domingo, 9 de febrero de 2014

El haya púrpura, un árbol espectacular

Una mutación llenó sus células de antocianinas

El Fagus sylvatica var. atropurpurea es un árbol de una belleza extraña, sorprendente, impactante. No parece posible que un árbol así pueda ser real. Cuando lo vi en los jardines del "Champ de Mars", muy cerca de la Torre Eiffel de París, no me lo podía creer. Es la oveja negra del jardín, el garbanzo negro, el patito feo, pero su negritud no lo hace nada feo, más bien todo lo contrario. Me quedé extasiado, embelesado, prendado de aquel árbol imponente de un color granate tan intenso que de lejos parecía negro.       

El contraste con el verdor de los otros árboles es lo más bonito, lo más llamativo. Su extraño color es debido a una mutación metabólica que le hace sintetizar antocianinas en cantidades astronómicas, las cuales se acumulan en sus hojas, sus frutos, sus ramillas, sus ramas principales y secundarias y también en la corteza de su tronco. Ampliando las fotos con un doble clic se aprecia mejor su belleza..

Las antocianinas son pigmentos hidrosolubles sintetizados por las células vegetales para protegerse de los rayos ultravioleta del sol, sobretodo en los brotes tiernos de muchas plantas, los cuales cuando maduran pierden el color púrpura o rojo que es superado o enmascarado por el color verde de la clorofila. Además de proteger las plantas de los rayos solares, también se encuentran en muchas flores para atraer a los insectos polinizadores. Las antocianinas pueden ser rojas, púrpuras, moradas, naranjas, amarillas o azules. Se acumulan en el interior de las vacuolas del citoplasma de las células vegetales y son las responsables, junto con otros pigmentos, del color de los pétalos de muchas flores.

Para que veáis la diferencia en el color aquí tenéis un brote nuevo de haya "normal" con sus frutos amarillos sin antocianinas.

Tal vez lo más espectacular del haya púrpura es su tronco con una corteza de un color intermedio entre negro, gris oscuro y granate. Este otro ejemplar crece en el bellísimo "Jardin du Luxembourg" de París. Le calculé un diámetro de unos 80 centímetros. La corteza es lisa y muy suave al tacto. Seguramente supera el siglo de vida.


sábado, 1 de febrero de 2014

Leguminosas arbóreas: vainas y semillas

Las leguminosas arbóreas, al igual que las arbustivas y herbáceas, son verdaderas campeonas de la supervivencia. Podríamos decir que se las saben todas para perpetuarse sobre la Tierra. Han conquistado todos los hábitats posibles, especialmente los más tórridos y secos. Un ejemplo de ello son las acacias de las sabanas africanas y australianas.

 
 Bellísima vaina en forma de riñón de Enterolobium contortisiliquum, un gran árbol tropical sudamericano que alcanza los 30 metros de altura y un grosor de tronco de dos metros. En sus países de origen lo llaman Oreja de negro,  Timbó colorado, Timbó-puitá, Guanacaste y Pacará. Su corteza es muy rica en SAPONINAS, por lo que algunos pueblos nativos la utilizan como jabón. También contiene hasta un 22% de TANINO, siendo usada por ello en la curtimbre del cuero. Me mandaron esta vaina del Uruguay.
Como ocurre con otras muchas leguminosas arbóreas, sus vainas y hojas son tóxicas para el ganado bovino y caprino, provocándoles abortos y lesiones cutáneas, sanguíneas, renales y hepáticas, a veces tan graves que les pueden ocasionar la muerte.

 Semilla de Enterolobium contortisiliquum

Todas las leguminosas viven en simbiosis con hongos micorrizas en sus raíces, obteniendo ambos organismos un beneficio mutuo: el micelio del hongo absorbe agua y minerales del suelo y los transfiere al árbol, mientras que éste realiza la fotosíntesis en sus hojas y transfiere al hongo azúcares, proteínas, vitaminas y grasas. Pero no acaba aquí el mutualismo de las leguminosas. En las mismas raíces, entre la maraña de filamentos del micelio de las micorrizas, viven proteobacterias fijadoras del nitrógeno atmosférico, que concentran en pequeños nódulos, abonando la tierra de una manera natural muy efectiva. 

Gigantesca vaina de Flamboyant, Delonix regia, procedente de un árbol cultivado en un jardín público de la ciudad cubana de La Habana. Esta gran leguminosa tropical es considerada uno de los árboles más hermosos de la Tierra, siendo cultivada como ornamental en los jardines públicos y privados de todos los países tropicales y subtropicales del Planeta.

Bellísimas semillas de Flamboyant.

Con estas dos inteligentes estrategias asociativas las leguminosas son capaces de prosperar en tierras muy pobres y secas, donde ningún otro árbol podría sobrevivir. Todos tenemos en mente la imagen de las enormes y solitarias acacias africanas del desierto del Kalahari y las sabanas del Serengueti con sus amplias copas aplanadas como parasoles, que dan sombra a leones, guepardos, hienas, gacelas y elefantes. Sus nutritivas hojas protegidas por espinas temibles alimentan a las jirafas y a los antílopes de cuello largo, y sus vainas son un verdadero manjar para los demás herbívoros. 

Vaina de Caesalpinia ferrea del Brasil y Bolivia. En sus dos países de origen recibe los nombres de Palo de hierro y Árbol leopardo. Su madera, de gran dureza y calidad, es utilizada en la fabricación de guitarras clásicas. Por desgracia contiene un potente alergeno, el 3,4-dimethoxydalbergion, que provoca sensibilización cutánea y fuertes brotes de dermatitis en los operarios que trabajan su madera. Por suerte, la mayoría de ellos con el tiempo desarrollan tolerancia al alergeno y pueden seguir trabajando. Esta vaina procede de un árbol cultivado en un jardín del Uruguay.

Semillas durísimas de Caesalpinia ferrea.

Primeras vainas de mi árbol mundani, cedro rosado o lázcar, Acrocarpus fraxinifolius, originario de Asia tropical, que fructificó por primera vez a los 25 años de edad. En las frondosas selvas húmedas de sus países de origen: India, Birmania, Indonesia y Malasia, alcanza proporciones gigantescas. Su madera es rosada con puntitos negros, muy apreciada para la fabricación de muebles delicados. Su rápido crecimiento ha extendido su cultivo forestal en Centro y Sudamérica y en África tropical, donde hay grandes plantaciones de esta leguminosa. Precisamente mi árbol mundani procede de una semilla traída por un matrimonio amigo de su viaje de luna de miel a Kenia.
 
 Vaina de mundani.

Interior de la vaina anterior.

Diminutas semillas de mundani que al germinar se convertirán en árboles gigantescos.

Las algarrobas son los frutos del algarrobo, Ceratonia siliqua, la leguminosa arbórea más grande y útil del Mediterráneo.

Semillas durísimas de algarrobo, llamadas garrofines, utilizados en la antigüedad como medida de peso para metales preciosos, los llamados quilates (del árabe quirat, nombre procedente a su vez del griego keration, con el mismo significado). Su pulpa es muy rica en azúcares en una proporción de hasta el 40 - 50%. Con ella se obtiene una deliciosa harina negra que sustituye al chocolate, pues su sabor es casi idéntico. Las algarrobas de Mallorca, trituradas y sin los garrofines, son exportadas a los países escandinavos como pienso para los renos de Laponia. Por su parte, los garrofines, triturados en forma de harina, son ampliamente utilizados como espesante en la industria farmacéutica y alimenticia (jarabes, zumos, potitos para bebés, etc).

Abundantes vainas de Leucaena leucocephala, una leguminosa arbórea originaria de México, donde recibe el nombre de guaje. Su cultivo se ha extendido a todas las regiones del mundo con clima mediterráneo y en muchos lugares se ha convertido en una verdadera plaga invasora. Sus hojas y brotes tiernos contienen hasta un 30% de proteínas y son un manjar delicioso y muy nutritivo para las cabras, ovejas y vacas, por lo que esta planta es cultivada como forraje por los ganaderos. En los mercados mexicanos no es difícil encontrar a la venta sus vainas tiernas y sus semillas, que son consumidas por la gente como verdura. 

Sin embargo, esta planta aparentemente comestible e inofensiva esconde un veneno peligroso, la MIMOSINA, un alcaloide antimitótico que provoca la caída del pelo del dorso a los animales, les agranda la glándula tiroides causándoles bocio y les hace perder peso y apetito. Antes de saber esto, yo cultivaba varias leucaenas en mi jardín, y durante bastantes años me alimenté de sus vainas como si fueran alubias verdes, aparentemente sin ningún efecto negativo en mi organismo. Como ya era calvo, no me di cuenta si perdía el cabello y tampoco perdí peso ni dejé de tener un apetito voraz, lo cual no me hubiera importado, pues siempre me han sobrado bastantes kilos. 

En México saben que si se consume en cantidades pequeñas no tiene ningún efecto negativo para la salud. Otro caso muy diferente es el ganado alimentado casi exclusivamente con leucaena. Durante los primeros meses los terneros ganan peso rápidamente, pero poco a poco la cosa cambia y empiezan a perder el apetito, se les cae el pelo del dorso y en pocos meses adelgazan ostensiblemente por la toxicidad de la mimosina. 

Semillas de Leucaena leucocephala, muy ricas en proteinas y también en mimosina.

Por suerte, un investigador australiano, el Dr. Raymond Jones, tras estudiar este problema durante veinte años en plantaciones forrajeras de leucaena de todo el mundo, encontró la solución en el rúmen de las cabras de Hawai, una bacteria que se alimentaba casi exclusivamente de mimosina, degradándola y eliminándola del tubo digestivo del animal, con lo que desaparecía su toxicidad. En su honor la nueva bacteria fue bautizada con su apellido, Synergistes jonesii.  

Los ganaderos mexicanos de la región del Chaco tuvieron conocimiento del descubrimiento y solicitaron la ayuda del Dr. Jones, quien inoculó experimentalmente la bacteria en el rúmen de un grupo de terneros que se alimentaban exclusivamente de leucaena, dejando otro grupo de control sin inocular. Los animales con la bacteria hawaiana engordaron rápidamente con el nutritivo forraje hiperproteico de la leguminosa y en pocos meses alcanzaron un peso superior a 400 kgrs, mientras que el grupo control sin la bacteria engordó al principio, pero rápidamente perdió el apetito, se le cayó el pelo y desarrolló un bocio, no superando los 200 kgrs de peso en el mismo período de tiempo. 

Tras varios experimentos, el Dr. Jones concluyó que bastaba inocular la bacteria en el rúmen del 10% de los terneros de un rebaño para que el restante 90% se contagiara en pocas semanas y el microorganismo pasase a formar parte de la flora bacteriana digestiva de todos los animales. Debía inocularse directamente en el rúmen, pues la Synergistes jonesii es anaerobia y muere fulminada a los pocos minutos en contacto con el oxígeno del aire. Sin embargo, parece ser que este corto intervalo de tiempo es más que suficiente para que tenga lugar su propagación al resto de animales a través de la saliva dejada en la hierba al pastar.

 Bellísimas semillas de la leguminosa arbórea Azfelia africana con un capuchón anaranjado en su extremo proximal semejante a la cúpula de las bellotas. Vive en todos los países del África tropical donde recibe diferentes nombres: Kankalga, Lingahi, Savanna Doussié o simplemente Azfelia. Su madera de gran calidad fue utilizada en la antigüedad para la construcción naval. Hundido en el agua que rodea la costa de la isla indonesia de Belitung se ha encontrado un barco del siglo IX cuyo casco está hecho con madera de esta leguminosa arbórea. Se ha conservado incorrupta durante más de un milenio gracias a su resistencia al agua. No dispongo de ninguna foto de sus vainas, ya que estas semillas fueron un regalo de unos amigos. 

El capuchón anaranjado tiene una consistencia blanda aunque firme, muy rico en grasas, azúcares y proteinas, y es una golosina para las hormigas, que recogen las semillas del suelo bajo la copa del árbol-madre y las llevan al hormiguero para alimentarse del capuchón. Una vez se lo han comido sacan las duras semillas de su hogar y las echan fuera, con lo que la azfelia consigue que dispersen sus semillas lo más lejos posible. Muchas de las hormigas que transportan una semilla hacia el hormiguero no consiguen llegar a él, al ser depredadas por el camino por aves, arañas y pequeños reptiles, y la semilla que transportaban se queda en el sitio, germina y de ella nace un nuevo árbol, otra inteligente estrategia que tiene la azfelia para dirpersar sus semillas, es decir, sus hijos, su próxima generación de azfelias. Yo te doy un capuchón delicioso y tú llevas a mis hijos lo más lejos posible para expandir mi descendencia. Así funciona la naturaleza. Todo tiene una única finalidad: la perpetuación de la especie.

 Curiosa disposición en estrella de mar de las vainas de la Acacia farnesiana, un arbusto que puede alcanzar proporciones arbóreas. Es originario de América tropical y subtropical y se cultiva en Europa desde hace cuatro siglos. 
 
 
Semillas de Acacia farnesiana rodeadas de pulpa marronácea dulce semejante a la de las algarrobas.

 Vainas de acacia de tres espinas, Gleditsia triacanthos, un árbol muy espinoso de crecimiento rápido con una fuerte tendencia a emitir hijuelos de raíz alrededor de la planta madre, que con el tiempo se transforman en nuevos árboles, todos ellos unidos por sus raíces. 

Aquí tenéis el motivo por el que recibe el nombre de acacia de tres espinas.

 Cada semilla produce un abultamiento en la vaina.

 Semillas durísimas de Gleditsia triacanthos.

Vainas tiernas del árbol del Coral sudafricano, Erythrina caffra, una planta con una floración espectacular. Su tronco y ramas carecen de madera propiamente dicha. En realidad es una hierba de porte arbóreo, cuyo xilema al secarse adquiere la consistencia del cartón.

Vainas maduras de Erythrina caffra, que se contraen y abren bruscamente para dispersar las semillas lo más lejos posible de su madre.

 Semillas muy duras e intensamente rojas del árbol del Coral sudafricano. Todas las partes (hojas, corteza, raíces y semillas) de las plantas del género Erythrina, a excepción de los pétalos de las flores y el néctar, son extremadamente tóxicas, sobre todo las semillas. Contienen alcaloides como la eritroina con un potente efecto paralizante de los músculos, tanto que pueden utilizarse para preparar un sustituto del curare. De ahí su color rojo que advierte a los animales de su toxicidad. Hice esta foto y las dos anteriores a principios de mayo en el Jardín Botánico de Lisboa.

Vainas de ceibo, bucaré o simplemente árbol del Coral rioplatense, Erythrina crista-galli, de bellísimas flores rojas, muy apreciado en Argentina y Uruguay, donde es venerado como el árbol y/o la flor nacional.

Semillas de ceibo rioplatense de un color marrón muy oscuro. Hice esta foto y la anterior en un jardín privado del noroeste de la isla de Mallorca.

Vainas de Tamarindo, Tamarindus indica, importadas de Tailandia. Las adquirí en un supermercado de Palma de Mallorca.

Interior de las vainas anteriores con la famosa pulpa de tamarindo, muy dulce y ligeramente ácida, utilizada en la cocina de muchos países tropicales. Si hacéis doble clic sobre este enlace de audio y lo abrís en una nueva ventana, mientras continuáis leyendo esta entrada podréis escuchar la poderosa voz de la famosa Celia Cruz cantando la canción Pulpa del tamarindo

Lustrosas semillas de Tamarindo. Se encuentran rodeadas completamente por la pulpa y, como ocurre en la mayoría de semillas de leguminosas arbóreas, tienen una consistencia muy dura.

Vainas del arbusto mediterráneo Anagyris foetida, llamado popularmente algarrobo o altramuz hediondo por la fetidez de sus hojas y sus frutos, que avisa de su toxicidad a los potenciales herbívoros. Contiene ANAGIRINA, un alcaloide muy tóxico con propiedades eméticas y purgantes y especialmente peligroso por sus efectos teratógenos sobre el desarrollo de los embriones de los mamíferos, y CITISINA, otro alcaloide tóxico con un efecto depresor de la respiración. Este arbusto, que puede alcanzar proporciones arbóreas, es una reliquia de la flora subtropical del Terciario y la única planta europea polinizada por aves, concretamente por currucas y mosquiteros. Sus flores amarillas tienen la forma, el tamaño y la disposición ideal de sus pétalos para que estas pequeñas aves puedan alcanzar con su pico la gotita de néctar del fondo de la flor. Curiosamente el néctar es la única parte de la planta que carece de toxicidad. Las plantas se las saben todas para perpetuarse.

Bellísimas semillas azules de Anagyris foetida.


viernes, 31 de enero de 2014

Sobrasada casera con miel

Hace 50 años en Mallorca la matanza del cerdo era una gran fiesta para cualquier familia de la isla. A mí me gustaba mucho observar todo cuanto hacían los mayores con el cerdo. Lo único que no podía soportar era ver cómo lo mataban. Aquella puñalada brutal directa al corazón me aterrorizaba y los gruñidos, al principio de dolor y pánico y luego agónicos del pobre animal, me provocaban pesadillas. A esto los psicólogos lo llaman empatía, y era precisamente este sentimiento, el ponerme en la piel del puerco y sentir lo que él sentía, lo único que realmente me angustiaba de todo el festejo. Tenía yo entonces unos siete años. Para no verlo y al mismo tiempo para que no me acusasen de miedica me hacía el fuerte y con astucia decía que yo le aguantaría la cola. De esa manera no veía más que el trasero del cerdo y, cuando dejaba de moverse, ya sabía que aquel asesinato con premeditación, nocturnidad y alevosía había concluido. 

Entonces me desplazaba hacia el otro lado de la banqueta para ver la cabeza, entre pálida y amoratada, del cadáver de la víctima del delito. No se me pasaba ningún detalle: los ojos entreabiertos y llorosos, la lengua colgante y babeante, el terrible agujero de la puñalada que todavía rezumaba sangre y sobre todo el barreño de arcilla cocida lleno de sangre humeante cubierta de espuma. Nunca me ha impresionado la sangre, sólo el sufrimiento. 

Cuando dieciseis años después me licencié en medicina en Barcelona, recuerdo que uno de mis primeros trabajos fue una sustitución de tres semanas en un pequeño pueblo de montaña de Mallorca. No tenía ni siquiera el carné de conducir. Para atender las visitas a domicilio me desplazaba por el pueblo con una mobilette que mi madre me había prestado. Por las tardes y noches vivía, hacía las guardias y atendía las urgencias en la misma casa del médico a quién sustituía. Os aseguro que estaba realmente acojonado con mis veintitrés añitos y recién salido de la facultad. 

Justamente la primera tarde vino un hombre joven con una herida en la pantorrilla que sangraba abundantemente. Sabía perfectamente cómo suturársela, pero era tan novato, me sentía  tan inseguro y me puse tan nervioso, que cuando llegó el momento de llenar la jeringuilla con la anestesia no hice bien el movimiento seco para romper el cuello de la ampolla, se me chafó el cristal entre los dedos y un fragmento se me clavó en el pulpejo del índice de la mano derecha. El dolor fue tremendo pero tenía al herido tendido boca abajo sobre la camilla y no podía montar ningún numerito. Así que me tuve que hacer el fuerte y disimular. 

Me saqué el cristal del dedo y me lo rodeé con una gasa. Cogí otra ampolla —esta vez la abrí bien—, llené la jeringuilla y le puse varias inyecciones alrededor de la herida para anestesiársela, mientras de mi dedo goteaba mi propia sangre a través de la gasa, que se mezcló con la que le brotaba al pobre hombre, que por suerte no se dio cuenta de nada. Suspiré aliviado. Había que esperar unos minutos a que el medicamento le hiciera efecto y aproveché para meterme en la cocina. Me lavé la mano ensangrentada en el chorro del grifo, me la sequé y me desinfecté la herida con Tintura de Yodo. Me rodeé el dedo con un esparadrapo bien apretado, me puse unos guantes estériles y procedí a suturarle la herida a aquel joven.

Recuerdo que la mujer del médico al que sustituía me dijo que podía comer lo que quisiera de lo que había en la nevera. Al abrirla encontré una gran sobrasada ya empezada hecha con el sigma-recto del cerdo, lo que en Mallorca llamamos "culara". Estaba tan buena que si la sustitución llega a durar una semana más me la acabo yo solito.

Bueno, basta ya de batallitas de juventud. Hoy quiero compartir con vosotros la elaboración del embutido balear por excelencia, la sobrasada, que si no me falla la memoria es una herencia de Sicilia. Hace unos días me llevé un tremendo susto al leer la etiqueta de una sobrasada comercial. La absurda e irresponsable legislación europea obliga a los fabricantes de embutidos a añadir un montón de aditivos a la carne, convirtiendo unos alimentos sanos y deliciosos en un cóctel de venenos, algunos de ellos con acción endocrina y mutágena y otros cancerígenos: antioxidantes E-301, E-320 y E-321, emulgentes E-450i y E-450iii, conservante E-252, Lactosa, Sacarosa, Dextrosa, o sea, casi más química que carne.

Pasta de sobrasada recién elaborada sin aditivos. Para 750 gramos de carne magra de cerdo, que esta tarde he comprado como bistecs y luego he pedido a la carnicera que me los picase con dos pasadas para que la pasta quedase bien fina, he añadido unos 20 gramos de sal, unos 75 gramos de pimentón dulce y una pizca de pimienta negra molida. No le he añadido pimentón picante porque no me gusta, aunque la verdad es que es preferible añadírselo, pues la capsaicina es un buen conservante natural. Hay que amasarla un buen rato con las manos bien limpias. Luego se echa un poco en una sartén, se fríe y se prueba. Si le falta sal o un poco más de especias se le añaden al gusto.

Hace cincuenta años la sobrasada se hacía sin conservantes ni antioxidantes. A la carne finamente triturada simplemente se le añadía sal al gusto, pimentón dulce en abundancia, un poco de pimentón picante para las longanizas "coentes" (picantes) y un pelín de pimienta negra, también a gusto del consumidor. Nada más. Y las sabrasadas duraban perfectamente comestibles y deliciosas hasta cuatro años ¡sin nevera!, tanto que se las solía llamar "sobrassada vella" (vieja) y eran una verdadera delicatessen. Tenían una gruesa capa de moho gris que las conservaba y les confería un delicioso bouquet añejo ligeramente amargo. A mi me encantaba merendar dos rebanadas de pan moreno con una gruesa tajada de sobrasada vieja. ¡Hace tanto tiempo que no la pruebo...!

Para conservarla, con los modernos frigoríficos no hace falta meterla en intestinos. Yo la he metido en este recipiente herméticamente cerrado, y la iré consumiendo en las próximas semanas. 

Ya que se acercaba la hora de cenar, con la sobrasada recién hecha he preparado un delicioso plato agridulce típicamente mallorquín: "Sobrassada amb mel" (Sobrasada con miel). 

Su elaboración ya no puede ser más sencilla. Se echa sobrasada en una sartén antiadherente, se le añade una cucharada de miel, se sofríe bien sin dejar de remover y en un momento tenéis una deliciosa cena para chuparse los dedos.


¡¡¡Buen provecho amigos!!!


jueves, 23 de enero de 2014

Mi tatarabuela judía conversa Catalina

Un entrañable recuerdo que me contó mi abuelo

Antes de proseguir con la lectura, recomiendo leer este inciso aclaratorio, dirigido sobre todo a los no mallorquines:

(En Mallorca a los descendientes de los judíos conversos hasta no hace muchos años se les llamaba despectivamente xuetes. Mi tatarabuela era una xueta. Los cristianos viejos de linaje puro evitaban casarse con ellos, aunque su supuesta limpieza de sangre era mentira. Prácticamente no existe ningún mallorquín, cuyos antepasados lleven varias generaciones en la isla, que no tenga algún ancestro moro o  judío. Los apellidos hablan por si solos y la historia también. Hasta el año 1693 estuvieron expuestos en el claustro de la Iglesia de Santo Domingo de Palma de Mallorca un total de 115 sambenitos de judaizantes ajusticiados y/o represaliados por la Santa Inquisición. Cada sambenito se correspondía con un apellido. En dicho año 1693 la Suprema Inquisición de Madrid ordenó la renovación de los 115 sambenitos que estaban muy deteriorados por el paso del tiempo. La Inquisición de Mallorca se opuso a esta medida, sobornada con suculentas cantidades de dinero por los judíos conversos que ansiaban borrar para siempre el estigma que les marcaba. Sus presiones y sobornos lograron su objetivo y cien sambenitos fueron retirados del claustro y destruidos para siempre, cien apellidos que por la fuerza del dinero dejaron de ser considerados xuetes. Sólo se renovaron 15 sambenitos, los que se correspondían con los judaizantes ajusticiados en la hoguera por la Inquisición de Mallorca desde el año 1675 hasta 1693. Los 15 apellidos de estos sambenitos, verdaderos chivos expiatorios de los otros cien, fueron considerados a partir de entonces como únicos linajes xuetes y sus portadores y descendientes sufrieron la persecución y la discriminación despiadada de los demás mallorquines, incluidos los conversos liberados de su sambenito. Para que os hagáis una idea de la magnitud de la infamia, en pleno genocidio de los judíos de Europa a manos del Nazismo, Hitler solicitó a Franco una lista de los apellidos xuetes de Mallorca para una futura "limpieza" y nuestro Generalísimo se la mandó, incluyendo los 100 apellidos eliminados del claustro de Santo Domingo. Para no herir sensibilidades ni ofender a nadie me abstengo de exponer aquí los 115 apellidos de la infame lista nazi.)

Los padres de Catalina Gual Albons, mi tatarabuela judía conversa de Felanitx, no podían aguantar más, el vaso ya rebosaba. Estaban desesperados. Tanta hambre, tanta miseria y tanto desprecio de sus vecinos de "sangre limpia" les habían llevado a una situación insoportable. En la barriada de las afueras de Felanitx donde vivían, el gueto de judíos conversos del pueblo (Call de xuetes en mallorquín), todos los vecinos lo pasaban muy mal, pero se ayudaban entre ellos compartiendo lo poco que tenían. 

El padre de Catalina era  colchonero. Se llamaba Joan. Con su mujer María deshacían los colchones sacando la lana de la tela que la contenía, luego la lavaban con lejía de cenizas, la ponían al sol y cuando estaba bien seca, la extendían sobre una gran sábana de hilo de cáñamo, y Joan le daba una buena tunda con un palo de acebuche hasta que estaba bien esponjada y mullida. Entonces llenaban la tela con la lana limpia, compartiéndola bien por todos los recovecos, y cosían el colchón con hilo de algodón blanco. Tres o cuatro días de penoso trabajo por sólo tres reales de vellón, y todavía lo encontraban caro los cristianos viejos. Como propina siempre les acababan lanzando el típico insulto racista de "xuetonarros". El equivalente en Castilla sería “marranos”. 

Con lágrimas en los ojos Joan reunió a su mujer y a su hija y les dijo: "María, Catalina, tenemos que partir a la aventura a buscarnos el pan lejos del pueblo, no tenemos otra salida. Aquí moriremos de hambre". "Ay Virgencita Santa, qué será de nosotros", exclamaron ellas llorando desconsoladas.


Con el corazón en un puño recogieron lo poco que tenían, lo cargaron en un carro de rueda llena tirado por un asno viejo y partieron a la aventura sin norte. Pasaron por el vecino pueblo de Porreres, pero cuando los porrerenses les escucharon hablar con su típica È del gueto de judíos conversos de Felanitx, diferente a la É de los felanigenses de sangre limpia, supieron enseguida de dónde eran y les mandaron a cribar humo. Se paraban en todos los cortijos que veían, pero nadie les quería dar ni trabajo ni morada. Catalina lloraba porque tenía mucha hambre y sólo llevaban dos docenas de higos secos. Pasaron por Montuiri y tampoco tuvieron suerte. Nadie necesitaba ni jornaleros ni criadas. 

El día acababa, la oscuridad ya se había hecho la dueña y empezaba a hacer frío. Había allí cerca una encina gigantesca tan alta que bajo su copa cabía un carro. Desguarnecieron el asno, lo ataron a un acebuche con una cuerda larga para que pudiera pacer y llenarse la barriga, y ellos extendieron una manta sobre la hojarasca de la encina y se echaron sobre ella con una tristeza inconmensurable en el alma y un espantoso vacío de hambre en su vientre que les retorcía las entrañas. Se cubrieron con otra manta, se metieron un higo seco en la boca para engañar al hambre y se desearon buenas noches sin cenar.


Catalina se echó de lado y notó que bajo su manta había una piedra. La tocó con la mano y fue una bellota como un huevo de paloma. 

—Madre, he encontrado una bellota bajo la manta. 

—Pruébala y si está amarga no te la comas, que te hará daño.

La niña le dio un mordisco y su pulpa blanca fue más dulce que un azucarillo. Con la dolorosa hambre que sentían en su estómago dieron una patada a la manta y a oscuras, tanteando el suelo con las manos, recogieron un almud de bellotas. Ya tenían para cenar. Os aseguro que su dentadura echaba humo. En una exhalación, como quien ve pasar una estrella fugaz, se las zamparon todas, y con la barriga bien llena durmieron toda la noche a pierna suelta como lirones.


Al día siguiente al alba se levantaron muy animados, recogieron dos almudes de bellotas dulces para pasar el día y cuando partían, vieron a lo lejos un manzano tardío cargado de frutos. 

—Madre, ¿puedo ir a coger media docena de manzanas? 

—Catalineta, las manzanas no son nuestras. Si su dueño nos ve robándoselas, podemos tener un disgusto. Somos judíos conversos y pobres, pero no ladrones. Recuérdalo siempre. 

—María, deja que la niña vaya a buscar unas cuantas manzanas para ella, no seas así —le dijo su marido.

Catalina bajó del carro de un salto y corrió hacia el manzano. Estaba cargado de fruta. Las ramas le colgaban hasta el suelo de tanta que llevaba. La niña se acordó de sus padres y, para que ellos también las pudieran probar, arrancó cuatro hojas grandes de una rama baja de una higuera que había allí cerca y con media docena de palitos de brezo seco hizo una cestita. La llenó de manzanas y volvió al carro cantando de contenta.


Me voy a la aventura a recorrer mundo,
con mi padre, mi madre y un burro viejo.
Soy tan pobre que ni tengo pan duro,
 para llenar mi estómago hambriento,
pero sé hacer cestas bien bonitas,
con cuatro hojas cosidas
y unos palitos secos.


Joan y María la miraban y sonreían, pero en su corazón de padres lloraban. "¿Qué será de nuestra hijita cuando nosotros faltemos?", se decían uno al otro susurrando. La niña subió al carro y ofreció una manzana en primer lugar a su padre y a continuación a su madre, acercándoles la cestita. "Probadlas. Son un poco acidas y alguna tiene gusanos, pero a mí se me antojan muy buenas".


Partieron hacia Algaida pensando que aquel pueblo estaba tan lejos de Felanitx, que nadie les conocería y tal vez tendrían suerte. Llegaron al hostal de Can Mateu, pararon el carro, y Joan bajó para preguntar a los amos si sabían de algún cortijo donde necesitasen jornaleros o criadas. Justamente había un hombre charlando con el amo, que era pariente del dueño del cortijo de Can Merris, y cuando escuchó a Joan le dijo: 

—Buen hombre, habéis venido a preguntar a un buen sitio. Yo os puedo ayudar. Mi primo de Can Merris ha quedado solo en el mundo. Ayer enterró a su madre y hace tres meses a su padre. Ya tiene tres jornaleros, pero le vendría muy bien una criada que le adecentase la casa.

—¿Y por donde queda Can Merris?

—Id hacia la plaza del pueblo y preguntad allí. Todo el mundo conoce su paradero. 

 

Joan tuvo que hacer un esfuerzo muy grande para no echarse a llorar, tan grande era la alegría que sentía en su corazón. Dio un abrazo a aquel hombre y otro al amo del hostal y corrió hacia el carro. "Un hombre me ha dicho que en un cortijo necesitan una criada. El amo está solo y no tiene a nadie que le lleve la casa. Vamos enseguida, y que el Buen Jesús y la Virgen María nos acompañen en el camino". Maria y Catalina se echaron a llorar de alegría. "Gracias, Purisimita Santa". Por fin tenían una esperanza para escapar del hambre y la miseria.


—¡Buenos días nos dé Dios, buen hombre! ¿Sois el amo de Can Merris?

—Buenos días. Sí, por él me tengo.

—Nos han dicho que necesitáis una criada. 

—Y tanto que la necesito. Ayer enterré a mi madre y ahora estoy solo en el mundo. ¿Acaso buscáis trabajo?

—Para eso hemos venido. Si a vos os parece bien, nos gustaría trabajar, yo de jornalero y mi mujer y la niña de criadas.

—Me parece bien, ya lo creo que sí. No podíais llegar en mejor momento. Y la niña, ¿está soltera? 

—Sí, bien soltera está ella. 

—Yo también estoy soltero, y todo el mundo me dice que me case, que me busque a una mujer que me cuide y me haga compañía. 

—La niña sólo tiene trece años, pero si tenéis un poco de paciencia y a ella le parece bien, dentro de un año os podréis casar. 

—Me dáis una alegría. ¿Y cómo se llama, si se puede saber y no es demasiado preguntar?

—Le pusimos Catalina al bautizarla, como mi difunta madre en paz descanse.


A Catalineta aquel jovenzuelo diez años mayor que ella le cayó bien, le entró por el ojo derecho. Le parecía un sueño de príncipes y princesas convertirse en la señora de Can Merris, una despreciable judía conversa que no tenía donde caerse muerta, casada con el dueño de un gran cortijo. Sonaba bien. A su padre también le cayó bien Monserrate de Can Merris y más cuando supo que su apellido era Oliver. Todo el mundo en Mallorca conoce el dicho: "Oliver, xueta vertader". Así se conservaba la raza, pero Joan no se lo dijo a Monserrate para no ofenderlo, pues precisamente el sambenito Oliver fue uno de los que fueron eliminados del claustro de Santo Domingo.


La casa era tan grande que hubo sitio para todos. No hizo falta que durmiesen en el pajar. María y Catalineta enseguida se pusieron a adecentar la casa, luego prepararon un excelente guiso con la carne de dos pichones y antes de acostarse, limpiaron la artesa, echaron en ella medio saquito de harina de trigo, agua y un puñado de levadura de masa madre, que encontraron dentro de una ollita junto a la artesa, y amasaron bien la mezcla. Les salieron media docena de panes, que dejaron leudar toda la noche cubiertos con una manta. 

Al día siguiente, al alba, Joan y María se levantaron sin pereza. Se lavaron la cara con agua fresca, llenaron el horno con haces de leña de almendro, les prendieron fuego y cuando las paredes y el techo del horno estuvieron bien blancos, metieron los panes. Una hora más tarde sacaron el primero bien tostado que desprendía un aroma delicioso, y Catalina se lo llevó al amo para que desayunase. A Monserrate le gustó tanto aquel detalle, que abrió el cajón de un cantarano, sacó una sortija de oro con piedras preciosas, que había pertenecido a su difunta madre, y se la puso a Catalina en un dedo de su mano derecha, diciéndole: "A partir de ahora tú eres la señora de Can Merris".


Fueron un matrimonio bien avenido y tuvieron un hijo, Macià, que murió muy joven de tuberculosis, y tres hijas, Margalida, Maria y Catalina. La más pequeña, Catalina Oliver Gual, que como tercera hija llevaba el nombre de su madre, fue la madre de mi abuelo de Can Menut, el padre de mi madre, que también se llamaba Catalina como su bisabuela de Felanitx.
  

Monserrate Oliver de Can Merris murió en 1913 a la edad de cincuenta años y su mujer felanigense, la niña judía conversa que pasó tanta hambre, vivió ochenta años y tuvo tiempo de conocer a sus nietos y también de enterrar a su tercera hija Catalina, mi bisabuela, que murió del sarampión con cuarenta años, sólo veinte días después que su hijo Monserrate que, antes de morir a los dieciséis años, contagió el sarampión a su madre. Da escalofríos pensar en el drama que vivió la familia.

Al morir su madre, mi abuelo se quedó solo con su padre, ya que su hermana mayor se había casado hacía unos meses y además vivía lejos, y no tuvo más remedio que buscarse a una mujer que cuidase de la casa, de su padre y de él mismo. En este enlace explico la historia---> Semillas de pulga, el ajuar de mi abuela materna.