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sábado, 13 de noviembre de 2010

Zulema, lágrimas de una niña mora

Primer capítulo

Zulema, la niña mora más bonita de Grazalema, a sus tiernos once años llevaba muchos meses llorando desconsolada. Su tristeza era inmensa, profunda, imposible de describir con palabras. Había nacido libre. Su padre, Musarraf,  la adoraba, era la niña de sus ojos, su dátil confitado, su joya. Su madre, Habiba, la esposa predilecta de su padre, no le había podido dar más hijos, pero se sentía feliz al ver lo mucho que Musarraf quería a su niña. Las otras dos esposas, esclavas cristianas capturadas por su marido en un pueblo fronterizo del norte, habían llenado de niños varones los aposentos del pequeño palacio donde vivían. Habiba estaba un poco celosa de estos niños, debería haberlos parido ella, pero no los odiaba.  Con la ayuda de su vieja esclava negra Nahina, traída cuando niña desde el lejano Sudán, había ayudado a las cristianas a parirlos y a criarlos y se sentía un poco su madre. Musarraf no quería a sus esposas cristianas y tampoco a sus hijos. Su corazón era todo para su niña Zulema, morena como su abuela, la madre africana de Musarraf, que éste adoraba. 

 
 Grazalema, la Gran Zulema árabe, vista desde los bosques que la circundan.
 
Zulema no entendía nada de lo que le había pasado, se resistía a aceptar su nuevo nombre cristiano, Beatriz, que su captor le había cambiado por su verdadero nombre. Se negaba a cumplir las órdenes de la esposa de su amo, una infiel, una cristiana gorda y fea que apestaba a sudor rancio y a grasa de cerdo requemada. Ella no era una esclava, había nacido libre y se llamaba Zulema.

Isabel y María, las dos esposas cristianas de su padre y sus hijos mestizos habían sobrevivido a la conquista de su pueblo por los cristianos del norte y eran otra vez libres. El fraile que acompañaba a los conquistadores había bautizado a sus hijos y les había puesto nombres cristianos. Zulema también había sido bautizada y renombrada pero seguía siendo tratada como una esclava.

Sus padres habían sido asesinados cruelmente ante sus ojos de niña y desde aquel día la sonrisa se había borrado para siempre de su rostro. No hablaba. No jugaba. Caminaba siempre cabizbaja con sus ojos llorosos y tristes, negros como el azabache. Entendía la extraña lengua de sus captores. La había aprendido escuchando a las dos esclavas cristianas de su padre, que hablaban en castellano entre ellas cuando estaban a solas con los niños, pero hacía ver que no entendía las órdenes porque su dignidad de niña libre se lo impedía. Jamás seré una esclava, jamás, se repetía una y otra vez. Se sentía dolorosamente sola, rodeada de extraños que la miraban con desprecio, la insultaban y le escupían por ser mora. Sus hermanastros no la querían y hacían como si no la conocieran, temerosos de ser también ellos rechazados por la sangre musulmana de su padre que corría por sus venas.

Abies pinsapo, abeto de Ronda, endémico de Andalucía, que forma inmensos bosques alrededor de Grazalema.

Siempre que podía se escapaba hacia el inmenso bosque de abetos que rodeaba el bellísimo pueblo blanco que llevaba su nombre, Zulema, que los cristianos habían cambiado por Gran Zulema. Allí buscaba la sombra íntima, fresca y acogedora de un viejo abeto, su abeto y se sentaba sobre la hojarasca con la espalda apoyada contra su grueso tronco. Entonces cerraba los ojos y sentía el cálido abrazo invisible de su padre, sus fuertes brazos que apretaban sin hacer daño y que a ella la hacían tan feliz. La voz amorosa de Musarraf retumbaba en sus oídos desde el recuerdo: "Zulema, mi niña, un día serás la reina de estos bosques".

Allí, sumida en un extraño éxtasis, en una huida hacia el recuerdo grabado de forma indeleble en su memoria, conseguía ser feliz de nuevo, se olvidaba de su desgracia, de su tristeza, de su soledad. Se sentía querida, respetada, notaba el aliento a hierbabuena de su padre que le susurraba al oído palabras bonitas y dos grandes lágrimas de felicidad brotaban de sus ojos, resbalaban por sus mejillas y caían sobre la hojarasca, regando las raíces del viejo abeto que temblaba de emoción, como si albergase en su tronco el alma de su padre.

Al rato Zulema se levantaba ya reconfortada y se paseaba acariciando todas y cada una de las plantas que por allí crecían. Las llamaba por sus nombres moros y ellas parecían entender sus palabras. Había una pequeña hierba muy peludita que Zulema quería con especial cariño, un helechito muy menudo y frágil cuyas frondes se rompían nada más tocarlas. Ella conocía su fragilidad y se sentía identificada con aquella plantita insignificante y sin embargo tan bonita.

Pleurosorus hispanicus, un tesoro de Andalucía

Musarraf se la había enseñado como si de un gran tesoro oculto se tratase. Con su fuerte mano de padre había cogido uno de sus deditos y le había hecho acariciar la superficie velluda de sus frondes. A ella se le había iluminado la mirada y con sus grandes ojos de azabache se había girado hacia su padre y le había dicho: "¡Qué suave es, parece terciopelo!". "Sí, mi niña, como terciopelo, como tú", le había respondido él.

Haz y envés de las frondes de Pleurosorus hispanicus, con su tupida pilosidad glandulosa.

Como si de sus recuerdos dependiera su supervivencia, Zulema recordaba todas las palabras de su progenitor y repetía una y otra vez los paseos que había dado en su compañía. Él le había inculcado el amor por su tierra, sus bosques de abetos, los arroyos que bajaban de la sierra tras las abundantes lluvias, sus animales, sus plantas, hasta la más insignificante de las hierbas. En brazos de su padre había admirado la belleza inmaculada de las florecillas blancas de la Saxifraga, compañera de hábitat del helechito de terciopelo.

Pleurosorus hispanicus y Saxifraga bourgeana, en las afueras del pueblo de Grazalema.

Flores de Saxifraga bourgeana.

También en brazos de Musarraf había aprendido a querer y a reconocer los pájaros de aquel paraíso por su canto, sin necesidad de verlos. Su corazón había latido rápido por la emoción cuando su padre le enseñó el contenido de un nido con los pajarillos recién nacidos abriendo inocentemente sus picos. Jamás lo iba a olvidar. Sus recuerdos con todos aquellos detalles eran para ella como el más preciado de los tesoros. Eran su agarradero para poder sobrevivir.

Su malvada ama cristiana la insultaba y maltrataba continuamente, sobretodo cuando se escapaba hacia el bosque. Entonces mandaba a sus hijas a buscarla y la obligaban a volver a casa, donde recibía una gran paliza. Para doblegar su carácter indomable, su ama la castigaba a no poder salir de la casa durante semanas y la humillaba con los trabajos más penosos y duros.

Zulema deseaba morir, no pensaba en otra cosa. Jamás volvería a ser feliz. Los días se hacían interminables, una tortura sin fin. Las noches, sin embargo, eran su momento de evasión. En sueños volvía a pasear en brazos de su padre, olía su olor de hombre, su aliento de hierbabuena, sentía la fuerza de su abrazo, el calor de su cuerpo, escuchaba las palabras bonitas que Musarraf le susurraba al oído y era otra vez feliz, en sueños, pero feliz.

Pasaron varios años. Su carácter se amansó por pura resignación y su ama envejeció, volviéndose menos severa con ella. Las hijas de la casa se casaron y fueron a vivir con sus suegras y Zulema siguió soltera, porque ningún mozo del pueblo la quería, por ser mora.

Aunque no la quisieran como esposa, en el fondo secretamente la deseaban porque era la más bonita del pueblo, con su largo pelo negro cubierto por un velo blanco de algodón, sus ojos de azabache, sus labios como una rosa a medio abrir, su piel morena, su talle esbelto de princesa mora, sus caderas suaves, su andar elegante, su voz dulce como la miel de la flor del olivo. Sí, la deseaban, pero eran cobardes.

Bellísimas flores masculinas de Abies pinsapo.

En la Gran Zulema, su pueblo, había otros moros esclavizados, bautizados eso sí, pero en el fondo tratados como esclavos, como la misma Zulema. Uno de estos moros se llamaba Taufik, un mozo fuerte y hermoso que los cristianos habían bautizado como Fernando. Tenía la misma edad que Zulema y como ella seguía soltero porque ninguna cristiana le quería como esposo. Hacía años que estaba secretamente enamorado de ella y a escondidas la seguía en sus escapadas al bosque de abetos. Había visto muchas veces lo que hacía en su ritual en recuerdo de su padre. La había escuchado cantar a los pájaros y a las hierbas en su lengua materna, que era también la suya. Otras veces la había visto llorar amargamente y él también había llorado sin que ella se apercibiera de su cercanía. Conocía su amor por el pequeño helecho de terciopelo. Deseaba con desesperación abrazarla, acariciarla, besarla, decirle que la amaba, pero no se atrevía porque nada podía ofrecerle. No tenía nada. No tenía casa. Era un esclavo.

Sí, Taufik estaba muy triste, lloraba desconsolado cuando nadie le veía. Como Zulema también deseaba morir. Una tarde de agosto con un calor bochornoso fué a resguardarse del sol bajo la tupida copa del viejo abeto de Zulema. Se sentó donde ella se sentaba y rompió a llorar amargamente. Acabó durmiéndose y estando profundamente dormido en sueños sintió que el tronco del abeto le abrazaba y se asustó. Quiso levantarse y escapar pero no pudo. El miedo le paralizó y fue entonces cuando escuchó como un susurro que le hablaba con una voz de hombre que le pareció familiar. "Taufik, hijo mío, sé lo mucho que quieres a mi niña Zulema. No llores más. Hace años le prometí que un día sería la reina de estos bosques. Levántate, escarba con las manos donde estabas sentado y encontrarás una cajita de plata llena de monedas de oro. Son para vosotros. Con ellas compra este bosque y construye un palacio para Zulema. Después despósate con ella y hazla feliz".

Aturdido, como delirando, Taufik respondió al árbol: "¿Y cómo le digo que la quiero? Nunca he hablado con ella y no tengo ni padre ni hermanos que puedan pedir su mano por mí". Y el árbol le respondió: "No temas, yo te diré lo que tienes que hacer para conquistar su corazón. ¿Ves la hierbita velluda que crece en esta roca rezumante? Arranca una hojita con cuidado, pues es muy frágil y regálasela a Zulema en cuanto la veas. No hace falta que le hables, sólo dásela".

Envés de una fronde de Pleurosorus hispanicus, endémico de Andalucía y el norte de África.

Taufik sintió que la sangre le hervía en las venas y que su corazón le iba a estallar en su pecho. Había encontrado por fín una esperanza para ser feliz con su amada. Escarbó a los pies del viejo abeto y encontró la cajita de plata con las monedas de oro. Luego fue en busca de su amo y le compró su propia libertad. Ya sin el yugo de la esclavitud se encaminó hacia la casa del dueño de aquellos montes y le compró por una docena de monedas de oro el bosque de abetos que tanto amaba Zulema. Pagó después por la libertad de varios esclavos bautizados como él y les pidió que le construyeran un palacio, pequeño pero hermoso como una joya, junto al viejo abeto. Zulema y él no necesitaban nada más para ser felices.

Taufik sabía que a Zulema le extrañaría ver a aquellos hombres construir un palacio en su querido bosque y esperó a que acudiera. La vió de lejos acercarse con su paso ligero de gacela y la quiso como nunca la había querido. Iba a ser suya. 

Zulema llegó a donde él estaba y con la cabeza agachada y cubierta por el velo de algodón blanco habló con voz suave pero firme: "¿Qué haces en mi bosque?". A Taufik la voz  tan cercana de Zulema le pareció la más bonita del mundo. Su corazón latía alocadamente en su pecho, pues nunca había estado tan cerca de su amada y con dos lágrimas de felicidad en sus ojos moros le contestó: "Estoy construyendo un palacio para ti. Quiero que seas mi esposa. Tu padre me dio tu mano en sueños y para que me creas me dijo que te diera esta hoja". Alargó entonces la mano abierta hacia ella y le enseñó la pequeña hoja velluda de la hierba de terciopelo y entonces Zulema supo que aquella era la voluntad de su amado padre. Levantó la vista hacia Taufik y le miró directamente con sus ojos de azabache. Su mirada atravesó como una lanza los negros ojos de aquel muchacho y llegó hasta su alma y así ella supo que era bueno y noble y le quiso por esposo. Cogió la hojita y se la guardó en la mano. "Búscame cuando hayas acabado el palacio y seré tu esposa", le contestó. Taufik se sintió como si flotase en una nube, como las que visitan casi a diario el bellísimo pueblo blanco de la Gran Zulema, su amada esposa.

Leer la continuación en el : Enlace al relato completo



17 comentarios:

  1. Bonita historia y bonito entorno, sin duda la sierra de Grazalema es un pequeño edén al alcance de la mano.

    Gracias por compartir con nosotros tus experiencias y tu saber.

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  2. Lástima de no tener un nieto para dormirle con este hermoso cuento burbujeante de agradables sensaciones. Con relatos como este educaríamos desde la cuna a verdaderos amantes protectores de nuestros bosques, de nuestros árboles centenarios.
    Muchos significados y moralejas se pueden destacar pero para los que llevamos clorofila en las venas, el ensoñado abrazo del abeto a Taufik es verdaderamente enternecedor, con permiso del suave Pleurosorus.
    Como le dice Celso a Ferguson, el aventurero escocés, en la película "Cenizas del cielo", "...abrázalos, son muy amorosos"; Si los abrazamos y cerramos los ojos sentiremos cómo nó se quedan con él, ¡nos lo devuelven!
    Gracias Juan por hacernos llegar tus mensajes...algún día seguro que habrá un nieto!!
    Corubas

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  3. Muchas gracias, Jesús y Corubas. Me alegra saber que mi cuento os ha gustado. Sólo amamos lo que conocemos, por lo tanto, si queremos que las nuevas generaciones que nos van a sustituir en la "administración" de nuestro planeta amen la naturaleza, debemos dársela a conocer, para que se forme un sólido vínculo afectivo entre ellos y los demás seres que pueblan la Tierra. Juan

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  4. Que cuento más bonito y el acompañarlo de tus fotos... le da un toque especial.

    Hay que ver a lo que lleva el estudio por los helechos :)

    Gracias por compartirlo

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  5. EIANA:
    GUAOOO DEMASIADO LINDO :)

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  6. Hola Juan, un cuento precioso que acompañado de tus fotografías lo ilustra perfectamente. Muy bello. Gracias por ello. Un abrazo de JR Ortega.

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  7. Bellisimo y rezumante de sensibilidad, Juan; es un placer leerte. En algunas ocasiones, sola en algún húmedo "canuto" del Parque Natural de Los Alcornocales, apoyada en el tronco de un viejo quejigo, me he emocionado hasta la lágrima. Y en los bellos pinsapares de la Sierra de las Nieves o la Sierra del Pinar me ha atrapado la misma emoción. Hoy tú y tu niña Zulema me habéis vuelto a humedecer los ojos y ensanchar el alma. Muchas gracias.

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  8. Muchas gracias, Carmela. Me alegra mucho saber que te ha gustado. Los bosques tienen algo mágico inexplicable, una energía que irradia de los viejos troncos que nos serena el alma y no hace felices. Un abrazo.

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  9. Sin dudas un bellísimo cuento...te hace vivir, paso a paso, la vida del bosque, con sus olores, sus frescuras, sus texturas..todo sensibilidad.
    El amor paternal y filial, indescriptible, me volvió a mi infancia y la dulce realción con mi padre!
    Gracias Juan por este regalazo!
    Mis sinceras felicitaciones, y mi admiración, por poder volcar tu amor a la naturaleza en palabras tan especiales y gratificantes!

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  10. Muchas gracias por tu amable comentario, Alicia.

    Un abrazo desde la otra cara del mundo.

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  11. Una preciosa historia con las plantas de Grazalema, me ha encantado.

    Salu2

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  12. Muchas gracias, Juanjo. Un cordial saludo.

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