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jueves, 9 de octubre de 2014

Pelar un higo chumbo: así lo hacía mi abuelo

Hace muchos años, más o menos medio siglo, cuando yo era un chavalín lleno de vida, inocencia, ilusión y esperanza, ir al campo a visitar a mis abuelos maternos con mi madre y mis hermanas, bien a pie, en bicicleta o montados en el carrito tirado por mi adorada e inolvidable burrita Margarita, era para mí una aventura fascinante que hacía latir con fuerza mi corazoncito y llenaba de endorfinas de felicidad mis jóvenes neuronas ávidas de información. Era como ir a un zoo, había muchos animales y yo no me cansaba de observarlos: tres vacas, un mulo yeguar, un caballo, un verraco descomunal, varias cerdas de cría con lechoncillos, gallinas, palomas, pavos, pintadas, conejos, ovejas, perros y gatos. Ahhh, se me olvidaba, también había tortugas de tierra, alguna casi centenaria, que mi abuelo criaba en un gran corral de chumberas cerrado con una pared de piedra seca. A veces me enseñaba las pequeñitas recién salidas del huevo. Me ponía una en la mano y yo la miraba fascinado y emocionado. ¡Eran tan bonitas!

Aquí me tenéis con un añito recién cumplido en el regazo de mi madre con mi tercera hermana en el carro tirado por Margarita. Era nuestro vehículo familiar. Entonces en el pueblo sólo tenían coche el alcalde, el párroco y algún ricachón.

En el regazo de mi madre en el corral de casa. Nací en la cama de mis padres. Mi madre me parió sola.

Con mi abuelo paterno. Él tenía 67 años y yo tres o cuatro. Fijaos en mis piernitas y mi vientre abultado. Los que sois médicos como yo sabéis lo que significan: raquitismo severo y malnutrición. Sobran los comentarios. Ahora, mirando esta fotografía entrañable, se me parte el alma y no puedo evitar que se me humedezcan los ojos. Sólo comíamos un poco de carne o pescado los domingos al mediodía. ¡Cuanta miseria y cuánta hambre en los años 50 hasta que se inició el boom turístico y las Islas Baleares empezaron a salir del tercer mundo!

 Otra foto entrañable con mi abuelo paterno en el corral de la casa donde nací y me crié. Por curiosidades del destino ambos llevábamos el mismo nombre y los mismos dos apellidos. En la destartalada jaula inclinada que parece la Torre de Pisa mi madre criaba tres o cuatro gallinas para aprovechar los desechos de la cocina que completaba con un poco de salvado de trigo mojado con agua. Yo tenía tanta hambre que me comía parte del salvado robándoselo a las gallinas. La verdad es que estaba muy bueno.  El arbolito que se ve detrás de mi abuelo era un melocotonero borde nacido de un hueso que alguien tiró a la tierra del pequeño jardín que rodeaba el corral. Daba pequeños melocotones muy aromáticos.

Con mi hermana mayor. Ella fue como una segunda madre para mí. Me adoraba. Me cuidaba. Me mimaba. Me quería tanto que cuando yo rompía algo se daba la culpa a ella misma para que mis padres no me castigasen. Ahora es una feliz madre de siete hijos y abuela de otros tantos nietos. En mi niñez yo tenía el pelo rubio, pero con los años se fue oscureciendo hasta hacerse castaño. Fijaos que tengo un gatito entre las manos. Me crié entre gatos, eran mis juguetes y mis mascotas a la vez.

En mi primera comunión estaba tan delgado que con siete años sólo pesaba 17 kilos. 

 
 Era más grande el traje de marinero que yo mismo. Cabían dos juanes. En mi semblante y en mis ojos podéis adivinar una tristeza sutil, lo que en la actualidad llamaríamos una depresión infantil, que me llevó a perder por completo el poco apetito que siempre había tenido y finalmente tres años después me arrastró a las puertas de la muerte. En realidad estaba llorando por dentro. Son cosas muy íntimas que sólo yo entiendo. Mirando fijamente mis propios ojos de niño logro retroceder en el tiempo de mi vida y entrar de nuevo en mi alma infantil. Es como un auto-psicoanálisis que me parte el alma y me hace sentir de nuevo todo el dolor que sentía entonces. Escribo esto con lágrimas en los ojos. 

Tres años después acabé postrado en la cama durante seis meses por una tuberculosis muy avanzada que casi me mata. Tenía el hígado y los pulmones completamente invadidos por el bacilo y no paraba de vomitar. Recuerdo que me miraba en un espejo y me veía más amarillo que los chinos que salían en los tebeos por la ictericia. De hecho el primer día de tratamiento entré en coma, tenía una fiebre altísima, no podía moverme ni hablar y si abría los ojos lo veía todo negro. Mis oídos sin embargo, como les ocurre a todas las personas que entran en coma, estaban bien despiertos. Escuchaba perfectamente todo cuanto hablaban mis padres y el médico del pueblo, que me velaron durante toda la noche. El Dr. Juan Pizá les decía a mis padres que yo estaba muy grave, que seguramente no llegaría a la madrugada y que se fueran haciendo a la idea de que moriría en cualquier momento. Mi madre no paraba de llorar y mi padre salía de la habitación para que no le vieran. Estaba muy mal visto que los hombres llorasen. Yo quería gritarles que no era verdad, que no me moriría. Al ser monaguillo sabía que sólo se morían los viejos a los que el párroco y yo íbamos a administrar la extremaunción. Los niños no se morían. Y no me morí. Aquí estoy dándoos la tabarra con mis escritos.

Y volviendo a lo que os decía al principio, siempre que íbamos a ver a mis abuelos maternos que vivían en un pequeño cortijo a tres kilómetros del pueblo, mi abuelo cogía unas tenazas enormes de madera que él mismo había fabricado, recolectaba con ellas un cubo lleno de higos chumbos del corral de las tortugas y luego nos llamaba diciendo: "Voleu pegar una panxada de figues de moro?" (¿Queréis daros un atracón  de higos chumbos?) "Siiii", le contestábamos sus nietos y sobre un bloque de arenisca iba pelando los higos chumbos uno a uno sin temor a pincharse, pues tenía las manos muy callosas por su duro trabajo de campesino. ¡Qué ricos! Nos sabían a gloria. Comíamos hasta hartarnos y aunque fuera con los frutos de un cactus mexicano lográbamos llenar nuestro siempre famélico estómago de niños de posguerra.

Pelar higos chumbos es muy sencillo. Tras meterlos en un cubo lleno de agua y removerlos con un palo para que se desprendan las espinas y se reblandezcan las que no se desprendan, se les hace un corte en cada extremo y otro a lo largo.

Luego se despega la piel de la pulpa.

Y ya está pelado. Sólo falta coger la pulpa con la mano y comérsela a mordiscos. 

Tiene una consistencia crujiente y un sabor dulce, afrutado y refrescante.

Se come todo, semillas incluidas.

Higochumbo de una variedad de frutos morados.

 Tanto su piel como su pulpa contienen una gran cantidad de pigmentos antocianos, los mismos que dan color a la uva negra, las moras de la zarzamora, las fresas, las frambuesas y los arándanos.

Y como el ave fénix, tras curarme completamente de la tuberculosis, reviví del infierno de mi tristeza de niño y tuve una adolescencia llena de salud.  Aquí me veis con 16 años con una gran cabellera que a los 30 años desapareció de mi cuero cabelludo y me dejó más calvo que una bola de billar. Cosas de la testosterona y de los genes, mi padre y mis dos abuelos eran calvos. 

Y aquí a mis 23 años en una fiesta de disfraces con otros estudiantes, acabando ya la carrera de medicina. ¡Qué maravilla de dentadura tenía entonces!, ¿verdad?



18 comentarios:

  1. Conmovedor relato, acompañado de unas fotos que muchos quisiéramos tener de aquellos años cincuenta y una lección de como pelar un higo chumbo que de haberlo sabido me habría evitado los pinchos incrustados en mis dedos cuando intenté pelar unos estando cumpliendo la "mili" en La Linea de la Concepción sujetándolo con la gorra del uniforme militar.
    Muy buena la entrada.Un saludo desde el Cantábrico.

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    1. Muchas gracias, El tejón.
      Un cordial saludo.

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  2. Juan, Un relato precioso me ha encantado ¡ cuantas tristezas por aquellos tiempos ! Seguro que entre tus árboles se te olvidan aquellas tristezas de la niñez. Mi padre también pelaba los higos chumbos así. Un abrazo fuerte. Se me olvidaba en la foto de la comunión estas muy guapo.

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    1. Muchas gracias, Teresa, por tu amable comentario. Un fuerte abrazo, amiga.

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  3. Bon dia Juan,
    Yo soy del 54, también un niño de la posguerra y la miseria, recuerdo que las comidas eran tan flojas como nuestros estómagos, en el colegio nos daban un vaso de leche en polvo ( la que enviaban los americanos de ayuda) para que aguantásemos el día, en un vaso ( que nosotros debíamos llevar de casa) nos ponían una cucharada de ese polvo que luego acababan de llenar el con agua, que se había calentado en un pote encima de la estufa de leña que había en la clase.
    Por desgracia la historia es cíclica y vuelven los tiempos en que los niños necesitan de la comida del colegio (que vergüenza!!)
    En fin, un relato magnífico, como todos, me has hecho entrar en el túnel del tiempo y recordar cosas que aunque entrañables por un lado, preferiría no recordar, no porqué me avergüence de haber pasado hambre y frío, sino porque recuerdo la tristeza y dolor de mis padres.
    De todas formas, el patrimonio que tienes en forma de recuerdos no es cualquier cosa
    Una abraçada ben forta,
    Juanma

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    1. Muchas gracias, Juanma. Yo soy del 56 pero hice la mili con 24 años, medio año después de finalizar la carrera, que pude estudiar gracias a sacar buenas notas y conseguir una beca. Yo también bebí muchos vasos de la leche norteamericana del plan Marchall. Mi maestro disolvía los polvos en un gran caldero con agua caliente y con un cucharón llenaba nuestro vaso. Recuerdo que era tan rica en nata que la mitad era espuma blanca deliciosa. Yo tampoco me averguenzo de haber tenido una infancia pobre. Fue muy duro, pero a la vez nos hizo más humanos. Una forta abraçada.

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  4. Entrañable y duro recuerdo el de la niñez, en gran medida compartido en estas mis islas, al igual que tu los "higos de pico" me traen grandes recuerdos, no sólo el saborearlos, además con las "palas" de la tunera me hacían juguetes, carretas y demás.
    gracias por regalarnos tus relatos e historias.
    Un abrazo chicharrero.

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    1. Muchas gracias, Jesús. Un abrazo mallorquín.

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  5. Juan, aquí estoy otra vez. Yo gracias a Dios ( es la costumbre ) no pase hambre, siempre al mediodía comíamos cocido todos los días del año, alguna vez alguna otra cosa pero nuestro menú era el que te digo anteriormente sopas del cocido con pan, garbanzos con un poquito de aceite de oliva y después tocino, carne ( no mucha ) y algún trocito de chorizo( no siempre lo había,) el que mí padre me daba porque el decía que no le gustaba. Ahora me doy cuenta de tantas cosas,bueno hace tiempo, pobrecillo. Besos y perdóname si te he aburrido.

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    1. Muchas gracias, Teresa. Sin duda tu padre te adoraba. Renunciaba a comerse su trocito de chorizo para dártelo a tí. Estos detalles y no la palabrería son lo que nos dice cuándo alguien nos quiere o nos quiso. Un abrazo, amiga.

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  6. Conmovedor relato el de tu niñez. Por mi edad, no conocí las penurias de aquellos años, que, por desgracia, debieron ser muy duros para mucha gente, pero, afortunadamente, tú lo puedes contar.
    Lo de pelar los chumbos, lo sabía desde hace tiempo, pero lo de cogerlos con tenazas, no. Me gusta esa fruta y hace unos días cogí una cuba en unas chumberas cercanas a mi domicilio, pero por mucho cuidado que puse, acabé con las manos llenas de pinchos y eso que me puse unos buenos guantes. para otro año, me haré de unas tenazas.
    Saludos

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    1. Muchas gracias, Pini. Las tenazas de mi abuelo eran dos ramas largas bien rectas de un metro y medio unidas a dos palmos de uno de los extremos como si fueran tijeras. Había vaciado un poco las dos caras que se anteponían a modo de cucharas con la medida exacta de un higo chumbo. Iban de maravilla. Un cordial saludo.

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  7. M' ha agradat molt el relat de la teva infantesa. Generacionalment no coincidim, però aquesta evocació d'una infantesa agredolça en resulta familiar. Una abraçada.

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    1. Moltes gràcies, Josep. La infantesa ens marca per a sempre. Estic content de tenir notícies teves. T'imagin resolguent casos molt espinosos a la teva difícil feina. Una abraçada.

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  8. aqui, ala planta, al fruto, se le llama tuna,,simplemente tuna,, nunca sufri hambre, de depresion infantil si, si me dices la razon de tu depresion , te dire mi razon.

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    1. Los españoles conocemos vuestra palabra tuna, pero nosotros la llamamos chumbera. En cuanto a tu petición, hay cosas dolorosas del pasado que es mejor no remover. Un saludo.

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  9. Buenas noches doctor.He leido tu historia.Asi fue nuestra niñez de posguera yo la mia fue mucho mas larga naci en 1943 date cuenta somos 5 hermanos yo el mayor, a los cinco años a trabajar,los inviernos a la escuela la temporada de la recojida de aceitunas a trabajar pagaban a mis padres la mitad por ser niño a los 13 años me llevo mi padre a aprender el oficio de macanico de automoviles, otra vez sin ganar nada.Puse mucho interes, en cuatro años ya hera oficial,a los 19 años emigre a Francia,ocho años mas tarde mevine a mi extremadura del norte me case y me puse un taller dereparacion de cohes.pero la miseria no se va tan facilmente,ahora ya jubilado con pension minima tengo que pagar parte de los medicamentos.Estos gobienos ayudam mas a los extrangeros que a los autostonos.Dando gracias por poder contar parte de la hitoria negra de nuestras vidas.Un abrazo para todos y todas los que penaron en la infancia.CARLOS

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    1. Hola Carlos: Las penurias que muchas personas padecen con la crisis actual son bastante parecidas a las que pasamos las generaciones de postguerra. Un fuerte abrazo.

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