldré vivo de aquí?, ¿lo podré soportar?

—¡Quillo! ¿Qué paza? ¿De dónde ere? —me preguntó un soldado con una gran sonrisa, dándome una palmada en el hombro.

—De Mallorca —respondí yo con un hilillo de voz.

—Pué yo zoy de Do Hermana, de aquí cerca. Me llamo Jozé Luí. ¿Y tú?

—Yo Juan. 

—¡Quillos, ette é Juan de Palma de Mallorca! —gritó dirigiéndose a sus amigos.

Cuando me di cuenta estaba rodeado de sevillanos, que me saludaban con una afectuosidad espontánea tan sincera que a mí, como mallorquín seco y reservado, me resultaba cuando menos chocante, como si me conocieran de toda la vida. De pronto ya no estaba solo, en menos de tres minutos tenía media docena de amigos, que me invitaron a otra caña, y ésta sí me supo a gloria. Y luego otra y otra... 

Llevo este recuerdo tan metido en el alma que siempre que lo rememoro se me humedecen los ojos. Desde aquel momento quedé enamorado de Andalucía y los andaluces. Tienen un carácter maravilloso, y su tierra es un paraíso. 
 
Un año después ya hablaba sevillano con soltura y al volver a Mallorca tardé bastantes meses en perder el bellísimo acento andalusí, también híbrido como el higo sevillano, fruto de la hibridación entre el seco y contundente castellano de los conquistadores del norte y el deje, la musiquilla, el salero de la lengua de los moros andalusíes, híbrida a su vez entre el latín vulgar o romance hablado por los habitantes celtíberos del sur de la península y el árabe de los conquistadores musulmanes norteafricanos.


Vaya, me he liado contándoos mis batallitas de la mili  y me he olvidado de la higuera sevillana del Guadalquivir. 

Mirad qué bonitos son los higos de esta higuera híbrida sevillana: oro y sangre, los pigmentos de los higos de sus dos progenitores.
 
Como os decía al principio, en el año 2005 visité Sevilla. Cerca de la Torre del Oro pude acercarme hasta el río Guadalquivir. Me apeteció tocar su agua que venia de Córdoba y allí mismo, con sus raíces en remojo, crecía una higuera imponente que no llevaba ningún higo, lo que me hizo suponer que era un cabrahigo, es decir, una higuera silvestre nacida de una semilla defecada allí por un ave. Ahora sé que se trata de un semicabrahigo, hijo de un cabrahigo macho silvestre y una higuera hembra cultivada. No da brevas, de ahí que su madre en mayo no llevase ningún fruto. Sólo da higos tardíos que maduran en la segunda quincena de agosto. Si ampliáis las fotos con un doble click apreciaréis mejor los detalles.

Enseguida pensé que tenía que llevarme una ramita de aquella higuera sevillana como recuerdo. Cogí tres estaquitas, las mojé en el agua del Guadalquivir, las metí en una bolsa de plástico y me las llevé a Mallorca. En cuanto llegué las planté en tres macetas y me agarraron todas. Una de ellas murió unos meses después. Otra la regalé y no sé cómo sigue. La tercera está plantada en mi jardín. La tierra mallorquina arcillosa y cargada de cal no le acaba de gustar, crece muy poco, pero parece que se va adaptando y cada vez va cogiendo más fuerza. Este año me ha dado un higo, sólo uno, el de la foto.

 La pulpa tiene un color rojo-carne intenso. Es muy jugosa, cremosa y dulce, se disuelve como un bombón en la boca. Me ha sabido a gloria y me ha hecho recordar a aquellos soldados sevillanos y su entrañable ¡Quillo!


domingo, 18 de agosto de 2013

Chrozophora tinctoria, una invasora cáustica.

La Chrozophora tinctoria es una planta mediterránea de la familia de las Eurphorbiaceae. Hasta no hace muchos años era relativamente escasa en Mallorca. De hecho yo la vi por primera vez el año pasado en el Parque Natural de Cala Mondragó, situado en el sudeste de la isla. Por algún factor desconocido, tal vez por el cambio climático, en los últimos años su población está aumentando a gran velocidad, comportándose como una verdadera invasora en su propia tierra. Cada vez es más frecuente encontrarla creciendo bien lozana en las cunetas de caminos y carreteras y como mala hierba entre las verduras y hortalizas de los huertos. Tiene apetencia por los suelos alcalinos. Como veremos más abajo arrancar esta planta con las manos sin protección puede causar un serio disgusto al hortelano.

Chrozophora tinctoria con el típico aspecto ceniciento de sus hojas y tallos. (Búger. Foto Rafel Mas).

En castellano recibe los nombres de Cencila, Cendía, Cenizo tornasol, Girasol y Tornasol por su capacidad de orientar sus hojas hacia el sol, siguiéndole desde que sale por el este hasta que se pone por el oeste, con la finalidad de captar el máximo de rayos solares para realizar la fotosíntesis con una eficiencia insuperable.

 Otra Chrozophora tinctoria cerca del mar a finales de junio. (Cala Mondragó. Foto Joan Bibiloni)

Toda la planta es rica en glucoflavonoides, tales como la rutina, el acacetin-7-O-rutinósido, el apigenin-7-O-β-D-[(6-p-cumaroil)]-glucopiranósido, el apigenin-O-β-D-glucopiranósido y la crozoforina. Como vemos comparte la rutina y un rutinósido con la planta de la ruda. Estos alcaloides son altamente fotosensibilizadores, de manera que si la savia lechosa de la Chrozophora tinctoria, al igual que ocurre con la de la ruda, entra en contacto con la piel y ésta es expuesta a los rayos ultravioletas del sol se produce una fuerte reacción cáustica, una quemadura química severa con ampollas que pueden dejar una cicatriz indeleble en la piel en casos graves o un tatuaje oscuro en casos más leves.

Por otra parte al ser una euphorbiácea su savia lechosa es cáustica por si misma, de manera que a la quemadura por fotosensibilización se le añade la quemadura química y la lesión en la piel es mucho más grave.

Otro ejemplar de Chrozophora tinctoria. (Cala Mondragó Foto Joan Bibiloni)

Capullos florales de Chrozophora tinctoria. (Búger. Foto Rafel Mas)

Su savia lechosa ha sido utilizada desde la antigüedad para teñir seda, lana y lino. Los árabes de Al-Andalus la sembraban cerca de los cursos de agua para aprovechar sus propiedades tintóreas. En la actualidad es usada en los laboratorios como indicador ácido-base, es decir, como tornasol para medir el ph de cualquier solución, pues se torna azul en un medio alcalino o roja  en un medio ácido.

Vigoroso ejemplar de Chrozophora tinctoria creciendo en la cuneta de una carretera. (Santa Eugenia. Foto Joan Bibiloni)

Flores y hojas cenicientas de la Chrozophora tinctoria anterior. Esta planta es de ciclo anual y florece de junio a septiembre. (Santa Eugenia Foto Joan Bibiloni)

Las diminutas flores pueden ser masculinas y femeninas. Tienen cinco pétalos amarillos soldados por la base, más puntiagudos, grandes y aparentes en las flores masculinas. Como ocurre en la mayoría de euphorbiáceas las flores femeninas tienen un ovario trilocular con un rudimento seminal en cada lóculo. (Cala Mondragó. Foto Joan Bibiloni)

Detalle de una flor masculina de Chrozophora tinctoria. (Santa Eugenia. Foto Joan Bibiloni)

Frutos inmaduros de Chrozophora tinctoria con la superficie verrugoso-tuberculada. (Santa Eugenia. Foto Joan Bibiloni)

 Detalle de los tubérculos verrugosos y las escamas cenicientas y fimbriadas que recubren los frutos. (Santa Eugenia. Foto Joan Bibiloni).

Frutos casi maduros en forma de cápsulas triloculares con una semilla en cada lóculo. (Cala Mondragó. Foto Joan Bibiloni)

En la antiguedad hasta el siglo XVIII fue utilizada como planta medicinal, especialmente las semillas que se ingerían enteras para "curar" múltiples afecciones: fiebre, vómitos, etc.. Dada su toxicidad y sus nulos efectos beneficiosos en la actualidad no se recomienda su uso con fines medicinales.

La Chrozophora tinctoria se confunde a simple vista con el Heliotropium europaeum, pues ambos comparten el mismo aspecto ceniciento. En la imagen vemos las dos plantas creciendo juntas. (Búger. Foto Rafel Mas)

Heliotropium europaeum en plena floración. Pertenece a la familia de las Boraginaceae. (Búger. Foto Rafel Mas)

Flores blancas de Heliotropium europaeum que permiten diferenciarlo fácilmente de la Chrozophora tinctoria. (Sóller. Foto Joan Bibiloni)

Trichomas estrellados que recubren las hojas y los tallos de la Chrozophora tinctoria y dan a toda la planta su típico aspecto ceniciento. (Santa Eugenia. Foto Joan Bibiloni)

Cicatriz de una severa quemadura cáustica de segundo grado por contacto con la savia de Chrozophora tinctoria en el dorso de la muñeca de la hortelana S. Quintanilla. (Manacor. Foto Rafel Mas)

Rafel Mas y Joan Bibiloni.

viernes, 28 de junio de 2013

Cabrahigos, cigüeñas y un pato

Curiosidades de Faro, la capital del Algarve.

Iglesia del Carmen (Igreja do Carmo), para mí la más bonita de la ciudad de Faro, que esconde un pequeño habitante verde en su hermosa fachada.

 Misma fachada anterior.

 
Higuera silvestre o cabrahigo, Ficus carica subsp. rupestris, creciendo entre las piedras de la Iglesia. Si uno piensa en lo improbable que resulta que una semillita como un granito de arena llegue hasta lo alto de la fachada con la defecación de un ave, se introduzca entre las piedras, germine, enraize prácticamente sin tierra y consiga sobrevivir no puede más que admirar la fuerza de la vida.

Iba yo paseando por el muelle de Faro admirando la belleza del Parque Natural da Ria Formosa y de pronto vi otro cabrahigo creciendo con las raíces entre las piedras de este edificio permanentemente humedecidas por el agua marina.

 Resulta admirable la capacidad de adaptación de las higueras. La pequeña higuerita asilvestrada no parecía tener ningún problema para absorber el agua salada y nutrirse con los minerales disueltos en el Océano Atlántico, sin que le afectase en absoluto la alta salinidad.

Los edificios de la ciudad de Faro son muy bonitos. Predominan las fachadas blancas y los tejados marrones de tejas romanas. En los más altos tienen su nido numerosas parejas de cigüeñas, Ciconia ciconia.

 Fachada del edificio anterior situado en la Plaza del Carmen (Largo do Carmo) con su respectiva parejita de cigüeñas en lo alto de la torre.

Detalle del nido y sus dos inquilinos.

Igreja Ortodoxa russa, situada entre la Rua General Teofilo da Trindade y la Plaza de San Luís (Largo de Sâo Luis).

En la cúpula del pequeño campanario una pareja de cigüeñas ha construido su nido.

No sé si vosotros sois capaces de distinguir el macho de la hembra. A mí me resulta imposible.

Aquí las podéis ver con más detalle.

Cuatro nidos de cigüeña, uno a la izquierda sobre una chimenea y tres sobre la estructura metálica de una antena.

Pareja de cigüeñas sobre la chimenea de la imagen anterior.

Los tres nidos construidos sobre la estructura de la antena.

Nido de cigüeñas sobre otro edificio.

Cigüeña soltera o viuda sobre una cruz.

Y para acabar un entrañable pato mudo argentino, Cairina moschata, que se paseaba entre las mesas de este bar recibiendo las atenciones y caricias de los clientes, sobretodo de este señor que parecía conocerlo bien.

El pato se dejaba acariciar como si fuera un gatito.



domingo, 16 de junio de 2013

Injerto de Castaño sobre Encina

Hace tres meses os mostré lo que parecía un milagro: una castaña germinada injertada sobre una encina. Hoy quiero compartir con vosotros otro pequeño milagro: un injerto de una estaquita de castaño sobre la misma encina. Ya que en el otro artículo varias personas me preguntaron el motivo por el que realizo este injerto interespecífico entre Castanea sativa y Quercus ilex, lo voy a explicar ahora. El castaño no soporta la tierra calcárea y arcillosa ni los largos meses de sequía de Mallorca. Durante más de cuarenta años he plantado numerosos castaños, y todos sin excepción han muerto fulminados con las raíces literalmente quemadas por la cal de la tierra mallorquina. Toda mi vida me ha hecho ilusión tener un gran castaño como los que vi en Galicia, en Extremadura y en las faldas del Pico del Teide de Tenerife, pero todavía no lo he conseguido, bueno, miento, ahora sí parece que se está haciendo realidad mi sueño.

El pasado día 9 de marzo asistí como uno más a un taller sobre injertos en el Parque Natural de Mondragó. El encargado del evento fue un injertador profesional de mi misma edad que me impresionó gratamente por su maestría y sus muchos conocimientos. Algunos de los métodos que explicó ya los conocía, otros eran nuevos para mí, como el que al día siguiente quise probar en mi jardín en la misma encina sobre la que había conseguido que agarrase una castaña germinada. El método podría llamarse Injerto de Corona con lengüeta. Como veis en la imagen se trata de cortar una rama o el tallo de una encina joven con la corteza todavía tierna y maleable como si quisiéramos practicar un injerto clásico de corona.  Tras eliminar pues todo el ramaje, con un cuchillo de injertar bien afilado se realizan dos cortes paralelos hasta llegar al cambium subcortical tierno, blanco y jugoso, que es la única parte del árbol que crece, hacia fuera dando lugar al floema o corteza y hacia dentro al xilema o madera. La anchura de la lengüeta debe ser exactamente igual al diámetro de la púa o estaca. Dejamos la lengüeta sin despegar y procedemos a preparar la púa o estaca.

Como no tenía ningún castaño adulto, sólo pequeños arbolitos de un año en macetas, aproveché los extremos de los más vigorosos para usarlos como púas.

 El primer paso es rebajar en bisel un lado de la púa.

Detalle del corte en bisel anterior.

 En el otro lado de la púa se realiza un corte más pequeño como si fuera la boquilla de una flauta.

 Sin perder tiempo, para evitar que la herida de la púa se seque u oxide, se despega la lengüeta del patrón y se introduce la estaca o púa por el lado biselado más largo, de manera que contacte íntimamente con el cambium del patrón. El pequeño corte en flauta queda en contacto con la cara interna de la corteza de la lengüeta, aumentando así la superficie de contacto y las probabilidades de éxito. Cuando las células del cambium de la encina empiezan a multiplicarse para curar la herida se encuentran con las células de la púa del castaño que también intentan hacer lo mismo y al estar fuertemente atados y en íntimo contacto, las células de ambas especies se entremezclan en su crecimiento cicatrizante y se produce la unión.

Como os decía al principio el injertador profesional sabía trucos muy interesantes. Uno de ellos consistía en rodear el injerto con una cinta de plástico antes de proceder a la atadura. Yo quise hacer la prueba y utilicé plástico en la mitad de los diez injertos que realicé sobre las ramas de la joven encina y en los otros cinco me limité a atar el injerto con rafia verde.

Tras la atadura en ambos casos embadurné el corte del patrón con mastic de injertar y el extremo de la púa en los casos en que la había recortado para que no fuera tan larga. Seguramente os estáis preguntando cuál de los dos métodos tuvo más éxito. Pues la verdad es que de los diez injertos sólo agarró uno y fue precisamente uno de los cinco en que no había utilizado cinta de plástico, sólo la atadura simple con rafia.

 Y aquí tenéis el resultado. Esta fotografía la tomé hace unos 15 días. Como veis, tras desatar la atadura de rafia para que no estrangulase la púa en su crecimiento en grosor, le até un pequeño tutor para evitar que un golpe de viento arrancase el injerto de cuajo.

En estos últimos 15 días el brote de la estaca ha crecido mucho y se ha ramificado echando un pequeño brote lateral. En el video que viene a continuación, que he grabado esta tarde a puesta de sol, se ve la encina con el injerto de castaña germinada en la rama de la izquierda y el injerto de Corona con lengüeta en la rama de la derecha. Eliminé las demás ramas donde habían fracasado los injertos. El tronco y las dos ramas de la encina están rodeadas por tiras de saco de maiz con dos finalidades: por un lado evita que el sol queme la corteza del tronco y las ramas al no tener todavía la protección natural de las hojas de la copa y por otro lado evita que la encina eche cientos de brotes propios, obligándola a destinar toda la savia a los dos injertos de castaño. Podréis observar también que el injerto de castaña germinada de la izquierda tiene la mayoría de hojas con la punta seca. Se debe a que la unión con la encina es tan pequeña, tal vez de sólo uno o dos milímetros, que la savia que le llega al injerto no es suficiente para alimentar todas las hojas. Confío en que con el paso del tiempo la unión se vaya agrandando y el crecimiento del injerto se haga cada vez más vigoroso. También podréis observar que hay varios brotes de encina en el extremo de cada rama. No los quito para que hagan de tira-savias, es decir, para que atraigan agua y nutrientes hacia los extremos de las ramas donde están los injertos. Cuando éstos sean bien vigorosos, arrancaré los brotes, y la encina se habrá convertido en un castaño. El video, al igual que las fotos, echa mucho que desear, pero creo que se ve lo suficientemente bien para comprender el proceso.


Si todo va bien, en enero o febrero del año que viene o el siguiente visitaré algún castañar maduro de la Península con la intención de conseguir estacas adultas de castaño de buena calidad para injertar con ellas los dos injertos de este año. Si no lo hiciera así, al proceder ambos de castaños de uno o dos años, tardarían de 20 a 30 años en dar las primeras castañas. Como nos ocurre a nosotros los humanos, los castaños también tienen una niñez, una adolescencia, una juventud, una adultez y una senectud. Deberé pues injertar los dos injertos-bebé de este año con yemas o púas adultas para obtener castañas antes de volverme demasiado viejo para verlo.


 ¡Deseadme suerte con mis experimentos, amigos!.

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Edito la entrada 18 días después. Mirad qué vigor y qué hojas más grandes.

La brotación del injerto ya mide más de medio metro. Mi amigo Rafael ha venido a verlo esta tarde. Él mide unos 170 cms. Comparad su talla con el injerto y os haréis una idea.

Edito la entrada un año después, día 18 de julio de 2014. 

Mirad que preciosidad de brotes. Miden unos 130 cms, y eso que antes de la brotación primaveral les recorté dos palmos para que los fuertes vientos de la primavera no me los arrancasen de cuajo. Las hojas son enormes, algunas miden más de 30 cms. Se ve que el pie de encina les da mucha fuerza.

Edito la entrada 22 meses después, día 10 de mayo de 2016. 

El Castaño-Encina ya tiene la copa formada con  dos ramas principales y seis secundarias. Empezó su tercera brotación hace unas semanas y ya presenta incipientes inflorescencias masculinas.


La copa con las yemas en plena brotación.

El punto de unión castaño-encina.

Este injerto al tercer año murió. Tras una brotación primaveral menos vigorosa que en años anteriores de pronto se secó, como si la encina se negase a alimentarlo. 

 Injerto con las hojas secas el día 21 de agosto de 2016.

 Detalle de las hojas secas.

Tras arrancarlo rompí el punto de unión del injerto de castaño con la encina. Fue muy fácil separarlos. Se había formado una fina capa de tejido suberoso de dehiscencia, semejante al que se forma en otoño en las hojas de los árboles caducifolios antes de su caida, que bloqueaba el paso de la savia del patrón hacia el injerto. Ésta es la manera que tienen los patrones de rechazar a los injertos incompatibles.

Mi sueño no pudo continuar, pero fue bonito mientras duró.